José R. Villarreal -Jotavé- y el sentido de la esperanza

Se cumplió el pasado 19 de febrero un año de la muerte de José R. Villarreal, periodista pampeano pero además escritor y profesor de Filosofía, quien con su pluma puso análisis y un pensamiento profundo al acontecer social y político de su tiempo. En recuerdo, van estos fragmentos de algunos de sus últimos escritos en el mismo espacio de Caldenia que ocupó durante décadas.
José R. Villarreal *
Siento como deuda personal mi relación y conocimiento de los pampeanos que se fueron del entonces territorio nacional como efecto de la crisis de 1930. Con epicentro en Estados Unidos, se extendió al mundo y culminó con la guerra mundial de 1939.
En mis notas en este espacio los he mencionado una y otra vez por el impacto de encontrarme con tantos en la ciudad de Buenos Aires hacia 1946/47.
No fue el primero ni el último de esos contactos. Cuando muchacho de unos diez años vivíamos en Villa del Busto, calle 1° de Mayo casi Tomás Mason. Pegados a las vías. Teníamos enfrente, hacia la derecha, la parte posterior de la cárcel de encausados, donde trabajaba mi padre. Hacia la izquierda, en Mason, terminaba la 1° de Mayo. Había allí un terreno de poco más de una hectárea con un galponcito de chapas. Lo habíamos colonizado como lugar para nuestros juegos con otros muchachos del barrio y librábamos batallas con arcos y flechas de nuestra fabricación para atacar a los que se hacían fuertes en el galpón.
Una mañana, al mirar hacia ese escenario, descubrimos que estaba ocupado. Durante la noche había llegado una chata rusa con una familia que huía de la sequía, la arena y los vientos. Los dos padres y tres o cuatro hijos (la mayor era mujer poco más que adolescente), se instalaron en el estrecho galpón de chapas, con aberturas a todos los vientos y que ardía en verano. Hice relación con el mayor de los muchachos. Se llamaba Vendelinos. El apellido se me ha borrado, pero era de Alemanes del Volga. Creíamos que habían hecho una parada en su marcha hacia el sur (valle del río Negro, uno de los destinos más frecuentes de los migrantes). Pasados unos meses, desaparecieron. Mucho después supe que quedaron en Santa Rosa. (Caldenia, 18 de febrero de 2018)

Lo indecible.
La prosa es el lenguaje corriente con el que nos manejamos. A partir de que el hombre tuvo la encomienda de nombrar las cosas, su primer empeño consistió en diferenciar esas cosas, asignando un nombre a cada una.
Fue tal la tarea del Nombrador por decisión del dios creador, luego de que infundió vida a su criatura, momento representado por Miguel Ángel en la capilla del Vaticano. Por lo que evidencia ese testimonio, la comisión fue cumplida y sigue siendo cumplida por nuestra especie. La versión no religiosa, la evolutiva, difiere en detalles a este respecto, pero en todos los casos el hombre se comporta como el Nombrador. Lo singular y significativo de este quehacer es que no pretende exclusividad sobre el nombre que escoge. Cada cultura crea una palabra diferente para nombrar lo que fue apareciendo ante la mirada humana durante el proceso de ocupación del planeta. Más tarde, cuando las culturas iniciales fueron comunicándose (casi siempre por necesidades de intercambio de productos, por vía del comercio), apareció primero la traducción, etapa que aún se prolonga a pesar de su notoria impotencia para pasar significados de una lengua a otra, como se evidencia en la poesía. En nuestros días asistimos a un proceso de interpenetración de las lenguas porque el hombre ha iniciado la etapa de la globalización y avanza hacia una lengua compartida.
Cuando, en el proceso de mi formación, conocí la poesía, lo primero que traté de aprender a manejar fue el lenguaje poético, pues por entonces predominaba la forma que se sujetaba a condiciones externas, tales como el metro y la rima. Trabajé arduamente a partir del soneto, porque mis lecturas de entonces fueron los poetas de la lengua española y conocí inicialmente a Quevedo y Lope de Vega. Más tarde, ya en la universidad, me encontré con Gonzalo de Berceo, cuya forma de expresarse me entretuvo largamente mientras cursaba una introducción en La Plata, donde me fue posible presentar un trabajo práctico compuesto en versos a la manera de Gonzalo. También ahí, en ese curso introductorio para mi carrera, pude conocer formas poéticas para entonces extrañas, como un autor que decía “cómo pesa este techo” o “afuera los postes se mueren de fastidio”. Lenguaje que me pareció inicialmente desconcertante, hasta que le encontré la vuelta y llegué a “descubrir” que la poesía es el reconocimiento de que la prosa inicial del Nombrador roza la superficie de lo dado y cada nombre es apenas un rótulo equivalente a las señales del tránsito. En suma, entendí que la poesía hasta entonces dominante no era más que una forma elaborada de indicar un camino para moverse en la ciudad del hombre.
Más tarde, el imperio de mis necesidades (personales y de familia) me afianzaron en un camino que no había elegido, pero que me fue ofrecido a edad temprana: el periodismo. Hacia l985, ya de regreso en Santa Rosa y empeñado en dar forma a una carrera universitaria que, al cabo, solamente pude ensayar con pausas forzadas por las circunstancias, quizás intenté con tristeza una despedida de los lenguajes de la poesía y de la música, determinados por la conciencia de que la prosa corriente resbala sobre la superficie de lo dado, pero que hay algo más allá, quizás indecible (inefable), que también la ciencia busca con sus propias herramientas. (Caldenia, 7 de enero de 2018).

El sentido.
(…) Muchos años después de escritos estos relatos, me tocó iniciar la experiencia de tener que convivir con la soledad, desaparecida mi compañera de más de medio siglo. Y hallé una manera de no estar solo en momento alguno, al conferirles (como un dios creador) un ser a los objetos de uso. Las tazas del desayuno recibieron el trato de entender que no eran cosas y porque desde entonces comencé por alternarlas en un orden equitativo de rotación en el uso que luego ellas mismas parecían exigir. Como si ellas se hubiesen empoderado, asumiendo un derecho inherente a todo lo que existe. Lo mismo pasó con los cubiertos de uso diario, con los árboles, las plantas, las flores y los pájaros de mi jardín: gorriones y palomas, con la visita frecuente de benteveos y hasta de un hornerito, el ave tan propensa a convivir con nosotros y que, por eso, los santiagueños llaman “caserito”, una expresión tierna y conmovedora. Observé que el palomo, desconociendo que se haya visto en toda paloma un símbolo de la paz y la armonía, hacía la pata ancha como dueño de las comidas. Al final, los gorriones, más ágiles, lo humillaron saltando de un lado a otro, como burlándose. Nunca estuve físicamente solo desde entonces. Nadie es ajeno por completo de nada de lo que está ahí. Es parte de todo y con eso disipa los fantasmas de la soledad. Por fortuna y hasta quizá por mérito propio tampoco nunca he estado privado de la presencia regular de quienes constituyen mi familia. No obstante las diferencias más habituales, las dos ramas han sabido y querido mantener esa buena relación. Se puede. Se puede a partir de reconocer y respetar las diferencias.
En otro de aquellos relatos aparece Narciso, el bello efebo griego que no sabía de su belleza. Más que enamorarse de su imagen reflejada en el agua quieta de un remanso del río, iniciaba en ese momento el camino hacia el reconocimiento de la profunda integración de todo lo dado. No solamente de lo que existe por obra del hombre al construir “su mundo en el mundo”, no porque el hombre se haya instalado en este planeta sino porque todo está en todo y hasta es falsa la distinción entre lo “natural” y lo humano. Somos, desde nuestra emergencia en el existir, parte de una totalidad de cuanto hemos llegado a conocer y, con toda certeza, aun de las partes el universo que quizás nunca llegaremos a conocer.
Narciso se reconoce en la imagen del lago. Al mismo tiempo, el agua, al ver la imagen de Narciso, se regocija por ver lo que cree su propia figura. Goza porque se siente dueña de tan bello rostro y los propios cielos se reconocen a sí mismos en esa imagen. Finalmente, en mi relato, el propio Narciso se siente realizado como parte de una totalidad, cuyo sentido último sigue escapándosele, porque el ser de este universo probablemente sea algo que está haciéndose. Algo que quiere llegar. Nos corroe la duda acerca de un porvenir que nadie conoce aunque todo concurre a realizarlo. Por aceptar que el futuro no existe. Que se hace. Que se está haciendo en todo momento. Solamente entonces nos sentimos parte de una totalidad que junta su sentido y hace posible la esperanza. (Caldenia, 14 de enero de 2018)

* Profesor de Filosofía (1923-2018)