Independencia cultural

Daniel Pellegrino * – Jorge Warley *
Hace unas décadas, los manuales escolares de la materia que solía denominarse “Literatura hispanoamericana” afirmaban que la importancia del Modernismo radicaba en que esta escuela era el mejor testimonio de que América latina había completado su independencia.
Liberarse de “la madre patria” era un acontecimiento revolucionario, y la mejor evidencia de que aquellas rotas cadenas de la economía y la política ahora se verificaban también en el territorio del arte y la cultura. Y Rubén Darío era su decidido abanderado.
Quizás la afirmación era exagerada, pero cumplía su declarado cometido pedagógico y posibilitaba ordenar las clasificaciones y que se comenzara a contar desde cero la vida propia. Seguramente, si hubieran podido emitir opinión, Esteban Echeverría y la generación romántica del ’37 objetarían enojados que ellos habían hecho lo suyo con anterioridad, y Charles Baudelaire y los simbolistas franceses agregarían que mucha de la inspiración del autor de las Prosas profanas venía de Europa. Las dos observaciones son ciertas, pero la cosa era fundamentalmente con España, y en ese punto, como vislumbró Leopoldo Lugones, y Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal se permitieron asegurar, el Modernismo americano sin duda ocupó ese lugar definitivo.
Lo cual no quita que el propio término “modernismo” sea ambiguo. A veces se utiliza para designar al conjunto de la modernidad occidental, desde los posrománticos hasta las experiencias de la vanguardia experimentalista; otras, de manera más restringida, refiere al universo de la literatura y una imprecisa lista de escritores, sobre todo poetas, latinoamericanos. Pero las dudas desaparecen cuando a la mencionada corriente estética se le agrega nombre y apellido.

Vida y obra.
Rubén Darío, nicaragüense, nació en Matagalpa en 1867. Fue bautizado como Félix Rubén García Sarmiento; el patronímico “Darío” que completa el seudónimo artístico lo tomó, según su propio relato, de un tatarabuelo. Murió en León, la ciudad de su infancia, el 6 de febrero de 1916. Publicó cuatro libros destacados y únicos: Azul… (1888), Prosas profanas (1901), Los raros y Cantos de vida y esperanza, los dos publicados en 1905, y muchos otros escritos en prosa, poesías y artículos periodísticos que posibilitan organizar una lectura más completa de su obra.
El valor de la obra de Darío puede estimarse, por otra parte, en su múltiple descendencia. Desde los decadentes cortesanos esnob de su época sólo interesados en los berretines de la última moda, hasta las antologías depositadas sobre los pupitres por los ministerios de Educación, el voto de libertad formal que las vanguardias históricas supieron tomar como propio hasta los mejores versos populares de los que fueron capaces los poetas del tango, todo eso y más.
Los nuevos acercamientos a sus libros y vida, que en este año llenan aulas, conferencias y publicaciones académicas y de divulgación, no parecen agregar a los estudios tradicionales más que algunos pocos detalles. Lo mejor, entonces, será volver a sus crónicas y sonetos, limpias de telarañas las pupilas, como alguna vez aconsejó Oliverio Girondo.

Darío, en Nervi.
Los ecos de Rubén Darío impregnan letras de canciones populares y masivas, así como muchos de sus versos son parte del habla natural estandarizada. Ni que decir de la descendencia literaria, especialmente poética, en nuestras tierras. Un ejemplo interesante son los primeros libros de Juan Ricardo Nervi (1921-2004), donde los rasgos modernistas afloran en el uso de palabras “lujosas”, ciertos cultismos (la palabra “gleba”, por ejemplo), y en el trabajo del ritmo y la cadencia en los endecasílabos de los sonetos. Por otro lado, Nervi nunca exageró la retórica del poema (a lo que era afecto el nicaragüense) ni tampoco buscó sonoridades ni métricas novedosas.
Tal vez el tipo de vocabulario modernista mencionado conspire contra la lírica de quien se pensaba era “el más vigoroso cantor social del agro pampeano”, como lo elogiaba Rosa Blanca de Morán en “Plumas y pinceles de La Pampa” en 1955.
En el poema “Invierno” (Gleba, 1951) escribía: “Horizontal, metálico, ligero,/ tu aliento es esa turbia bocanada/ que agita entre las fauces del pampero/ el curso frío de su dentellada”. Aquí la palabra “metálico” parece sonorizar la estrofa completa.
En el soneto “La lluvia y yo” (Otra vez la gleba, 1961), se metaforiza la lluvia con la música de cámara: “Amo la lluvia cuando en ella vierte/ su sinfonía pastoral la aurora,/ y el aire es una cítara sonora/ tañida por la mano de la Suerte”. También aparece un poema titulado “Azul”, color dariano que connota una mezcla de nostalgia y esperanza vana: “si se volviera a vivir lo ya vivido…”.
De todas maneras, desde sus primeros libros Nervi fue dejando atrás la influencia Modernista y exploraba otros rumbos, que culminarían en su mejor libro, “Rastro en la sal” de 1979.
Como muestra de su avance estilístico bien vale comparar dos sonetos con el mismo título, “Pampero”, que aparecen en los dos primeros poemarios que hemos mencionado.
El soneto de 1951, primera estrofa: “Tirita un espejismo de violines/ en el espectro azul de tu pegaso,/ y desde el torbellino de las crines/ con que rasgas el vientre del ocaso”.
En 1961, el viento se relaciona mejor con el contexto pampeano: “Se te define en vértigo y espanto,/ en trémolo de cascos, en bramido/ de puma en celo, de guanaco herido,/ de ocaso en latitudes de quebranto”.
* Docentes de Letras, UNLPam
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