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Las poéticas del ritual

La Semana Santa transforma a las ciudades de Tumbaya y Tilcara en los escenarios más multitudinarios de las bandas de sikuris de la Argentina. Este año, la pandemia obligó a cambiar los planes.

Alejandra Vega (1) y Adil Podhajcer (2) *

El viaje de la Mamita del Cerro, Nuestra Señora de Copacabana, a los santuarios que se erigen en las alturas del cordón montañoso que rodea a estas pequeñas ciudades de la quebrada de Humahuaca, sacraliza el paisaje, transmutado por la presencia de los sikuris peregrinos, que ascienden año tras año a vivenciar una experiencia religiosa y espiritual que da significación a la existencia de las bandas.

Todos los sentidos de lugareños y visitantes se inundan de religiosidad. Las bandas desfilan hacia y desde la Iglesia local para llegar a la humilde capilla en la altura, donde la imagen de la Virgen espera su llegada. En Tilcara, el Via Crucis se engalana con cuadros gigantescos que cientos de manos realizan con los frutos de la tierra. En ellos se depositan los sueños, los dolores y las esperanzas del pueblo, que reelabora la Pasión de Jesús. Un Jesús que regresa a la tierra en medio del colorido paisaje tilcareño, al lado de su gente, interpelando al poder que oprime y hiere. Los ojos se embriagan en esa fiesta de colores. Y en medio del camino del ascenso al Abra de Punta Corral, el aroma de la cocina local, surgiendo de las tiendas que esperan por los peregrinos para ofrecerles una oportuna recuperación de fuerzas en la marcha agotadora, se elevan desde Chilcahuada.

Este año, la cuarentena impuesta por la pandemia del COVID-19 detuvo abruptamente las muestras colectivas de fe, de comunión musical y de arte sacro de la comunidad. El 12 de marzo, 8 días antes del inicio del aislamiento social obligatorio en el país, la noticia conmocionó a los tilcareños. ¿Cómo renunciar al reencuentro comunitario con lo sagrado? Muchos sikuris apostaban a que la suspensión de la peregrinación afectara sólo al ascenso por Tumbaya, que precede al de Tilcara por unos días. Otros, más cautos, esperaban que las medidas duraran un par de semanas. “Ahora a encerrarse y salimos en 15 días”, repetían los sikuris esperanzados. O, en el peor de los casos: “si se suspende, lo mismo seguimos preparándonos para Cuchillaco”, la siguiente procesión del calendario litúrgico. Hubo, también, llamamientos a la resistencia, que mezclaban el oportunismo político, con la fe.  “Ha sido suspendida la peregrinación al Abra y Punta Corral, así como también la Novena, ¿sabe lo que significa para nuestros pueblos no poner en movimiento la fe?”. La cuarentena había separado lo que el hombre había unido. Las calles estarían vacías, el Via Crucis sin procesión. Ni la misa radial, ni las publicaciones en las redes o los mensajes telefónicos podían deshacer el conjuro. Tampoco las fotos, circulando de celular en celular, siempre al rescate del voluble recuerdo que se desvanece y se rehace inevitablemente, bastaban para suplir la experiencia del encuentro. 

¿Cómo “poner en movimiento” esta congregación espiritual, experiencia impensable sin el contacto con el otro, durante el aislamiento? ¿Cómo reinventar la potencia activa de las creencias más íntimas y familiares, cuando la vida colectiva y reciprocitaria son constituyentes de la experiencia comunitaria? En estos espacios/tiempos de suspensión de lo cotidiano, se reconcilian las unidades visibles e invisibles de los vínculos matrilineales y se protegen de la fragilidad del olvido. La presencia de lo sagrado, esa insoslayable communitas de las materialidades sensibles, también reanima el mito del vínculo con los seres tangibles y potentes, con las especies que crecen y se desarrollan, confundiéndose en la espesura de los apus.

La experiencia de la Semana Santa reconstruye también una historia social, elaborada por una “memoria sensorial” de generaciones de pobladores y migrantes que ponen al mito bíblico en acción en el escenario quebradeño, y entretejen la trama sonora con los hilos de viento de sus cañas. En este momento de renovación de pactos con lo sagrado, también se renuevan las hebras de la memoria y los sikuris se entrelazan con sus bandas, sumergiéndose en el paisaje sonoro donde confluyen imágenes, olores y sabores, con el íntimo contacto entre los peregrinos.

Entonces regresaron, una vez más, los sikuris tilcareños. Amarrando la memoria con sus hebras vibrantes, recreando el espacio sagrado con sus marchas, dianas, boleros y adoraciones. Reinventando el paisaje sonoro de Semana Santa desde los techos de sus casas con sus cañas, ofrendando melodías que enlazan los sentidos para volver al cerro. Aquella memoria colectiva del encuentro musical con el otro despertó una suerte de metonimia de la celebración, novedosa y potente, que supo articular a través de una espesa atmósfera sonora, un caudal de elementos y materialidades sagradas. Los sonidos que otrora semantizaron la peregrinación volvían para perpetuar lo inasible, materializar el encanto del cerro habitado y volverlo carne en el flujo de las vidas. Son las fibras del Abuelo de la Luna, que guía a las almas para que no se pierdan con el hilo rojo que pone en los dedos de los que llegan a habitar el mundo. O tal vez sean el ovillo de Ariadna, que espera, como a Teseo, que encontremos nuestro camino de regreso para salir de nuestros laberintos de la cuarentena.

Los sonidos de los abuelos y las abuelas otorgaron significados diversos a la nueva celebración, amalgamados en la memoria de los sentidos, para edificar las tradiciones. Y aunque la subida al cerro se desintegró en el recuerdo de la piedra, se tornó presencia sonora en la percepción sensorial y corporal del encuentro.

(1) Departamento de Folklore, UNA

(2) Equipo de Antropología del Cuerpo y la Performance, UBA