Inicio Caldenia "Gherenal", un cuento inédito de Marcelo Hopff

«Gherenal», un cuento inédito de Marcelo Hopff

En estas páginas compartimos «Gherenal (Un episodio de la campaña del desierto)», cuento
inédito del escritor Marcelo G. Hopff. Esta publicación continúa dos artículos anteriores de Caldenia, referidos al cacique Gherenal, su asesinato y la restitución de sus restos.

Marcelo G. Hopff *

El río sagrado corría perezosamente, viboreando entre los altos barrancos o arremolinándose en los playones, sin prisa, silencioso como la fiera que se desliza entre la maleza, sinuoso y blando como la culebra que recorre los montículos formados por las raíces del alpataco, donde los cuises tienen sus guaridas. De vez en cuando, el gorgoteo de las aguas, al abrirse paso entre las piedras y toscas que yacían, casi hundidas, en el lecho del río, se mezclaba con los silbidos del viento que sacudía las ramas de la achaparrada vegetación que languidecía en los contornos.
El Chadí-Leuvú, el misterioso Chalileo, unía, de este modo, sus notas monótonas y espaciadas al concierto de ruidos variados que las fuerzas de la naturaleza, bajo la dirección del recio viento, emitían como los instrumentos de una inmensa y abigarrada orquesta.
Las riberas del Chadí-Leuvú presentaban, en ese lugar, un aspecto marcadamente antagónico. Mientras la margen occidental albergaba una vegetación variada y bastante tupida, formada por jarillas, chañares y retamos, en la margen oriental del río la vegetación, raquítica y raleada, se veía desplazada por extensos playones salitrosos y anegadizos. El pantano tendía allí su celada a las bestias que bajaban a la aguada para mitigar la sed con las amargas aguas del río que, en épocas de gran bajante, se tornaban impotables hasta para el guanaco. Cuando el río traía agua abundante, era visitado por la numerosa fauna de la extensa comarca que sus ondas atravesaban pero que solamente fertilizaban cuando los grandes deshielos de la cordillera colmaban su cauce hasta hacerlo salir de madre. Entonces inundaba los campos circundantes, alimentando las grandes lagunas y enriqueciendo las vertientes subterráneas con el precioso líquido que, ávidamente, absorbía el reseco suelo pampeano.
El invierno se había presentado llovedor. El Chadí traía bastante agua y sus ásperas márgenes mostraban las huellas de pisadas de aves y mamíferos, desde la diminuta huella de la tímida perdiz, hasta la ancha y aterradora del nahuel, señor de la comarca. También los venados, la hacienda cimarrona, los guanacos y avestruces dejaban sus huellas, que formaban numerosas rastrilladas en su incesante deambular a lo largo de estas márgenes. El viejo río era amparo y fuente de vida para todos los moradores de la salvaje región.
Sobre el barranco occidental, cerca del vado o paso, acampaba una reducida tropa de indios. Algo más lejos, al abrigo de una isleta de chañares, se adivinaban las toscas siluetas de algunos toldos, sacudidos por el fuerte vendaval. Algunas chinas y uno que otro indiecito, que circulaban entre los toldos, denunciaban la presencia de la chusma perteneciente a la tribu del cacique Gherenal.
El arrollador avance de las tropas expedicionarias de Roca había disgregado las tribus, dispersándolas como las arenas del médano azotado por el viento.
Los guerreros indios, acampados sobre el barranco, se agrupaban acuclillados alrededor de un fuego cuidadosamente tapado y disimulado detrás de un promontorio de toscas, para evitar que el humo y el resplandor los delatara al enemigo.
Los caballos de batalla permanecían inmóviles, ocultos por un tupido jarillal. Gherenal, «el de la vista clara», se desprendió del grupo y avanzó hasta el borde del barranco. Su mirada de águila abarcó la extensión del agreste paisaje y en su rostro ancho y aplanado, en el cual se destacaban los ojos, chispeantes y de expresión inteligente, se reflejó una honda preocupación.
Mientras su escrutadora mirada recorría la comarca que, hasta ayer nomás, fue el teatro indiscutido de sus andanzas, sus pensamientos se concentraban en esa tierra, áspera pero generosa, que aseguraba la vida de su tribu.
Esa tierra, ínfima parte del inmenso territorio que se extendía desde las faldas de los Andes hasta mucho más allá de las márgenes del río sagrado y que ahora estaba, casi íntegramente, en poder del enemigo secular, el «cristiano» tenaz y ambicioso, el odiado huincá.
¿Qué pretendía el arrogante extranjero, el audaz y despiadado conquistador?
¿No le bastaban los extensos campos que ya había arrebatado al indio, no le conmovía el espectáculo de los toldos destruidos y la indiada errante, guerreros y chusma, que ya no hallaban lugar seguro en la inmensidad del desierto?…
Estas preguntas surgían en la mente del cacique mientras fijaba, pensativo, las miradas en las aguas del río que, perezosamente, se arrastraban hacia Urre Lauquen, el lago de las brumas.
Largo rato miró, distraídamente, la corriente. De pronto, su mirada se avivó y clavó los ojos en un objeto que flotaba, sumergido a medias en el río, y que, lentamente, se fue acercando al lugar que ocupaba el cacique. Este se inclinó lanzando una sorda exclamación al reconocer el objeto: un kepí, el rojo gorro de un soldado, que las aguas del Chadí-Leuvú balanceaban y arrastraban como un trofeo.
El rápido cerebro del indio captó enseguida el significado de la presencia de aquel objeto en el río: el kepí, arrancado de la cabeza de un soldado por una furiosa ráfaga de viento, había caído al agua y no pudo ser rescatado por su dueño. Ese soldado formaría parte de un contingente que venía orillando el río y no podía estar muy lejos…
Gherenal, en un impulso irrefrenable, se agachó y levantó del suelo un gran trozo de tosca que arrojó, con furia, sobre el kepí que pasaba boyando. El impacto provocó el naufragio del gorro que se hundió en medio de un pequeño remolino, desapareciendo bajo la superficie.
El cacique se volvió prontamente y con un potente grito movilizó a los guerreros amodorrados alrededor del fogón claudicante.
La proximidad del enemigo electrizó a los indios, quienes corrieron a preparar los caballos y a tomar las lanzas. Gherenal impartió sus órdenes con perfecta calma. Dispuso que una parte de su tropa cruzara el río por el vado y se emboscara entre unos matorrales cercanos a la orilla opuesta. Ordenó al capitanejo que mandaba el pelotón que se mantuviese oculto con su gente hasta que la tropa enemiga se acercara al paso y que luego la cargase decididamente. Aprovechando la confusión, él con el resto de la indiada se lanzaría por el vado y caería sobre los cristianos, tomándolos desprevenidos, ya que no sospecharían su presencia de este lado.
El capitanejo reunió su gente y, silenciosamente, los guerreros cruzaron el vado que, en el centro del río, tendría un metro escaso de profundidad. Cuando la vanguardia hubo ocupado sus posiciones en el sitio indicado, Gherenal ordenó a su tropa que se mantuviese pronta y él, dejando su caballo al cuidado de un guerrero, se encaminó hacia el borde del barranco para ocupar su puesto de vigía. Nuevamente escudriñó los alrededores. Muy pronto su ojo experimentado logró descubrir los primeros indicios de la proximidad del enemigo. El campo «estaba en movimiento».
Una puntita de avestruces huía precipitadamente hacia el Sur. Una manada de guanacos, en camino hacia la aguada, se había detenido a unas quinientas varas del río. Los animales, con las orejas tiesas, miraban atentamente río arriba. Después se arremolinaron y partieron al galope, con largos y elásticos saltos, erguidos y ligeramente extendidos hacia adelante los gráciles cuellos.
Un peuco majestuoso, el águila sagrada de los indios, posado sobre un renuevo, mostraba su amplio pecho blanquecino y mantenía la cabeza vuelta hacia el Norte. De pronto batió las alas grises y se elevó en el aire, alejándose rápidamente…
A lo lejos, en un lugar donde el río describía una amplia curva, una tenue nube de polvo se deshacía ante los embates del viento.
-Los huincá- murmuró Gherenal, sin apartar su mirada de la distante y ominosa polvareda. El enemigo se acercaba sin sospechar, al parecer, la emboscada preparada por los indios.
Lentamente el cacique, sin incorporarse, se fue alejando del borde del barranco y, casi reptando, llegó hasta el jarillal donde se ocultaba su gente.
Trataba de no ser descubierto porque no ignoraba que los soldados tenían la vista aguda como el calquín, morador alado de los picachos serranos, y la astucia del zorro, merodeador y desconfiado.
Transcurría el tiempo. Aunque, aparentemente, la tranquilidad era perfecta, ya el seguro instinto del salvaje presentía la proximidad del enemigo. El capitanejo, acostado sobre el rugoso suelo, mantenía una oreja pegada a la tierra.
Su fino oído percibía, claramente, las vibraciones que los cascos de los caballos de la tropa que se aproximaba provocaban en el duro suelo que bordea el cauce del Chadí. Se incorporó cautelosamente y, volviendo la cabeza hacia la orilla opuesta, lanzó un largo y modulado silbido, que remedaba, fielmente, el melancólico reclamo de la perdiz copetona. Era la señal convenida que indicaba al cacique el inminente arribo del enemigo.
Gherenal oyó la señal y una breve orden suya alertó a los guerreros. Aún se mantenían desmontados pero listos para saltar sobre sus corceles y lanzarse, a través del río, para caer sobre los soldados.
Súbitamente, un vibrante relincho resonó en la opuesta orilla. Los caballos de los indios pararon las orejas, pero, adiestrados a la usanza indígena, permanecieron mudos. Un momento después un tropel anunció la llegada de la tropa expedicionaria.
Casi enseguida los alaridos de los indios emboscados desgarraron el aire. Salieron del malezal que los había ocultado y cayeron sobre la tropa como una jauría de cimarrones famélicos. En el primer choque un soldado fue arrollado, rodando con su caballo por el fangoso suelo del playón.
Pero la disciplinada soldadesca pronto se repuso de la sorpresa y, mientras los indios agresores evolucionaban vertiginosamente alrededor del escuadrón, los soldados comenzaron a disparar sus rémingtons o desenvainaron sus corvos.
Sables y lanzas fueron esgrimidos con furia homicida y las detonaciones de las armas de fuego se mezclaron en la gritería de los contendientes.
El combate se empeñó con igual denuedo por ambas partes.
De pronto los soldados escucharon, a sus espaldas, el grito de guerra de los hombres de Gherenal que llegaban vadeando el río.
Al frente de su hueste cabalgaba el cacique y su parejero malacara avanzaba a grandes saltos, levantando una marejada en las enturbiadas aguas del río. Detrás de su caudillo los coná llegaban, revoleando las empenachadas lanzas o arrojando sus temibles «bolas perdidas», con certera puntería.
El teniente del escuadrón gritó sus órdenes y la tropa evolucionó para hacer frente al nuevo enemigo. El combate se hizo más encarnizado cuando Gherenal llegó a la orilla, seguido por sus guerreros, interviniendo en la lucha y uniendo sus voces al coro de gritos iracundos que el viento dispersaba y conducía a larga distancia, hasta los toldos de la aterrada chusma.
Como lo había calculado el cacique, el suelo fangoso del playón dificultaba, grandemente, las evoluciones de la caballería enemiga, mientras los corceles indios, acostumbrados a correr por guadales y suelos accidentados, se movían con toda soltura.
Gherenal, «el de la vista clara», estaba en todas partes y su poncho pampa se destacaba en el compacto torbellino del combate. Parecía invulnerable y su ejemplo enardecía a sus coná que emulaban la acción de su valiente caudillo hiriendo con lanza, bola y facón, supliendo con su empuje la pobreza de su armamento. Pero la disciplina y las armas modernas daban superioridad a los huincá. Aunque muchos soldados se hallaban heridos, algunos de consideración, los indios iban dejando un tendal de muertos sobre el removido suelo salitroso, en revuelto montón con caballos caídos, jergas y lanzas inutilizadas.
Gherenal comprendió que el combate, transformado en matanza, finalizaría con el exterminio de los suyos. Quiso morir con ellos y arremetió nuevamente, con la pujanza ciega del toro embravecido…
Dos soldados del valiente escuadrón del 6 de línea habían desmontado, a corta distancia del campo de batalla. Uno de ellos se vendaba un brazo que ostentaba un amplio y profundo chuzazo. El otro, un correntino, que había perdido el kepí y se sujetaba las crenchas con un ensangrentado pañuelo, trataba de sacar un cartucho del cañón del fusil, que se le había «atrancado».
-Ahá- masculló el correntino, mientras forcejeaba-, m’está fallando la «garabina»… Tres chumbos le mandé al cacique y no le pegué…
-‘tará retobao- exclamó el herido-, pa’mí tiene embrujao el poncho…
El correntino, por fin, había extraído el cartucho inútil con ayuda del facón. Sonrió con aire feroz.
-No li valdrá el payé aura, si llego a ponerle los puntos- gruñó, mientras introducía una nueva bala en la recámara.
Casi todos los guerreros indios habían caído. Solo el cacique, rodeado por unos pocos indios, dispuestos a morir con la lanza en la mano, seguía luchando.
El teniente decidió poner fin a la pelea y ordenó una carga a fondo.
En el instante en que Gherenal enristraba la lanza por centésima vez, una fuerte ráfaga de viento se embolsó en los pliegues de su poncho, una de cuyas puntas azotó y cubrió el rostro del cacique.
El ancho pecho del caudillo indio quedó descubierto y en ese momento el soldado correntino disparó el rémington, cuya bala penetró en el tórax del cacique. Gherenal abrió los brazos y se tambaleó sobre el lomo del malacara.
Casi simultáneamente con el tiro del correntino, otra bala, procedente del fusil del soldado herido por el chuzazo, alcanzó al malacara en la cabeza. El parejero cayó pesadamente de costado arrastrando a su moribundo jinete…
El combate había terminado. Un contingente del 6 de línea atravesó el río para caer sobre la toldería del cacique vencido. Los restantes soldados vendaron sus heridas y auxiliaron a sus camaradas maltrechos, sobre el mismo campo de batalla. Los guerreros indios sucumbieron en su totalidad.
Tal fue el trágico saldo de la acción del «paso de Gherenal», librada el día 11 de junio de 1879, entre tropas del 6 de línea y las huestes del cacique ranquel Gherenal, «el de la vista clara».
La desolada margen del Chadí-Leuvú quedó sembrada de cadáveres de indios y caballos inmolados, que yacían medio sepultados en el cieno salitroso. Lanzas rotas, bolas perdidas, trozos de poncho y matras destrozadas cubrían el suelo pisoteado y revuelto durante el furioso vaivén de la batalla.
Rodeando el cuerpo de Gherenal, que yacía al lado de su parejero abatido, los cadáveres de sus guerreros parecían querer proteger a su cacique, aún después de muertos. El poncho pampa cubría el rostro del caído caudillo, como queriendo ocultarle el pavoroso cuadro de su derrota.
Cuando los soldados lograron reunir la numerosa caballada dispersa y quedó formada la columna de la llorosa chusma prisionera, sobre el ensangrentado campo de batalla, que abandonaron las tropas victoriosas, se abatió un pesado y lúgubre silencio que abrió para las fieras rondadoras un abominable paraíso de horribles e interminables festines…

Pampeano por elección
El escritor Marcelo Gustavo Hopff (1894-1974) figura, por cronología, entre los primeros escritores pampeanos. No obstante, sus relatos datan de la década de 1960 (según nos relatara su hijo Jorge, empezó a escribir sólo cuando se jubiló), y la publicación de su primera antología -El monte del Diablo y otros cuentos- podría concretarse de manera póstuma en 1986.
Más allá de haber nacido y residido toda su vida en la ciudad de Buenos Aires, la pampeanidad de Hopff se forjó a partir de que, en 1901, cuando tenía siete años, hizo su primera visita a la estancia que su padre, el pionero alemán Máximo Hopff, había adquirido a unas quince leguas al sudoeste de General Acha: «San Máximo», en el valle de Maracó Grande. Allí, escribe en una nota autobiográfica que aparece citada en la mencionada edición pampeana de sus relatos, «pasé los momentos más dichosos de mi infancia, pudiendo decir que, desde entonces, me he sentido pampeano a carta cabal».
Su relato inédito «Gherenal», inspirado en la crónica de Zeballos, forma parte de una pequeña trilogía que él titula «Los héroes aborígenes». Es posible, además, que la relativa vecindad de «San Máximo» con el teatro del episodio -el establecimiento se encuentra a cierta equidistancia entre General Acha y Lihuel Calel, cerca de la intersección entre las rutas provinciales 24 y 11-, así como su fascinación general por aquella Pampa primitiva y sus historias que él frecuentó durante su infancia, hayan contribuido también con su inspiración.

Ilustración
«Gherenal, el último combate» Por Arq. Miguel García