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«La verdad es un deber»

Un piolet puede salvar vidas o destruir uno de los mejores cerebros del marxismo. Caldenia entrega una entrevista especial realizada por dos periodistas mexicanas y el fotógrafo pampeano Gustavo Gatto, al nieto de León Trotsky, Esteban Volkov.
Lourdes Zabalza y María Luisa Alós *
Gustavo Gatto **
El nombre de Trotsky resuena en los últimos tiempos: la reedición de la biografía de Stalin, su asesino intelectual; la exposición en un museo de Estados Unidos del supuesto piolet con el que fue aniquilado y la reciente serie rusa sobre la vida del revolucionario. Esteban Volkov reflexiona entre el presente y el pasado del legado que dejó su abuelo en una entrevista realizada en lo que fue su hogar y hoy es el Museo Casa de León Trotsky.
La mirada azul eterniza las palabras, desde esos ojos ha presenciado gran parte de la historia del siglo XX. Se refugió en varios países, huyó de las persecuciones y el asedio nazi, aprendió a hablar varias lenguas, olvidó su idioma materno, adoptó varias costumbres y vio desaparecer su largo linaje. Los primeros años de Esteban Volkov, el nieto de Trotsky, estuvieron amenazados por la incertidumbre, el miedo, el exilio, la muerte… A sus 93 años relata su vida y con ella van jirones que salieron de un Moscú convulsionado; de la mítica Turquía, de Berlín, la cuna de la Segunda Guerra Mundial; un París en resistencia, Viena, Alsacia, el refugio en Nueva York, hasta llegar a la Ciudad de México con su amplio cielo azul en donde sus ojos, convertido en un adolescente, cobraron la luz que aún brillan como dos pantallas que proyectan la infinitud de una vida que no termina de contarse.
Esteban es un hombre alto y erguido que de vez en cuando se pasea por el museo León Trotsky. Quien lo ve sabe que no es un turista o un visitante. Los verdaderos turistas reconocen por alguna extraña razón que él es parte de esta casa de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, en la que aún están los cepillos de dientes de sus moradores cuando llegaron al final de la década de los 30 a establecerse en este refugio que no necesita de fantasmas para contar su historia y revelar parte de los sucesos que conmovieron a la familia de Esteban: León Trotsky fue asesinado aquí por Ramón Mercader el 20 de agosto de 1940.
Sentados en una banca del jardín que rodea el último hogar del revolucionario bolchevique, donde antes hubo un huerto, el nieto de Trotsky escucha con atención a las preguntas que le hacemos. El relato de Esteban parece salido de la literatura rusa, con su crudeza, y esa apariencia de simpleza que deja desnuda la realidad, lejana al sentimiento inmediato. Parece habituado a las entrevistas, las cuales ha concedido de manera frecuente. Sonríe con sus ocurrencias o las nuestras. A veces se detiene, pocas, cuando el interrogatorio alude a algún sentimiento. Entonces piensa, la memoria se pone a trabajar en otra dimensión.

-¿Cómo llegó a Prinkipo?
-A finales de 1929 salimos, a Prinkipo (Turquía), Leon Sedov, mi tío llevaba dos años viviendo ahí, yo tendría tres o cuatro años; ahí hablaba ruso, un ruso muy melodioso según decía mi abuelo. Fui a una escuela y empezaba a hablar turco. Recuerdo el mar de Mármara, era una maravilla. Antiguamente Prinkipo fue un lugar de veraneo de la clase alta y después también fue un lugar de exilio en donde los enemigos políticos eran confinados después de que les sacaban los ojos. Era muy hermoso, la vida marina me fascinaba, había camarones, peces entre las algas. Yo me caía muchas veces en el mar por estar contemplándolo.

-¿Cómo fue esa etapa de su vida, cómo la vivió?
-Ahí yo no estaba consciente de que estábamos en el exilio. Fue en París cuando supe lo que eran las persecuciones estalinistas: muchos amigos nuestros fueron asesinados, incluido mi tío León Sedov… Estuve con él una o dos semanas en Berlín en 1932, mi madre pudo salir a Berlín pero le dejaron llevarse solo a un hijo: fui yo el elegido. Ella estaba muy enferma, fue la última vez que la vi… se suicidó. A mi padre no lo recuerdo, me contaron que fue fusilado en 1931 por órdenes de Stalin.
Ante el ascenso del nazismo me enviaron a un internado en Viena. No me acuerdo como llegué a Viena pero me contaron que fui solo en un tren con un letrero. Ahí estuve dos años. Aprendí rápidamente alemán, el internado fue un lugar muy agradable, había gente de ideas muy avanzadas del ramo de la psiquiatría. No vi a nadie de mi familia, pero el abuelo me escribía.
«Cuando Viena es bombardeada, el abuelo me envía a París. Ahí me llevó uno de sus secretarios, Jean Martin, con León Sedov, uno de los dos hijos del segundo matrimonio del abuelo. Al otro hijo, Serguei no le interesó la política, era ingeniero, se quedó en Rusia pero Stalin lo fusiló. León publicaba un boletín, jugó un papel muy importante en el trotskismo. En Francia hubo varios asesinatos como el de Ignace Reiss (en septiembre de 1937, cerca de Lausana, Suiza, unas pocas semanas después de haber declarado que desertaba en una carta dirigida a Stalin), y de personas muy cercanas a nosotros. Él (Ignace) estaba en el servicio de espionaje soviético, pero al darse cuenta de las atrocidades cometidas por Stalin desertó y criticó su política. Su hijo era dos años mayor que yo, fuimos muy buenos amigos. Otro asesinato muy sonado fue el de Andrés Nin en España, él era muy amigo del abuelo, tradujo La historia de la Revolución Rusa. Sus dos hijas vinieron a vivir a París, así formamos un grupo de sobrevivientes de Stalin».
-¿Cómo fue su vida en París?
-Al poco tiempo de llegar a vivir a París, León Sedov presentó fuertes dolores. Mark Zborowski, mejor conocido como Étienne, era médico y dijo que se trataba de un problema de apendicitis y le recomendó reposo. Sin embargo, Étienne, quien era un agente infiltrado (y se hacía pasar por un militante trotskista) consiguió que León ingresara a la clínica de Mirabeau en París, la cual resultó ser un nido de la GPU (la KGB de ese entonces), estaba lleno de rusos, lo operaron, entró en coma y falleció al día siguiente. Lo sé porque en los archivos, la GPU se lo atribuyó, la intención inicial era secuestrarlo y llevarlo a Rusia.

-¿Lo habían intentado matar antes?
-En una ocasión estaba vacacionando en Saint Yves al sur de Francia y una agente muy atractiva de la GPU intentó una relación con él y gracias a que León Sedov tenía otra relación se salvó -se ríe de la anécdota-. Me quedé al cuidado de Jean, su pareja, ella no tuvo hijos así que le caí del cielo (ríe). Ella tenía un carácter muy difícil, era muy dominante y autoritaria, con ideas absurdas: tenía que dormirme a las 8:30 y debía usar unos zapatos altos para no debilitar los tobillos. Vivíamos en pequeños cuartos amueblados, ella era secretaria y mantenía mi tío. El abuelo me quiso traer a México y empezó una pugna porque ella no me quería dejar ir. A fines de 1938 me mandó a un pensionado en Alsacia, en la región de la cordillera de los Vosgos para esconderme, ahí andaba en trineo. Tuve un problema de difteria y estuve un mes en cama en el internado. Ella escondía las cartas que me mandaba el abuelo.

-¿Cómo lo encontró su abuelo?
-Marguerite (Rossmer, cercana colaboradora de su abuelo) tenía ciertas amistades y tras recorrer varios pueblos y preguntar a muchas personas me encontraron. Hicieron una verdadera labor de detectives, hasta al cura entrevistaron. Llegaron al pensionado con una orden judicial para sacarme. Nunca volví a ver a Jean. Estuve varios meses escondido en los suburbios de París para que no me encontrara. Le dijeron a Jean que viniera a México pero no quiso. Esto sale en las memorias de (Gérard) Rosenthal, fue en febrero de 1938, casi un año después llegué a México en agosto de 1939.

-Hizo escala en Nueva York.
-El barco zarpó de El Havre (Francia), iba con los Rosseberg. Llegamos a Southampton (Inglaterra), era el tercer barco de cabotaje más grande de la marina francesa, el Champlain, hicimos siete días para llegar a Nueva York. Yo tenía trece años, fuimos muy bien recibidos por camaradas trotskistas, eso fue en mayo de 1939. Nos tocó la Feria Mundial de Nueva York. Fui al Empire State, al zoológico, a un día de campo y ahí vi los embotellamientos que desde entonces ya existen (ríe). Llegamos al departamento de Ruth Ageloff, era una familia con recursos económicos, tenían refrigerador, que eso en Europa no existía. Silvia (la hermana de Ruth) fue secretaria del abuelo en los contraprocesos que se llevaron a cabo en la casa de Frida Kahlo, pero no era como la pintan en la película El Elegido, es totalmente falsa.

-Y luego México…
-Cuándo me dijeron que iba a vivir en México se me iluminó el mundo. Mi imagen de México fue a partir de los sellos de las cartas que me enviaba mi abuelo antes de que Jean me las escondiera, aparecían unos paisajes muy bonitos.

-¿Cómo recuerda ese viaje?
-Tomamos el tren en Nueva York, el South Pacific. Llegamos a Laredo y de ahí a la estación de Buenavista, fueron tres días, el aire acondicionado era a base de bloques de hielo. Vi un paisaje árido y pocos habitantes en el recorrido, de repente se aparecía una que otra choza. Nos vino a buscar uno de los leales secretarios del abuelo desde que estuvo en el exilio de Turquía. Al llegar a esta casa, en agosto de 1939, sentí júbilo, alegría, estaba llena de camaradas americanos, alemanes, había vida, actividad, el ambiente era cálido, afectuoso. Había visto a mi abuelo en París brevemente, tenía prohibido pisar suelo francés. Trotsky vivió en Ruan y Barbizon, pero cuando cambió el gobierno a uno derechista salió. En esta casa vivían 15 personas y dos sirvientas, Carmen Palma y Belén. Llegué a México con trece años y ya había vivido en varios países.

-¿Qué tal fue su vida en México, cómo recuerda a su abuelo?
-Mi abuelo a los guardias les decía: «No hablen de política con mi nieto». Temprano, el abuelo se hacía cargo de su granja, tenía conejos y gallinas, después se encerraba en su despacho y salía en la noche a darles de comer. Vivíamos con la ayuda de Estados Unidos y con las regalías de sus libros. Hoy en día en Rusia ya se ha publicado La Revolución Traicionada.
«Mi primera escuela se llamaba José María Iglesias, iba en un camión rojo que salía de Coyoacán y se iba por todo Insurgentes hasta llegar a la calla Palma en la colonia Juárez, era una escuela mixta y yo siempre había estado en colegios solamente para hombres, ellos pensaban que yo era francés».

-Seguramente llamaba la atención…
-Sí (ríe), tenía pegue con las chicas. Luego me cambiaron a un colegio de exiliados españoles que se llamaba Juan Ruiz de Alarcón. Tenía muy buen nivel, estaba en la calle Córdoba. Me casé a los 28 años con una madrileña refugiada, la conocí por unos amigos españoles, me sentía bien con ellos, mis amigos eran el escritor Tomás Segovia, el investigador Rafael Segovia, los hermanos Morayta, que eran cineastas, Enrique de Gracia, jugábamos billar, fútbol. También fui alpinista, subí doce veces el Popocatépetl y dos al Iztaccíhuatl. Fui muy amigo del fotógrafo Armando Salas Portugal. Él también era químico y alpinista. Otro de mis amigos fue Carlos Sheinbaum, los dos estudiamos Ingeniería Química en la UNAM. No me interesó la política; viví de mi profesión mediante un pequeño negocio que monté. También me dediqué un tiempo a la fotografía de paisaje y arquitectura, fui experto en cuarto oscuro. Me gusta mucho la naturaleza; de México lo que más me sorprendió fueron sus paisajes salvajes, el colorido, el sol y más viniendo de un país en donde el invierno es gris. Desde esta casa se veían los volcanes, el aire era transparente, el río Churubusco estaba rodeado de eucaliptos y en la calle de atrás realizaban carreras de caballos.

-¿Recuerda a Ramón Mercader, convivió con él?
-Mercader se acercó a la casa como la pareja de Silvia Ageloff (él se relacionó intencionalmente con ella para llegar a Trotsky y asesinarlo), nos paseaba, nos invitaba a comer con los guardias. Nos llevó de día de campo con los Rosseberg hasta la Marquesa, era muy correcto, educado y atento… Yo lo acompañé y subimos hasta las Peñas de Barrón, otro día me trajo algún regalo, era un recortable para armar. A esta casa no venían mis amigos.

-¿Cómo eran Diego Rivera y Frida Khalo?
-Diego se enojó por no ser el director de una revista trotskista, pero esa decisión no dependió de mi abuelo. La hermana de Frida, Cristina, tenía una buena relación con Natalia, años después (del asesinato de Trotsky) me sentí aislado, solo, y fui en algunas ocasiones a la casa de Cristina, vivía en la calle Aguayo en Coyoacán. Los domingos Frida estaba allí, era inteligente, empática, daba gusto estar con ella.

-Hace unos años regresó a Rusia a conocer a su hermana ¿Cómo fue el encuentro?
-Cuando Gorbachov gobernaba, hice un breve viaje para conocerla. Un amigo, el historiador francés Pierre Broué, me llamó: acababa de localizar a mi hermana Alejandra, ella tenía un cáncer avanzado generalizado, me dijo que si no iba no la alcanzaría a ver. Al mes falleció. Durante la dictadura de Stalin fue deportada, pero al menos le respetaron la vida: la mandaron a los confines de Asia, por el lago Baikal (en Siberia). Con Gorbachov pude regresar a Moscú. Me comuniqué con ella mediante un traductor, olvidé el ruso, solo sé las palabras que todos saben, ´vodka´ -sonríe-, fue una gran emoción, tuvo una hija a la que conocí.
«Ahora están haciendo un documental sobre Trotsky en Rusia, lo presentan como un ser sanguinario, es una serie de TV antisemita. Soy alérgico a Rusia. Fui esa única vez, fui a eventos, a conferencias de prensa y estuve paseando».

Más recuerdos.
En esta casa vivió Esteban Volkov hasta 1975, aquí pasaron la infancia sus cuatro hijas. Recorremos su antiguo hogar, nos habla de su afición por la fotografía, la cual lo llevó a montar un cuarto oscuro, nos muestra donde estaba, aquí también tuvo su laboratorio de química. Recuerda el primer atentando liderado por el muralista David Alfaro Siqueiros.
«La madrugada del 24 de mayo de 1940 estalinistas comandados por Siqueiros y ayudados por uno de nuestros guardias, Sheldon, irrumpieron en la casa con ametralladoras. Cayó una ráfaga de balas, me tiré de la cama, me arrinconé y recibí impactos de bala. Natalia, la esposa del abuelo, me salvó la vida porque me arrinconó. Los guardias no pudieron salir de la casa porque había una cortina de fuego. Los atacantes se fueron porque pensaron que estábamos muertos. Yo salí porque dijeron que iban a caer bombas y por poco me tropiezo con uno de los pistoleros. Cuando terminó el atentado estábamos eufóricos, pero mi abuelo sabía que sus horas estaban contadas… cada mañana le decía a Natasha: Un día más».
«Mi abuelo estaba escribiendo su último libro: Biografía de Stalin; Jacques Monard, es decir Mercader, constantemente le preguntaba sobre los avances del libro. Primero se publicó con muchos errores, eran más de 600 hojas. La actual versión, a cargo del historiador escocés Allan Woods, está muy bien documentada, trabajó en ella cerca de diez años. Aquí el 11 de noviembre del 2017 se presentó el libro en español el cual ha sido traducido a muchos idiomas».
«A los tres meses del atentado organizado por Siqueiros, Ramón Mercader, con el pretexto de que Trotsky revisara unos escritos entró y le pegó con un piolet en la cabeza. Ese día, el 20 de agosto de 1940, yo venía de la escuela por la tarde, desde lejos vi algo raro, vi policías enfrente, me entró angustia… cuando entré vi al abuelo ensangrentado y les dijo a los guardias que no mataran a Mercader; les pidió que me mantuvieran alejado. Mi abuelo siempre se preocupó por mí, hasta en los últimos momentos. A las 24 horas del golpe asestado por Mercador, murió Trotsky».
«Más adelante los grupos estalinistas tenían la orden de desaparecer esta casa, la querían convertir en guardería o tirarla: querían desalojarnos. Gracias al apoyo de Cárdenas no se logró; el gobierno se la compró a Natalia Sedova con la promesa de convertirla en museo, pero los términos no quedaron muy claros. Muchos años después, en 1983, el presidente López Portillo declaró esta casa monumento histórico y a mí me nombraron su custodio. A esta casa han llegado Alain Delon, García Márquez, Romy Schneider, Vanessa Redgrave…

-En el Museo Internacional de Espionaje de Washington será exhibido el piolet con el que asesinaron a su abuelo ¿qué opina?
-«Yo fui alpinista durante mucho tiempo, el piolet es un instrumento que sirve para salvar vidas en las cumbres en caso de resbalarse, yo vi un caso en el volcán Iztaccíhuatl, un muchacho se estaba cayendo al precipicio y le gritamos que clavara el piolet. Stalin, el mayor asesino en la historia de la humanidad, usó un piolet para destruir a uno de los mejores cerebros del marxismo. Un piolet con el mango recortado es el mejor símbolo del estalinismo, la desaparición de la memoria histórica. En cambio, Trotsky buscaba los valores de la revolución, era un auténtico revolucionario entregado a los valores del marxismo. Trotsky fue el colaborador más estrecho de Lenin, fue un personaje clave en la Revolución Rusa».
No hay vanidad en su manera de responder a las preguntas, parece no guardarse nada, hay una amabilidad inherente, quizás una calma a prueba de tanta pérdida. Esteban se deja interrogar y de a poco se crea un vínculo afectivo, es difícil no sentir simpatía por este hombre. Algunos turistas interrumpen nuestra entrevista para tomarse una foto con Esteban Volkov, unos brasileños hablan con él de política, luego se acerca una rusa emocionada y dice, en inglés, que ese museo es también parte de su historia. Después aparecen unos griegos, todos quieren hablar con él, tomarse una foto. Y ahí está él, de buen humor, sacándose fotos, platicando e incluso discutiendo de manera afable con un ruso cuarentón nacionalizado estadounidense que viste una playera de Miami, le dice en inglés que el comunismo no sirvió. Volkov responde que los países que se hicieron llamar comunistas en realidad no vivieron el verdadero comunismo.
Cerca de nosotros están las tumbas de Trotsky y Natalia Sedov cobijados por la hoz y el martillo, símbolo del comunismo. En las habitaciones permanecen los muebles, la máquina de escribir, las grabadoras, los libros, la ropa… todo está ahí lúgubre, desafiando al tiempo.
Actualmente Esteban Volkov imparte conferencias dedicadas a defender el papel que jugó Trotsky en la historia, como él lo dice: «Es un deber restablecer la verdad histórica». Además, participa en diversas actividades del museo, le gusta navegar por internet, caminar y compartir la vida con su pareja, sus cuatro hijas, sus nietos y sus amigos.

* Periodistas, especial desde México
** Fotógrafo, especial desde México