La palabra en vilo

Aída Arias* – Las prosas y poemarios que Pizarnik (1936-1972) dedicó a Orozco (1920- 1999) se encuentran en la Casa Museo Olga Orozco y forman parte de su colección permanente. Las dedicatorias son como el hilo que trama la historia de una conocida amistad.
Uno.
Si pensamos en cualquiera de las dedicatorias de autor que alguna vez leímos en las páginas iniciales de un libro, rápidamente acordamos caracterizarlas por su exterioridad a ese texto que anteceden, por la posición inicial que ocupan, cierta brevedad e incluso la función de otorgar sentido al trabajo de quien la elige como tal. En cuanto al tipo, la lista de posibles dedicatorias sería variable: a veces de orden amoroso, familiar, político, humorístico o de homenaje aunque, a veces también, injuriosas, anónimas, ficcionales y hasta ‘anti-genéricas’ (“A ninguna”. Unca bermeja.1973. Juan Carlos Bustriazo Ortiz). Sí, porque para muchos la dedicatoria constituye un género en sí mismo y no un mero paratexto. De tal modo leemos la dedicatoria como una declaración, pública por definición, que precede a todos y cada uno de los ejemplares por decisión del autor, e incluso acompañará las reediciones si no decide suprimirla.

Dos.
Ahora bien, como el “discreto lector” imaginado por Cervantes en su memorable prólogo a Don Quijote, nos caracterizamos por la perspicacia antes que por la cautela y, por ello, ciertas dedicatorias despiertan un interés particular. En general nos vemos seducidos por el misterio paradojal que encierran esas dedicatorias en tanto mensajes de carácter público, pero con destinatario íntimo y muchas veces disimulado; por esa secreta complicidad entre el escritor y su dedicado, de la cual estamos excluidos. Y de hecho, no vamos a negarlo, nos vemos seducidos por el deseo de dejar nuestro lugar de “desocupado lector” para ocupar el de destinatario: imaginar ser, por qué no, esa Olga Orozco a quien Alejandra Pizarnik le dedica su poema “Tiempo”:
Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.
Las aventuras perdidas (1958)

Tres.
Pero nuestra indiscreción en tanto ‘lectores de lo ajeno’ aumenta cuando las dedicatorias de autor abandonan el terreno de lo público-editorial para volverse personales y privadas. La mención de puño y letra que un escritor hace en sus ejemplares representa, al decir de Roland Barthes (1977), un episodio de lenguaje que acompaña todo regalo amoroso. En tanto gesto, la pulsión dedicatoria de autor afirma (y confirma) el lugar de un lector-dios que posee pleno dominio, goce y poder sobre su escritura. Nuevamente, imaginar ser cualquiera de todas las Olga Orozco a las que cualquiera de todas las Alejandra Pizarnik dedicó, con su infantil y aplicada letra, la primera edición de sus prosas y poemarios.
Las palabras escritas por Pizarnik a Orozco en la primera página de cada nuevo libro pueden pensarse como un hilo que, a lo largo de los años, trama de modo cada vez más fino la historia de una conocida amistad en la literatura argentina. La brevedad y timidez que caracteriza las primeras dedicatorias (“A Olga Orozco, con afecto e inmensa estima poética. Alejandra Pizarnik. Octubre de 1956. Lambaré 144. Avellaneda”. La última inocencia. Fig. 1) contrasta con la intimidad de las últimas, en las cuales Pizarnik suma dibujos e incluye a Valerio Peluffo, uno de los grandes amores de Orozco: “a Olguita y Valerio/ con mil besos/ de una sola/ Alejandra. B. A., 1970” (Lazo mortal. Figura de Tapa). Aunque más notoria es la proximidad en su dedicatoria a El árbol de Diana (Fig. de Tapa) donde, en contadas palabras, cifra la poética de Orozco:
a Olga
la más entrañable
de las criaturas que cantan
en el bosque un canto
a propósito de nostalgia,
de animalitos de circo, de astros,
de muerte, de amor, de tantas cosas,
estos viejos poemas
de su siempre amiguita

Alejandra
En esas “tantas cosas” presentes en los poemas de Olga Orozco subyace una no agotada interrogación del mundo, la cual obedece al orden de la insuficiencia del lenguaje. El deseo, la falta, lo inefable o la ausencia atraviesan y en parte definen tanto su poética como la de Pizarnik: poesías conscientes de su propia incompletitud. Poéticas que mantuvieron la palabra en vilo y llevaron adelante, como alguna vez escribió Gelman, la ocupación de fijar el vértigo más que la lengua.

Cuatro.
Quienes conocieron a Alejandra Pizarnik cuentan que vivía en un departamento diminuto en el centro de la ciudad de Buenos Aires donde había muy pocos muebles, entre ellos una cama, un escritorio y alguna biblioteca. También había una pizarra, donde trabajó sus poemas con una técnica similar al asedio: escribía las frases y, días tras día, borraba, corregía, cambiaba o reemplazaba las palabras hasta conseguir uno o dos versos constitutivos del futuro poema. Uno o dos versos prolijamente transcriptos en su cuaderno. En una carta al poeta y escritor Rubén Vela refiere a su labor poética del siguiente modo: “No te envío poemas porque están en laboratorio. Estoy en un gran proceso de síntesis. Muy pronto te enviaré algo, unos pocos pájaros de fuego, una breve palmada en el hombro tieso de la señora muerte.” (1957)
Ejemplos perdurables y en miniatura de esa pizarra-laboratorio son algunas páginas de los poemarios que Pizarnik regaló a Orozco (El hombre del antifaz azul. Figura 3). Espacios donde el proceso de escritura se convertía en verdadera lucha contra el lenguaje; borradores de una poeta convencida, ante todo, de la coincidencia entre poesía e imposibilidad de nombrar.

Cinco.
Más que simples autógrafos y mucho más que papeles enmarcados para el flash de los fetichistas, las prosas y poemarios que Alejandra Pizarnik regaló a Olga Orozco se encuentran en la Casa Museo homónima de Toay, como parte de su biblioteca personal. Museo y no Mausoleo. Museo que como pocos responde a su etimología, no porque constituya un ‘lugar dedicado a las Musas’ (o al menos todavía no podemos probarlo) sino porque, en palabras de María Negroni, funciona como una vivienda de quien fue, para mantener un diálogo con quien todavía no está. Museo, biblioteca, archivo, mapa, microcosmos, laberinto, pequeño mundo y más, a la espera de lectores adictos, insomnes, extremos, apasionados, compulsivos y más.
*Estudiante de Licenciatura en Letras, UNLPam

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