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Ficción que dice mucho

A través de dos libros de Margaret Atwood, uno de los cuales fue llevado a la pantalla y logrado gran repercusión, la autora del artículo reflexiona sobre la naturalización del autoritarismo, en particular hacia la mujer.
Ana Martín *
Margaret Atwood, canadiense, ha reconocido las resonancias de los hechos de las dictaduras militares argentina y sudamericanas en su obra. Entre otras, la eficacia de una maquina organizacional autoritaria destinada a exterminar a opositores, y el robo de sus hijos a fin de ser entregados a familias adoptantes.
En su obra anterior, El cuento de la criada, la trama es situada en un país ficticio, Gilead, creado a partir de un movimiento reactivo al progreso de las mujeres en el mundo social. Allí muestra la manera de funcionar de una organización jerarquizada y cruel bajo el poder de los hombres. Las llamadas Criadas solo podían andar por la calle de a dos, con una suerte de sombrero con alitas para evitar que miren. Eran esclavas sexuales, obligadas a tener relaciones con hombres poderosos para asegurar la descendencia de matrimonios que no podían concebir.
La voz en ese libro era la de una mujer, Offred, quien habiendo tenido marido e hija, se había visto reducida a esa condición, sin saber de ellos. Sobre el final quedaba abierta la posibilidad de su huída, deducible por el hecho de que hubiera podido dar a conocer su historia.
En Los Testamentos, el relato se centra en jóvenes, Agnes, Jemima y Daisy, situadas en distintos escenarios. La voz la lleva esta vez Tía Lydia, a quien el Comandante Ojos dice, sobre la situación de las mujeres:
«Con el tiempo entenderán cuántas razones tienen para dar gracias a una fuerza superior a ustedes. (…). Fue una crueldad desde el principio prometerles igualdad (…) ya que por naturaleza son incapaces de alcanzarla. Ya hemos iniciado la compasiva tarea de rebajar sus expectativas.»

Los Testamentos.
En el índice se alternan títulos en cursiva, que en cada capítulo se alternan con otros en imprenta. Los que están en cursiva se inician con el dibujo de una pluma, que señala a quien escribe. En los segundos, donde se relatan las vicisitudes de otros personajes de la historia, se comienza con el título Expediente Nº 169, versión A y B, adjudicados a cada joven.
Quien escribe, Tia Lydia, es la de mayor jerarquía en una suerte de ministerio de mujeres. Antes había sido jueza de familia, y tras un golpe militar fue duramente castigada, sometida a infrahumanas condiciones de supervivencia y hasta obligada a formar parte de un grupo que llegó ultimar a sus compañeras. Su lugar es resultado de haber negociado con poderoso triunfante, el comandante Ojos, que se ocuparía de las mujeres. Sin injerencias.
Ella escribe para un lector a futuro, a quien trata de explicar el mundo en el que viven. Utiliza tinta negra primero y azul después, y con pluma de las que se mojaban, elementos obtenidos de las clases de dibujo de las niñas. Lo hace a mano, de ahí la palabra ológrafo, que quiere decir testamento a mano, en la biblioteca, adonde figuran además los archivos genealógicos, y esconde sus hojas en un libro cavado a ese efecto, difícilmente consultable.
Además de suponer que su obra será encontrada, trabaja para la caída del régimen, habiendo encontrado la forma de hacer contacto con quienes han logrado escapar en el vecino país, Canadá, el otro escenario del relato. Los mensajes emitidos por Tía Lydia terminan con la expresión en latín: Ardua Cum Estrus, sobre los que dice: «Me complace haber ideado un lema tan escurridizo. Ardua es la adversidad o la labor procreativa de la hembra. Estrus tiene que ver con las hormonas y el ardor sexual femenino o con ritos paganos de la primavera en honor a Ostara. Las moradoras de casa Ardua no lo saben, ni quieren saber. Repiten las palabras correctas en el orden correcto y así están a salvo.»

La situación personal.
«Por el mero hecho de pertenecer al sexo débil quedé excluida de las listas de los potenciales usurpadores, ya que una mujer jamás podría sentarse en el Consejo de los Comandantes.»
«Sin embargo, hay tres razones más que justifican mi longevidad política. La primera es que el régimen me necesita. Controlo la facción femenina de su empresa con un puño de hierro en un guante de cuero en un mitón de lana, y mantengo el orden a rajatabla: como el eunuco de un harén, estoy en una posición privilegiada para cumplir con ese cometido. La segunda es que sé demasiado sobre los dirigentes, demasiados trapos sucios, y no están seguros de si dispongo de algún tipo de documentación. Si me aprietan demasiado la clavijas, ¿esos trapos sucios podrían salir a la luz? Tal vez sospechen que he tomado la precaución de cubrirme las espaldas, y acertarían.»
Y agrega: «En tercer lugar, soy discreta. Cada uno de esos altos cargos ha creído siempre que sus secretos están a salvo conmigo; pero, como les he dejado entrever, sólo mientras yo también esté a salvo.»

Escenas de Gilead.
«Lo que mi padre (se refiere a su escritorio) hacía allí dentro al parecer era muy importante: las cosas importantes que hacían los hombres, demasiado importantes para que las féminas se entrometieran, porque su cerebro era más pequeño e incapaz de concebir grandes pensamientos, según Tía Vidala, que nos daba clase de Religión», dice Agnes Jemima.
«Había columpios en uno de los parques, pero como llevábamos faldas, que se nos podían levantar con el viento dejando ver nuestras vergüenzas, un columpio era un atrevimiento que ni se nos pasaba por la cabeza. Sólo los chicos podían saborear esa libertad; sólo ellos podían disfrutar del vertiginoso vaivén; sólo ellos podían volar.»
«…Como Esposas debíamos saber, decía Tia Vidala, pues estaría dentro de nuestras obligaciones: tendríamos que supervisar a nuestras Marthas (siervas) para asegurarnos de que la ropa quedaba como es debido. Quitar la manchas de sangre y otros fluidos corporales era parte del deber de una mujer al cuidar de los suyos, en especial de los niños de corta edad y de los ancianos, decía Tía Estée, que siempre mostraba las cosas bajo una luz positiva. Este era un talento que poseían las mujeres gracias a su mentalidad especial, que no era una mentalidad dura y centrada como la de los hombres, sino tierna y húmeda y cálida y envolvente.»

Lo que hace el poder.
Habla Tía Lydia: «En ese país mío ya desaparecido, la vida entró hace años en una espiral de decadencia. Las inundaciones, los incendios forestales, los tornados, los huracanes, las sequías, la escasez de agua, los terremotos. Exceso de esto, carencia de aquello. (…) Caía la economía, caía el empleo, caía la tasa de natalidad. La gente empezó a asustarse. Luego empezó a ponerse furiosa. La ausencia de remedios viables. La necesidad de culpar a alguien.»
«El Comandante Judd ha medrado en el mundo, desde los tiempos en que lo conocí (… ) Enderezar a las mujeres de Gilead ofrecía escasa proyección para su ego y le cosechaba insuficiente respeto. Mientras que ahora, en el cargo de Comandante de los Ojos, lo temen en todas partes.»
«He tenido ocasión de observar, en el curso de lo que podríamos llamar mi ‘carrera’ en Gilead, que los subordinados dotados de poder repentino acostumbran a ser los que más abusos cometen.»

Autoritarios.
Desde la dictadura militar de los años setenta en la Argentina, claramente sostenida por el consenso de buena parte de la población, me he interesado por los sistemas de pensamiento autoritarios, muchos de ellos contenidos en expresiones comunes. Quizás haya sido esta la razón por la que me gustó tanto este libro, porque describe en el relato ficticio, formas de pensar que han sido naturalizadas, avalados por la costumbre o la tradición. En el relato hay menciones a quienes repiten sin investigar, o se habla de la prohibición de mirar para las mujeres, léase prohibición de saber, puesta en práctica en nuestro medio no hace tanto tiempo por la organización Servis Trinitatis. Pueda ser que el lector descubra otros; hay mucho más en la novela.

* Escritora y psicoanalista
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