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Entro al agua

Entre imágenes pasadas de viaje y familia, la joven pampeana que reside en Buenos Aires, relata en cuarentena trozos de viajes.

Lucía Argenchina *

“Ahí es donde comienza la historia: en tu cuerpo, donde todo, también, terminará”, Paul Auster.

Desde pequeños viajamos, hay una foto de mi hermano con corte taza y campera de jean con corderito agarrando un montón de nieve, exitadísimo. Yo, en otra, de meses inaugurales de vida, con un imaginario hilo de permanente vómito bajo un ponchito artesanal. Mi madre despeinada y con guantes y polainas megahippies, papá mirando el horizonte natural con sueños sanmartinianos y firme raya al costado.

Ahora que no se puede viajar, y extraño los caminos, la sucesión inversa del paisaje largo desde el vidrio… El modo en que separan la temperatura interior de la exterior un cúmulo de chapas y vidrios atravesados por la tecnología, quién elige la música, quién ceba mate, y quién por favor tiene que parar de hablar. Ahora que eso me falta, como hago con todo, recuerdo.

Estoy en un pueblo de mar casi vacío. Vine con una guitarra y muchos libros a desoír el ruido de la ciudad. Ir en invierno a un pueblo de mar debería ser obligatorio, quede decretado.

Hoy, buscando una pescadería bajo una granizada suave que encontré maravillosa, terminé en la casa del pescador que se me figuró la versión Santiago de este pueblo del cuento El viejo y el mar. Le pregunté si su nombre daba nombre a la pescadería, y respondió: “no, yo soy el que entro al agua”. No dijo “el que entra al agua”, sino el que entro, el que entro soy yo. De piel roída y morena, el que entra a la furia verdiazul con botas de goma, marcas de agua y red es él. Quién le da nombre a la pescadería qué se yo, el dueño de la casa, su hijo, un cantante de los ochenta, el vecino…

¿Y tu nombre cuál es? Juan. ¿Y cómo entrás al agua? Temprano, acá derecho, en este barquito que era de mi papá, y señala un bote de madera que imagino desde arriba se ve como la gran hoja de un árbol. Está estacionado al costado de la pescadería, que consiste en el garage de una casa y un depósito de madera, vidrio y chapa bajo el que duermen dos grandes freezers. Dentro del bote hay un balde de pintura grande, vacío, una red con boyitas amarillas atadas a la red, totalmente desteñidas por el tiempo y la sal, y un ancla parecida a una llave L de esas que se usan para cambiar la rueda de un auto.

Hablamos un rato más, se va a buscar a uno de los freezers grandes un poco de carne limpia y fresca de pez, la pone en una bolsita transparente, y nos saludamos como si nos conociéramos de toda la vida. Gracias Juan, por entrar al mar, se ve muy rico, le digo mientras me dispongo a volver a casa. Sonríe como un niño, las muecas en sus mejillas se ven como los anillos que se forman al tirar una piedra al agua.

* Traductora