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Hay cosas que nunca cambian

La historia de Hipólito, que dio origen a varias obras teatrales a lo largo de la historia (trágicas en general) es una de las ficciones que denuncian enormes iniquidades montadas para esconder lo que pudo haber sido un simple apetito.

Gisela Colombo *

Hipólito era hijo de Teseo y una amazona llamada “Melanipa”. Era un hombre joven e imprudente como solían serlo los “imberbes” de la mitología. Era un gran devoto de la diosa Artemisa, también llamada “Diana” por los romanos, que era casta y protectora de la cetrería, la caza y los destinos boscosos. Con la misma pasión que amaba a la diosa virgen, Hipólito despreciaba a Afrodita (Venus). La diosa del amor, siempre orgullosa de no resultarle indiferente a ningún hombre, decidió cobrarse una venganza.

La diosa Afrodita le inspiró a la segunda esposa de Teseo, Fedra, una admiración por su hijastro Hipólito que pronto se tornó irrefrenable. Callar semejante pasión se fue convirtiendo en una misión imposible de cumplir.

La mujer estaba tan enamorada del joven que después de debatirse internamente y censurarse una y otra vez, decidió confesarle su amor.

El adolescente, lejos de dejarse llevar por quien debía ser ejemplar en virtud de su edad, se horrorizó, y rechazó a Fedra con furia.

Fue entonces cuando la esposa de Teseo supo que había quedado expuesta. ¿Qué podría suceder? Ahora debía esperar las consecuencias de haber dejado salir esa confesión incendiaria de su boca maternal. Fedra se preguntaba seguramente cómo evitar que llegara a oídos de Teseo lo que había ocurrido. ¿Cómo anticiparse y hacerle creer a su esposo que no era cierto la acusación que de su hijo oiría?

Estrategia universal.

El famoso truco que hoy vemos una y otra vez. No sólo en el cine, la literatura y el teatro. La estrategia de Fedra parece seguir siendo universal también en la vida real.

Sucia como estaba la conciencia de Fedra, se anticipó a toda novedad de Hipólito y acudió ante Teseo. Relató una situación en la que invirtió los hechos y la víctima de su lujuria se convirtió en el victimario.

La mujer desgarró su propia ropa y fingió los efectos de un ataque sexual. Fue capaz de partir la puerta de sus habitaciones y lloró hasta que Teseo le creyó. Así, Hipólito recibió una acusación gravísima y Teseo fue presa de terrible ira. Pero no quiso, como había sucedido a Heracles, mancharse las manos con la sangre de su hijo.

En cambio, solicitó a Poseidón que fuera el brazo que diera muerte a su hijo. El dios de los mares le debía el cumplimiento de tres deseos pendientes. No pudo negarse cuando Teseo le pidió que enviara al joven un monstruo marino temible que fue causa del final: un accidente mientras conducía su carro a orillas del mar.

Al conocer el daño que le había causado y estar dividida entre el enojo por el rechazo y el amor que Hipólito le inspiraba, Fedra decidió quitarse la vida.

Algunas versiones sostienen que Artemisa le rogó al médico de los dioses, “Asclepio”, que resucitara al adolescente. Quienes creen en esta resolución, están convencidos de que Artemisa se lo llevó con ella a Italia e Hipólito sirvió a la diosa en sus aventuras de caza y castidad.

Este mito, como tantos otros, resulta una manifestación más de los horrores que se pueden cometer con una pasión inconfesable y un poco de malicia.

* Escritora