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Los mundos de José Donoso

En este 2020 se cumplió medio siglo desde la publicación de la novela que mayor reconocimiento le dio al escritor chileno. Sin embargo, muchos consideran que esta no fue su mejor creación.
Daniel Pellegrino y Jorge Warley *
Desde avanzados los años sesenta hasta comienzos de la década siguiente se ubica el que se ha dado en denominar «boom de la narrativa latinoamericana». El argentino David Viñas supo señalar con tono burlón que el explosivo término tiene más ver con un éxito comercial antes que con una estimación artística; por su parte, el uruguayo Angel Rama se lamentó de que se divulgara e impusiera un vocablo inglés para delimitar un fenómeno hispanoamericano. Rama también ironizó sobre sus límites e integrantes; en un conocido ensayo preguntaba «¿quiénes son?» y se contestaba: Un club que tiende a aferrarse al principio intangible de sólo cinco millones y ni uno más, para salvaguardar su vocación elitista. De ellos, cuatro son, como en las academias, «en propiedad»: los correspondientes a Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. El quinto queda libre para su otorgamiento: lo han recibido desde Lezana Lima a Guimares Rosa, desde Carpentier hasta Donoso. (La novela en América latina. Panoramas 1920-1980, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1982, página 264).
Este artículo se detiene en este último, un escritor «menor» y su novela mayor.
José Donoso Yáñez nació en Santiago de Chile en 1924 y murió en esa misma ciudad en 1996. Perteneció a una familia relativamente acomodada, estudió en el afamado establecimiento The Grange School -junto al mexicano Carlos Fuentes- pese a lo cual se dedicó a viajar mucho y ganarse el pan con los más diversos empleos, antes de afincarse exclusivamente en los quehaceres literarios y docentes.
Su actividad como periodista tomó fuerza cuando comenzó a escribir para la revista Ercilla, en 1960, a la cual enviaba periódicos reportajes durante sus viajes europeos.
De 1955 es su primer libro -«Veraneo y otros cuentos»-, el cual le posibilitó obtener al año siguiente el Premio Municipal de Santiago y la certidumbre de que una carrera como escritor profesional era posible. Doce meses después se fue a vivir con una comunidad de pescadores en Isla Negra, y allí pergeñó su novela inicial, «Coronación». En ella asomaba una temática que haría suya para siempre: la caprichosa decadencia de la clase dominante chilena.

La llegada de Pinochet.
A fines de 1964 invitado al Tercer Simposio de la Fundación Interamericana para las Artes viajó a México y se alojó en la casa de Carlos Fuentes, antes de seguir viaje hacia los Estados Unidos. En 1966 publicó «El lugar sin límites», novela corta que ha sido juzgada por los especialistas como una de sus mejores obras y que fue llevada al cine por otro singular artista mexicano, Arturo Ripstein. Al año siguiente Donoso se trasladó a España, donde permaneció hasta comienzos de los ochenta. En Chile se habían instalado los oscuros tiempos del pinochetismo.
En 1970 se publicó «El obsceno pájaro de la noche», libro que es estimado como su novela más compleja y ambiciosa. Según Donoso ha detallado en diversos escritos y entrevistas, escribió y corrigió esta novela a lo largo de ocho años. El trabajo se vio interrumpido varias veces, según declaró el propio escritor, por fuertes malestares físicos y psicológicos que sufrió a partir del agravamiento de una úlcera y el dificultoso proceso de curación.
Sobre el final de su vida el chileno vendió en miles de dólares colecciones de manuscritos y libros de anotaciones, fechados entre 1950 y 1966, a la Biblioteca Central de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. Los denominados Papeles de José Donoso se dieron a publicidad con posterioridad a su muerte y ellos dan cuenta de su homosexualidad, los problemas con el alcohol y la agonía con que vivió su matrimonio con la pintora María Ester Serrano -conocida como María Pilar Donoso (1926-1997)- con quien se casó en 1961.

El obsceno pájaro de la noche.
La novela se presenta como el intento de Humberto Peñaloza de escribir la biografía del aristócrata Jerónimo de Azcoitía. El propósito nunca será cumplido, a poco andar la narración comienza a deformarse, a declarar la imposibilidad de ser cumplida, a interrogarse acerca de si es posible el cumplimiento de una empresa tal.
«Al mirarlo a usted, don Jerónimo, un boquete de hambre se abrió en mí y por él quise huir de mi propio cuerpo enclenque para incorporarme al cuerpo de ese hombre que iba pasando, ser parte suya aunque no fuera más que su sombra, incorporarme a él, o desgarrarlo entero, descuartizarlo para apropiarme de todo lo suyo, porte, color, seguridad para mirarlo todo sin miedo (…). Yo, en cambio, no era nada ni nadie, eso me había enseñado la tenaz nostalgia de mi padre, confiesa Humberto. La asimetría, la distancia que separa y eleva la voz de los poderosos -que es, en definitiva, el discurso de la historia impuesto como verdad- de a poco cede, se fragmenta, se pierde en una multiplicidad de ecos y resonancias de origen y destinos imprevisibles».
Siguiendo un derrotero típico de la narrativa contemporánea, lo que en definitiva se pone en cuestionamiento es lo de concebir unicidad del sujeto y la posibilidad de concebir al lenguaje como un simple medio de representación. Así, Humberto es quien es, como en la cita anterior, ya se vuelve el Mudito, ya el imbunche. La vez metamorfosis opera a la vez sobre las perspectivas de narración. El motivo del imbunche puede ser interpretado como un símbolo a través del cual el texto enuncia sus propios procesos constructivos.
La figura del imbunche proviene de la mitología mapuche y de la mitología chilota. Se trata de un ser monstruoso, deforme, que vive esperando prestar servicio a los calcus o hechiceros. Una de las leyendas dice que si los brujos quieren hacerse de un guardián para su cueva secuestran o compran a su padre un varón primogénito, y a partir de un ritual transforman al chico en un invunche, rompiéndole piernas y brazos, soldando un miembro superior a su espalda para que la cabeza quede echada hacia atrás en una composición anatómica bestial, aterradora. Al final, para imitar a las serpientes, le parten la lengua en dos.
La mezcla de voces se proyecta como una mixtura cultural que de golpe arroja todos los naipes sobre la mesa para que, igualados, pierdan cualquier criterio de ordenamiento.
Pasados los años, hay quienes consideran que «El obsceno pájaro de la noche» es un texto calculadamente artificioso, y subrayan que otras narraciones de Donoso son más honestas y logradas. En sentido contrario, el afamado crítico literario Harold Bloom la ubica en el Olimpo de las obras esenciales que conforman canon de la literatura occidental del siglo XX. Se trata de los debates que vuelven rico y dan fértil vida al arte.

* Colaboradores

RECUADRO

¿Quién es José Donoso?

¿Cuál es el rol específico del escritor?
José Donoso: Hay un antiguo proverbio chino que dice que el hombre nació con el único propósito de salvar el mundo y ahí estamos metidos todos de alguna manera u otra. Tal vez el papel del escritor es más modesto.
Me extraña su posición cuando dice que no le interesa la política. En partes de El obsceno pájaro de la noche lo veo como un crítico de la burguesía.
J.D.: No solo de la burguesía. El obsceno pájaro de la noche no es un panfleto, es una indagación en la condición humana y, por lo tanto, también en la estructura de la sociedad. Pero reducirme o reducir mi vida a la política, no me gusta. Creo que el arte de escribir tiene una proyección y trascendencia que son mayores que las de la política y más inciertas. Las palabras en la literatura no «definen», porque están demasiado cargadas con emoción, imaginación, memoria. Tienen campos semánticos ambiguos, connotaciones inciertas y sensibles, etcétera. No podemos reducir la literatura a su «significado», es, además, un significante.
Pero el artista es la medición de su obra, por lo menos eso se plantea. Debemos verlo o apreciarlo a través de su obra.
J.D.: Ya lo creo.
Entonces, ¿cómo definimos a José Donoso?
J.D.: Yo no sé, si supiera cómo soy no me daría el trabajo de estar escribiendo miles de miles de páginas durante cincuenta años. Si dijera esto soy, yo me defino así, ésta es mi visión de la vida, ¿cree que me daría el trabajo de joderme una semana para escribir una página? No, por cierto. La persona que trabaja tanto para escribir una página de treinta y tres líneas quiere decir que anda buscando algo que está más allá de aquello que se puede reducir a una simple frase. (Fragmento de una entrevista realizada por Jorge Oporto Marín)