La mitología de Juan Rulfo

LITERATURA - EL AUTOR DE PEDRO PARAMO Y EL LLANO EN LLAMAS

¿Cien o 101 años del nacimiento de Juan Rulfo? No debiera ser tan importante tener precisiones, excepto si el motivo fuera una carta natal, para el autor de dos de las mayores obras de la literatura latinoamericana.
Daniel Pellegrino y Jorge Warley *
Siguiendo una rutina periodística tradicional, cada comienzo de año los hombres de prensa suelen confeccionar el borrador de una lista de notas que irán redactando y entregando a sus editores a lo largo de los doce meses que se vienen. Se trata de temas no ligados directamente a la coyuntura y que se irán complementando mechados con las urgencias que dicte el aquí y ahora. En el caso de quienes se dedican a la problemática que genérica y un tanto ambiguamente se denomina “cultura”, el listado en cuestión suele privilegiar obras y autores que se actualizan en relación a las fechas de nacimiento o muerte, la publicación de algún libro, obra musical o pictórica por demás significativa, cierto hecho excepcional, histórico, simbólico.
Así, la hoja de cuaderno indicaba que este 2018 debíamos dedicar un artículo al gran escritor mexicano Juan Rulfo, en ocasión de cumplirse una centuria de su nacimiento.
Cuando pusimos manos a la obra y empezamos a revisar los materiales, nos topamos con el error: en realidad el autor de El llano en llamas no había nacido en 1918 sino en 1917; se debía, en consecuencia, descartar el proyecto y en eso estábamos cuando asomó su cabeza la curiosidad. Ocurre que la fecha de nacimiento de Rulfo es materia de disputa. Algunos de sus biógrafos aseguran “1918”, otros atrasan doce meses el grito de la partera; si entre los especialistas existen diferencias, es sencillo imaginar que mucho mayor es el desbarajuste en las páginas de la prensa.
De todos modos, la cuestión parece hoy estar saldada de acuerdo a los datos duros tomados por los investigadores. Ellos citan un documento que señala “ante el teniente coronel Francisco Valdés, presidente municipal de Sayula y encargado del Registro Civil, el día 24 de mayo de 1917 compareció el ciudadano J. Nepomuceno Pérez Rulfo, casado, agricultor de 28 años de edad, originario y vecino de esa ciudad, quien expuso que en la casa número 32 de la calle de Francisco y Madero nació en 3er. lugar y a las 5 de la mañana del día 16 del actual el niño que presenta vivo a quien puso por nombre Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno”. Dicen que hay otro documento que coloca un “Carlos” antes del “Juan”. En fin, como buen artista Rulfo parecía empeñado en inquietar a sus lectores desde la cuna.

El enredo sigue.
El autor sostuvo alguna vez que su llegada al mundo sobrevino en la casa familiar de Apulco, Jalisco, pero como ya se dijo fue registrado en la ciudad de Sayula, donde se conserva su acta de nacimiento. Vivió sus primeros años en la villa de San Gabriel, pero las tempranas muertes de sus padres obligaron a los familiares a inscribirlo en un internado en Guadalajara, la capital del estado de Jalisco.
Dicen que fue entonces cuando entró en el mundo de la literatura, y lo hizo gracias a la biblioteca de un sacerdote a quien le agradaban las obras de ficción depositada en la casa familiar; recordará siempre estas lecturas, esenciales en su formación.
Cuando, ya más grande, intenta ingresar a la Universidad de Guadalajara una huelga (¡cuándo no!) le impide la inscripción, y decide viajar a la ciudad de México. Tampoco puede acceder a la Universidad Nacional puesto que no dan por válidas las certificaciones que había obtenido en Jalisco, y debe contentarse con la concurrencia como asistente a algunos cursos de historia del arte.
No logra cosechar títulos académicos, pero sí una cantidad indetenible de conocimientos sobre la bibliografía histórica, antropológica y geográfica de México.
Un poco más tarde se empeña en completar esos saberes con la experiencia directa; durante las décadas del treinta y el cuarenta viaja a lo largo y lo ancho de todo el territorio mexicano. Mientras se mantiene con diversos trabajos que consigue en Guadalajara o en la ciudad de México dos revistas, América y Pan le hacen un lugar a sus cuentos. Se inicia también como fotógrafo, muchas de las imágenes que recoge en esa época se publicarán en 1949.

Obra mínima.
Como se sabe, y es parte también de su leyenda, la obra literaria de Rulfo es mínima. Tampoco en este punto los manuales coinciden: unos dicen que es autor de un libro de cuentos (El llano en llamas, 1953) y una novela (Pedro Páramo, 1955); otros suman, como segundo trabajo novelístico, El gallo de oro (1980).
Para contribuir todavía más a la mitología rulfiana, Roberto García Bonilla, en “Un tiempo suspendido: cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo”, sostiene que fue Juan José Arreola quien le ayudó a terminar Pedro Páramo.
Rulfo murió en ciudad de México el 7 de enero de 1986, luego de soportar durante décadas el asedio de críticos, periodistas, amigos y lectores que lo punzaban con la pregunta acerca de por qué el silencio, la ausencia. ¿Por qué se negaba a seguir publicando cuando la gloria y las traducciones de sus dos textos, entre los más famosos y prestigiosos que la literatura latinoamericana ha parido, no cesaban de multiplicarse?
La escritora Reina Roffé, en la biografía no autorizada de Rulfo que publicó en 2017, cuenta la siguiente anécdota, que de alguna manera explica el por qué del silencio de los muchos años sin publicar. Ni bien el mexicano pisó la ciudad de Buenos Aires en 1974, los trabajadores de la prensa lo interrogaron acerca de por qué seguía sin publicar cuando por ese entonces ya habían transcurrido veinte años de la distribución y la celebración primera de Pedro Páramo y El llano en llamas. En lugar de la respuesta que se esperaba, Rulfo solicitó con amabilidad que alguien por favor leyera un cuento de su amigo Augusto Monterroso titulado “El zorro es más sabio”.
¿De qué trata el relato? Pues trata de un zorro que se convierte en escritor, publica un libro bueno, luego otro mucho mejor, y con eso se da por satisfecho, pero los demás no dejan de presionarlo para que siga publicando. Entonces el zorro se pone a reflexionar: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el zorro, no lo voy a hacer”. ¿Por qué debería darles el gusto? La narración cierra con la frase: “y no lo hizo”.

* Docentes de Letras, UNLPam

(frases grises)

“Rulfo murió en ciudad de México el 7 de enero de 1986, luego de soportar durante décadas el asedio de críticos, periodistas, amigos y lectores que lo punzaban con la pregunta acerca de por qué el silencio”.

“Unos dicen que es autor de un libro de cuentos (El llano en llamas, 1953) y una novela (Pedro Páramo, 1955); otros suman, como segundo trabajo novelístico, El gallo de oro (1980)”.

(2 columnas pagina 3)

“Comala, en realidad,
no es un pueblo”

El lunes 15 de mayo de 2007, el diario La Jornada de México difundió una entrevista al escritor hasta entonces inédita, la cual más tarde se reprodujo en la última edición del libro “Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía”, de Alberto Vital, publicado por la fundación Juan Rulfo. Copiamos a continuación el cierre de esa conversación.
-¿Ha tenido dos actitudes distintas frente a Pedro Páramo y El llano en llamas?
J.R.: -Entre El llano en llamas y Pedro Páramo hay una diferencia completamente lógica. El Pedro Páramo está pensado y concebido mucho antes de El llano en llamas. El llano en llamas fue una serie de cuentos escritos a fin de lograr una simplicidad y que la retórica en que iba a caer al escribir la novela fuera desbancada. Esa retórica se aclara, entonces.
El llano en llamas, en uno de los cuentos, que se llama “Luvina”, fue más bien un ejercicio para entrar en un mundo un poco así, sombrío, siniestro más bien, con la atmósfera rara de Pedro Páramo. “Luvina” para mí era importante, porque “Luvina”, que se escribe “Loobina”, significa la raíz de la miseria. Es un pueblo que no existe, naturalmente, pero son pueblos que los hay en muchos lugares de México; son incontables los que tienen esa semejanza y son incontables las formas de huida que tienen también los habitantes de esos pueblos.
A mí me parecía natural y lógico pensar por qué la gente no abandonaba esos lugares en una colonización interna o externa, ya que en esa época existía la ventaja del bracerismo hacia Estados Unidos. Fue también una época en que abundó un movimiento que se llamó el de los ‘golondrinos’, donde cuatrocientos mil hombres vagaban de un lugar a otro del país, y sin embargo cada año regresaban a su propio pueblo.
Ese arraigo por la tierra también era absurdo, y sigue siéndolo. El hecho, por ejemplo, de “Luvina”, es casi general en todo el país; hay pueblos miserables y regiones donde no hay esperanza de esperanza. De manera que en “Luvina”, aunque fue un cuento previsto, casi se puede decir elaborado en forma más racional, más social -no antropológica, sino social-, tenía ya ciertos antecedentes para fijar los inicios de Pedro Páramo. Es el cuento que más se identifica o tiene un parentesco con Pedro Páramo, puesto que los hombres no tienen rostro, la gente no tiene cara. Las figuras humanas no se definen. Hay una ambigüedad; yo estaba trabajando con cosas realistas, aparentemente, pero en realidad eran producto de sueños, de fantasías. Entonces quise trabajar al revés, quise convertir los sueños en realidad. Como yo tenía precisamente ese sueño convertido casi en una cosa posible o real, en Pedro Páramo me fue fácil, hasta cierto punto, introducir a Susana San Juan en Comala. Comala en realidad no es un pueblo, es una definición hecha al azar; pero sí me dio la clave para encontrar en él ciertas raíces de las personas que ahí vivieron, cómo vivieron y qué fue de ellos, ya que en ese pueblo no vivía nadie. Como Susana San Juan estaba muerta, yo quería idealizar tanto a Susana San Juan dentro del personaje de Pedro Páramo como a Pedro Páramo, no como un personaje ideal, como un personaje causante de la muerte y la destrucción de un pueblo.
Nunca quise hacer una literatura social, no fue afán de denunciar, menos de testimoniar un hecho, sino simplemente la forma en que han caído o han quedado ciertos sitios después de la llamada Revolución Mexicana. Debido a esto se me ha llamado a veces antirrevolucionario. La Revolución Mexicana es un arma, es un lema, es una argucia que se esgrime cada seis años para encauzar un país hacia nuevas metas. No es que yo no crea en ella, la Revolución existió, posiblemente aún exista, aún funcione; hay muchos logros que se previeron, que se convirtieron en realidades, pero a mí la obra me parece que no toca exactamente ese punto. Por principio de cuentas a mí la Revolución Mexicana no me interesa, ni me interesa si fue buena o fue mala. Como no viví yo esa Revolución, no conocí sus consecuencias, ni las conozco todavía. Políticamente no me interesa, socialmente tampoco, literariamente no tengo por qué justificar si lo que hago es contrarrevolucionario o es simplemente una ficción literaria.