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Los caminos de la vida

El yoga y la meditación como filosofías de conocimiento interpela la cultura occidental. En este reportaje, Olivia García plantea un regreso a aquellos lugares de los que «nos desconectaron en algún momento».
Romina Maraschio *
Estudió ingeniería comercial y trabajó en empresas de Buenos Aires hasta que descubrió su verdadera vocación: el yoga y la meditación. Estudió filosofía en España y profesorado internacional de yoga; hoy busca conectar los conocimientos de otras culturas a este lugar de médanos y caldenes. «Esta es nuestra energía», sintetiza.
Olivia García es de Rivera y creció en Santa Rosa. Estudió Ingeniería comercial aquí y después de tres años se mudó a Buenos Aires a continuar la licenciatura, similar a Administración de empresas.
A los 22 años ya estaba recibida y comenzó a trabajar en una empresa porteña, hasta que una crisis existencial cambió el rumbo de su vida. «A los 27 años sentí que eso no era lo que quería para mí. Empecé a buscar alternativas y encontré un taller de arteterapia, que combinaba lo lúdico, lo emocional, yoga, meditación. Yo seguía trabajando de administradora financiera de lunes a viernes, y los fines de semana me sacaba el traje de oficina y me dedicaba a todo lo que estaba descubriendo: terapias alternativas, reiki, kung fu chio, cabalá. Todo eso me despertó un interés de que había mucho más», reconoce.

Ampliar horizontes.
En el año 2009, mientras atravesaba aquella época de cambios y descubrimientos, Olivia se anotó para acceder a una beca en las universidades públicas de Castilla y León (España) y quedó seleccionada para estudiar un año en la Universidad de Salamanca. Eligió ‘Estudios avanzados de Filosofía’, con orientación en ‘Historia y metafísica’.
«Siempre se van abriendo caminos. En Salamanca empecé a hacer práctica de yoga y un guía de 80 años, Santiago Guerra, me decía que eso era lo que yo iba a hacer cuando volviera a mi país», recuerda. Y así fue.
«En el posgrado tuve mucha conexión con la filosofía de la naturaleza, la integración del medio natural con lo que nosotros hacemos… me fui siendo administradora de empresa y volví siendo otra cosa», sintetiza.

Volver a las raíces.
Ya de regreso en Argentina, hizo el profesorado en la Federación Argentina de Yoga y se instaló en Santa Rosa. Comenzó a dar clases y continuó perfeccionándose con el instructorado en meditación y el profesorado de yoga para niños.
«Cuando uno abre esa búsqueda personal, va generando nuevos conocimientos y nuevas experiencias, que van marcando tu camino para tu evolución», reflexiona Olivia. «Yoga no es solo la postura, es una filosofía, una forma del saber, es lo que llevás a todos tus días, cómo te sentís, cómo pensás, cómo comés, qué hacés para sentirte mejor».
«Muchos dicen ‘está buenísimo ir a la India’, pero el pensamiento occidental tiene otro entorno. Es importante conectar con nuestras raíces, yo puedo tomar de la cultura oriental cosas muy buenas, pero está bueno traerlo a mi lugar y mi cultura, porque estoy rodeada de caldenes, de médanos, nos nutrimos de cosas nuestras. Si estuviera en el Himalaya, haría cosas de aquella cultura», ejemplifica.

Culturas.
«Nuestra cultura está basada en el consumismo, en que la necesidad sea impuesta y no en el sentir. Por eso está bueno preguntarse, antes de comprar, ¿qué pasa si no tengo esto?», plantea Olivia, mientras reconoce que «uno está dentro de un sistema. Pero cuanto más consciente sos de que eso limita, más podes abrirte a otras cosas. Y esa es la principal diferencia entre la cultura oriental y la nuestra: es cómo trabajan el nivel de conciencia y el estado de meditación. Desde lo cultural hasta lo personal, cuanto más conscientes somos, más posibilidades tenemos de ver otra realidad y deliberar nosotros también».
«En la medicina tradicional occidental estamos acostumbrados a diagnóstico + tratamiento. En la meditación se dice que en el mismo diagnóstico está el tratamiento, cuando uno es consciente de las cosas, tiene la capacidad de percepción, de atención y de solución. Por eso cuando empezás a practicar meditación, buscás aumentar los niveles de conciencia y liberarte de los prejuicios y las creencias que limitan».
La mente es un disparador permanente de pensamientos que nos lleva a laberintos interminables. Para hacer frente a ese bombardeo mental que vivimos a diario, el primer paso es darse cuenta de eso. «Cuando uno atiende sus pensamientos, cuando uno es conciente, desaparecen. Cuando la mente está muy intensa y uno siente que no para, es porque no la estás atendiendo. Tenés que escuchar tu mente», aconseja.

Ansiedades.
La preocupación permanente por lo que ya pasó o por lo que va a pasar, nos hace presos del pasado y el futuro, sin poder conectar con el presente, con el ‘aquí y ahora’, que es uno de los mantras del yoga.
«Las manifestaciones más frecuentes hoy son los estados de ansiedad, ir más allá de donde estoy ahora y estar todo el tiempo pensando en lo que todavía no pasó, es estar corriendo todo el tiempo y no poder parar ese ritmo de acelere -explica la profesora-. Las manifestaciones de ansiedad le suceden a todos, pero el acercamiento a una clase de yoga es más de mujeres que de varones. Y generalmente llegan porque hay una lesión o alguna otra manifestación y le indicó el traumatólogo, el cardiólogo o el psicólogo. Surge a partir de una necesidad, no desde una satisfacción. El 98 por ciento viene porque le pasa algo. No está ni bien ni mal, es lo que sucede, es una necesidad de conectarme conmigo porque estoy desconectado».

En busca de bienestar.
Hay registros que indican que el yoga tiene más de 5.000 años de antigüedad. Esta práctica ancestral apunta a la unión del cuerpo, la mente y el espíritu en busca de una plenitud, de un estado natural de bienestar. «Estamos volviendo a la conexión con la naturaleza, a la sabiduría femenina, a conectar con los ciclos naturales, estamos volviendo de a poco a aquello de lo que nos desconectaron en algún momento. Esa sabiduría está en nosotros», asegura Olivia.
Hacer yoga y meditación permite contar con más herramientas para parar la mente cuando uno siente que el ritmo acelerado invade. «Cuando meditás lo primero que hace la mente es irse. Nada de eso está mal, si vos te das cuenta que eso te pasa, es el primer paso para después modificarlo. No es que uno se relaja y se calmó la mente. Se calmó el cuerpo, pero la cabeza es cuando más aprovecha a bombardear. Se trata de aprender a escucharse».

Viajes y retiros.
Con el propósito de desconectarse de la rutina y conectarse con uno mismo, Olivia y un guía de montaña comenzaron a organizar propuestas de viajes dentro y fuera de la provincia de La Pampa, que combinan senderismo, yoga y meditación. «Cuando te vas del lugar donde estás todo el tiempo, te conectas y te sentís bien con vos mismo. Es vivir nuevas experiencias que sirvan para tu camino, para tu evolución. Es contacto con la naturaleza, salir del lugar donde estás siempre, la meditación como práctica… porque recién te planteás las cosas cuando salís del automático, cuando hacés cosas que antes no hacías -indica-. En la idea de los viajes está la unión, que es la base del yoga, unión con uno, con lo que te rodea, con los demás. Y no se necesita ningún conocimiento previo, cualquier persona está en condiciones de empezar yoga, de hacer meditación, de mirar para adentro, prestarse atención y atenderse».
Algunos de los entornos naturales pampeanos que recorrieron fueron Colonia Barón, Luan Toro, General Acha y en la estancia Ortiz Echagüe. «Vamos a lugares que la mayoría no conoce y es una forma de revalorizar nuestra tierra de caldenes, médanos y lagunas», -reconoce Olivia- .
También han realizado encuentros de 3 ó 4 días en Merlo (San Luis) y Villa Ventana. «En nuestra provincia hacemos retiros de un día y a veces es más difícil desconectarse, pero está bueno que se sienta como un proceso. Muchas personas cuentan que conectaron con otras cosas que en su entorno no hubieran podido», destaca la profesora.

Los niños.
Para dar clases de yoga a los niños, Olivia se sumerge en el mundo del juego. «Es super interesante el abordaje. El niño naturalmente es alegre, después va perdiendo ese entusiasmo porque va a la escuela y se tiene que quedar quieto en la fila, en el aula ¡cuando la energía de un niño es movimiento! -enfatiza-. Aquí sabe que tiene espacio para ser niño. Usamos técnicas lúdicas, a partir de la música, el arte, el juego, siempre escuchando lo que el niño quiere. Y trabajamos para que pueda aprender a registrar sus emociones y bajar sus niveles de ansiedad, porque los niños también viven en un entorno de ansiedad».
Así como pueden manifestar su alegría o sus ganas de moverse, también pueden expresar cuando algo no les gusta o les duele. «Cuando un niño, se lastima le decimos ‘ya pasó’. ¡Y no pasó nada! ¡Duele! Hasta que deja de doler. Se trata de respetar lo que él siente -concluye-. Tanto en el adulto como en el niño, buscamos registrar lo que sentimos y armonizar nuestra energía».

* Lic. en Comunicación Social