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La conjura de los seres ante el estar situado

LITERATURA – “LA QUE NO SOY”, DE LAURA CARNOVALE

La palabra como fundadora simbólica de horizontes posibles, desde lo íntimo a lo universal. Ser o no ser, en tensión con el estar, marcan la poética y la existencia de la mujer total.

Sergio De Matteo *

El nuevo libro de la poeta Laura Carnovale, La que no soy, continúa la zaga que se iniciara con Tengo un cielo en la cocina (2015) y Piedras verdes (2017), profundizando en su escritura y en los matices de su paleta poética.

Así como en libros anteriores asumió temas como el tiempo, la materia o la mujer, también en su opera prima está el rescoldo que prefigura el recientemente publicado, porque el título La que no soy es un intertexto del poema del “día 10” donde comienza diciendo: “La que soy/ la que no soy/ la que quisiera ser/ todas giran…”.

Estos núcleos poéticos se irán trasladando de texto en texto, de libro en libro, porque la poeta piensa en una sola obra, elabora una obra que se sostiene en una raíz agazapada desde lo más íntimo del ser y que emerge a la superficie con los pistilos de una lírica que indaga hacia dentro, hacia la propia autora, pero también a sus lectores, el afuera.

Doppelgänger.

“La que soy / la que no soy” entran en tensión en el plano de la enunciación, generando el espacio de la incertidumbre donde el propio ser es puesto en cuestión. ¿De qué ser se habla?, o mejor dicho, ¿de qué ser se habla cuando se poetiza? Asoma un pleno instante de zozobra. En dicho caso, habría que preguntar con que herramientas sería posible asirlo a ese ser que ha deambulado por la historia y por las diferentes culturas de la humanidad. Las respuestas podrían hallarse desde diversos campos epistemológicos, por ejemplo, esgrimiendo fundamentaciones desde la antropología, la sociología, la filosofía, la religión o la ciencia; pero también desde el mismo arte, particularmente desde cualquiera de los géneros literarios y, especialmente, desde la poesía.

Shakespeare, Rilke, Juarroz, Orozco, entre otres, rezuman en los versos de Carnovale, pues cada uno de esos cuerpos poéticos pasan de obra en obra resignificados por los y las poetas de cada generación; es decir, se cuelan desde el propio peso de la tradición hacia la emergencia de la contemporaneidad. Los sedimentos de las lecturas se entretejen en una nueva trama de significantes, porque toda literatura es un fenómeno intertextual, dialógico, histórico.

En esta diáspora de ser y no ser se puede citar una línea inmortal: “To be, or not to be: that is the question…”, es el inicio del soliloquio de Hamlet. La poeta pampeana dirá siglos después: “La que soy/ la que no soy/ la que quisiera ser…”, en medio del cuestionamiento y el tembladeral poético.

“La que soy” otorga el anclaje desde donde se proyecta “la que no soy”, “la que quisiera ser”, y esa es la inquietud que trasuda por una poética que intenta dar asidero a las preguntas primordiales. Ese poetizar se patentiza haciendo y siendo, escribiéndose, porque es una poética de la exploración del ser; a dicho paradigma se ha referido Percy Bishe Shelley: “En el proceso de escritura se engendra otro ser dentro de nuestro ser”. Engendrar es crear, es la búsqueda de la palabra mesiánica, la fundadora de todas las cosas que son y de las que podrían ser. Para resolver el síntoma hay que escribir; lo cual nos remite al viejo concepto de Poíesis, el término griego que significa “creación” o “producción”, derivado de poieō, “hacer” o “crear”.

La poíesis en acción es la que instaura, según Shelley, al ser dentro del ser que engendra la obra, por lo tanto se convierte en un proceso, en creación de obra, pero, además, la propia poíesis sería, a su vez, fundadora del autor o autora. Al suceder esta “génesis poíetica”, también se gestarán lectores.

El desdoblamiento, la proyección interna, la tensión entre ese ser y no ser, está contenida en la frase de Arthur Rimbaud: “Je est un outre”. Ese yo que es un otro, el ser que es otra entidad pero a su vez es la entidad que engendra el otro ser, el otro no ser (“Soy esa también, la misma/ y otra”, p. 14). En consecuencia, ante dicho avatar hay reconocimiento, hay duende lorqueano que sale y regresa, también una proyección que tiene su apoyatura en aquella categoría que usufructuara en varios textos el escritor alemán E. T. A. Hoffmann, el “doppelgänger”; pues la palabra proviene de “doppel”, que significa “doble” y “gänger”: “andante”. Aunque su forma más antigua, acuñada por el novelista Jean Paul en 1796, es “Doppeltgänger”, “el que camina al lado”.

El ser en movimiento, el ser duplicado bajo la impronta occidental, el dasein, ese ser ahí arrojado al mundo reinterpretado poéticamente, dándole anclaje en la página en blanco, en la reflexión para comprender su urgencia e intemperie de un tiempo que cuaja en realidades y se despliega o proyecta en visiones sobre posibles irrealidades.

El poeta e investigador Robert Graves señala en uno de sus libros más importantes, La Diosa Blanca, que la función de la poesía es la invocación de la musa; desde una perspectiva mágica y antipatriarcal intenta encontrar la existencia y nominación de la poesía en diferentes culturas y, además, la incidencia sobre el o la poeta, al resaltar que el objetivo final es escribir el poema dedicado a la Diosa Blanca. No obstante habrá procesos antes de alcanzar dicha meta y será la de enfrentar el propio fantasma, o sea, conocerse a uno o una misma; tal cual lo planteara Rilke en su Carta al joven poeta, donde le habla de la introspección, de hundirse en lo más profundo de uno/a para autoconocerse.

Desdoblamiento.

Ha dicho Carnovale: “La que soy/ la que no soy/ la que quisiera ser/ todas giran…”; ese trajinar enuncia un movimiento (ese caminar al lado), un giro, una trascendencia embrionaria de lo que aún no es pero que será (“Vivir como dos/ la que soy/ ¿la que no?”), porque al ser se está siendo (“¿Ser es estar en el cuerpo?”). Por más que se manifieste por la vía negativa el no ser o no estar en el cuerpo, en esa trayectoria, en ese caminar al lado del doble, el/la poeta transmigra su ser a la obra y se ramifica en las/os lectoras/es (“Entre palabras/ puedo/ ser”).

No hay máscaras en Carnovale como en Orozco, pero si rostros reales e irreales, posibles cuerpos: “Dos caras no/ dos de mí/ que se cruzan en el cuerpo/ sin tocarse”), aludiendo a aquella “intemperie sin fin” manifestada por Juanele Ortiz; porque además del proceso individual también hay procesión colectiva: “en el fondo de todo no estoy yo, sino que estamos nosotros”. Ese nosotros inclusivo rompe el horizonte de expectativa, porque esa experiencia traumática de la soledad del creador se redime en lo comunitario, más allá de la exploración única y particular. Sus resultados operan en doble sentido, autoconocimiento y aprendizaje, pero también un capital simbólico que bulle en esa palabra mesiánica que es depositaria de la legión de lectores y lectoras.

Instante de lucidez, de nuevas aperturas mentales, ese nosotros, aunque suceda entre esas dos (la poeta desdoblada) en la que transcurre la efervescente luminosidad creativa, se derramará hacia les otres en la obra concretada.

En ese sentido, Cesare Pavese, más allá de su decisión última de suicidarse, sabía lo que implicaba la escritura (la productividad llamada texto, Kristeva dixit), de qué modo funcionaban los mitos y también cómo ese oficio de escribir implicaba entregar todo para consecución de la obra en sí. Señalaba el autor de Diálogos de Leucó que “la poesía me ha restituido”, ¿qué implicaba esa restitución?, primero y principal, solamente podría ocurrir desde uno/a mismo/a sumergido en el devenir poético, desde la subjetividad de la voz poética, bregando desde la voz concreta e incrustada en la realidad, del cuerpo en constante fricción con lo cotidiano, en el trabajo de sostener lazos con les otres. Restitución que comprende a la propia palabra, la que enuncia la fisura explorativa en su oficio de vida.

Esa será la tensión de Carnovale entre el ser y no ser, entre su ser y ser otra a la vez, incluso la presencia y determinación de las cosas y la cotidianidad, esa realidad patente en “La mañana, ese ladrillo sobre la espalda/ el tedio del mundo en la cabeza”, y la palabra, el verbo, en disputa con la que camina al lado, sea ella misma, sea la tradición literaria, las voces tutelares, será el lugar de las preguntas, de la posible redención o restitución, aunque “Ahora/ lejos del poema/ así/ la puntada en la sien/ lo que arde en el asfalto o en la tierra/ busco qué// esa mismísima cosa”. Buscar, hollar, poetizar es el oficio paveseano de la restitución de “esa mismísima cosa”, es decir, el secreto de las cosas. La poeta y filósofa María Zambrano resalta que el poeta es un “enamorado de las cosas, se apega a ellas, a cada una de ellas y las sigue a través del laberinto del tiempo, del cambio, sin poder renunciar a nada: ni a una criatura, ni a un instante de esa criatura, ni a una partícula de la atmósfera que la envuelve, ni a un matiz de la sombra que arroja, ni del perfume que expande ni del fantasma que ya en ausencia suscita”.

Por lo tanto, no hay nada más exacto que aquello que apuntara Olga Orozco: “desdoblamiento en máscara de todos”. Ese conflicto entre ser y no ser es convertido en literatura, en poesía de pensamiento, poesía de la conciencia de ser en lucha con el no ser, con una carga filosófica que se desdobla desde el poema y se despliega en la lectura, acuciando al espíritu para que hable.

Ser o Estar.

El pensamiento binario occidental se empecina en reducir las realidades a tan solo dos ecuaciones posibles, negando la complejidad, secuestrando la riqueza de opciones y alternativas. Se recuesta sobre el “ser”, dejando de lado el concepto “estar”, tan importante para el pensamiento de los pueblos originarios que revalida Rodolfo Kusch.

Tanto desde la filosofía, la literatura o la religión, el ser, bajo la concepción europea, occidental y judeo-cristiana, significa existir, ser alguien y tener un lugar y un espacio, y queda manifiesto cuando el Señor le dice a Moisés: “Yo Soy el que Soy” (Exodo 3:13-14). En cambio, para la visión de la América profunda, el estar significa conocerse y coexistir con el todo, en unidad.

La idea en este apartado es sacar del camino trillado la lectura sobre la poética de Carnovale y tensionarla bajo categorías latinoamericanas, en esa dupla ser/estar, considerando esa preeminencia de blindar el ser, darle sujeción para explicar la existencia y justificar la trascendencia (ya que aquí también juega la inmortalidad), en desmedro del estar. La “mujer soy” ha quedado evidenciada en la lectura del “doppelgänger” y el desdoblamiento; entonces aquí se intenta darle asidero a la “mujer estoy”. Se lee en el libro La que no soy: “¿Ser es estar en el cuerpo? […] la que no soy”, “Soy esa también, la misma/ y otra”, “Hay días en que se me pega al cuerpo/ esta que soy”, “Vivir como dos:/ la que soy/ ¿la que no?”, “Soy la que enseña/ y también soy/ la que no sabe qué sabe”, “la que no soy corre/ lejos”, “Entre palabras/ puedo/ ser”, “Soy y no soy/ con y sin nombre”, “entre lo que soy y lo que ves”, “Soy también otra que no quiero mostrar”, “La que no soy ríe desde algún lugar de la casa”, “La que quise ser escapa de la cocina”, “La que soy/ teme a todo lo que se escurre”, “Soy el trazo torpe/ el trazo débil/ la lengua que no dice”, “A la que quisiera ser no le inquieta […] apenas soy”, “la inútil no entiende/ qué es”, “Entre ser y no ser/ hay un parpadeo”, “Quisiera ser la que no es”; o sea, una preeminencia y dominante del ser sobre el estar, una preocupación que encaja más en la voluntad de ser y representación que el mero estar siendo en el lugar situado. Escarbando en la obra se halla: “Qué quieta estoy en tus ojos”, “ya no sé cómo estar en este cuerpo/ que no es palabra”, apenas dos enunciaciones del estar, lo que implica como la construcción dominante occidental ha legitimado una forma de ver que pasa más por la consecución de un lugar en el mundo antes que estar en el mundo, anudado a la tierra, siendo parte de la vida, o sea, “mujer total”.

La categoría existencial del “estar” sudamericano se contrapone al “ser” europeo. Por eso Kusch señala la necesidad de reencontrar el sujeto latinoamericano, es decir, a ese “hombre total”, que ha sido desdoblado y desconstituido desde las colonias.

El filósofo Esteban Ierardo recupera el pensamiento del autor de Geocultura del hombre americano y refiere: “Mediante el análisis de la visión del mundo andino, Kusch examina su categoría existencial del ‘estar’, que contrapone al ‘ser’ europeo. El ‘estar’ supone un situarse cerca de un centro donde se concentran y conservan energías mágicas y divinas que se deben respetar y conjurar. Por contrapartida, el ‘ser’ se entronca con la ansiedad occidental del ‘ser alguien’, el deseo de colmar con contenido y significado un vacío que se amoneda en la intimidad profunda del sujeto de Occidente”.

El sujeto colonial acuciado por la necesidad de ser, de justificar su existencia con un lugar ganado en el reparto de acciones sociales “sucede” desdoblado, se siente acosado por el empuje de ser alguien, de explicarlo todo, de entenderlo todo, en procura de que el hombre o mujer domine el universo. En cambio, en el “estar” cuaja la sabiduría y energías mágicas que lo sitúan en el estar-siendo, trascendente dentro del universo. El mismo Kusch refiere que “Entre la tensión de lo sagrado y lo profano, donde Occidente se refugia en la ciencia, el indígena, el campesino, en América, se refugia en la magia, desde los sentidos del olor y la escucha, en el umbral del hedor y la distancia amurallada de la pulcritud, mientras occidente se amparó en la culpa como organizador de la fe, América antepone la conjura como posibilidad del estar-siendo”.

La poesía es la conjura, el estar-siendo del hombre o la mujer situada, el “hombre total”, la “mujer total” sincronizada con la pulsación de la tierra, la naturaleza y el universo todo. Al estar-situado hay anclaje con el lugar vivencial donde se recupera y refuerza el vínculo con la tierra. Eso es estar con uno mismo y los semejantes, que son los nutrientes reales del relato simbólico.

En consecuencia, esta simbiosis se evidencia en el Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade, cuando en la línea icónica “Tupí or not tupí, that is the question” (escrita en lengua tupí e inglés) se transmuta la dependencia colonial, porque en esa frase el poeta brasileño ejecuta el ritual de ingestión de lo ajeno; además el texto fue publicado junto al dibujo “Abaporu” (que en tupí significa “hombre que come”), de Tarsila Do Amaral, lo que multiplica su significado. El arte latinoamericano al estar-situado se especializa en digerir y resignificar la producción de otros centros culturales.

En ese sentido, el conflicto del ser, de la que soy, o la que no soy, es una búsqueda experiencial, existencial, en el lenguajear (Humberto Maturana) con lo íntimo y lo profundo, con la tradición y la emergencia, en donde el anclaje para estar-situado se funda en la trashumancia de la “mujer ser” a la “mujer estar” por medio de la palabra poética.

* Colaborador