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Los placeres de la lectura

De las lecturas no se sale indemne. Diana Irene Blanco nos propone en “Después de la lectura” un recorrido didáctico de obras y autores/as que inciden sobre nuestra imaginación y sensibilidad.

Sergio De Matteo *

La lectura de textos implica varias posibilidades en su recepción, en la necesaria trayectoria entre autor/autora y lector/lectora; porque, en parte, dependerá tanto del género como del tema que aborden los mismos y, además, si el objetivo es transmitir conocimiento científico, información periodística, o de carácter estético, siendo posible por medio de la poesía, el teatro o la ficción que, en algunos casos puede ser meramente lúdica, y en otras indagar en las profundidades del ser.

Aún así, contemplando esa impronta de la lectura, también hay formas para abordar los libros y, específicamente, los de ensayo o de artículos, porque implican algunos considerandos a tener en cuenta. Por ejemplo, un primer acercamiento al autor/autora que presenta su hipótesis de investigación, con sus planteamientos teóricos y su batería bibliográfica, para luego realizar la exégesis sobre las obras y los escritores o escritoras que componen su trabajo crítico. El proceso se haya imbuido de una especie de mamushka, funcionando como las muñecas tradicionales rusas, es decir, una trama de relaciones que nos lleva a descubrir en la lectura un circuito de conceptos e interpretaciones que unen al autor/a con la obra, con el creador o creadora y, por supuesto, a las lectoras/es.

Por lo tanto, en esa contingencia del propio acto de lectura, se tendrán temporalidades y especialidades que se entrecruzan, historias que se revelan, relecturas que ahondan miradas iniciales e interpretaciones que se adosan a los bienes simbólicos originales. Cada uno de esos elementos conforman una red de sentidos, de significados, un mapeo de lecturas cuyos sedimentos son los nutrientes de la obra por venir.

Lecturas.

En ese sentido, la escritora, poeta e investigadora Diana Irene Blanco, de la localidad de Eduardo Castex, nos acerca el libro que se titula “Después de la lectura”, publicado a fines de 2020, y que está compuesto por artículos, ensayos y ponencias presentadas en encuentros y congresos literarios en diferentes partes del mundo (Perú, Panamá, Colombia, España), nuestra provincia (Santa Rosa), y tres trabajos hasta ahora inéditos.

Todo índice así como las citas o referencias literarias delatan o exponen las obsesiones de cada escritor o escritora. En este caso particular, orbitan en la trayectoria de Blanco algunos autores o autoras que contaminan su propia escritura poética y narrativa, a los cuales también estudia y analiza en sus trabajos ensayísticos. Quizás los estereotipos esenciales que se refractan en su extensa obra publicada sean Jorge Luis Borges y Olga Orozco. Particularmente a la poeta oriunda de Toay le ha dedicado los libros “Olga Orozco. La jerarquía de la palabra” (Dunken, 2009) y “Olga Orozco. Señora de la alta poesía” (Vinciguerra, 2018).

“Después de la lectura” fue editado por Pirca ediciones y se compone con los trabajos “La poética del vacío en César Vallejo”, “¿Quién le teme a Beatriz Guido? La mirada impertinente de una narradora singular”, “Mujeres en su laberinto en la narrativa de Beatriz Guido”, “El ser y el padecer como texto en Jorge Luis Borges”, “Presencia cervantina en un relato del escritor judeoargentino Alberto Gerchunoff”; “El agro en la cultura pampeana. José Escol Prado”, “Alejandro Casona: ¿Teatro de evasión?” y “Elogio de la ausencia. Con esta boca, en este mundo. Olga Orozco”.

Una matriz interesante que contiene observaciones a la producción poética (Vallejo, Borges y Orozco), narrativa (Guido, Borges y Gerchunoff), dramática o teatral (Casona) y al debate cultural (Prado); pensando estas incursiones en un juego de espejos que abren y cierran el régimen de significaciones que trasuda en la conformación de la identidad, de la región, y muestra otros pliegues y repliegues de donde es posible asir a la humanidad por medio de sus bienes culturales, es decir, la narración, a veces, delimita la topología del territorio, pero también lo evade, ampliando el registro de lecturas y la biblioteca.

Vallejo y Borges.

Respecto a César Vallejo, expresaba Blanco, en Huamachuco, que “en la poética del autor […] el vacío es un territorio poblado de seres atormentados, de orfandad, de dolor, de fatalidad, de absurdos […] El poeta pertenece a esa estirpe de escritores en los cuales la palabra y el hombre se textualizan sin adoptar una pose de mártir aunque el dolor de vivir no lo abandona” (pp. 13-14). Dejando claro como el reservorio de la literatura, pues “la palabra y el hombre se textualizan”, sirven como fuente para manifestar la situación de la humanidad desde una poética encarnada en la cotidianidad, que universaliza un sentir y la convierte en “poemas humanos” que enaltecen la condición existencial. Algo similar propone Blanco cuando recorre la estética borgeana: “Así lo padecido y vivido por Borges van de la mano de su literatura ya que el autor logra resignificar estéticamente estas situaciones en abundantes textos poéticos o en prosa” (p. 53). Así que por medio de fragmentos la investigadora ejemplificará sobre la “ceguera”, el “insomnio”, el “miedo”, la “muerte”, el “amor”, la “soledad”, el “coraje”, para destacar “los idiomas que supo visitar. Por su honesto rigor con la palabra y su pacto formidable con la sabiduría” (p. 62).

Guido.

Los dos textos que aluden a Beatriz Guido se referencian en la novela “La casa del ángel” (1955) y en el cuento largo o nouvelle “La mano en la trampa” (1961), pero a su vez abona con la biografía de la autora, el contexto donde se desarrolla su obra, las interpelaciones que realiza a la sociedad desde sus libros y, también, las transposiciones al cine.

Es importante destacar que estas dos lecturas pasan el cepillo a contrapelo y resignifican la situación de la mujer en aquella época en que escribía Guido pero, a su vez, las reinstala en el presente, en el eje de las discusiones y debates femeninos actuales, con las grandes movilizaciones de masas en todo el planeta. Anota Blanco: “Guido instaló una narrativa feminocéntrica desde el vértice de la observación y del testimonio para desnudar ácidamente el mundo femenino inmediato cuyas trampas están listas para aquellas que se atrevan a ignorar lo prohibido” (p. 38); y por sobre todo, afirma “se configura un nuevo espacio narrativo latinoamericano y ya no se escuchará una voz masculina que diga ‘Madame Bovary soy yo’. Desde esta perspectiva, la argentina Beatriz Guido como sujeto literario ‘levantó la alfombra’ de las casonas residenciales de su época, de los turbios ámbitos del poder, corrió los cerrojos del opresivo universo femenino y narró con desmesura y agudeza las apariencias de lo real, el dolor de crecer. El simulacro con la mano en la trampa” (p. 33).

Gerch, Prado y Casona.

Lectura sobre las lecturas que expanden el camino y la apreciación crítica, es la particularidad de varios de los textos que remarcan la característica intertextual y dialógica de la literatura. Valga el ejemplo de Cervantes y Gerchunoff, y las incidencias de una obra mayor como el “Quijote” respecto a “Los gauchos judíos”, donde la escritora plantea el “devoto homenaje” y destaca algunos puntos en el autor entrerriano cuando “exhuma en este texto arcaísmos, culteranismos, sintaxis y hasta la cadencia de la prosa cervantina y en todo caso la de sus admirados antecesores del Siglo de Oro español por el idioma sefardí” (p. 69), por lo cual “habla del trasplante y adaptación de los colonos hebreos a las costumbres y espíritu de un país joven que los recibió en paz y libertad” (p. 66).

Esta situación donde los colonos deben adaptarse a un nuevo territorio también emerge en la obra analizada de José Escol Prado, “El agro en la cultura pampeana”, donde se “exalta al inmigrante chacarero ‘de condición común’, un personaje arquetípico bajo un aura heroica y titánica ante los embates climáticos” (p. 74).

Este devenir forja un espíritu de lucha que es trascendente en lo identitario: “exhibir la evolución socio-cultural del mundo rural pampeano y reconstruir la vida cotidiana del hogar campesino” (p. 75), pero que tiene su incidencia en el ordenamiento político del territorio nacional; pues “representa una actitud de compromiso intelectual y emocional hacia la tierra natal” y “reseña con trazos consistentes las bases de la identidad y el ser pampeanos” (p. 78).

En la construcción tanto de la subjetividad como de lo colectivo, lo que da sentido a un pueblo, emergerá la figura del dramaturgo Alejandro Casona; que también como Gerchunoff y Prado pondrá el foco en “los pueblos bucólicos, las aldeas de pescadores que cantan canciones tristes en sus comedias o la persistente ambigüedad existencial de sus personajes” (p. 83).  Blanco nos ata a lo entrevisto en Vallejo cuando infiere que Casona abre “una puerta al idealismo, a la libertad, a los sueños que debieran alimentar la existencia humana, a costa de los pesares, el dolor, el desencanto” (p. 89).

La realidad afecta al ser humano y desarrolla la actitud para sobrevivir, tanto en lo material como en lo espiritual, y los escritores o escritoras lo trasplantan en sus obras; en síntesis, Josefina Ludmer sugiere que “en estos textos los sujetos definen su identidad por su pertenencia a ciertos territorios”.

Orozco.

La obsesión e influencia de Olga Orozco irrumpe al cierre del libro, donde se examina el poemario “Con esta boca, en este mundo”; Blanco vislumbra y destaca “la poética de la extrañeza y en consecuencia la búsqueda de lo absoluto”, por lo cual Orozco “dialoga con la poesía porque precisamente su decir lírico se esfuerza por instalarse más allá del mundo escrito, en vibrante comunicación con lo divino” (p. 96). A pesar de que los vocablos no alcanzan para descifrar el mundo, para derrotar a la muerte, las palabras si sirven para contener la infancia, la memoria y trazar el camino hacia el jardín o paraíso primitivo. La palabra mesiánica, de la que habla Walter Benjamín, es la herramienta que le permite a la autora (o a las autoras) en su formato de poesía como “la única vía para vislumbrar el secreto de las cosas, la aventura de tocar la sustancia divina, de ver el destello escondido de los múltiples universos o escudriñar más allá del mundo” (p. 98). * Colaborador