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Historias y quejas en la penumbra

El cine, un espacio para hacer volar la imaginación, y que con el paso de las décadas fue cambiando y mejorando la experiencia del espectador. Más allá de todo, siempre habrá tantas opiniones como personas en la sala.

Walter Geringer *

Ir al cine es sinónimo de lugar de encuentro, de espacio donde compartir emociones con otros, de disfrute. De tomarse un tiempo para uno mismo también, haciéndose “el espacio para ver una historia que alguien se tomó el trabajo de ordenar en imágenes, sonidos y palabras” como dice Fito Mendonça Paz en su libro “El fraude más hermoso”. La gente necesita a la gente, más allá de que tengan películas en todos los dispositivos, sistemas de streaming o canales digitales, sigue siendo una salida. Y es indudable que va a ser más cómica la comedia, más intenso el drama y más aterradora la de terror en un cine. Un reciente estudio de una cadena de salas de Argentina, que se publicó en un diario y en redes sociales, determinó que el 83,2% de los encuestados elige el cine para escapar de su rutina. Un 21,2% para pasar tiempo con sus seres queridos. Un 48,6% va al cine motivado por el estreno de una película esperada. Ahora, que las salas están cerradas desde el inicio de la cuarentena por la pandemia del virus que nos azota, muchos añoramos sentarnos frente a la gran pantalla, con sonidos que salen de todos lados, a ver aunque sea una de Rocky.

En el cine.

En otra encuesta hecha por Comscore hace unas semanas, se determinó que –del público habitual–, un 15% va al cine todas las semanas, y se denominan “heavy moviegoers”. En nuestra ciudad estos “aficionados al cine” se diferencian en dos franjas etarias: niños y adolescentes y mayores de 50 años. En la misma encuesta se consultó qué harían al final de la pandemia: 22% viajar; 17% concurrir a bares y restaurantes, 14% trabajar, el 12% ir al cine.

En esta necesidad de visionamiento colectivo de películas, es indudable que también se extrañen a otras personas, a esas con las que compartimos la experiencia, de las que nos quejamos muchas veces, pero terminamos riéndonos o sorprendiéndonos juntos.

Las salas de cine albergan todo tipo de espectadores, entonces variopintas son también las quejas en consecuencia, las exigencias y las situaciones que se viven en las boleterías. Muchos no asumen haber leído mal el horario o que la película que van a ver ya no está en cartelera, o que en una familiar va a haber niños. Y hay otras quejas de los espectadores que, increíblemente, no han variado con el tiempo, desde la “fantasía parpadeante” del celuloide de principios del siglo pasado, hasta el digital actual.

Los que hablan, los que comen.

Roberto Arlt (1900-1943) escribió en El Mundo en agosto de 1933 una serie de “calamidades” de las salas de cine; además de quejarse porque en algunas butacas no había ni gancho ni estante para el sombrero, comentaba: “Me instalé en una butaca. Por donde se oía (no puedo decir por ‘donde se miraba’ porque la oscuridad era casi absoluta) se oían llantos de criaturas. Aquello no parecía un cine, sino un falansterio o una maternidad en las tinieblas. El llanto del criaturerío aumentó de tal manera que aquello parecía una noche de primavera con infinitos gatos en el tejado. Cuando los gatos se hacen el amor, sus maullidos se parecen al llanto de las criaturas. Por fin, al repetido siseo de los que no acarretillaban párvulos, intervino el moroso acomodador, les dirigió la palabra a los tenentes de los llorones y, lo único que se obtuvo, maravíllese usted fue lo siguiente: Que los padres, para calmar a las criaturas, empezaran a pasearlas en brazos por el pasillo. Me levanté y me marché”.

Otra calamidad: “Vez pasada de noche, entro a un cine de Almagro… Había ido a ver ‘Fatalidad’. Me incluyo entre los hinchas de Marlene Dietrich. Es maravillosa. Mis oídos perciben un ruido como de carpintería. Al mismo tiempo, por el aire se expandía un olor a guiso, pimentón y ternera cocida. Yo me estaba preguntando si ahora las películas, además de ser parlantes eran odorantes, cuando de pronto se cortó la cinta, volví la cabeza y descubrí una venerable familia extranjera mascando a cuatro carrillos. Habían tendido mantel de papel pergamino sobre sus rodillas y hermanaban el arte de Edison a las habilidades de Brillant- Savain (1). Uno no sabía si reír o protestar. El suelo estaba sembrado de miguerío marroquiento, y cuando se restauró la película y continuó la exhibición de ‘Fatalidad’, la familia extranjera comenzó nuevamente a comer con tal entusiasmo, que el ruido de sus mandíbulas no permitía escuchar la sincronización de la película. Conclusión: deben prohibirse los picnics y comilonas en los cines”.

A éstos bocadillos de Arlt tendríamos que agregarle hoy, el que usa el celular en medio de la película: el que responde llamadas y mensajes, verifica publicaciones en redes, mira la hora, se fija si lo tiene en silencio, le ponen dibujitos o juegos a los más chiquitos para que se callen, controla el nivel de la batería, y como lo encendió el de adelante lo imita el de atrás a ver si funciona el suyo. La encuesta que les comentaba arriba determinó que sólo el 22,8% apaga el celular antes del comienzo de la película.

Hablada en castellano.

Hasta hace un tiempo sólo las películas extranjeras familiares en los cines tenían su versión en castellano. En los ’80 con el VHS se podía alquilar un título en castellano o subtitulado, en diferentes casetes. El DVD, el BluRay, streaming y canales satelitales tienen la opción de idioma y subtítulos en un menú.

En los cines, desde la digitalización hay funciones en el idioma que elijan, pero la gente prefiere en su mayoría las películas dobladas al castellano, situación que enfurece a los amantes del idioma original.

Hay ejemplos de doblaje extraordinarios y otros que dan vergüenza y estropean hasta la actuación del protagonista. En el cine familiar que se ha exhibido últimamente, hay muchos ejemplos de calidad y respeto al público. Y, sobre todo para los seguidores, que mantengan durante años los mismos actores de doblaje de las sagas o series, como “Dragon Ball”, por ejemplo.

Escribía Jorge Luis Borges (2) , “Los griegos engendraron la quimera, monstruo con cabeza de león, con cabeza de dragón, con cabeza de cabra; los teólogos del siglo II, la Trinidad, en la que inextricablemente se articulan el Padre, el Hijo y el Espíritu; los zoólogos chinos, el ti-yiang, pájaro sobrenatural y bermejo, provisto de seis patas y de cuatro alas, pero sin cara ni ojos; los geómetras del siglo XIX, el hipercubo, figura de cuatro dimensiones, que encierra un número infinito de cubos y que está limitada por ocho cubos y por veinticuatro cuadrados. Hollywood acaba de enriquecer ese vano museo teratológico; por obra de un maligno artificio que se llama doblaje, propone monstruos que combinan las ilustres facciones de Greta Garbo con la voz de Aldonza Lorenzo. ¿Cómo no publicar nuestra admiración ante ese prodigio penoso, ante esas industriosas anomalías fonético-visuales?. Más de un espectador se pregunta: Ya que hay usurpación de voces ¿por qué también de figuras? ¿Cuándo será perfecto el sistema? ¿Cuándo veremos a Juana González, en el papel de Greta Garbo, en el papel de la Reina Cristina de Suecia?”

Pero vean cuánta historia.

Hollywood comenzó la conquista con una versión de sus películas, en las que musicalizaban los diálogos en inglés y ponían intertítulos explicativos en el idioma extranjero. Un horror que seguía pareciéndose al cine mudo. Luego, a principios de los años ‘30 comenzaron a filmar en los estudios dos películas a la vez: mismo decorado, mismo guión (con adaptaciones); una con actores que hablaban inglés y luego, generalmente de noche, la otra con los que hablaran en otros idiomas. Se hicieron así varias realizaciones, incluyendo “La Gran Jornada” (1930) de Raoul Walsh con John Wayne y a la vez otros protagonistas para las versiones en español, francés, italiano y alemán. Los argentinos Mona Maris y Alfredo Carlos Birabent (alias Barry Norton) formaban parte de los elencos latinos. Las comedias de El Gordo y el Flaco, (Laurel y Hardy) también se rodaron en castellano, pero ellos no fueron reemplazados, decían su parlamento en un cocoliche latino muy divertido, una de ellas es “Tiembla y Titubea” (1930). Algunos actores eran bilingües, como el mexicano René Mojica, así que también estaba en ambas versiones. Los staff latinos formaban parte de los “Spanish departments” que incluían actores, directores, guionistas y amigotes, y tuvieron vigencia mientras se perfeccionaba el doblaje hasta fines de 1932. Después de esa fecha, cada uno a sus pagos.

En 1938 Walt Disney lanzó “Blancanieves y los siete enanitos” hablada en castellano. Y en 1940 contrató para el doblaje de sus largos animados a Argentina Sono Films, bajo la dirección de Luis César Amadori. Así nuestros actores Miguel Gómez Bao, Norma Castillo, Pablo Palitos, Eduardo Rudy y Semillita entre otros, pusieron sus voces a “Pinocho” (1940), “Dumbo” (1941) y “Bambi” (1943). Después de muchos años, los elencos argentinos para Disney los tuvo “Los Increíbles” (2004 –un espanto hablado en ‘porteño’–), “Chicken Little” (2005); “Cars” (2006), con geniales interpretaciones como la de Daddy Brieva como Mate, Gino Renni como Luiggi o José María Traverso el piloto, como Doc Hudson, “Ratatouille” (2007, con un maravilloso Roberto Carnaghi como Anton Ego en el elenco).

Volviendo a finales de los años ’30, cuando el doblaje se impone en Europa, algunos países como España, Italia, Alemania y Francia incorporan leyes en defensa del idioma propio e impulsan su doblaje regional, que también les permitía morigerar, adaptar o serruchar cualquier idea subversiva o inmoral estadounidense, o de otros países, que pudiera contener (3).

En Latinoamérica hay compañías de doblaje en México, Argentina, Colombia, Venezuela, Chile y otros. La gran mayoría del cine que vemos hoy en nuestro idioma proviene de México y hay actores que doblan a las mismas figuras siempre, como en España. (4)

Al doblaje se le ha incorporado recientemente el “Star-Talent”, una estrella invitada: Antonio Banderas como El Gato con Botas (5), Campi en “La vida secreta de tus mascotas”, Eugenio Delbez el burro de “Shrek”, el Grinch en la última versión animada, Mushu el dragón de “Mulán”, el conejo loco de “La vida secreta de tus mascotas”. Thalía en “Los Minions” y las canciones en “Anastasia”, Ricky Martin en “Hércules”, protagonista y canciones y en “Los Minions”; los Les Luthiers como las palomas de “Bolt”, Tini Stoessel en “Ugly Dolls” y muchos más.

El doblaje latino en neutro ha permitido adaptar el lenguaje y el humor para hacerlo entendible, a pesar de que tenemos que acostumbrarnos a expresiones como “órale”, “botana”, “chido”, “popote” o “¡Santa Cachucha!” como decía Robin, y nunca escucharemos “barrilete”, “heladera” o “maníes”. Hace muy poco comenzaron a utilizar expresiones vulgares adultas verdaderas en lugar de “maldición”, “desgraciado”, “vete al diablo”. Y el “neutro argentino” que es un placer para nuestros oídos, disponible en los programas del canal Encuentro.

También en el camino apareció en redes el “Fandub”, doblaje amateur hecho entre fans, SAP (sistema de segundo o tercer audio en televisión) y una ley que “fija como objetivo la exhibición de material fílmico con voces locales en idioma castellano neutro, según su uso corriente en nuestro país, pero comprensible para todo el público de América hispanohablante”. Y en uno de sus artículos señala que el doblaje deberá estar “a cargo de actores egresados del seminario de doblaje de la Asociación Argentina de Actores y/o locutores del curso de capacitación para doblaje del Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica, o de los establecimientos educativos especializados a crearse por el Estado o la iniciativa privada”. Aún sin aplicar.

¡A leer rápido!

El subtitulado también surge con el cine sonoro y permite disfrutar el idioma y sonido original de la película, pero muchas veces al mantener la línea de lectura en dos renglones simplifica y utiliza un pobre léxico y ninguna palabra que tengamos que googlear o buscar en el diccionario. Dura 5 ó 6 segundos, tienen borde negro o son de color para fondos blancos; se usan cursivas para títulos, canciones, expresiones en otros idiomas, voces por teléfono o del/de la que no vemos. El Closed Caption para personas con dificultades de audición incluye en el texto qué personaje habla o la descripción del sonido (automóvil llegando, golpes en la puerta…). Dentro de lo malo podríamos decir que la incorporación de palabras propias de nuestro idioma o las de uso popular muchas veces baja el nivel del contenido del film o no se ajusta al guión original; que estropea los planos y nos distrae. Y en muchos casos, en las plataformas de streaming, los subtítulos tienen errores ortográficos.

Pero también los subtitulados tienen genialidades: en el cine infantil la cartelería descriptiva (un letrero que dice Keep off the Grass: –no pisar el césped– o ponen el cartel en la escena directamente en español para Latinoamérica y España). Cuando no se usa ninguna palabra que no sea en español ni siquiera las más habituales (jipi –hippie–; cámara de red en lugar de webcam, como en “El Vicepresidente”, por ejemplo). En “Guardianes de la Noche” y “Guardianes del Día” (filmes de terror rusos) los subtítulos se pasean por toda la pantalla y tienen efectos, se agrandan, se esfuman, suben y bajan. Cuando las expresiones son ingeniosas, sorprendentes o humorísticas, muchas veces aparecen los subtítulos milisegundos antes de que el protagonista comience a hablar para que coincida con el remate: genialidad total. Y hoy en muchas películas en lugar de estar abajo y al centro, el texto se sitúa sobre el protagonista que se expresa; y en las 3D para no tener el problema de enfocarlo se pone donde más plana esté la imagen.

Más allá de discrepar, disfrutamos del cine extranjero en el mejor lugar para verlo y cada uno elige cómo. La técnica ha avanzado muchísimo, y las salas de cine se siguen adaptando lo más posible para que siga siendo un lugar de encuentro para compartir, aunque el de al lado rasque el balde de pochoclos para sacar petróleo, u otras “calamidades” como que le hayan ocupado el lugar que más le gusta, o el de adelante suyo mida dos metros o tenga un gran rodete afro maravilloso. Podrán aplaudir todos al final, se mirarán con una sonrisa o no, y habrán compartido emociones con absolutos desconocidos, y a veces, sobre todo en una ciudad chica como la nuestra, con “los desconocidos de siempre”.

(1) Jean Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826) es el primer gastrónomo.

(2) Revista Sur #12, 8 junio de 1945.

(3) En la película “Mogambo”(1953) en España, en la versión hablada en español no existe un triángulo amoroso de los protagonistas, está adaptada para que Grace Kelly y Donald Sinder ¡sean hermanos! no esposos.

(4) Por ejemplo Francisco Colmenero es el narrador de las películas de Disney de siempre y es la voz de Papá Pitufo, Goofy o Pumba. Jorge Arvizu puso la voz a nuestra infancia: era el Pato Lucas, Bugs Bunny, Pedro Picapiedra, Benito de “Don Gato y su Pandilla”, Popeye. Don Humberto Velez es Homero Simpson, Robin Williams, Al Pacino. René García es John Travolta, Keanu Reeves, Ben Affleck y Vegeta de “Dragon Ball”.

(5) Antonio Banderas hizo las versiones originales de El Gato con Botas de la serie “Shrek”, la latina y la española. El mismo se ha doblado para España en sus películas extranjeras hasta hace un tiempo, ahora lo hace Salvador Aldeguer (también la de Tom Cruise, Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone).

No quería olvidarme del argentino Ernesto Frith, la voz de “El Show de Benny Hill” y los documentales y presentación de “La Aventura del Hombre” en televisión.

* Programador de cine