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La revolución de los rosados

Ninguneados por los consumidores, sin encontrar su lugar en el mercado, los nuevos rosados argentinos van encontrando su lugar en un contexto de dualidad entre la baja del consumo y el aumento de la calidad.

Víctor Beascochea*

La realidad del vino argentino se encuentra viviendo una paradoja. Por un lado, la caída constante del consumo anual per cápita, ya que de los techos históricos alcanzados a finales de la década del setenta –con casi noventa litros de vino por persona– se llegó al piso de dieciocho, promediando esta segunda década del siglo XXI. Es que nuestra bebida nacional fue desapareciendo de a poco de la escena diaria de la mesa de los argentinos para convertirse en bebida de ocasión, y en algunos casos, exclusiva de ciertos “nichos” específicos de esnobismo y erudición. Sumado a esto, bebidas como la cerveza y el fernet han sabido adaptarse mejor a las nuevas situaciones de consumo.

¿Por qué digo paradoja? Porque por el otro lado, la escena de la vitivinicultura nacional está pasando, sin duda alguna, por el mejor momento de su historia en cuanto a calidad del producto final.

El incremento de tecnología en viñas y bodegas, la identificación y segmentación de los distintos tipos de suelos, regiones y micro-regiones, la consolidación del malbec, tanto en el mercado interno como de sello ante en el mundo, la amplitud de estilos a la hora de vinificar, entre otras cuestiones, son las que marcan esta tendencia.

Tendencias de consumo. Ante esta dualidad en la que se mueve el vino argentino, uno de los caminos que han encontrado las bodegas y productores es la de pensar y adaptarse a las nuevas tendencias de consumo sin perder la calidad alcanzada en esta última década, por el contrario consolidándola a pasos firmes. Alcoholes más bajos, vinos más frescos, diferentes formatos (como el vino tirado y las latas) son algunas de las respuestas.

Y acá es donde se presenta uno de los mayores cambios que sorprende cada día más a propios y extraños: los vinos rosados. Durante muchos años en Argentina este estilo de vinos tuvo un lugar muy rezagado en la industria del vino y en los consumidores.

Es que desde su concepción consistían en sub-productos de los vinos tintos, hijos de las sangrías (esto significa que una parte del prensado de esas uvas tintas eran lo que daban vida a este estilo de vinos), y hasta, en algunos casos, eran productos de la mezcla de vinos tintos con vinos blancos, dando como resultado rosados de colores intensos, casi rojos, de alta graduación alcohólica y de mucha estructura tánica que nunca fueron del todo aceptados por los consumidores.

El primer y más importante de los cambios es que ahora se piensan como productos en sí. Comenzando desde la viña, los productores seleccionan una parte de sus uvas tintas para realizar cosechas más tempranas en las que buscan menos concentración de azúcares que permitan conservar una mayor acidez natural y menos graduación alcohólica.

Siguiendo en la bodega, gracias a la mayor tecnología que posibilita que, en tanques de acero inoxidable se produzcan maceraciones en frío, controlando la temperatura para retrasar tanto el trabajo de las levaduras como, por ende, el inicio de la fermentación alcohólica. Así es también que los enólogos pueden manejar el contacto de los hollejos, de donde deviene el color, con el mosto (zumo de la uva). Obteniendo como resultado productos de mayor calidad y precisión enológica.

Comodines para maridar con casi cualquier comida, hoy los rosados argentinos cuentan con una gran paleta aromática, mucha frescura, alcoholes bajos, que los vuelven más fáciles de beber pero sin perder estructura y untuosidad en boca convirtiéndolos en perfectos acompañantes para todo tipo de situaciones. A buscarlos en las góndolas y, por supuesto, a probar. ¡Salú!

*Especialista en vinos – Embajador de marcas