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Hoja de ruta de seis mujeres

El grupo que se denomina «Desguace y Pertenencia» nuclea seis poetas mujeres en torno de una actividad creativa que no uniforma. En cambio, estimula la diversidad de estéticas. Este año, publican un nuevo libro.
Gisela Colombo *
Cada una de las integrantes de Desguace y Pertenencia tiene su impronta, su propio estilo y lenguaje; y también sondea motivos diferentes.
El libro nuevo que se ha titulado «Hoja de ruta. Entre la niebla y otras zonas de duda» reúne poemas de Daniela Pascual, Susana Slednew, Lisa Segovia, Marisa Cascallares, Marcela Zuazo y Águeda Franco (Ediciones en Danza, 2019). Una antología como ésta, invita a pensar cuál habrá sido el disparador planteado como consigna de escritura, o como selección de textos ya escritos que respondan a un mismo tema. Porque si algo es deseable en una compilación como ésta, es la unidad.
El título suele ser una pista en ese sentido. Nos ofrece las herramientas para una lectura integrada. Un viaje sin mapas (como es la vida) donde la niebla no permite anticiparse a las irrupciones del azar. Si tuviéramos que reducir a un término el tema del libro podría ser «incertidumbre». La falta de certezas respecto al futuro y la inquietante pérdida del control sobre el devenir resumen la materia del libro.
Mientras la humanidad se refugia en las respuestas inapelables (por poco tiempo) de la ciencia (que siempre es perfectible), los giros de la fortuna siguen sumiéndola en el estupor, siguen recordándole la pequeñez del juicio humano. Entregarse a esa realidad es una prueba de humildad.

Viajes.
En charla con Lisa Segovia, hemos sondeado cómo se dio este punto de partida. Y la autora contestó que, si bien habían hecho un viaje por algunos espejos de agua del territorio provincial todas juntas, no existió la propuesta de escribir sobre un tema o de seleccionar poemas sobre el viaje para armar el material. Este hecho hace más llamativas las coincidencias. Quizá la unidad no tenga más fórmula que la de la verdadera sintonía. Un grupo en cuyo seno las fortalezas y debilidades se imbrican impulsa la profundidad y la amplitud. Así, logra la sinergia y potencia las habilidades individuales.
En tres de los poemarios que contiene este libro, se refiere explícitamente el viaje hacia lagunas que nos refirió Segovia. La travesía, como conviene a quien sostiene una mirada poética es un traslado en el espacio, pero también un viaje interior de transformación. Y en este caso será mediante el elemento «agua».
Águeda Franco con esa síntesis que le es característica nos hablará del viaje de búsqueda de un espejo de agua, de «la laguna que alivie/ el mal de la llanura.» El agua se impone como aquello que busca el viaje y el libro.
No se trata del agua en valencia positiva o negativa, beneficiosa o perjudicial. Se trata de comprender la experiencia con clave acuática. Cuando el agua se informa al ingresar en un molde, imita a su continente, toma la «forma» del molde. Una copa, un vaso, una olla, una piscina…
Por ese motivo el agua enseña simbólicamente la capacidad de adaptación del ser a las circunstancias que le tocan en suerte. Aprender la lección del agua es plegarse a la correntada, al río de la vida, sin resistencias, y aunque no haya certezas, comprendiendo que también de aquello indómito está hecha la vida.
Este aspecto irrumpe en el segundo poema del libro que pertenece a Daniela Pascual, donde se opone lo inatrapable de la experiencia a las suficiencias de la ciencia.
Susana Slednew, con su tinte filosófico, continúa aquí algunas líneas de «Lavar la vida», su último libro, e incorpora el carácter azaroso de todo lo que es, y la multiplicidad de posibilidades que pudieron haber sido. Acude entonces el giro de la suerte: «Por momentos la vida/se muestra impredecible.»
«Así parece pasar lo que nos pasa/ fuera de un control inteligible/ aunque vez tras vez creas/ que has tapado con un sellador/ los ínfimos agujeros/ por donde se cuela la suerte.»

Los miedos.
La vida rebasa los límites de la ciencia e invita a leer todo desde otra perspectiva.
La sensación de que un espacio de la vida resguarda su misterio y se resiste a la previsión se convierte para Daniela Pascual en el desafío de cambio. «Los pies en el acelerador/ las manos al volante el auto cruje salta avanza/ y yo/ detenida.» El temor al desequilibrio detiene su salto a otro peldaño. Pero la supervivencia de las amigas ante la inestabilidad la convidan a aventurarse: «Me invitan a adentrarme en la laguna/ tapo mi nariz y adelanto un pie.» Y el salto al vacío vendrá, quizá, de un viejo sueño que es preciso retomar. «¿A dónde me lleva este camino?/ ¿sigo el mendrugo seco de un sueño/ deformado y raquítico que no recuerdo?» La serendipia de los flamencos que aparecen asociados a la cura es una promesa de que asumiendo riesgos vendrán los dones inesperados que da la vida a quienes no le temen.
Las aguas, identificadas con el mundo emocional, aparecen aquí disolviendo la dureza de la tierra (el suelo firme y probado) pero en la imagen que titula el poemario «Respirar barro» también se vincula el estado anterior con lo aéreo, es decir, con el mundo de las ideas. Ahora que la emoción y los deseos acallados han convencido a la razón, se integran al cóctel. Tambaleará la estructura, habrá que volver a armarla y aprender de nuevo a respirar.
Las aguas de Lisa Segovia se observan desde el puente endeble que las cruza. Es la corriente del devenir, de lo que quedará atrás. El riesgo es grande porque el sujeto lírico está en un puente colgante y depende de ceder o no al vértigo de soltarse. El cansancio tienta a liberar todo lo que teme perderse.
En algunos poemas, el miedo al futuro se manifiesta como un apagarse del deseo. Un extravío cuyo origen es misterioso y oscuro. Y el dolor espiritual por el tempusfugit se opone al dolor físico que no es nada en comparación. Es posible que el poema «II» de «Bocanadas violetas» esté relacionado con ese sufrimiento en el cuerpo o en el espíritu. Porque allí vemos al cuerpo como vehículo en la unión mística entre hombre y mujer. Ese himeneo perfecto parece fugar. Y entonces los individuos sufren por separado, quizá uno en el cuerpo y el otro en el espíritu por medio de los miedos y las pérdidas. Al referir la diferencia entre el dolor físico y el espiritual, introduce Lisa lo que será tema de Marisa Cascallares.

Dudas, certezas.
En el poemario de Marisa prevalece la economía poética con que condensa sentidos muy profundos en mínimas expresiones. La enfermedad irrumpe como un resultado de las emociones (motivo que está en el poemario de Daniela Pascual también), especialmente de la tristeza. «Ahora que la tristeza/ como la hiedra venenosa/ crece.» El temor por el futuro «leo todos los horóscopos/ en el borde filoso/ de las sombras.» y la sensación de haber sido abandonada por Dios también se dan cita. Pero al final sobreviene el «Amanecer» y «el sol filtra su claridad» generando un nuevo orden, que invita a «abandonar el ropaje cotidiano» e integrar una mirada más honda a la cotidianidad.
Marcela Zuazo, con un estilo naif que recuerda la pureza de la mirada infantil, ya no está en incertidumbre. Ya comprendió la duplicidad del cosmos. La necesidad de los dolores en un plan general, que no es oscuro sino prometedor. La muerte puede separarnos de quienes amamos pero lo hace relativamente porque existe «la posibilidad de ser en un círculo de luz verde», aludiendo con ello a una supervivencia del espíritu en otra dimensión y las oportunidades extraordinarias pero posibles de un encuentro entre criaturas de ambas dimensiones.
Para Águeda Franco, el agua, en cambio, es lo que revela la pulsión natural de la vida, la que regula la dinámica de todo lo que late y ha de rescatarse en el interior del sujeto si se busca la integridad del poema. Como si fuera una especie vegetal, la poesía anda buscando en la raíz bajo tierra el agua necesaria.
«La palabra va en busca de humedades ocultas/ del río interior que haga fértil/ la arena del poema.» Y la incertidumbre está dada por el mundo en que tiene clavadas las raíces la poeta.
A veces esa tierra entregará la humedad. A veces se negará. «Y no saber, /nunca saber /si llegará el alivio fresco/ del poema.»
El imaginario de Águeda siempre ligado al jardín, al reino vegetal, toma de la concepción popular pampeana la valencia del agua como la potencia germinativa, la creación y el poema. Las aguas subterráneas de Águeda explican su búsqueda natural, en relación con la flora y la fauna, conectada permanentemente con el elemento «Tierra».
En «Hagamos un retiro» como corolario, descubre el significado de la travesía: «y nos largamos al camino/ seguras de la voz que nos conduce/ la voz de cada una/ haciéndose más pura en los poemas.»
Luego, cierra el libro diciendo «como a un dios bien terrestre/ le dejamos poemas/ y unas flores de cardo.»
En suma, Hoja de ruta en su diversidad alcanza una unidad increíble, sin vulnerar las diferencias de imaginarios. Y resulta una bocanada de aire fresco después de toda incertidumbre y todo dolor.

* Escritora