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La tarde más triste

El capítulo final del libro «Domingos de tanta luz», acerca de la última etapa de la vida del Héroe Nacional, José Martí, fue entregado al pueblo de Cuba por su autor, el historiador Gabriel Cartaya.
Benito Joaquín Milanés*
De acuerdo con el también profesor y periodista cubano residente en Tampa, Florida, el hecho busca resarcir la imposibilidad de su llegada a La Habana para presentar su más reciente libro en el Centro de Estudios Martianos, de la capital cubana.
Lamentó que su ausencia aquí se debiera a las cancelaciones de vuelos internacionales debido a la pandemia de la Covid-19.
Explicó que el texto completo del libro, el cual recrea los últimos veinte domingos de la vida de José Martí, vio la luz en 2019 en el Círculo Cubano de Ybor City, Tampa, en ocasión del 124 aniversario de la caída en combate del apóstol de la independencia de Cuba.
Otros libros dedicados al apóstol cubano escritos por el mismo autor y conocidos en la isla son «Con las últimas páginas de José Martí» (1995); «Martí en 1895» (2001) y «Luz al universo» (2006).
Prensa Latina reproduce íntegramente el capítulo final de «Domingos de tanta luz», de Gabriel Cartaya, remitido a la agencia en ocasión del 125 aniversario de la caída en combate del Héroe Nacional cubano el 19 de mayo de 1895.

En peligro de dar mi vida.
El domingo, 19 de mayo de 1895, José Martí madrugó con el contento de saber que este largo campamento se estaba terminando y al fin podría seguir hacia las tierras de Camagüey.
Amaneció más protegido que nunca; al otro lado del río, en Vuelta Grande, está Bartolomé Masó con unos trescientos hombres armados.
Llegaron a la Bija al oscurecer del sábado y siguieron hasta allá procurando más amplitud para ellos y sus caballos.
Desde el lunes estaba él en la Bija, en la casa campamento de Rafael Pacheco.
La razón de tan demorada estancia -en días de continuos movimientos- se explica por la necesidad de reunirse con Bartolomé Masó.
Este se había desplazado hasta Sabana Hato del Medio, cumpliendo una citación de Antonio Maceo para una concentración de fuerzas que al final fue suspendida; pero cuando Martí y Gómez pasaron por aquel lugar, suponían al General manzanillero en sus propios predios.
El día 12, al saber su destino, enviaron cartas desde la Jatía diciéndole donde le esperaban.
Tres días después -y con dos en la Bija, lugar más resguardado- como no llegaban noticias del hombre de Bayate, vuelven sendas cartas del General y el Delegado, reiterándole la urgencia del encuentro: «Para seis días va ya que andamos buscándolo (…) en estas tierras de donde creímos que andaría cerca». Claro que en la espera, Martí le sacó al tiempo todo el provecho que acostumbraba.
Escribió la extensa «Circular a los Jefes y Oficiales del Ejército Libertador», donde se ajustan medidas, comportamientos, principios, que tal vez no se habían elaborado antes porque se preveía un más pronto Gobierno que se ocupara de ello.
Pero al ser alejada esa aspiración constitutiva, se tornaba imprescindible fijar en una Circular la política de la guerra.
El resto de la semana, a más de las ocupaciones cotidianas de campamento -con el placer del baño en el Contramaestre-, el Maestro y sus ayudantes -Feria, Garriga- estuvieron reproduciendo este documento que debía salir para los diferentes jefes y oficiales.
El sábado 18 fue un buen día, cuyas impresiones no tuvo tiempo de escribirlas en el diario.
Seguramente iba a hacerlo cuando terminara la carta a su amigo Manuel Mercado y ni ésta pudo concluir, penosamente.
No sólo porque en ella hace pronunciamientos ideológicos concluyentes, como para considerarla su testamento político, sino también por contener confesiones que esclarecen sus próximos pasos programados.
Ella presta un servicio útil para desviar apreciaciones inventadas en relación con la presencia del apóstol en Dos Ríos, como quienes aseguran que él ya estaba concluyendo su participación física en el escenario de la guerra, o quienes buscan en los acontecimientos del 19 de mayo el desenlace de un Vía Crucis predestinado.
Sin embargo, en esa carta inconclusa él afirmó con claridad que, después de la entrevista con Masó, seguiría el camino hacia el centro de la isla.
Todo lo que habla del viaje que le esperaba -que ya le ha anunciado al Marqués desde la Jatía-, tiene que ver con la formación del gobierno, porque valora la posibilidad de que a fines de julio ya estén creadas las condiciones para la reunión de la Asamblea Constituyente.
Por ello dice al hermano mexicano: «Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno». Iba a extenderse en la carta a Mercado, a quien no le escribía hacía mucho tiempo.
Ya le iniciaba confesiones más íntimas, «puesto delante lo de interés público», cuando la pluma se levanta de la palabra «honestidad», ante el sonido de una caballería. La alegría no le dejó terminar la frase, pues, al fin, ahí viene llegando Bartolomé Masó!».
También fue buena la noche.
Tanto sabía el Maestro de Masó que, al abrazarlo, es como si lo conociera de toda la vida. Conversaron, de taburete a taburete, en el bohío campesino de la Bija, alumbrándose con velas la primera parte de la noche.
Después de un diálogo que mostró mucha comprensión, el ilustre manzanillero volvió a su montura para llegar a la Vuelta Grande, en la otra orilla del río. Al despedirse de Masó, no tuvo calma ni tiempo para volver a la escritura.
Se acostó un poco.
Todavía los gallos de Dos Ríos estaban durmiendo cuando él, a orillas del caballo ensillado, sacó una hoja de las alforjas de la montura para que alguien corriera a Gómez con la noticia: «Como a las 4 salimos, para llegar a tiempo a La Vuelta a donde pasó desde las 10 la fuerza de Masó. […] No estaré tranquilo hasta no verlo llegar a Ud».
Al mediar la mañana, estaba tranquilo y eufórico. Gómez lo anotó en su diario: «Pasamos un rato de verdadero entusiasmo […] Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero».
A un lado se abre la inmensa plaza de hierba verde, al otro la floresta copiosa donde se desborda la corriente del Contramaestre, que se apacigua en la curva, como silenciándose ante la voz que se desgrana en la tribuna telúrica de sus márgenes; en el cielo unas nubes se van haciendo más negras mientras se acercan, en el instante en que algo más de trescientos hombres aplauden una voz nunca oída -el apóstol diciendo que él iba hasta la cruz por la libertad de los hombres y la patria-.
A Manuel Piedra Martel, que estaba oyendo, le pareció ver «a Moisés en el desierto, guiando a los judíos hacia el país de Canaán y trasmitiéndoles los Diez Mandamientos escuchados en las teofanías del Sinaí».
El fuego del sol, buscando el cenit, estaba en el pecho de los hombres, que cambian las miradas de Martí a Gómez, a Masó, a Borrero y otra vez a Martí, cuando avisan que a Dos Ríos estaba entrando una tropa española.
El temperamento del Viejo -a casi veinte años de su último combate- fue más rápido que su cerebro de jefe militar.
Al trueno de su voz, los hombres saltaron a unos caballos que fueron puestos a galope; pero a los pocos kilómetros todos comprendieron que la tropa española no estaba de este lado del río, donde habrían dado una magnífica oportunidad para una carga de la caballería mambisa.
A esa hora, una columna española, bajo el mando del Coronel José Ximénez de Sandoval, ha avanzado por el camino de Remanganaguas hasta llegar a Dos Ríos.
No era éste su destino, pero fueron atraídos por la sustanciosa información de que aquí acampaban, con poca gente, los más grandes jefes insurrectos.
Se proponían almorzar en las cercanías de la casa de Rosalío Pacheco, cuando oyeron que al pelotón de avanzada -situado en el camino hacia la Bija y bajo las órdenes del Teniente Vicente Sánchez de León- se le echaron encima a tiros y a machete.
Entonces se prepararon bien en escalones oblicuos, cubriendo todos los caminos, incluido el pequeño trillo del paso del Salvial, usado por Rosalío y los vecinos para cruzar el río Contramaestre.
Máximo Gómez no sabía la ubicación exacta del enemigo, ni cuántos eran; pero a él nunca le importó si las fuerzas contrarias triplicaban las suyas para atacarlas y vencerlas.
Cuando llegó al paso de Dos Ríos, vio que su vanguardia eludió la creciente, buscando un paso mejor. Pero él lanzó su alazán a la chorrera, seguido por el Estado Mayor y un grupo de valientes.
¡Allí iba José Martí! Lo testimoniaron los que lo vieron: Gómez -aún cuando sus versiones son varias y contradictorias-, Dominador de la Guardia, Marcos del Rosario, Manuel Piedra Martel, Enrique Céspedes Romagoza, Masó Parra y el mismo Angel de la Guardia, su último compañero.
Cuando llevaban poco más de un kilómetro de este lado del río, chocaron, al llegar a una cerca de alambres, con la avanzada enemiga. La destrozaron.
Unos españoles caen, otros huyen. Entonces el generalísimo, en el ardor de la primera arremetida victoriosa, da las primeras órdenes tácticas para el combate: a Paquito Borrero, que con unos hombres avance por el flanco derecho, pegándose al río.
El se abrirá por el extremo izquierdo. Piensa en esos dos costados y en la retaguardia del contrario para atacar.
Masó y los suyos entrarán de frente. En aquel instante, al mirar a Martí transfigurado en soldado, pudo darle la orden incontrolada de quedarse detrás, como confesó más de una vez.
Y antes de apretar las espuelas, pedirle al soldado que vio más cerca -era Angel de la Guardia-, que no se separara del Mayor General.
El caballo estuvo un instante detenido, como esperando el aviso de su jinete. ¿Cómo iba a cumplir la orden, si es que la oyó?
Era la hora de combatir. Miró al soldado bisoño, sin saber que también era maestro y para quien, igualmente, era su primer combate: «Vamos a la carga, joven», fueron las palabras de invitarlo a la pelea, según confesó Angel, quien moriría heroicamente el año siguiente.
Tal vez pensó que cortando camino por una línea más recta podría encontrarse con el grupo de Paquito.
Al galope, se acercó a la casa de Rosalío y atravesó la talanquera, seguido de Angel. Volvió a espolear, aflojando las bridas. A un lado parecía temblar la piel cuarteada de un dagame, al otro se mecen los gajos de una jatía y al dejar esos árboles detrás, los maniguazos que bordean el paso del Salvial le ocultan el peligro.
Las nubes se quiebran con un rayo de sol, envueltas en el relámpago de un rayo adelantado, cuando él sintió el fuego rompiéndole la voz, la garganta, el pecho y finalmente la pierna, incapaz de aguantar su caída en la tarde más triste de Dos Ríos.

*Prensa Latina