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Morisoli: Las palabras ardientes

El escritor y poeta Edgar Morisoli abandonó este plano el pasado martes. Dejó como legado una obra incandescente, plena de sueños y esperanzas, de reivindicaciones a la larga tradición de oprimidos, y fundadora de un paisaje.
Sergio De Matteo*
La historia de todo ser humano está cernida sobre las realizaciones y los lazos que fue tejiendo a lo largo de su existencia. Esa trayectoria tendrá diversos pliegues y distintos resabios que recubrirán el núcleo fundamental que, como se sabe, se desarrolla dentro de cierta episteme, bajo las categorías legitimadas en el tiempo histórico que se vive.
Leer a Edgar Morisoli es salir del tiempo, encontrarse de repente en un paisaje austero y pobre como la barda o el medanal pampeano, pero enriquecido por la palabra poética, es avistar personajes y épocas que la modernidad subyugó, corroborar desde el discurso estético cómo la idea de progreso fue calando las riquezas del territorio a costa del sacrificio de esos voluntarios que nombra el poeta en cada uno de sus textos.
Su poesía cargada de matices, de lectura lenta, edifica una sólida épica de personajes cuasi anónimos que poblaron el oeste pampeano, los paisanos de la patagonia que padecen esas zonas de obreraje; su gesta radica en cantar para que no se los lleve el olvido.
El pensamiento de Morisoli se encuentra inmerso en ese crisol en donde regurgita el estado de emergencia, sus investigaciones también se sitúan en esa zona de debate y discusión, porque la regla impuesta por el discurso dominante hace que la arena de enfrentamiento sea dentro de ese mismo discurso, el del subalterno, lugar donde se funda el contrapoder, la visión otra de los vencidos que pueden hablar.

Litoral.
En Edgar Morisoli conviven dos paisajes («Sentir así,/ de allá y aquí,/ las dos querencias trenzadas,/ si una perdí,/ la otra elegí:/ esta comarca hechizada», («Milonga de dos querencias», en Tabla del náufrago. Pitanguá, 2008, p.163), el litoraleño y el pampeano. En su reminiscencia permanece aquel «cielo natal, viejo Acebal» de la infancia, que será reseñado constantemente a lo largo de su obra, lo cual lo vuelve a unir a Juan L. Ortiz, Francisco Madariaga o José Luis Víttori -quien planteara la secreta reciprocidad entre el autor y el medio ambiente-, un ensayista citado profusamente en sus ensayos. Ese litoral va a permanecer latente en la memoria, como las casas que se han vivido, y regresará en poemas de diferentes libros del ciclo pampeano, por medio de las referencias literarias o familiares.
Es que la casa, así como la infancia, serían el locus de las experiencias primigenias y donde el ser se siente protegido por los progenitores («Te hablo de nuevo, padre. Es como si a medida/ que el tiempo va ovillando sin premura y sin pausa mis últimas madejas,/ ausente y luminoso me confortas/ cada vez más […] Acebal de tu infancia y de la mía…», «Ausente y luminoso», en La lección de la diuca. Pitanguá, 2002, p. 63). Ese lar tan importante para Jorge Teillier, es el nido en donde se realizan las primeras exploraciones e identificaciones con su entorno (La casa de Acebal tenía sus paredes/ virtualmente cubiertas/ por un verdor oscuro, perenne, tembloroso,/ que trepaba del zócalo a las tejas/ abrazándola toda, y la más leve/ brisa, la sudestada, la obstinada llovizna cuando los temporales,/ hacían susurrar su vestidura/ vegetal…», «La casa cuyos muros susurraban», en Porfiada luz. Pitanguá, 2011, p. 21)
El creador de Pliegos del amanecer (2010) escribe en la rémora de esos dos paisajes, el de la infancia, que ha quedado suspendido en el pasado, y el del presente/porvenir, el que va conociendo a medida que se arraiga a La Pampa. En dicho margen se van resignificando los recuerdos, las memorias y, además, encarnan, junto a los nuevos descubrimientos, como parte de sus narraciones. Bachelard en La poética del espacio dice: «expresar ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable», porque el cuerpo, la psique, los sentimientos están atados a la casa y, por consiguiente «las moradas del pasado son en nosotros imperecederas». Esas moradas morisoleanas se condensarán en una, la unifica todo lo vivido, que es el hogar donde fulge el amor (Margarita y la familia): «Una tras otra, fueron ocho. Historia/ que hilvanaron los años y los hijos,/ los nietos o los libros. (Alguien dijo/ que la casa es el hombre y su memoria)// Fueron ocho y son una: la que instaura/ tu amor…». («La(s) casa(s)», en Cuaderno del rumbeador. Pitanguá, 2001 p.161).

La Pampa.
Es pertinente resaltar que en todo texto se encuentran ciertas categorías a las que el autor trabaja a lo largo de la construcción de su mundo simbólico. Así como se alude a ese tiempo litoral, también estará la temporada pampeana, y esas trayectorias acontecerán bajo el cobijo de la Patria Grande, que se extenderá desde la presencia de los pueblos originarios hasta la actualidad.
Esa conciencia de ser pampeano, de estar situado (Kusch dixit), se irá construyendo a medida que profundiza su conocimiento sobre el territorio y sus habitantes. Ortega y Gasset acicatea con la situación del hombre (la mujer) y sus circunstancias, es decir, se encuentra en torno de la mujer (el hombre), todo lo que lo rodea, no solo lo inmediato, sino también lo remoto; no solo lo físico, sino, además, lo histórico, lo espiritual.
Morisoli le dará asidero a esa construcción de sentidos, de significados, tanto desde lo poético como desde lo ensayístico, porque reconoce las determinaciones materiales y simbólicas en las que se forma cada hombre y mujer, por lo tanto, el desarrollo individual no se puede entender sin referencia al medio social.
En Caleu-Caleu de 1956 consigna la escritura del texto «Salmo bagual», que también será el título de su primer poemario editado por la Dirección de Cultura de La Pampa en la colección «Cuadernos pampeanos de poesía», bajo la responsabilidad de Juan Ricardo Nervi, en 1957. Tendrá una reedición en 1959 por medio de la Editorial Stilcograf, que también publicará Solar del viento (1966), Tierra que sé (1972) y Al sur crece tu nombre (1974). Títulos que enuncian la filiación a un territorio y la toma de posición en temas punzantes para la provincia, sean las postergadas e invisibilizadas culturas originarias como la problemática de los ríos.
En ese sentido, el poeta de Un largo sortilegio (2006) dispondrá desde ese primer volumen y en su escritura un espacio relevante para saldar deuda e ignominia del Estado-Nación con los pueblos ancestrales, donde afirmará y denunciará que «Todos, todos estamos manchados con tu sangre», y sus libros serán la herramienta en donde esos hombres y mujeres mancillados, torturados, asesinados e invisibilizados resurgirán con su sabiduría y humanidad: Ñonquepán, Cafiqueo, Paillalef, Calfín, Pinchulef, Carripilún, Manquel, Crispín Giles, María Quenupil, Remigia Solana, entre muches más. Pero, sobre todo, en esa pampa profunda hará un hiato entre la palabra y la tierra, entre su verbo y el territorio, al decir «Desde el abra perdida/ silban los charos;/ silbo de lejanía/ será mi canto». Morisoli traerá poema a poema, ensayo a ensayo, todo lo que queda a la intemperie de la historia oficial, será el rescatista de las fábulas mínimas, de las anécdotas paisanas, de los sufrimientos de los obreros, de los cantores populares. Ese aprendizaje irrumpe a modo de visión, como destino, porque «¿Cómo cerrar los ojos, las palabras/ ardientes del poema/ si el polvo me murmura no sé qué letanías, si al borde de la pampa/ la ciudad de los Césares -Cuchillo Có, La Adela, Gobernador Ayala…?- junta sus pobres ranchos…» («Salmo bagual», en Salmo bagual. Dirección de Cultura de La Pampa, 1957, p. 9). Y hará su juramento: «Porque ya son mis huesos estas bardas: los astros/ amargos de mi sangre, la memoria y el humus de pueblo en que germino,/ porque ya son mis ojos de los guaycos/ por donde mana el viejo corazón de la tierra» («Vuelvo al Oeste», en Salmo bagual. Stilcograf, 1959, p. 51).
Enseñanzas en carne propia, las cuales fructificarán en poemas «Tierra que sé. Tierra que voy sabiendo lentamente,/ aprendiéndola así, demoroso y callado,/ o cavando y cavando la noche de la greda/ para alumbrarle el hueso continental y amargo» («Tierra que sé», en Tierra que sé. Stilcograf, 1972, p. 15), artículos, seminarios, donde cifrará: «Yo diría que la región sucede, es decir la región sucede en el creador como sucede en el poblador pampeano. El escritor la padece, la celebra, la evoca…» (Aproximación al concepto de región. UNLPam, 1989, p. 12).
En esa sapiencia, en esa maestría aparejada con la cátedra del desierto, desde la cultura de la resistencia y de la adversidad, Morisoli siente el «arraigo», el anclaje a la región, a su geografía. Ana Silvia Galán refiere: «En ese territorio es donde se produce la abertura por donde se cuela el dictado de la tierra que Morisoli oye, como poeta y también como topógrafo, porque camina, mide y escribe sobre sus mapas los signos que buscan hacer legible ese páramo» (Edgar Morisoli, poeta del Sur. Editorial Voces, 2010, p. 21).
La topografía donde arraigarse, lo que implica un meticuloso aprendizaje de la tradición del lugar, una mixtura, un hacer propio lo existente, un sujetarse a la tierra que le dio cobijo y que a partir de ese pacto comenzará a construir su raigambre propia -de sangre, poética, sociocultural-, que por decantación será volcada y resignificada en la producción textual; «Tierra del corazón,/ aquí estoy escribiendo tu hermosura y tu ausencia;/ aquí estoy, rama tuya,/ gajo tuyo el más vivo de amor y el más herido/ de distancia, nombrándote» («Los ríos», en Solar del viento. Stilcograf, 1966 p. 45).

Legado.
Definiciones, conceptos, canciones, palabras que queman, denuncian y aman. Así es la poética y la ensayística de uno de los escritores fundamentales de la provincia de La Pampa, del país y de la Patria Grande. Ha sentenciado el autor de Obra callada (1994) que «Toda comarca es universo», y esa comarca primara, la del litoral, junto a la pampeana, se funden en la canoa y en el caballo, lo hacen universal. Su literatura es trascendental, y aunque Edgar haya fallecido, como bien dijo su nieto Juan Galo Santamarina, Morisoli es inmortal.
Don Edgar Morisoli nos ha legado a los hombres y a las mujeres del mundo una obra incandescente, plena de sueños y esperanzas, de reivindicaciones a la larga tradición de oprimidos, y fundadora de un paisaje, a la cual hay que seguir difundiéndola. Este don Edgar inmortal volverá cada vez que se abra uno de sus libros, cada vez que un/a músico/a interprete sus poemas o un/a artista plástico/a transponga sus signos a la pintura.
Él continúa presente, en la ciclicidad y trashumancia entre lo terrenal y celestial, y lo seguirá estando en cada una de los lectoras o lectores que compartan su enamoramiento del y hacia el territorio, el embrujo de la Mamül Mapu.
Morisoli continuará dando cátedra más allá del desierto, más allá de las tipologías culturales dominantes, seguirá hablando y cantando alto en los cauces profundos (ojalá de los ríos) desde donde convocan las poéticas esenciales, épicas. Y el amor, ese amor raigal, al que alude su poesía, que está en sus obras, que estuvo en su vida, es la donación más hermosa, solidaria, que un hombre íntegro y comprometido con su pueblo hizo a todos los hijos y las hijas de América.

* Investigador y presidente de APE