La intensidad de la poesía

LITERATURA - LAURA CARNOVALE

Laura Carnovale ha compuesto dos breves libros de poesía que la sitúan con una voz particular en la serie literaria pampeana. Un estilo que trasiega desde la intimidad de la casa y revolotea por el cielo paradigmático del poetizar.
Sergio De Matteo – Leer y releer, aunque se sature el sentido, para poder aprehender el estilo. Encarnarse en el lenguaje de la poesía. “la única aproximación o explicación de un poema,/ cuando uno lo ha leído, consiste en volver a leerlo de nuevo”, ha escrito Roberto Juarroz. Entonces, ¿desde dónde es posible hablar sobre lo poetizado?, o ¿cómo interpretar lo poético? Pues: leyendo de nuevo lo que se ha leído, nos advierte el poeta/filósofo. Indagar desde la resonancia que deja la lectura. Aproximarse. Hollar el poema. Trillar la huella que lleva al lugar que la poeta ha fundado simbólicamente: “A veces son/ tan extrañas las palabras/ que vuelvo a repetirlas/ para mí,/ una/ y otra vez/ para confirmar su significado”. El lector relee para explicarse el poema. La poeta escribe para comprenderse en el mundo.
Desde la invocación a la musa, a la tradición órfica, pasando por el sacerdocio druídico, el mito faústico, la teoría del duende, la carta del vidente, el chamanismo, hasta el esoterismo, han contaminado la historia y la práctica de la poesía. ¿Por qué se hace esta ilación respecto a la creación poética? Por lo que se propone y subyace en el nuevo libro de Laura Carnovale.
El ser es escritura. La poesía manifiesta esa ontología. El lenguaje es la casa del ser. La poesía será lenguaje de la experiencia espiritual, será metafísica. El mundo es la trama de signos que nutre a la poeta. Por eso, Carnovale reconoce que la poesía sopesa y tantea el universo, que se bulle en su propia lengua. Escribir es “Entrar al mundo, soplar la belleza”. El trabajo de sostener el funcionamiento de la casa y ver los días que pasan, uno tras otro, es una especie de anclaje donde se manifiestan y suceden las situaciones que se inmiscuyen en cada uno de sus versos.

Cotidianidad.
Respecto a su primer libro, Tengo un cielo en la cocina, había dicho: “Se cuece en esta cocina carnovaleana el fuego de los cuerpos poéticos, para darle así asidero a la palabra y fundar la morada del alma, la casa del ser […] Carnovale, desde su cocina habitada, invita al lector a una aventura en donde hierve el agua en las ollas, los sueños se materializan entre vapores, y las letras se comportan como condimentos de la vida”.
En sus versos irrumpen elementos que conforman su cotidianidad. Podría plantearse que hay una trayectoria dentro de su hogar que es posible asociarla a la katábasis griega. Un descenso al averno para entender la existencia: “¿Si escribir no es más que escurrirse en el agua/ canilla abajo?”. Ese abajo es interesante, porque ocurre en el ámbito familiar y sólo hay algún que otro atisbo o mención al exterior, pero resignificado desde el plano de los recuerdos. Esa excursión por el propio lar tiene dos o tres referencias fuertes que basculan entre lo material y lo inmaterial. El agua y la luz son convocados en varios de los poemas, alumbrando y purificando al ser, otorgándole liviandad al alma que asciende (anábasis) por el sendero temporal de la poesía, que es de carácter vertical. Cuando se descubre ese atajo espinoso, se recusa el tiempo que expolia y oprime, y se discierne el devenir de los otros, de la vida y del mundo. También las piedras (verdes) tendrán un protagonismo particular en este poemario, participan en la trama y la poeta va tejiendo nudo a nudo el instante de la fuerza personal; es decir, serán esas piedras (del altar personal) la rueda del poetizar. “Para quien se espiritualiza -refiere Gastón Bachelard- la purificación tiene una suavidad extraña y la conciencia de la pureza prodiga una extraña luz”.

Ceremonia.
En consecuencia, la poesía no es simple expresión lingüística o fonética; implica un conocimiento que la convierte en emisaria a la poeta, en portadora de claves, que sólo funcionan en la ceremonia cuasi religiosa con que se invoca a las musas. Está imbuida de un proceso misterioso, pero que no la sustrae del quehacer mundano. Ese cuerpo poético se alimenta del habitual roce diario. Carnovale abre una brecha en la rutina, halla su tiempo, porque sabe que cada vez que advoca a la palabra, se inicia un ritual: “Tengo un puñado de piedras verdes en mi mano./ Recuerdo beber del arroyo/ siete tragos,/ siete sorbos pidiendo agua/ que me revele el secreto de lo no dicho”.
Buscar el secreto por medio de la anunciación. Azuzar lo no dicho. Escribir conlleva el íntimo acto ceremonial, el llamamiento y la experimentación del desenfreno razonado de todos los sentidos (Rimbaud). Apretar o sobar las piedras para que hablen. Entrar en trance: visionar. ¿Profetizar?
Bustriazo entrega su alma en la Salamanca para tener dominio sobre la palabra, para transmutarse en el Ghenpín. Carnovale elige las piedras. Y he aquí que resurge la noción clásica del poetizar como ritual del que se obtiene una compensación revelatoria. La liturgia dona en su transfiguración poética el libro Piedras verdes.

Simbología.
Hans Biedermann resalta en su Diccionario de símbolos: “El hombre necesita símbolos para entrar en el terreno de lo concreto, de lo palpable, que de otro modo no podría entenderse. Y cuando decimos ‘palpable’ usamos ya también un concepto simbólico, derivado de la mano que quiere tocar para poder apreciar más cabalmente una cosa”.
Laura Carnovale recoge las piedras (“No puedo dejar de mirar la piedra”), bebe agua, espiritualiza los elementos, los hace palpables, como la mismísima poesía cuando se inscribe. La poeta reclama por lo no dicho, lo por/venir, y a su vez declama, poetiza, pretende describir la belleza (del mundo, de la vida); al igual que como lo instauró John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever: Its loveliness increases; it will never”. Más cerca en el tiempo puede leerse en el extraordinario Paterson, de William Carlos William, que “El rigor de la belleza es la búsqueda”; o la letanía matriarcal de Cristian Aliaga: “Belleza, belleza, entera madre que sacudes”.

Poética.
Carnovale se somete al rigor del poetizar, saborea la acritud de la palabra que no llega, pero avanza buscando, toca y desafía a la belleza (“No hay manera de pronunciar más belleza”). Piedras verdes es un espíritu vivo, el rescoldo de la poeta que se explora y apaga la tiniebla extrema, iluminando todo a su alrededor, brinda su figura secreta, se encrece plena: “Si desvestirse no es desnudarse/ ¿para qué escribir?”.
La poesía más intensa es la de la carencia, la de la cosa ausente (“Se nace para albergar una ausencia”, Hugo Mujica). Ese vacío hace que la palabra hable, que la poeta Laura Carnovale palpe (palpite) las piedras y vuelva a nombrar.

Biografía
Nace en Santa Rosa (La Pampa) y transita su infancia en distintos pueblos de la provincia. Actualmente reside en General Pico. Es docente. Egresada de la Universidad Nacional de La Pampa. Participa de talleres literarios presenciales y virtuales y de las jornadas de lectura del Grupo de Escritores Piquenses (GEP).
Algunos de sus poemas integran revistas culturales y antologías, como “A la hora del café”, un proyecto que une a veinte mujeres de habla hispana residentes en distintos países.
En el año 2013 obtiene una beca del Fondo Nacional de las Artes para realizar una capacitación con la poeta Irene Gruss.
Ha publicado los libros de poesía Tengo un cielo en la cocina (Editorial Ruinas Circulares, 2017) y piedras verdes (Editorial Ruinas Circulares, 2017).

Mínima antología
Tengo un puñado de piedras verdes en mi mano.
Recuerdo beber del arroyo
siete tragos,
siete sorbos pidiendo al agua
que me revele el secreto de lo no dicho.

Tengo un puñado de piedras en mi mano,
piedras entre las piedras
que me miraron desde el fondo.
Y yo, que no sé mirar.

Corriente silenciosa que no dice y dice.

Piedras verdes
para buscar
el otro nombre de las cosas.

Paralizada
como la luciérnaga atrapada entre la gramilla
que enciende su luz y no,
que enciende su luz
y no.

¿Está muerta la piedra?
La piedra seca de barro
con que construye el hornero su nido
la piedra limpia del agua.
la piedra fría de hielo.

La pequeña piedra,
ese escombro que fue otra casa
y hoy es parte de mi casa.

Cada una
sola y con otras,

piedras que cambian.

Guardé las piedras
en la mesita de luz
entre los papeles y los libros.
Hay días que pierden
la memoria del arroyo
y se creen piedras preciosas

pero solo son
piedras mudas.

Palabras entre los libros
y las revistas,
en las paredes, los diarios
y las ventanas.
Palabras entre las cosas
y el aire.

Palabras entre palabras.
Palabras sobre palabras.
Palabras, sin palabras

No encuentro mi voz.

Humedezco mis piedras verdes
para que alcancen
su voluntad de brotar.
Y no sólo lo espero
además lo creo
desmedidamente.

Del negro carbón
también nace el fuego.

No es el color lo que designa a las piedras,
no es su proporción
ni su redondez
ni siquiera
el filo oblicuo de su cuerpo.

Es ese temblor,
el ruido de su voz en el agua.

“Laura Carnovale recoge las piedras (“No puedo dejar de mirar la piedra”), bebe agua, espiritualiza los elementos, los hace palpables, como la mismísima poesía cuando se inscribe”.

“En sus versos irrumpen elementos que conforman su cotidianidad. Podría plantearse que hay una trayectoria dentro de su hogar que es posible asociarla a la katábasis griega”.