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La huelga salinera

El 1° de mayo se inauguró en el Centro Municipal de Cultural la muestra multidisciplinaria «La huelga salinera y las mujeres. Diagrama poético de la experiencia», de la mano de artistas plásticas y trabajadoras del municipio santarroseño.

Anabela Abram *

Proyecto Obrante nació en 2019 pero se fue forjando con muchos años de trabajo y afecto. Mariela González, Florencia Pumilla y Ana Paula Di Nardo son artistas plásticas y trabajadoras dependientes de la Dirección de Cultura y Educación de la Municipalidad de Santa Rosa, y decidieron nombrarse para darle otro encuadre a la tarea de comunicar lo político con lenguajes artísticos, que ya venía desde hace tiempo presente en las calles, escuelas e instituciones.
Trabajaron juntas por años en los barrios de la ciudad dando talleres y dieron batalla para que se reconozcan sus derechos como trabajadoras dentro del municipio. A partir de esos vínculos, y en particular de los estrechados con las mujeres, surgieron muestras, fiestas, talleres de escritura y diferentes actividades donde la pintura, la imagen y la palabra se sobredimensionan para abrevar en lo que, fundamentalmente, es su razón de ser: el afecto y el deseo de transformar las cosas.
Las fechas de conmemoración, ese eco que suele terminar en una operación de memoria repetitiva y obligatoria, es el punto de apoyo que hoy Proyecto Obrante elige para desembarcar su obra. Con textos, fotografías, collage, audiovisuales, instalaciones, fotomontajes y diversas técnicas, resitúan las efemérides para descolocarlas ante su «lugar común».
Las obrantes rasgan en los pliegues y cepillan la historia a contrapelo, inventan con lo que hay y comparten, siempre, desde una perspectiva de género. Intentan un desequilibrio y un punto de fuga de lo conocido. De esa fuente surge la muestra «La huelga salinera y las mujeres. Diagrama poético de la experiencia», que se inauguró el pasado 1º de mayo en la Sala Mareque del Centro Municipal de Cultura, y que la pandemia impidió conocer de cerca, pero las redes sociales permitieron, de todas maneras, difundir.

La muestra.
La obra es un montaje de distintos materiales, que abre a las preguntas y que no cuenta «una historia». Lejos de la cronología lineal, se esbozan pequeñas secuencias, testimonios e imágenes para narrar versiones de lo sucedido, en un intento de que la historización de un hecho poco conocido de La Pampa pueda convertirse en un acto comunitario, pueda divulgarse e incluso escribirse por fuera y al mismo tiempo en compañía de los ámbitos tradicionales desde los que se adjudica una «autoridad» para hablar de historia e historiografía.
Los testimonios audiovisuales de Alicia Piombo, Stella Maris Piombo, Elvira Alcaraz y Alejandra Ongaro, intervenidos por González, Pumilla y Di Nardo y la muestra fotográfica «Arde la sal en la herida», de Anabela Abram, componen un trabajo que conjuga un pasado que necesariamente dialoga con el presente.

La huelga.
Era fines de 1971 y principios de 1972 y al calor de Salinas Grandes de Hidalgo, cerca de Macachín, y en medio de la aridez de ese «viejo mar» pampeano al que se refería el poeta Juan Ricardo Nervi, se levantaron lxs trabajadorxs para reclamar por sus derechos.
En la aparente calma de un paisaje de llanura blanca y rosada, envuelta en un cielo inigualable, y en la «colonia», en la que vivían aproximadamente unas 150 familias (entre 500 y 600 personas), propiedad de la empresa CIBA S.A, la compañía explotadora de la sal en ese momento, irrumpe el conflicto. La lucha, que duró 4 meses, se convirtió, dicen, en la huelga más larga del país, al calor de las tensiones políticas en toda la Argentina y en Latinoamérica.
Resulta interesante la cobertura de prensa de la época, que se incluye en los audiovisuales de las mujeres que testimonian desde el presente, y que muestra que el conflicto fue apoyado por militancias de organizaciones como la UMA, Unión Argentina de Mujeres, diferentes partidos políticos y gremios, con movilizaciones en las calles de Santa Rosa y con los aportes de los remates de obras de arte organizados para sostener a lxs trabajadorxs. Fueron épocas de fuerte solidaridad que los diarios llegaron a nombrar como «el pampeanazo», en clara referencia a las movilizaciones populares sucedidas en otras partes del país, como fueron el cordobazo o el rosariazo.
La muestra «La huelga salinera y las mujeres» viene a traer presencias y voces, que en los testimonios de las protagonistas aparecen, a la vez, como resistencias y por momentos como cumplimiento de mandatos naturalizados «por el hecho de ser mujeres». Estas acciones las colocaban en un doble esfuerzo, porque al trabajo doméstico y la crianza de lxs hijxs, en el caso de las obreras, se sumó su presencia en los espacios públicos.
Elvira Alcaraz recorre su biografía y encuentra ecos de su accionar durante la huelga en el seno de su primera infancia: «En mi casa se hacía comida, alrededor había gente llena de hijos que no tenían para comer, mujeres solas. Mamá hacía una comida y decía ‘llevale a fulana, llevale a sultana’. Una piensa desde lo humano, desde la madre. Yo tenía 4 hijos; vos ves familias que no saben si al otro día iban a comer, y uno no desmenuza mucho, uno actúa».
El accionar de las mujeres dentro de la colonia, como le llamaban lxs obrerxs, se dio en un «afuera» que, sin embargo, no era tal: la olla popular se transformó en una frontera donde la división tajante entre lo doméstico y lo público se disolvía, y eran las obreras y las militantes de Santa Rosa, invisibilizadas, que además participaban de las asambleas, quienes sostenían la supervivencia y los cuidados.
Fueron ellas quienes recorrían los barrios y negocios de Santa Rosa pidiendo alimentos. Alicia Piombo, entrevistada por Proyecto Obrante, sostiene que «la olla popular fue protagonista diaria para la supervivencia del conflicto, las mujeres de la UMA trabajaron viajando a Salinas, conteniendo a las mujeres de los salineros juntando alimentos, remedios. UMA era entidad nacional de la que participaban gente del partido socialista, comunista, peronista, pero sin partido, era una cuestión bastante amplia. Venía a ser defensa de la mujer. Se priorizaba la situación de la mujer».
En los testimonios, las mujeres indican que, por tradición, los aspectos intelectuales y las militancias quedaban reservados a los hombres y las tareas de cuidado y el trabajo en la casa, a las mujeres. No parece casual que en los relatos de algunos militantes no aparezcan los nombres de las mujeres que cocinaban bajo la sombra de eucaliptus, esas hileras que diagramaban la colonia marcando calles en un espacio que se había convertido en un verdadero pueblo, ya que tenía un mercado (la cooperativa), escuela, salón de encuentros, cine y canchas de fútbol, cuyas ruinas permanecen hoy como vestigios en un paisaje que se ha modificado con el paso del tiempo. Pero en sus testimonios, las mujeres recuerdan los detalles, los nombres y las situaciones personales de cada una. Como dice Estela Maris Piombo, «en la olla la veo a Irene o a Tita, haciéndola, y veo a las mujeres en los distintos negocios para contribuir. Nos tenían miedo por ser mujeres y por ser partícipes de una actividad comprometida y de reclamar».
Como afirma Elvira Alcaraz, participante de la muestra, «los hombres en general eran los que impartían ideológicamente las cosas, pero nosotras éramos diciendo y haciendo, porque era así la mujer. La sociedad estaba mucho más motivada, antes te dejabas llevar cada vez más por los sentimientos. Ahora es más de analizar las cosas. En la militancia de calle éramos todas».

Activistas.
Estela Maris Piombo es otra de las activistas que continuó en el tiempo participando en espacios políticos, y en la entrevista para la muestra cuenta: «En ese momento yo estaba militando en la UMA. Había discriminación por las mujeres y más por la UMA, que recién estaba surgiendo. Ahí fuerzas de izquierda, que recién estaban naciendo, nos discriminaban bastante. Nos veían como si fuéramos mujeres de beneficencia y nada que ver, luchábamos por los derechos de las mujeres y las acompañábamos. Nosotras conseguimos que las mujeres se reunieran solas, sin la autorización de los maridos. Fue un avance importantísimo. El encuentro en las Salinas Grandes fue memorable, se hizo la olla popular, compartimos con las mujeres, vimos sus casas, el paisaje. Nosotras como mujeres fuimos ganando espacio en esos lugares, a pesar de las discusiones, la discriminación, en un momento fuimos reconocidas».
Alejandra Ongaro, hija de Zulma Domínguez y Ciro Ongaro, asesor legal del conflicto y una figura muy importante en la memoria de quienes vivieron la huelga, brindó su testimonio para la muestra y sostuvo que su casa familiar de la calle Sarmiento fue de puertas abiertas: «Era natural que en mi casa circulara gente. Era eso de compartir lo que uno tenía. La llegada de los salineros irrumpió con la misma fuerza, felicidad y dramatismo. Se habían quedado sin trabajo».
El papel de Ongaro fue muy importante, porque, dice Alejandra, «mi viejo fue un salinero más, un compañero y mi vieja se prendió rápidamente y detrás de mi vieja nosotras, más espectadoras, pero mis viejos tomaron rápidamente esa bandera». La comida era un punto de encuentro durante el conflicto: a las ollas populares de las salinas se sumaban «esas mesas de la comida» en la casa de los Domínguez Ongaro. «También había risa, mucho humor, mucha felicidad, de tenernos, de sentirnos acompañados. En esas discusiones era elaborar estrategias. Había muchísima solidaridad, de gente que no tenía nada, pero que daba».

Importante publicación.
El libro «Verano del 72, la gran huelga saliera. Memoria, género y política», de María Herminia Di Liscia, Ana María Lasalle y Paula Lasalle, es un gran aporte a la historia reciente pampeana y una importante fuente para la creación de la muestra, debido al escaso material escrito que hay sobre el tema. Allí se rescatan los testimonios de las obreras salineras y de mujeres que vivían en la villa, y que aunque no trabajaban en la fábrica de CIBA S.A., participaron de la huelga y de las ollas populares.
Las autoras recopilaron testimonios y conjugaron la historia oral con fotografías. En este trabajo también se indica claramente la invisibilización tanto de la militancia como del trabajo de las mujeres durante los aproximadamente 4 meses que duró el conflicto. «Destapando la olla», dicen las autoras para referirse a esos relatos que marcan la fuerte presencia de las mujeres, sobre todo en las tareas de cuidado -alimentación y salud-, tanto en Salinas Grandes como en Santa Rosa, pero su ausencia en la memoria, desaparición que Proyecto Obrante, en sintonía con el libro, viene a hacer presente y reparar.
Las investigadoras narran que «cocinar la olla» siguió pensado como fuera de la esfera política, y que, paradójicamente, esa acción las ocultó, porque era «natural» que ellas se dedicaran a eso, y los hombres a organizar y realizar discursos en las asambleas. La olla popular, de la que solo hay un registro fotográfico, se convirtió en un significante muy potente, que creaba comunidad, contención y participación, y a la vez un elemento ausente en la memoria.
«Las mujeres -afirman-, no aparecían ni en las crónicas periodísticas de la época ni en los relatos orales actuales. Esta memoria no registraba el accionar de las mujeres porque ellas no fueron consideradas protagonistas políticas, tampoco fueron evaluadas por lo que entonces se entendía por militancia».

* Periodista