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Fabulaciones reales

El autor de este artículo, rionegrino, realiza un sintético recuento de cinco siglos de aportes cartográficos sobre la Norpatagonia que, restándole misterios al territorio, fueron conformando el mapa actual.
Omar N. Cricco *
Demorada con respecto a otras regiones de América, la geografía del interior norpatagónico tardó mucho en dilucidarse, postergada incluso con respecto al propio litoral marítimo. Las primeras manifestaciones cartográficas, perpetuando aquel horror vacui medieval, fueron cubiertas hacia el interior con elementos geográficos imaginarios, seres fabulosos o, en el mejor de los casos, con textos complementarios.
Del paso de las expediciones de Magallanes y García Jofré de Loaisa quedaron sobre los 39° latitud sur referencias a una costa baja e inundable que por su peligrosidad casi no se reconoció; sólo restó de aquellos pasajes el topónimo de baxos anegados, que consignado en tempranos mapas como los de Diego Rivero (1529) o Alonso de Chávez (1533), fue quizás la primera aproximación o referencia a nuestro espacio regional.
El río Colorado que por allí desagua pasó entonces desapercibido y siguió ocultándose en aquellas aguas poco profundas por otros casi tres siglos. Los navegantes del momento más interesados en controlar la estratégica zona del estrecho, simplemente obviaron el sector costero de la norpatagonia.
Hacia 1600, cuando empezaba a quedar atrás el Siglo de Oro Español y con él, el tiempo de los conquistadores, dos expediciones quizás ya atemporales se internaron hacia los confines de la llanura, alentados por la fantasía de los Césares. Aunque separadas temporalmente por casi dos décadas, la expedición de Hernando Arias de Saavedra -«Hernandarias»- que parte de Buenos Aires en 1604, y la de Jerónimo Luis de Cabrera y Garay, que lo hace desde Córdoba en 1620, unen sus recorridos en lo que hoy es territorio pampeano. Desde allí continuaron un mismo itinerario, el de la prehistórica rastrillada del río Negro.

Turbio y Claro.
Aunque por su fugacidad y el desencanto que les sucedió, estas expediciones no nos legaron mayores detalles, particularmente cartográficos, puede destacarse de sus crónicas las primeras referencias a los dos grandes ríos de norpatagonia, el Colorado y el Negro, aquellos que oportunamente Hernandarias nombrara como Turbio y Claro en alusión a las aguas que cada uno de ellos portaba.
Recién con los aportes jesuitas comienza a tomar forma el interior del mapa regional y seguramente el sacerdote Alonso de Ovalle haya sido el primero en consignar referencias ciertas al mismo.
Si bien en él persisten aquellos resabios medievales de monstruos marinos, hombres rabudos e imprecisiones como un litoral atlántico desactualizado para su tiempo, su aporte marcó un notable contraste con mapas difundidos por entonces como los de Bleau o Hondius; tanto que por otros casi cien años sus contribuciones se reflejaron casi sin actualizaciones entre reconocidos cartógrafos de la época como Sansón, L’ Isle, Du Val, Jaillot, Visschero Bourguignon D’Anville, entre otros.

La tábula geographica.
En la Histórica Relación del Reyno de Chile y su complemento cartográfico la Tabula Geographica Regni Chile publicados en Roma en 1646, se representa una buena aproximación al sistema del Desaguadero con sus complejos de lagunas de Guanacache y, como novedad cartográfica para la región, las lagunas del centro de la actual provincia de la Pampa, en las cuales, en una de las versiones de su mapa, el padre Ovalle ubica una intrigante población: Desaguadero. Curioso asentamiento al que aún hoy rodea el misterio y de cuya existencia nada más parece conocerse.
Del mismo modo, aunque con mayores imprecisiones en este mapa parecen también estar insinuados los grandes ríos Colorado y Negro ya referidos por Ovalle en su Relación donde consigna que: «el gobernador Don Gerónimo Luis de Cabrera caballero de gran valor, y meritos, encontró grandes y poderosos Ríos de aquella vanda, cuando ahora veinte y quatro años navego aquel mar de tierra». Acotación nada extraña en Ovalle si consideramos que aquellos expedicionarios de 1620 fueron sus vecinos durante su noviciado en la «Córdoba del Tucumán» que desarrolló entre 1619 y 1626.

Más de los ríos.
Otra importante contribución al conocimiento del ámbito regional fue realizado por Bernardo de Havestadt, otro jesuita que en 1777 publicó su Mappa geographica en el cual describe los cursos superiores del Neuquén y del Colorado, incluyendo una primer referencia a la muy conocida y trágica laguna Carri Lauquen, sector que el sacerdote recorrió en el verano de 1751-52 en camino a Malalhue.
Sin embargo, durante el siglo XVIII, el mayor aporte al mapa regional provino desde la llanura bonaerense donde los misioneros José Cardiel y Tomás Falkner, instalados en Nuestra Señora de Pilar, hoy Laguna de los Padres, realizaron a partir del testimonio de los nativos interesantes mapas donde se destacan asentamientos, información etnográfica, caminos y principalmente una nueva aproximación a la red hidrográfica.
El mapa de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla (1775) puede considerarse un buen resumen de lo conocido hasta ese momento, particularmente el gran aporte de los jesuitas; sin embargo no deja de presentar notables confusiones producto de interpretaciones del autor, pudiendo señalarse entre otras imprecisiones el caso de los cursos y lagunas del Desaguadero que, muy desplazado hacia el oeste, Cano y Olmedilla hace desembocar en lo que hoy sería el río Limay.

Del paraíso, al control.
Ya muy avanzado el Siglo de las Luces, la Ilustración tuvo en estas tierras su manifestación más clara en los intentos de Carlos III por reorganizar sus dominios frente a la creciente amenaza inglesa. Así, la publicación en Inglaterra de los trabajos del padre Falkner motivaron en España los proyectos de colonizar San Julián y Península Valdés. Este último asentamiento, reubicado en el curso inferior del río Negro, pasaría a ser el nuevo centro desde donde se reiniciaría el reconocimiento regional.
Dentro de este periodo se destaca la notable labor exploratoria y cartográfica de Basilio Villarino y Bermúdez, quien en apenas un lustro, entre1779 y 1785, fecha en que muere en Sauce Grande, el notable piloto español exploró personalmente la vasta y desconocida región entre península Valdez y las sierras de la Ventana, internándose en algún caso hasta las proximidades del volcán Lanín. Sus acertadas apreciaciones y una precisa cartografía atestiguan aquella incansable labor que repercutió en muchas ideas, proyectos y mapas futuros.
Por esos años, los intentos por establecer un corredor bioceánico a la altura de la norpatagonia (viajes de Zamudio, Molina y De la Cruz a los que no fue ajeno Manuel Belgrano) aportaron nuevos detalles a lo largo de aquella ruta y de alguna manera complementaron hacia el norte de la región lo ya explorado por Villarino.
Pero con todo, estos trabajos no dejaron de representar el canto del cisne para el imperio español en América. Tras la revolución y la reafirmación de nuevos modelos económicos, la atención se centró en poder controlar las llanuras y el potencial ganadero con el que nuestro país se incorporaría al mercado mundial.
En muy poco tiempo, nuevas expediciones y trabajos científicos acabaron con los misterios de las llanuras; y los baqueanos, indispensable hasta entonces, fueron progresivamente desplazados por una cartografía cada vez más precisa.

«Pobre agrimensor».
Así, durante la campaña de Rosas (1833) mientras Guillermo Bathursty Nicolás Descalzi realizaban un exhaustivo relevamiento de buena parte de los cursos de los ríos Colorado y Negro, Feliciano Chiclana tuvo a su cargo la medición a cadena de los caminos recorridos por las tropas entre Médano Redondo, Patagones y Choele Choel. Precisamente, este profesional -«pobre agrimensor a quien obligo a trabajar día y noche» según Rosas escribe a Tomas Guido- fue también el encargado de trazar las primeras «suertes de estancias» en el valle inferior del Colorado. Un perdido topónimo sobre el río Colorado medio -el Codo de Chiclana- evoca el paso y el trabajo de aquel primer agrimensor.
En 1879, con la campaña de Roca, también marcharon destacados ingenieros y topógrafos, como el coronel Manuel Olascoaga -quien al año siguiente presentó su estudio Topográfico de La Pampa y Río Negro- al que adjuntó un mapa con lo conocido hasta al momento. En él aparecen, entre otros detalles, de manera más precisa y completa el históricamente escurridizo curso del Desaguadero-Salado-Curacó.

La mensura final.
En aquella misma década de 1880 se publicaron dos conocidos atlas argentinos, el del agrimensor y geógrafo prusiano Arthur Von Seelstrang (1886)y el del geógrafo peruano Mariano Paz Saldan (1888); ambos incluyen como novedad los recientes territorios nacionales patagónicos pero tanto uno como otro representan estos espacios de un modo muy elemental.
La gran tarea de relevamiento y mensura del territorio incorporado se llevó a cabo en esos años. En su mensaje al Congreso en mayo de 1881,el presidente Roca hacía referencia a «quince comisiones de agrimensores» que se hallaban en tareas de mensura sobre los nuevos territorios entre «el paralelo 35, el meridiano 5° de Buenos Aires, la cordillera de los Andes y los ríos Negro y Neuquén». Todo un inmenso espacio que en menos de una década fue mensurado y amojonado en lotes de cuatro leguas.
Hacia 1938, el ingeniero Héctor Pellejá, de la Dirección de Tierras, evocaba lo que habían sido aquellos trabajos: «Las mensuras comenzaron a ejecutarse en La Pampa en el año 1881 cuando esas tierras no estaban pobladas […]. Se luchó entonces con el inconveniente de la lejanía de los centros poblados y el gobierno debió auxiliar a los primeros ingenieros y agrimensores que dividieron esas tierras dándoles escoltas de soldados del ejército. En muchas zonas medidas se tropezaba también con la escasez de agua y el aniquilamiento de las caballadas […] los ingenieros y agrimensores que hicieron mensuras en esa época tenían que poseer, además de su título universitario, fortaleza y predisposición para soportar con éxito esas largas campañas».
Algunos de esos ingenieros y agrimensores -nombres hoy olvidados, fueron: Octavio Pico, Wenceslao Castellanos, Juan Pirovano, Estanislao Rojas, Benjamín Domínguez, Rómulo Otamendi, Juan Carvalho, Telémaco González, Juan Cagnoni, Pedro Freund y Saturnino Salas, entre otros.
El trabajo que realizaron no estuvo exento de algunos errores iniciales que hoy se reflejan en el trazado de las secciones. Aún así, constituyeron la base de los actuales catastros regionales. Los conocidos como «libros azules» que se conservan en el Catastro de La Pampa son parte de aquellos esfuerzos realizados.

Los nuevos.
Estas labores de mensura y relevamiento fueron también, al menos hasta el río Negro, la base de nuevos mapas como el del coronel Jorge Rodhe (1889), el Plano catastral de la República Argentina del ingeniero Carlos de Chapeaurouge(1901) o el de Pampa Central de los agrimensores Alfredo Thamm y Wenceslao Castellanos (1902), todos ejemplos de una cartografía zonal más pulida.
Ya en el siglo XX, historia más reciente y familiar, la labor cartográfica siguió perfeccionándose o actualizándose desde distintos organismos, entre otros por accionar del conocido IGM (Instituto Geográfico Militar) -hoy IGN-, una institución que tuvo su origen en aquella Oficina Topográfica Militar que por orden de Roca organizara Manuel Olascoaga, quien además de militar y primer gobernador de Neuquén, fue un reconocido topógrafo y geógrafo que contribuyó con distintos trabajos al conocimiento de estos espacios a los que hemos hecho referencia. (Fuentes: Ovalle A. Histórica Relación del Reyno de Chile (1646); La Nueva Era. C. de Patagones (1938); Entraigas, R. El fuerte del río Negro (1960); Rosas, J M. Partes detallados (1975); Olascoaga, M. Estudio Topográfico de La Pampa y Rio Negro (1880); Stieben, E. La Pampa (1946))

* Colaborador