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Fundada sobre sangre y palabras

La producción literaria de La Pampa a lo largo de diferentes períodos se ha visto marcada y contaminada por determinadas incidencias que son externas al propio campo, pero que, de alguna manera, responden a la instancia de constitución de la obra en conformidad de los textos de la realidad de un espacio social.
En esta serie de artículos no se pretende presentar una historia de la literatura pampeana, el espacio es exiguo para tal exposición, sino que se ha preferido realizar un recorte sobre el período de mayor y más interesante propuesta creativa. Etapa donde surgen o consolidan su oficio autores de envergadura que construyen un capital simbólico que identifica a la región, incorporando, incluso, diferentes tipologías culturales que conviven y discuten dentro de zonas referenciales del territorio. Los mismos textos literarios, como construcción de estructuras de sentir en la que disputan lugares de poder las mismas instituciones y formaciones, se constituyen en el espacio en donde se resiste o legitima determinado discurso hegemónico.

Población e identidad del espacio.
En primer instancia se puede destacar que es un lugar que ha sido revalidado como tal hace muy poco tiempo, es decir, que «la pampa» es La Pampa en su categoría de provincia hace poco más de 60 años. En agosto de 1951 se promulga la Ley 14.037 donde se le reconoce ese status; sin embargo tal reconsideración es tardía, llega después de medio siglo de lucha, porque en 1915 la región había superado ampliamente los habitantes que eran necesarios para que fuera valorizada como provincia.
Recuérdese que en ese tiempo prima la Ley 1532 impulsada por el presidente Julio Argentino Roca. Se está hablando del año 1884 y de las normas reguladoras de la organización de los Territorios Nacionales despojados a la denominada «barbarie». En dicha reglamentación se convino que se consideraría provincia al territorio que albergara dentro de sus límites más de 60.000 almas.
Hacia el año 1915 el Territorio Nacional de la Pampa Central se halla conformado por una población heterogénea; pueden enumerarse entre sus integrantes: los vestigios de las razas originarias, los criollos provenientes de provincias vecinas, los terratenientes con sus peones-gauchos y paisanos (quienes incursionaran en la región cuando la llamada Ley Avellaneda de 1876 puso en venta por anticipado las tierras -ocupadas por los indígenas- para su poblamiento e incorporarlas a la producción); también los militares participantes de la campaña «Conquista al Desierto» (también beneficiados mediante la Ley de Premios de 1885 con 8000 hectáreas para los jefes de fronteras y 100 hectáreas para los soldados). Sumándose a todo ese nutrido mosaico social, queda considerar el aporte del llamado «aluvión inmigratorio», con lo cual se llega en esa época a la cantidad de 100.000 habitantes.
Puede observarse de esta forma que casi se duplica la cifra exigida por los estamentos de la Nación, pero se le niega a La Pampa -violando la Ley 1532- dejar atrás la etapa territoriana. Algunos intereses metropolitanos se oponen a la concreción y fortalecimiento de una identidad que se va plasmando y potenciándose en cada fundación de pueblo, con la consiguiente elaboración de un porvenir sociocultural autónomo. A dicho paradigma se enfrentan los primeros periodistas, los emergentes productores culturales, los artistas y las comunidades que conforman el Territorio que, pese a reunir desde la década inicial del siglo los requisitos constitucionales, además, de tener un flujo productivo importante en la actividad económica, se le restringe la posibilidad de convertirse en provincia.

Espacio regional.
Por lo explicado anteriormente, se comprende como fue conformando su espacio regional la provincia y, a la vez, como dentro de sus límites se van configurando paralelamente en el tiempo y en el espacio las distintas subregiones culturales que serán identificables por la procedencia de cada uno de sus pobladores. Entonces, esa pulsación de prácticas culturales que se encuentran aglutinados en un territorio, de alguna manera, debe concentrar su capital simbólico, debe concertar la conformación de un capital cultural que exprese su memoria, su identidad, que articule los valores diferenciadores de la región. Así que consolidándose el espacio territorial se hace necesaria la instauración del «paisaje cultural».
Al respecto Edmundo Heredia explica: «la valorización del ‘paisaje cultural’ resulta clave para una comprensión de la región histórica. Dos términos, el uno de raíz geográfica (paisaje), el otro de raíz histórica (cultural), deben ser asociados hasta conformar un solo concepto mediante la interpenetración de ambos, hasta dotar al primero de un contenido geohistórico y al segundo de un contenido histórico-antropológico. La expresión ‘paisaje cultural’ es así el significante de un amplio y profundo contenido interdisciplinario». (Edmundo Heredia, en Pablo Heredia, El texto literario y los discursos regionales, Córdoba, Argos, 1994, p. 32).
El contenido geohistórico nos da un anclaje ancestral, que se retrotrae a casi 9000 años de la primera manifestación de la criatura humana en la región pampeana. Las pinturas rupestres de Lihuel Calel, los restos de cacharros utilitarios y los cantos ceremoniales y profanos de los pueblos originarios representan la fundación del paisaje cultural.
La impresión e influencia que causa el aprendizaje del paisaje no sólo corresponde a las lecturas de los textos significantes producidos por los criollos y, un poco más tarde, por los de los inmigrantes; sino que también se encuentra manifiesta a través de las distintas formas expresivas de la oralidad indígena. Inclusive, está retratada por los primeros exploradores-narradores (Luis de la Cruz, Mansilla) que eran ajenos al medio y que iban volcando las descripciones de sus exploraciones del solar pampeano en libros de informes, de relatos, de novelas, de relaciones o documentos varios.
«Las culturas que nos ocupan (en referencia a los pueblos originarios que poblaron nuestra provincia, acotación mía) eran altamente sensibles al paisaje que los condicionaba y ello se advierte en sus expresiones…», puede leerse en el libro Pampas del Sud (Subsecretaría de Cultura de La Pampa, Santa Rosa, 1997, p. 15); que es refrendada por este rescate investigativo: «Lelvum Mapu» (La región del llano): Esta es hermanos, nuestra tierra pampa/ donde nada se detiene, donde todo pasa./ Es el viento arriero y los cerros pasan.// Esta es hermanos, nuestra tierra pampa/ donde hay muchas yeguas, donde hay muchas vacas,/ y muchos guanacos, venados y gamas.// Esta es hermanos, nuestra tierra pampa,/ donde hay buenos pastos y buenas aguadas./ Caldén y algarrobo tienen buenas ramas.// Esta es hermanos, nuestra tierra pampa./ Vivimos en toldos. Cuando el tiempo cambia,/ cambiamos los toldos. Así es nuestra casa.// Esta es hermanos, nuestra tierra pampa./ No es la tierra estrecha. La tierra es bien ancha./ Por mucha que quieran a todos le alcanza.// Esta es hermanos, nuestra tierra pampa… (Pampas del Sud, 1997: 37).

Lo político, lo regional.
La literatura de La Pampa desde sus orígenes tiene un carácter de respuesta, de respuesta valiente que tuvo otros correlatos: como el movimiento provincialista en lo político. También, otros ámbitos de disputa, el cancionero de los ríos, es una manifestación que muestra una actitud comprometida tanto de los escritores y músicos, etc., como el involucramiento de toda una comunidad consciente de su protagonismo.
Los conceptos vertidos por el crítico Pablo Heredia en El texto literario y los discursos regionales se ajustan para tratar algunos puntos del tema presentado; principalmente el referido a la región como espacio donde se cimienta y desarrolla la identidad (aquí no se puede obviar el preciso enunciado del antropólogo Néstor García Canclini que dice: «la identidad es un relato que se construye», o más preciso lo que resalta Paul Zumthor: «El territorio se hace relato»). La realidad es convertida en relato, en texto, donde se refractan los temas y debates de la época, donde la identidad marca un derrotero simbólico que nutre y se retroalimenta con las diferentes generaciones. Apunta Heredia: «es a través de los espacios mentales o epistemológicos (formas de conocimiento, de aprehensión de la realidad, cosmovisiones, proyecciones de la comunidad, sabiduría popular, etc.) que adquiere la región una identidad semántica, en tanto que de su expresión constitutiva pueden construirse los caracteres funcionales de un uso particular de los códigos de comunicación, como así también sus manifestaciones discursivas y, en fin, la conformación del texto de la realidad de una comunidad determinada». (Heredia; 1994: 25)
Por eso en el horizonte de expectativa de ese grupo generacional de escritores es que surge la necesidad de concretar un espacio (textual) en donde comulguen los valores significantes de la región.
Respecto a este punto referido al espacio y el hombre que comulga con su territorio y, por lo tanto, además lo hará con toda su tradición, incluso con las tipologías culturales emergentes, el teórico ruso Mijail Bajtín señala que: «La palabra no es una cosa sino en el medio eternamente móvil y cambiante de la comunicación dialógica, nunca tiende a una sola conciencia, a una sola voz; su vida consiste en pasar de boca en boca, de un contexto a otro, de una colectividad social a otra, de una a otra generación. De este modo la palabra no olvida su camino y no puede librarse hasta el final, del poder de los contextos concretos de los cuales había formado parte». (Bajtin; 86:282)
En ese interregno es que se funda desde los textos de la realidad el paisaje cultural y cada uno de los libros de la región será la manifestación espiritual de todo ese siempre creciente bagaje identitario y cruce de representaciones discursivas y culturales.