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Instantáneas, otra poesía

LITERATURA - MIRADAS, DE PATRICIA BONJOUR

Miradas, el último libro de Patricia Bonjour editado por Amerindia, suma a las letras la otra pasión de la autora: la fotografía. De esta manera, la obra es un libro objeto que despliega una voz poética entre dos lenguajes.
María Virginia González *
En Palabra y vida (2015), el primer libro de Patricia Bonjour, la voz poética insiste una y otra vez en el juego con las potencialidades semánticas de la palabra: parir, partir, Patricia y, en ocasiones, patria. «Partir es un desgarro en el tiempo/ es amasar la nada/ es conquistar la patria» (52); y en otro verso: «Parir Patricia/ Partir es una voz/ que llama y clama: Patricia» (52). En el núcleo de ese primer libro ya se puede leer atisbos de Miradas (2019) en el que, nuevamente, dos lenguajes se conjugan en cada una de sus páginas. En uno y en otro, «parir», ese verbo transitivo que implica crear o producir algo, es la imagen que se proyecta de fondo. Pero ahora aparece de otro modo, tal vez con la tranquilidad con que uno deja «ser» a su segundo hijo, sin tantas expectativas y deseos que consciente o inconscientemente se carga en el primero.
Mi recorrido por el libro pretende detenerse en algunos lugares, esos en los que caló mi lectura, mi «mirada» porque siempre se pone en juego el propio recorrido, los propios bagajes, las propias búsquedas y necesidades. Además de una apertura a modo de prólogo, está dividido en cuatro partes marcadas por un subtítulo y la imagen de un dibujo o grabado de Manuel Rivas Bonjour: «De tiempos», «De amores», «De miradas» y «De mudanzas». En cada una se conjuga el lenguaje escrito con el visual porque, como en Palabra y vida, Miradas también ofrece otra de las pasiones de Patricia, la fotografía. Esta edición de Amerindia nos ofrece un libro-objeto. Lo pienso así no sólo por la calidad de cada uno de los detalles de la edición sino también porque es evidente la intervención de una artista que hace uso de una técnica y juega con la disposición de los elementos. Acá, a diferencia del primero, incluye nuevos materiales, como son los que utiliza Manuel en sus intervenciones. Pero creo que también en Miradas hay un diseño más arriesgado o más liberado con respecto a los multilenguajes que se cruzan: aquí las imágenes no ilustran los poemas, en todo caso, potencian los versos, disparan otras lecturas o condensan otros modos de poetizar lo «real».

La voz poética.
Podría afirmar que en el primer libro hay un descubrir de las palabras, de sus potencialidades, de sus desdoblamientos. Acá continúa esa línea, pero la presencia se difumina y la elección de la palabra aparece más pulida, como si el lápiz hubiera tachado las opciones hasta encontrar la palabra justa, adecuada, esa que condense el sentido (que siempre se dispara). En estos versos que convocan, que interpelan, la voz poética busca atrapar el Verbo en una incesante búsqueda de la palabra gozosa. En Miradas, el poema se acorta. La palabra aparece despojada para rescatar la esencia y hacer foco en aquello que está ahí pero no lo vemos. Acá los poemas son como instantáneas y elijo esta palabra porque aludo, también, al lenguaje fotográfico.
En los versos que pueblan estas páginas prolifera el poetizar lo cotidiano, como si la cámara fotográfica hiciera foco en el hacer diario que, por tan trillado, se vuelve escurridizo y se oculta a la percepción. En este juego, el «yo» del poema, la primera persona, se funde en un nosotros o en un impersonal que incluye al sentir humano, esos hechos y sensaciones intemporales como el amor, la muerte, el paso inexorable y atroz del tiempo, la angustia existencial, las incertezas. «Hay días azules llenos de nostalgia,/ unos rojos de furia,/ otros amarillos y esperanzadores,/ aquellos negros y depresivos,/ y estos blancos de incertidumbre./ Hay días brillantes con puertas mágicas/ y los hay en sombras donde se vive a tientas» (p. 13). El uso de verbos en infinitivo refuerza una enumeración que podría ser ad infinitum de la existencia que es la del «yo» y la de todxs: dormir/ alimentar/ silenciar/ mirar/ amordazar/ soñar/ huir/ vivir. Esos verbos sonoros que atraviesan vidas se repiten en otro poema para tocar las fibras más íntimas: «Maternar, arropar, adolecer,/ enseñar, ser enseñado,/ resistir, caer, sucumbir,/ paralizar y quedar paralizada,/ gritar y silenciar,/ oscurecer e iluminar,/ proyectar, construir y destruir./ Cada mañana, cada día, cada vida» (p.13).

Lejos del yo.
Además de estas variantes en que el yo se posiciona en el poema, en el uso del impersonal con «se» resuena el «Poema 12» de Oliverio Girondo, aunque ahora ese impersonal no describe el acto sexual y amoroso sino al caer de la humanidad occidental en la angustia del ser y la nada de Heidegger y de Sartre: «Caen/ se destrozan/ se desgarran/ se laceran/ se derrumban/ se precipitan/ se socavan/ se desmoronan/ se agrietan/ se resquebrajan/ se desbarrancan/ se ahogan/ estereotipos de sociedades agónicas/ máscaras asfixiantes de ceremonias preestablecidas,/estructuras añejas de mandatos decrépitos/ migajas de dolorosos amores/ todo un ser para la muerte» (p. 53). Sin embargo, en ese devenir de la caída existencial suena de fondo otro tiempo, otra posibilidad, otras vidas que se funden en la actualidad del (tal vez) jazz callejero de Zaz.

La mujer.
Se observa, entonces, un alejamiento de la preeminencia que la primera persona tiene en su primer libro, aunque también hay poemas en los que se hace presente la voz confesional y allí se condensa la transformación, el descubrirse, el reencontrarse, como mujer, con los múltiples roles asumidos: madre/ hija/ docente/ amante/ mujer. «Soy Pandora guardiana de la esperanza/ Soy Antígona defensora de la ley no escrita/ Soy Ifigenia sacrificada a los vientos/…Soy mi amiga que abortó a los 15, sola/ Soy mi alumna adolescente embarazada/ Soy mi hija de cara al viento… » (pp. 58).
El amor, otro tema que nos atraviesa como sujetos, ocupa la segunda parte del libro. Se abre con una fotografía de un grabado en el que se puede observar una persona en la cima del mundo, de su mundo, y las raíces que se entierran, se despliegan, se cruzan, se tocan y se vuelven a separar pero que confluyen en algún punto en ese ser del que parten. Eso es «De amores». Esa imagen condensa el tránsito por el amor materno (muy presente en el primer poemario de Patricia), al amor amante y la amorosidad del encuentro: «…Yo, pájaro alado/ danzo mis aguas/ Vos, testigo fiel,/ de esta travesía/ con mi amor en vuelo» (p. 25). Estos poemas hacen foco en el instante del amor: «Ese día te vi/ Me incendió la luz de tus ojos/ y estalló en encuentro» (pp. 31). Pero ese encuentro es eso, un relámpago, porque con un tono muy psicoanalítico concluye que la búsqueda del amor es imposible porque el deseo en el otro lo construye uno: «Negar la realidad que duele./Esperar cada mañana./Creer en el despertar/ de ese ser construido y amado./ Desear con la ingenuidad/ de una aparición./ Supurar la espera/ hasta comprender el susurro de Lacán:/ «No es él. Es lo que en vos inventa tu deseo» (p. 29).

Pasado y presente.
Esta parte dedicada a las formas del amor está acompañada por fotografías que contrastan dos mundos: el de la naturaleza, con una cámara que hace foco en un túnel verde que nos traslada a otra dimensión, o la blanca sal que rodea un espejo de agua que puede ser el mar, pero también Epecuén, o la bruma de un paisaje algo selvático. El otro mundo es el que está intervenido por el hombre: un alambre de púa que surca el azul del cielo, el óxido de unas cadenas de hamacas, una postal de un río que atraviesa una ciudad.
En Palabra y vida ya había vestigios de un eje que acá se despliega en muchos de los poemas: una voz que clama por las injusticias, una mirada aguda que rescata el instante de la insatisfacción, del consumo como goce, de la cara y seca de un mundo de inequidades. Este libro objeto tiene los dos lenguajes con los que Patricia Bonjour traduce su mirada del mundo, los dos artes en los que conjuga su maestría.

La estructura.
Como lectora no deja de convocarme la tapa con ese ojo que rasga el papel para husmear en lo que está tapado, oculto y, también, en aquello que nos negamos a detener la mirada: los restos, los despojos, los residuos de nuestro presente. Fotografía y título conjugan la potencialidad de un libro en el que la mirada capta la imagen y la palabra aprisiona el instante. No elige el verbo «ver» sino el «mirar» y sabemos que «ver» implica sólo los sentidos mientras que «mirar» remite a las ideas, la imaginación, los sentimientos. Acá Patricia nos ofrece un trabajo con el lenguaje visual que no se detiene en la superficie, va más allá porque la mirada constituye al otro. El cuerpo «es» bajo la mirada del otro. El libro otorga cuerpo a las ideas, a sus recortes, a sus pasiones y a sus obsesiones. La mirada siempre está cargada de subjetividad y, por eso, en la mía (lectora) encuentro acá un poemario que invita a la acción, a descubrirnos, a empoderarnos, a habilitar(nos) la palabra.
Miradas Insta a la acción, como catarsis, pero también como sueño de un cambio y para eso se alza la palabra:»… hacerse lugar/ a empujones,/a tropiezos,/ a dentelladas./ Y entonces gritar,/ buscar,/ exigir,/ reclamar,/ hasta encontrar el vacío/ donde florecer» (p.63).

Ser y conocer.
La mirada implica conocimiento, por eso, necesariamente la remito a quién mira y me lleva a pensar qué sujetos históricamente estaban habilitados a mirar. Los varones eran los que actuaban, miraban, y las mujeres ocupábamos el lugar del objeto: éramos miradas, observadas, contadas, mientras los varones heterosexuales tenían el control de la cámara (en sentido amplio). Acá, una vez más, el lugar se invierte y el libro se inserta en una genealogía en la que las mujeres toman la palabra y su mirada inunda el presente.
Palabra y vida se abre con el poema de un poeta tutelar como es la figura y la palabra de Edgar Morisoli quien le dedica el poema «Esa y no otra», con un epígrafe:»A Patricia Bonjour, poeta», y con una voz poderosa convoca ahí a «¡Esa palabra!/ ¡Esa y no otra!» para aludir a la búsqueda de la voz que nombra en la poesía. En Miradas, en cambio, es la propia voz de Patricia Bonjour la que se abre paso en «Mi palabra». Allí reconoce las hechuras de su hacer poético y cómo la vida de docente y de letras estuvo atravesada por la palabra: en el orden académico y sesudo de una tesis, en un proyecto, pero también «la gula», el placer por la palabra, «el disfrutar el ritmo y la cadencia de un verso». Y hay otras palabras que no dice pero que también están presentes: de tachaduras, marcas y remarcas que atravesó el ejercicio de la docencia en estas escuelas santarroseñas en las que marcó la vida de tantxs y tocó individualidades. La palabra que fue escrita pero también dicha en esa tribuna que sigue siendo el aula. En esa energía devoradora y convencida de la importancia de la palabra escrita por otrxs y también de aprehender la propia, esa voz se autoriza sin pedir permiso, se abre y alumbra.
Patricia Bonjour nos regala a sus lectorxs un caleidoscopio de sus modos de percibir el mundo: con el lenguaje fotográfico, herencia paterna, y con la palabra escrita, su cosecha. La palabra, siempre, como cicatriz, como tatuaje de un cuerpo en el que se hace carne.
* Crítica literaria