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Esopo, la lengua y la razón de estado

Hace 30 años, La Arena publicó un artículo que coloca al entonces presidente Carlos Menem en el rol del amo Janto, de la fábula de Esopo. Muchos años después, temas como la deuda con el FMI, regresan para recordarnos la historia, una y otra vez.

Juan Carlos Martínez*

El siguiente artículo fue publicado en La Arena, en la edición del 29 de noviembre de 1990 y cinco años más tarde (1995) fue incluido en la primera edición del libro “La abuela de hierro”. La fábula de Esopo sirvió al autor para colocar al entonces presidente Carlos Menem en el rol del amo Janto. El lenguaje metafórico sobre las relaciones carnales con los Estados Unidos, la deuda con el Fondo Monetario Internacional y el inminente indulto a los comandantes del genocidio marcaron a fuego la desquiciada gestión menemista. Su reproducción es un aporte al ejercicio de la memoria histórica en línea con aquella sabia advertencia que dice: los pueblos que olvidan su pasado, están condenados a repetirlo:

–¿Pues qué puede haber mejor que la lengua?, preguntó Esopo a su amo Janto.

–Lengua era la único que había en el mercado del cual el esclavo debía escoger el mejor plato. Aunque servida de diferentes maneras, pronto los invitados se hartaron de lengua, pero Esopo encontró el modo de justificarse.

–La lengua –dijo– es el lazo de la vida, la clave de las ciencias, el órgano de la verdad y la razón, con su auxilio se construyen ciudades y se civiliza e instruye; con ella se persuade en las asambleas y cumple uno con el primero de los deberes, que es alabar a los dioses.

–Cuando Janto, con ánimo de ponerle en un aprieto le pidió el peor de los platos, Esopo volvió a servir lengua. El esclavo también encontró argumentos para justificarse. “La lengua es la peor de las cosas”, sentenció. “Es la madre de todas las discusiones y pleitos, el origen de las divisiones y las guerras; lo es igualmente del error y la calumnia; por ella se destruyen ciudades, y si se celebra a los dioses, es el órgano de la blasfemia y la impiedad”.

–Imaginemos a Esopo viviendo en nuestro tiempo y al amo de turno, convertido en Janto, pidiéndole el mejor de los platos. Esopo va al mercado, que en la era moderna es libre, y se encuentra con que lo único que hay es deuda externa. Llega el momento en que los invitados del amo –más de treinta millones– se hartan del menú y Esopo trata de justificarse.

–¿Pues qué puede haber mejor que la deuda externa?, responde el esclavo. Ella es el lazo entre el esfuerzo y el fruto; es la clave de la felicidad de los acreedores; el puente que los conduce al desarrollo y el bienestar; con ella se construyen ciudades, caminos, bancos y palacios; se fabrican misiles y cañones; se reina en el centro y en la periferia y cumple uno con el primero de los deberes, que es alabar a los amos del Norte”.

–Cuando Janto quiso ponerle en un aprieto, le pidió el peor de los platos. Esopo volvió a servir deuda externa y argumentó:

–“La deuda externa es la peor de las cosas. Es la madre de todos los males y desgracias de los deudores; por ella se persuade en los parlamentos, se vive de rodillas frente a los poderosos, se invaden territorios, se destruyen ciudades, se derrocan gobiernos; ella es el origen del atraso y el estancamiento; es la causa de la pobreza, el abismo en el que se hunden millones de desocupados; es el camino que conduce al hambre y a la miseria de los hombres y de los pueblos del sur”.

–Janto no podía salir de su asombro: había descubierto una increíble coincidencia entre las teorías de Esopo y su doble discurso. Todo un milagro, se decía a sí mismo. Le parecía un sueño que el más humilde de sus esclavos fuese poseedor de recursos dialécticos tan convincentes. ¿Cómo no aprovechar entonces la oportunidad para alimentar su ego? ¿Quién mejor que Esopo para decirle cuanto sonaba grato a sus oídos?

–Alentado por esa circunstancia, Janto no demoró la pregunta: ¿tú crees que la deuda externa debe pagarse?

–“Sí, amo. La deuda externa es un compromiso de tu reino y los compromisos deben cumplirse”, respondió Esopo sin hesitar.

“Si no pagaras –agregó– tu imperio dejaría de ser confiable y tu elevada imagen caería con el mayor de los descréditos ante los amos del Norte”.

–El asombro y el regocijo de Janto se multiplicaro. A veces creía que las reflexiones de Esopo eran el eco de su propia conciencia. Estaba tan deslumbrado por la dialéctica del esclavo que decidió proyectar su curiosidad hacia otros temas que preocupaban en el reino.

–¿Qué opinas del aborto, mi amado Esopo? Preguntó mirando fijamente a los ojos del esclavo.

–“El aborto es un crimen y, como tal, debe ser rechazado. Un buen creyente como tú debe defender la vida desde el mismo instante de su concepción”.

–“Dime, Esopo –continuó el amo–  si me opongo al aborto bajo el principio de ese bien supremo que es la vida ¿no me estaré contradiciendo al propiciar la pena de muerte?”.

–“De ninguna manera”, respondió Esopo con tono seguro. “La pena de muerte es una medida extrema, pero puede ser aplicada en determinadas circunstancias. Tú sabes, como buen creyente que eres, que el propio Santo Tomás, en algún momento de la historia, no la vio mal. Pero si quieres un ejemplo más cercano en el tiempo, podrías remitirte a las reflexiones de algún santo varón que en estos días nos ha dicho que la pena de muerte no es intrínsicamente mala. Borges decía que el inquisidor debe justificar el sueldo que le pagan y que por eso, de tanto en tanto alguien tiene que ir a la hoguera”, recordó Esopo.

–¿Entonces podría imponer la pena de muerte en mi reino? Se entusiasmó Janto.

–“No veo  impedimento”,  respondió Esopo.

–“Hay uno”, interrumpió Janto.

–¿Cuál?, preguntó, sorprendido, Esopo.

–“El Tratado de San José de Costa Rica… ése es un compromiso asumido ante la comunidad internacional…”

–“Tú sabes, querido amo, que hay compromisos y compromisos”, dijo el esclavo mientras bajaba los párpados como si fuera a sumergirse en los mares de la meditación.

–“Explícate mejor, amado mío”, imploró Janto.

–“Los compromisos –explicó Esopo– son como la lengua: tanto pueden ser celebrados como vituperados. No hay pacto, tratado o convenio que no pueda borrarse de un plumazo por alguna razón de estado”.

–¿Tú crees que la razón de estado debe prevalecer sobre el estado de la razón”, preguntó Janto con creciente ansiedad.

–“Siempre ha sido así, amo, siempre”, respondió Esopo con un leve gesto reverencial. Si consultaras a tus amos del Norte –sugirió el esclavo– seguramente encontrarías incontables argumentos y antecedentes en esa dirección: Vietnam, Guatemala, Panamá, el Golfo Pérsico… razones de estado, mi querido Janto”, recordó Esopo con aire solemne.

–Por unos instantes, Janto quedó en silencio, pensativo. Parecía indeciso, vacilante, confundido. Su gran preocupación estaba en una geografía más cercana: en la de su propio reino y eran los príncipes encarcelados que purgaban largas condenas por el mayor genocidio que se había cometido en toda la historia de su reino. Janto veía pasar cuando fantasmas las siluetas de hombres, mujeres y niños –sus amados niños– transitando por el mundo de los desaparecidos. Le mortificaba el sólo hecho de pensar que Esopo pudiera no encontrar razones atendibles que justificaran la liberación de sus príncipes. No sólo eso: también debía tenerlas para justificar sus propias opiniones que, vertidas en tiempos no muy lejanos, permanecían frescas en el recuerdo de todos. “El único punto final para los asesinos es la cárcel”, había dicho y repetido a lo largo y a lo ancho del reino. Le fastidiaba que la gente de buena memoria le recordara aquellos juicios tan distantes y tan distintos de su pensamiento actual.

–¿Sería capaz Esopo de liberarlo de tan gruesa contradicción a la que lo había conducido el doble discurso, esa vieja costumbre de andar bien con Dios y con el diablo?.

–Inmerso en el desaliento, a punto estuvo de terminar el diálogo con su esclavo, pero al fin volvió a confiar en que la dialéctica de Esopo podría aventar tan inquietante preocupación.

–“Dime, querido esclavo”, dijo Janto con la mirada perdida en el espacio tratando de encontrar esa barrera que separa el bien del mal –dime–, repitió, si me opongo al aborto porque es un crimen, ¿adviertes alguna paradoja entre esa postura y la liberación de mis príncipes?”.

–“En absoluto contestó Esopo. No olvidéis que tus príncipes segaron vidas para que tú y el resto de los habitantes de este reino gozaran de la libertad, incluso de la tan ansiada libertad de mercado, esa bendición del cielo que tan felices y prósperos nos ha hecho a todos…”

–¿Me estáis sugiriendo para mis príncipes?, preguntó Janto como invitando a la complicidad de su esclavo.

–Ahí tienes una buena razón de estado, contestó el ingenioso Esopo.

–Janto se levantó de su canapé de terciopelo rojo, caminó hacia el altar de la virgen que acompaña sus ruegos al altísimo, se hincó de rodillas y se entregó a la oración. Cuando el ritual religioso hubo acabado, volvió sus pasos hacia Esopo y con la voz entrecortada por la emoción, ordenó a su esclavo:

–“En nombre de la paz, del amor y de la reconciliación, libera a mis príncipes”.

–“Se hará tu voluntad”, dijo Esopo.

–“La voluntad de Dios”, remarcó Janto.

–Esa misma noche los príncipes –vestidos con sus mejores galas– se reunieron para celebrar la gracia que el espíritu piadoso de Janto les había concedido. Y, como tres lustros atrás  repitieron, con un grito que estremeció la tierra, la consigna que entonces selló el pacto de sangre que condujo al genocidio de treinta mil personas. ¡Viva la muerte!

*Colaborador