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La escuela de noche

En este nuevo contexto al que los obligó a vivir la pandemia de coronavirus, los docentes de todos los niveles deben adecuarse a los aprendizajes, condicionamientos sociales y reglas sin morir en el intento.
Nicolás Jozami*
En el cuento «La escuela de noche», Julio Cortázar narra una anécdota que -para la mayoría de los estudiantes que atravesaron y atraviesan el secundario- es cuanto menos fascinante y tentadora: cómo sería la escuela cuando no está funcionando, cómo se verá de noche. Esa idea la trabaja un Cortázar con un humor y un suspenso equilibrados. El relato narra peripecias de Toto y Nito, unos estudiantes que deciden meterse un sábado a la noche en su ámbito escolar y vaya si les suceden cosas, descubriendo -junto al temor por hacer algo indebido-, un mundo que no deberían ver, y ni siquiera llegan a sospechar.
El cuento no es fantástico, es más bien de un realismo perturbador, de voyeurismo adolescente le llamaría yo. La escuela desde otra mirada, desde otro lugar, por la noche, un sábado. Cabe aclarar que en el texto cortazariano no hay una pandemia, virus, ni distanciamiento social, pero lo creo una buena introducción al tema que me ocupa; porque, ¿no es como una escuela de noche lo que estamos viviendo los docentes, estudiantes, preceptores, directivos, la comunidad escolar principalmente, en esta primera revolución a la fuerza de asedio y aprendizaje tecnológico y virtual? ¿Dónde están los límites del tiempo en los que se enseña, se aprende, se cumple con lo pedido? Sabemos que han cambiado -y mucho muy rápido- las coordenadas con las que nos manejamos los docentes con nuestros estudiantes. Las regulaciones y reglamentaciones parecen perezosas ante el avance del cómo adaptarnos al aprendizaje en este contexto nuevo desde hace unas semanas. Sentimos que pasó un año en un mes, por cómo procesamos la información y por el modo vertiginoso que llevamos para «estar al día», al tanto de lo que sucede.

Las unas y las otras.
Situación excepcional donde, según escucho, deberemos salir más fortalecidos o más mezquinos en el vínculo con el otro. La escuela, la institución educativa -y me hago cargo de lo que digo- está boyando entre esos dos polos. Haciendo un chiste en Facebook, broma que luego comprendí que no era para nada mía, sino que la venían pensando muchos colegas, posteé la siguiente inquietud: ‘quién sería el primer trabajador de la educación que ostentaría el galardón de tener la primera carpeta psiquiátrica por trabajo virtual’, algo en lo que, y vuelvo a lo de fortalecidos o mezquinos, no debemos caer. ¿Por qué fortalecidos o mezquinos?, podrán preguntarse. Bien, respondo: porque esta situación excepcional, desnuda a la vez las diferencias y distancias que existen entre unas escuelas y otras, entre unas conectividades y otras. Sumado a ello que los docentes, les docentes, debemos trabajar y acomodarnos a una situación inédita con nuestros estudiantes, y en ese trayecto, parece que el que cubre de tarea y busca enseñar con la fruición que tenía frente al aula, lo que hace es salvarse solo, mostrar cuánto hace, cuánto avanza, cuánto da de sí mismo. Y el virus del individualismo es más contagioso que cualquier otro en tiempos difíciles. A todos nos cuesta bajar cambios, ir más despacio, pero entiendo que lo primero es, antes de los formatos de enseñanza y el consiguiente dictado de clases, aprender a entender la nueva forma de contacto con el otro. La oportunidad y fortaleza es aprender -o volver- a esa enseñanza de la fragilidad afectiva compartida en situaciones extremas.
La escuela se vuelve de una oscuridad más penetrante que la noche, y los estudiantes están acusando recibo de esto, sobre todo aquellos alumnos que hace tiempo no iban al colegio y decidieron retomar sus estudios. Es hermoso ver, en los momentos de conexión, cómo buscan ayudarse, enseñarse mutuamente, con la mediación del docente, pero eso va a un ritmo diferente en cada realidad, difícil de mensurar. Para nada escondido está ahí el tema de las diferencias de conectividad, qué plataforma o red es más o menos democrática en estos momentos para profesores y alumnos, pero allí salta como pochoclo qué tipos de escuelas se vinieron sosteniendo durante todos estos años; la democracia de póster escolar quedó ahí, en los papeles: en la cancha, la realidad es muy otra, y de eso hay que hacerse cargo también. Quizás algunos ya lo saben, pero me sorprendí bastante al enterarme de que más del 40 por ciento de la población mundial no tiene acceso a Internet. El 40, no el 4.
No debemos dejar a la escuela en la noche, y sé que estamos haciendo esfuerzos. Se oye por ahí también si los chicos van a perder el año o no, sabiendo que la cuarentena se amplía cada vez más, se corre la línea discretamente, como cuando uno mueve con el pie sin que lo vean una piedrita adentro del casillero de la Rayuela (novela de Cortázar que, para quienes la han postergado, bien puede ser paladeada en estos tiempos, ¿no?). Bien, lo digo de esta manera: los estudiantes van a perder el ciclo lectivo si no comprendemos y buscamos un punto de apoyo para acondicionarnos a esta situación excepcional, ni más ni menos, no porque no hagan tarea, o no manden trabajos prácticos en el tiempo pedido, o se vayan de la clase virtual por Meet, o no tengan las tres notas cuatrimestrales; estará perdido cuando perdamos a los estudiantes y ellos a nosotros por el burning virtual con el docente del mes asfixiado por el libro de temas en byts.

¿Cuento futurista?
En otro relato, llamado «¡Cuánto se divertían!», Isaac Asimov describe la nostalgia de niños que descubren cómo había sido la educación del pasado, muy distinta a la de su presente. En el año 2157, Margie y Tommy estudian desde sus casas, con un maestro robot personalizado. Pero hete aquí que Tommy encuentra en el ático un libro viejo del abuelo, donde se habla de la escuela de tiempos anteriores, y se lo muestra a su hermana Margie: la extrañeza invade a la niña que observa con estupefacción cómo iban todos a aprender a un mismo edificio donde había una persona humana -de carne y hueso- que enseñaba. No es como en sus casas, donde el robot se conecta a determinados horarios y va al ritmo de cada estudiante, en cada disciplina, un maestro para cada persona. En un fragmento, casi proféticamente, y ante un desperfecto con el robot-profesor que es reparado por el inspector, Asimov escribe: «El inspector sonrió al terminar y acarició la cabeza de Margie. No es culpa de la niña, señora Jones -le dijo a la madre-. Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre. Lo he sintonizado en un nivel adecuado para los diez años de edad». ¿A cuántos de ustedes, docentes lectores de esta nota, no se les vino a la mente ese de nosotros que tiene gastadas las yemas de los dedos y que, aclaro, con una sentida intención pedagógica, no puede detenerse, y queda enredado en medio de una peligrosa ingenuidad, enviando y enviando tareas a sus estudiantes? Que la enseñanza y el aprendizaje no se conviertan en una especie de pruebas PISA online.
Pensemos en qué parte del cuento de Asimov estamos. Y que la escuela de noche sea sólo un buen cuento de Julio Cortázar.

*Escritor y docente