Los árboles sagrados

Omar N. Cricco * – Los caminos o rastrilladas que daban acceso o atravesaban la actual provincia de La Pampa no parecen haber sido ajenas a este ancestral rito nordpatagónico del Gualicho.
Hacia el oeste y hacia el sur, el espinal sirve de límite a la verde llanura bonaerense y es a la vez la transición hacia los ásperos espacios patagónicos. Estos montes -alguna vez mucho más densos que en la actualidad- fueron atravesados desde tiempos remotos por veredas o rastrilladas indígenas que -inteligentemente- unían puntos de descanso y principalmente, aguadas, un recurso cada vez más escaso a medida que se marchaba en aquellas direcciones.
La incertidumbre que estas dificultades imponían al viajero parecen haber sido uno de los motivos por el cual algunos árboles -en especial aquellos aislados y de porte considerable- eran motivo de ciertos rituales entre quienes se aventuraban a las dificultades que imponían estas travesías. De ello, de aquellos hábitos inmemoriales, dan testimonio sobre todo a partir del siglo XIX distintos viajeros huincas a los que les toco recorrer, en sus últimos días, este mundo de antiguas creencias ya en su ocaso.
Para el Dr. Rodolfo Casamiquela el gualicho -curiosa entidad mítica tehuelche septentrional- podía manifestarse en distintos elementos naturales: una piedra, una formación rocosa, una cueva pero, en aquellos lugares donde estos escaseaban, bien podían consagrarse árboles aislados y de porte considerables, destacados en su medio. Estos pasaban así a ser respetados, temidos y aún con sencillas ofrendas se buscaba ganar, ante las incertidumbres de una travesía difícil, los favores de aquel mítico ser en ellos representados.

Testimonios.
Debieron ser muchos los árboles que cumplieron con este fin pues hallamos testimonios de este culto desde la actual provincia de Buenos Aires hasta la del Chubut. Algunos han llamado la atención más que otros; el algarrobo o caldén que se hallaba sobre la rastrillada Bahía Blanca-Patagones, en proximidades de la actual población de Stroeder, fue uno de los primeros en darse a conocer y quizás uno de los más conocidos por cuanto el doctor Francisco J. Muñiz ya lo describía hacia 1822 como “el dueño de los caminos”. Posteriormente continúa apareciendo en las crónicas de cuanto viajero pasó por el sitio a lo largo de todo aquel siglo XIX, entre ellos los renombrados naturalistas europeos Alcides D’Orbigny y Carlos Darwin.
De igual manera, cuando el ejército nacional irrumpió en la rastrillada del río Negro -aquella que desde los pagos de Azul y Tandil- daba a la Isla Choele Choel, se encontraron con otro ejemplar de las mismas características en proximidades de la actual Colonia Juliá y Echarren sobre el río Colorado.
El comandante Olascoaga, el periodista Lupo, el sacerdote Espinosa, protagonistas de la campaña de 1879, lo describieron en su momento y a diferencia de los otros ejemplares, este algarrobo o sus renuevos, parecen haber sobrevivido hasta el presente pues la licenciada Alicia Pulita lo documenta fotográficamente hacia 1970 dentro del establecimiento ganadero El Gualicho. Según puede apreciarse, pese a ser golpeado por los rayos, todavía conservaba un porte considerable y actualmente la toponimia del lugar mantiene su recuerdo en el nombre de una incipiente colonia agrícola.

Mamüll Mapú.
Los caminos o rastrilladas que daban acceso o atravesaban la actual provincia de La Pampa no parecen tampoco haber sido ajenas a este ancestral rito nordpatagónico del Gualicho. Casi en las puertas mismas del País del Monte a decir de Zeballos -el Mamüll Mapu en mapudungun-, al interior de la laguna llamada precisamente del Monte en lo que hoy es Guaminí, existió otro famoso árbol muy respetado por los indígenas.
Según relata el doctor H. Girgois, enviado para la atención sanitaria de la tropa, hacia 1876 cuando el comandante Marcelino Freyrese instala y funda la población, los indígenas advirtieron el peligro de dañar el árbol; sin embargo y burlándose de la creencia, los soldados lo destruyeron para leña.
Por el relato de Girgois, sabemos que varios de ellos murieron en la laguna cuando, en medio de una imprevista tempestad, regresaban con la canoa cargada con despojos del árbol; el resto de los leñadores que habían quedado en la isla dijeron oír toda la noche “ruidos tremendos que los lleno de pavor” y en adelante por nada quisieron volver al sitio.
Ya en el territorio pampeano, pueden rescatarse otros dos testimonios interesantes con respecto a la presencia de estos árboles. La primera corresponde a Teófilo Fernández, quien llevaba el diario de marcha de las tropas de Sócrates Anaya, una de las columnas de la Tercera División del Ejército. El escribiente refiere que el 21 de mayo de 1879, el grupo llega “a un caldén grande, a pesar de que los indios le llaman Pichi Huití (caldén pequeño)”.
Este cronista ubicaba al árbol poco antes de la laguna del Perro (Trahuó-Lauquen), hoy proximidades de Carro Quemado, y describe el aspecto del mismo cubierto de ofrendas multicolores -pedacitos de trapos-, costumbre que según le han informado, depositan los viajeros y que por insignificantes que sea debe dejarse al árbol “por cuanto el éxito de su empresa, consiste en la demostración de respeto y generosidad de que el pasante use con él”. Tanto el baqueano como otros indígenas que marchan con la columna, nos dice el escribiente, han dejado sus ofrendas al “árbol sagrado”.

Zeballos.
La otra referencia a estos árboles -incluso ilustrada de manera gráfica- corresponde a Estanislao Zeballos quien en diciembre de 1879, durante su conocido Viaje al país de los Araucanos, llega en su recorrido a un caldén, “verdadero gigante forestal” que le da nombre al sitio: Quethré Huithrú, el lugar donde hoy se halla la ciudad de General Acha. Aunque Zeballos hace referencia al carácter de “árbol sagrado y solitario” no menciona concretamente la presencia de las siempre llamativas ofrendas. Él mismo, interpretando la palabra Quethré como “Aislado, solitario, cortado”, traduce al topónimo como “Caldén Solitario”; sin embargo para Rodolfo Casamiquela esta traducción, aunque hoy habitual, es errónea y escondería el verdadero significado que tuvo el árbol para los indígenas, por cuanto la palabra en cuestión sería una mal interpretación de kütrüm, “bulto o atado”, lo que llevaría al sentido de “Caldén de los atados u ofrendas”.

Lincoham.
El indígena ranquelino Lincoham -Juan Romero para los huincas- quien por 1943 vivía en General Acha le informó personalmente a don Eliseo Tello, testimonio que incluye en su libro Toponimia araucana-pampa, que por entonces aquel caldén, “tenido por árbol sagrado por los indios comarcanos”, se hallaba dónde por entonces estaba “La Feria Vieja” aunque ya “hacía mucho tiempo que se había secado, pero que hasta hace pocos años existían vestigios de su tronco”.
Si bien el culto hacia estos árboles parece tener en general un carácter propiciatorio-el de favorecer un viaje o trayecto difícil y de allí que en general se los encontrara a la vera de las históricas rastrilladas-, junto a las ofrendas habituales, consistentes muchas veces en simples trapitos o hilachas, suelen mencionarse otros elementos más curiosos como aquellos descriptos por Olascoaga sobre el algarrobo del Colorado -al que por “un sargento criado en la Pampa” identifica como un cochim-guelo, lo que para Casamiquela no quedan dudas se trata de kütrumngelu, es decir, “donde hay atados”. Precisamente en él se destacaban, colgando de sus ramas, infinidad de “bultos” o “ataditos”, en este caso con piedritas en su interior.
Estos ataditos parecen dar otros significados al árbol, el referido médico francés H. Girgois, quien los identifica como kati, los refiere concretamente como conjuros donde se encerraban males o enfermedades, de ahí el respeto y profundo temor que inspiraban estos árboles entre los indígenas. Esta idea quedaría reforzada en el caso de Guaminí por la presencia del árbol en un lugar alejado de caminos y de difícil acceso como lo era una isla al interior de la laguna.

Buen viaje.
Nunca sabremos si ese mundo de creencias fueron correctamente interpretados por los cronistas del momento; sí desde la realidad fragmentada de sus testimonios hemos llegado a aproximarnos, al menos en parte, al singular contexto de aquellos días y aquellos hombres que nos precedieron. Lo cierto y lo que sorprende es cómo ciertas ideas, en esencia, parecen ser atemporales y aún subsisten en nuestro mundo moderno. A modo de un ejemplo entre los muchos que hoy podemos ver a la vera de las nuevas rutas, a poco de iniciar el recorrido de una travesía actual como es Hucal-La Adela (ruta 254), un hermoso y “apartado”ejemplar de caldén con varias cintas rojas que penden de sus ramas. Han pasado ya muchos años, pero la intención parece seguir siendo la misma: frente a las incertidumbres del camino, propiciar un buen viaje. (Fuentes: Casamiquela. R.; 1988; Girgois, H.; 1901; Olascoaga, M. 1880; Pulita, A.; 1975; Racedo, E.; 1965; Tello, E.; 1958; Zeballos, E.; 1881).
* Colaborador

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