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Germinar la poesía

LETRAS - "UN ADEMÁN AL SOL", DE EDGAR MORISOLI

En Un ademán al sol, Edgar Morisoli vuelve sobre temas vitales. Propone nuevamente la poesía como resistencia y compromiso contra las injusticias de la vida, como ejercicio de la memoria colectiva.
Gisela Colombo *
El 9 de noviembre fue la fecha elegida por Edgar Morisoli para presentar su nueva obra, que lleva por título «Un ademán de sol». Ediciones Pitanguá se encargó de materializar una publicación de calidad; y fueron varios los ilustradores que participaron con su arte: Paula Rivero, Marta Arangoa, Osmar Sombra, Dini Calderón, Raquel Pumilla; y del archivo fotográfico de Juan Pablo Morisoli, se sumaron también imágenes.
El libro reúne textos líricos que el autor reconoce típicos en su producción por tratarse de «poemas de gestación gradual», lo cual significa que no corresponden a un mismo periodo, sino que son aquellos que han ido encontrando su forma definitiva y, como consecuencia, ingresaron en la selección.
Las producciones son heterogéneas pero los asuntos regresan sobre los temas vitales del poeta. Especialmente la naturaleza y el valor de la Poesía. Esa unidad detrás de lo diverso se manifiesta desde el mismo título, que nos habla de «[una manera […] de decir y vivir la poesía,/ un ademán de sol frente a la bruma/ de los años.»

Memoria y compromiso.
En «Somos nuestra memoria», uno de los poemas, la persistencia de ademanes de sol es una manifestación de la memoria cuando se torna la espada con la que se combate a «los empresarios del olvido.» Hacer poesía es recuperar la memoria, beber con verdadera sed desde el brocal, como si fuera un pozo de agua, de recuerdos, al que la conciencia se asoma al escribir. Es compromiso y resistencia contra las injusticias de la vida, «…porque el mero soñar ya implica resistir.»
Escribir o leer poesía (hacer memoria) será, en tal caso, un compromiso con las causas comunitarias y la resistencia por la palabra. «Cantar. Seguir cantando/ de cara a las miserias y al olvido».
Una ponderación a la prensa»insumisa» homenajea no sólo a Mariano Aspiazu, fraile ecuatoriano que huye de la persecución del Virrey en tiempo de las guerras de Independencia. Edgar ve, detrás de la figura de Aspiazu, «una misma cuerda vibrante» trasversal a la historia de la prensa que no calla ante el poder.
La imagen de la cuerda no es azarosa. El mismo Morisoli confiesa cuál resultó la reflexión que lo llevó a escoger el título de «Un ademán de sol». Cada año, cuando llega el 24 de marzo, se rememora el hecho aciago del golpe militar que inauguró la última dictadura argentina. En Santa Rosa, y por iniciativa de la Asociación Pampeana de Escritores y la Biblioteca Edgar Morisoli, se instala en la Plaza San Martín un cordel de donde se cuelgan textos y dibujos que el público aprecia una y otra vez. Para el poeta esos «gestos luminosos» ligados a la poesía, que recuerdan las «Coplas de los ciegos» de la tradición española, son ademanes de sol, expresiones de la memoria colectiva, chispas de luz en medio de un ambiente brumoso de egoísmos presentes y de violencia pasada. Como quien orea y blanquea sus «trapos al sol», la sociedad saca ese día sus dolores, sus recuerdos, su capacidad de resistir la injusticia y celebra la poesía.
«Mariano Aspiazu vive y alienta todavía en el noble linaje de la prensa insumisa, heroicas redacciones que libran día a día su desigual batalla por todo el continente mientras ardan los leños de la Utopía de América»
El humanismo americano es objeto de estudio permanente de nuestro autor y en este caso se torna motivo para hablar de una de las funciones esenciales de la poesía, según su visión.

Misterio.
Pero la poesía no será solo un «arma cargada de futuro». En la concepción que sostiene Morisoli también implica un andar detrás de los enigmas, la búsqueda de iluminación. Y eso resulta de la vocación que no se puede rechazar. Por eso dice:
«Un poeta no puede mentir. Un poeta no puede/ ocultar ni ocultarse, porque su corazón/ es casa de la vida, brújula de verdad y de belleza […] y su sino es cantar, izar al tope/ del mástil la más verde rama del cancionero.»
Quizá la clave más sugestiva esté en «El advenimiento»:
A partir de un epígrafe del poeta cubano Cintio Vitier («…toda poesía me parece el umbral / de un advenimiento mayor e inabarcable.»), construye Morisoli su texto.
«¿Y qué adviene después? ¿El misterio/ del mundo, las preguntas a la Esfinge, el secreto diálogo con la noche o la llanura, el rumbo/ de los sueños (que quizá son los mismos de hace diez o cien siglos), la sed desesperada de belleza,/ el hambre de justicia y equidad en la Tierra, / la demanda agonal de que un instante/ un momento entre todos los momentos que hilvanan una vida / alcance un resplandor mayor e inabarcable?
En este sentido de iluminación y expansión del entendimiento, el poeta cita a San Juan de la Cruz como actitud de Esperanza poética. Esperanza de ser iluminado aun desde el rincón más oscuro de la noche.
Cada vez que se expresa el deseo de iluminación, el ademán de sol convoca la «vera luz», la luz que es claridad pero a la vez Esperanza. Que es luz y fuego y calor. El ademán es, por tanto búsqueda del misterio, un secreto diálogo con la Naturaleza, una expresión de los sueños más íntimos, la apertura al misterio, a lo inabarcable.
La más célebre obra de San Juan de la Cruz es «La noche oscura» donde el camino místico de la iluminación ocurre desde la más cerrada oscuridad. Ese dato es, en sí mismo, una proclamación de la Esperanza.
Morisoli lo dice así:
«Me puebla la esperanza/ como una multitud de luminarias que disipan lo oscuro / y en la gracia del canto desafío/ las mudanzas del tiempo./ No hay dudas que cabalgo/ como tú, como todos sobre la gran marea de enigmas que es la vida, / que es el amor, y que a su impulso alcanzo/ impensadas riberas, últimas intemperies/ desde las cuales me rescata el canto,/ y empero, aunque es de noche,/ con él entre los labios prosigo mi camino.»
Como si Manuel Altolaguirre, el poeta español fuera quien le acerca a Juan de Yepes, lo menciona en esta apología que hace de la poesía.
En «Umbral invisible», dedicado a la poeta Laura Carnovale, autora de Tengo un cielo en mi cocina, se canta a la intimidad gestada en torno de y por el fuego nutricio.
El poeta define ese centro ígneo como un «ara», un altar profano, centro indiscutible de las hierofanías. En muchas culturas primitivas se hace presente el centro como un sitio por el que se pueden transitar en ascensos o descensos las diferentes dimensiones de lo real.
Este poema pondera la amistad. Y el fuego, la cocina, el mate representan un modo de abrir la puerta emocional a otro ser, dejarlo «transponer ese umbral invisible» que separa el mundo exterior del interior. En torno de ese ara se internaliza a alguien, se lo suma al corazón, se lo alberga dentro.
En «La vera luz», «El fuego, nuestro fuego, no ardió en vano» remite, según la dedicatoria, a quienes participaron de «La joven poesía» y aún continúan enhebrando, como muchos otros,»sus pacientes agujas/ para seguir bordando los sueños, la esperanza, / el tapiz cotidiano de la vida, la vera luz del mundo.»
Una historia de encuentro entre Manuela Sáenz, amada de Bolívar, «La libertadora», y el escritor Herman Melville también se da cita en el libro. Manuela representa la epopeya viva de la América hispana.
Por medio de la figura de Raúl Zurita, poeta chileno, Morisoli vuelve al elogio de la poesía y a la condición de poeta.
Una analogía que ya se había dejado ver en otros libros regresa aquí como el símbolo del amor romántico. El florecimiento del jardín hace presente a Margarita.
«Coplas de pie quebrado» enaltece la escritura/ lectura como único consuelo al dolor. Y lo hace con el código de la poesía más popular. En «Manual del soñador» se revela el carácter de resistencia que implica soñar.

Germinación.
Pero es en «Hombre que escribe versos» donde se explicita la metáfora sutil que domina el libro. Se trata de la germinación, del poeta como planta. El ilustrador Osmar Sombra percibe con claridad este aspecto y lo reproduce en la elección del fondo verde para un rostro del poeta muy bien retratado.
El viento es el vehículo transmisor como si eso no hiciera sino retratar el modo en que se produce la germinación vegetal por vía eólica: «y el viento semental de las estepas alza su desafío.» La memoria de todos los ademanes de sol del pasado, de todas las voces que se alzaron en nombre de la Justicia y la Esperanza montan el viento (o el tiempo) para germinar una vez más.
«Un hombre escribe versos y no sabe/ si acaso de esos versos por azar, por fortuna / brotará alguna vez la redentora luz de la poesía,/ la bienaventuranza de su polen-en-viaje.»
* Escritora