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La naturaleza del amor

Entre los mitos griegos, uno destaca por la riqueza que tiene y la banalización a la que fue sometido. El amor de Afrodita entre el flechazo de Hefesto y la pasión de Ares.

Gisela Colombo *

Afrodita, que era la diosa del amor sensual, a quien los romanos nombraron “Venus”, representaba ese impulso primero de atracción que no escapa a lo visual y a la química de las feromonas. Los griegos no le llamaran así, claro. En realidad, identificaban esa sensación caprichosa e incomprensible, casi siempre destructiva, con Afrodita que enviaba a su hijo Eros (Cupido) a flechar a dos criaturas. Esas flechas no sólo preveían un próximo amor, también podían provocar un rechazo insalvable.

Lo cierto es que Afrodita conocía muy bien los efectos de sus herramientas. Los conocía en carne propia. Estaba casada con uno de los más hábiles dioses que habitaban el Olimpo: Hefesto, quien se había sobrepuesto al repudio de su madre porque nació poco agraciado y a la caída libre que ella misma le provocó por sacarlo de su vista. Con una cojera y aún más feo que antes, Hefesto aprendió a trabajar metales; se convirtió en el más necesario de los  dioses; y hasta logró desposar a la diosa más bella, por medio de un ardid. No obstante, nadie escapa a la posibilidad de ser engañado. Y el haber ganado una batalla no garantiza que se ganará la guerra.

Lo cierto es que Ares, el dios de la guerra, reparó en Afrodita y se enamoró. Pronto supo cómo haría para tener amores con ella. Hefesto trabajaba en la fragua toda la noche. Recién cuando el dios Sol regresaba, volvía a casa.

El amante.

Ares comenzó a visitarla cada noche y llevaba con él a Alectrión, un joven que le hacía de “campana” y le avisaba cuando Helios, el sol, estaba despuntando.

Cuando un peligro se hace hábito, la víctima se relaja y pierde la noción del peligro. Y Alectrión, aburrido y cansado de esa rutina, no veló: olvidó el miedo y se quedó dormido. Helios llegó y los amantes seguían allí. Se indignó tanto con la traición que le contó todo a Hefesto.

Y él, que sabía muy bien que había que dejar enfriar los metales para poder tomarlos, se aplicó un tiempo a construir una red de hilos de oro tan sutil que resultaba invisible pero tan resistente que atraparía a los amantes en pleno acto y no les permitiría huir.

Así fue… Un día ocurrió que quedaron atrapados y acudieron todos los dioses a ver la escena en que fueron sorprendidos. Fue comidilla del Olimpo ese hecho aunque Ares y Afrodita tuvieron luego de eso unos cuantos encuentros e hijos más.

La pasión y la prudencia.

Lo que resulta interesante del mito es que sondea la naturaleza del amor. Afrodita y Ares son imagen de esos amores que arden como llamas y se consumen con una celeridad que le imprime más fuerza al fuego, como si se le insuflara más combustible.

El amor de Hefesto conoce la prudencia, puede esperar y trabajar minucioso durante mucho tiempo para conseguir lo deseado. Ares gusta por bello, Hefesto, por hábil. Ares convierte en ceniza lo que toca, Hefesto sabe esperar el momento justo para dar un golpe. Ambas tendencias son esenciales para el matrimonio o cualquier pareja que aspire a durar.

La atracción instintiva que no siempre tiene futuro, se manifiesta en la unión de los amantes en este mito. Pero para que cualquier unión se convierta en duradera será necesario pasar a la fase “Hefesto”. Comprender que no alcanza la magia del flechazo. El amor se construye día por día, con esfuerzo, con prudencia y puntillosa habilidad. Hasta con cierta astucia para responder a las transgresiones de los otros. No es trágico que el enamoramiento sensual ceda su calor a un vínculo más cálido que ardoroso. Es el curso natural de las cosas y lo que detiene el germen de la ruina.

La inteligencia se adormece junto al puro fuego. Meditar, conquistar un pensamiento menos instintivo y más racional no resta en el amor. Suma, si la llama sigue encendida.

Después de todo, si se ama solo con el instinto la experiencia es incompleta. Afecta únicamente a la faz animal del hombre. Mucho más plena es cuando razón, instinto y emoción se congregan en la conducción del vínculo…

“Y que durar sea /mejor que arder,/ mejor que arder” diría el admirado Gustavo Cerati, recordándonos que hay cosas que nunca cambian.

* Escritora