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«Galo y Stalingrado», la nueva obra de Ana María Lassalle

Compilada por Anamaría Mayol, editado por El Mensú, ilustrado por Paula Lassalle y con prólogo de Hugo Francisco Rivella; «Galo y Stalingrado» es la última publicación de la escritora pampeana Ana María Lassalle.
Gisela Colombo *
«Galo y Stalingrado». Tal es el título de la nueva obra poética de Ana María Lassalle, reconocida y respetada figura en la provincia, quien ha recibido muchos honores, sin dudas, merecidos. Historiadora, miembro fundadora de la «Joven poesía pampeana» y ciudadana comprometida. Integra la Asociación Pampeana de Escritores y la Asociación Pampeana de Conservación del Patrimonio Cultural. Fue profesora e investigadora de la UNLPam y actualmente participa en la Comisión de Derechos Culturales del Observatorio Universitario de Derechos Humanos. Aunque también dedicó sus dones a la poesía. Tiene cuatro libros anteriores: de 1959, «La Pampa y yo»; de 1964, «Tiempo de Andar». En 2015 publicó «Prepárate para derrotar al viento» y luego «Las bebés clandestinas», en 2018.
«Galo y Stalingrado», editado durante este inusual invierno de pandemia, toma su nombre de la fascinación que genera la ciudad de Stalingrado (hoy Volgogrado) en un niño de ocho años, interesado especialmente en la historia. Abuela y nieto, según nos cuenta uno de los poemas, compartieron algunos programas televisivos de difusión sobre la ciudad soviética y la autora confiesa haberle enseñado el estribillo de La Internacional, sin considerar que su memoria pudiera guardarlo con tanto detalle.
Esta característica de ubicar en contexto las imágenes del poema con la que se inaugura el poemario habla de la vocación de historiadora de Ana María Lassalle y convierte el producto poético en un objeto atractivo incluso para los que no consumen habitualmente poesía. Sin perder imaginación ni sensibilidad lírica, hace aprehensible la belleza por diferentes vías.
Esa virtud que abre varias calles hacia el corazón del texto permite que el viaje del lector sea personal, no conducido, sino un descubrimiento activo que pondrá en juego la misma sensibilidad del receptor y acercará con ello la experiencia de la autora, logrando la identificación a la que aspira todo poeta.
Quien ingrese por gusto de las causas sociales, representadas aquí por la ciudad soviética, estará en camino, como lo harán quienes conecten con el despliegue de la Infancia que nos ofrece Lassalle. Un niño, Galo, es la portada de muchos otros niños, especialmente de la «Ana María» niña.
El que descubriera esta poesía a partir del valor del silencio y fuera testigo de cómo la poeta niña callaba en los viajes, «tenía unos cuatro años/ yo no los escuchaba transida por los sueños/ me vestía de silencio» también se estaría internando en la tónica de un estilo en cuyo dominio la poesía es continuación del silencio y no de la lengua prosaica, ni cotidiana. Esa pequeña no era sorda, como sospechaba el entorno, sino «poeta». No respondía banalmente, más bien callaba y se echaba a soñar.
La rareza iría mutando pero no acabaría. Ya adolescente, por más esfuerzos que hiciera, «era una chica extraña contra mi voluntad/ por eso/en puntillas/atisbaba ventanas». No lograba «mimetizarse». «Yo quería parecerme a las otras las normales/ las chicas comme il faut».

La esperanza.
La supervivencia de la mirada artística, según se desprende de los poemas, depende un poco de saber ocultarla, ocultar esa vocación de rotar y ver del revés la realidad, perspectiva que suele identificarse con la marca del poeta y del loco…
Pero Lassalle es excepción; no se siente obligada a renunciar a la racionalidad para asumir el vuelo del lirismo. Por eso incluso en este libro nos deja cantos donde la verdadera esperanza es producto de la belleza: «si logramos hacerla sentir bella/soportará el azote de este invierno». Por eso, podar -o corregir- equivale al trabajo de un «coiffeur» que embellece las cabezas y, en ello, les concede esperanza. La mirada estética es, en sí misma, una forma de la esperanza. Una promesa de sitio mejor.

Lo femenino.
Habrá quien pretenda comenzar por el concepto de lo femenino o por medio de lo arquetípico femenino que representa la madre para cada quien. Ése no verá desafiante rebeldía, una ruptura de todo el orden establecido, pero sí la independencia de aquellos mandatos que no comparte, que no le son afines. Así, la madre de la autora o del sujeto lírico niega directamente la emotividad y el romanticismo atribuidos al género femenino. «Mi madre aseguraba que la gente normal/no se dice te quiero», aunque tejiera y cocinara sin incomodidad, sin temor a perder identidad por cumplir esas tareas. La autora parece reproducir un rol similar. «Soy mujer y no olvido ventilar las mañanas/poner sábanas limpias/ inventar cuentos de tijeretas sabias/ preparar la merienda». También ese lector que siga las pistas de la condición femenina habrá descubierto una senda señalada por el texto.
Aquél que intente por el imaginario verá muchas ventanas al afuera y los árboles que, como símbolo, representan la vocación ascensional. Quizá la misma que la enmudecía en los viajes y la hacía parecer sorda de pequeña.

La complicidad con el árbol.
Conviven en el discurso un tiempo que se fuga y otro, encarnado por el árbol. «Cuando el calor arrecia / suelo abrir la ventana antes del alba/ entonces el árbol despierta/ estira su follaje / y me lanza sonrisas sugerentes/ de cine mudo».
La complicidad con el árbol atraviesa todo el libro y simboliza la mirada que trasciende el aquí y ahora, que busca en la palabra un cielo donde anidar. «Cerca de un siglo atrás pedía/ que me hamacaran fuerte / para ser impulsada al firmamento/ el hábitat de las muñecas/» pero ahora, conociendo su paño profundamente dice: «estaba equivocada/ a mí habrá de buscarme un unicornio/ con la montura de mi abuela/ (del regimiento de los Húsares de la Reina)/ seguro giraré hacia el poniente guiada por un águila».
No será el sueño y la evasión infantil la que le entregue el cielo, irá ella a la grupa de una utopía con la montura de las generaciones anteriores que también salieron firmes a encontrar su destino. No será un cielo de fantasías, sino una especie de cielo en tierra, «[…] cómo será el mundo/ cuando los genocidas desaparezcan de la faz de la Tierra/ como los dinosaurios»; de sitio perfecto porque la perfecta y humana justicia por fin se ha hecho.
«No será un meteorito/ sino bajo una metralla de canto y/ poesía» que sucumbirán los «dinosaurios». Por eso nos anticipa la heredad que deja a sus nietos: «hay bullicio en la puerta/ son mis nietos/ tienen hambre de abuela».
O como se pregunta en el principio, «Galo se olvidará/ de su abuela/ de pie/ con el puño cerrado?»
El camino a Valhalla rescata de la mitología nórdica los pasos que llevan a la eternidad. Por él es posible remontar río arriba hacia el corazón de la poesía. Esta travesía, que recuerda a los héroes celtas yendo hacia los campos elíseos, desnuda también el valor de la autora que piensa, con absoluta lucidez, en la naturaleza y el alcance de su legado.

* Escritora y docente