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Magallanes por el litoral

Entre enero y noviembre de 1520, prácticamente un tercio del tiempo empleado en aquella primera circunnavegación del globo, la armada magallánica transitó e invernó sobre el litoral marítimo argentino.
Omar Cricco*
Con la misión de encontrar el ansiado paso hacia el Mar del Sur, y por él el camino a la Especiería, después de casi cinco meses de navegación y ya en los límites del mundo conocido entonces, la armada magallánica alcanzaba el casi mítico cabo de Santa María, lo que hoy es el balneario uruguayo de La Paloma, sitio donde según Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, «antiguamente se creía era el extremo del continente americano».
Allí, frente a aquel misterioso «Mar Dulce» cuya frustrada exploración costara la vida al mismísimo piloto mayor de Castilla don Juan Díaz de Solís, Magallanes ocupa casi un mes entero en explorarlo y descartar definitivamente la existencia de un paso interoceánico en el sector.
Empeñado en cumplir su palabra al rey, para principios de febrero de 1520, Magallanes se halla ya frente al cabo San Antonio y dejando atrás el «rio de Solís» avanzan con claro rumbo sur ahora en espacios desconocidos. Bordeando el actual litoral bonaerense, para el 9 del mes según el derrotero de Francisco de Albo, el otro cronista sobreviviente, reconocen una «punta de las Arenas» (Punta Mogotes, Mar del Plata). A partir de allí el escueto diario del piloto de la nao Trinidad consigna una «muy buena costa fondable, con muchos ‘montecicos’ verdes y tierra baja» hasta el día 13, fecha para la cual, ya navegando sobre los 39 grados de latitud sur y con cierta inclinación oeste, dan «en derecho de los bajos, donde la Vitoria dio muchas culadas», sin dudas los bajos de la bahía Blanca.
A partir de allí los testimonios son más vagos, pero estos dos diarios sobrevivientes parecen complementarse. En tanto Pigafetta no hace referencia alguna al litoral norpatagónico inmediato, el piloto Albo en sus escuetas referencias sí consigna esporádicas vistas de tierra y por varios días la imposibilidad de tomar lecturas del sol y consecuentemente la posición alcanzada. Recién el 24 de febrero Albo vuelve a consignar una posición y referencias claras sobre la costa; ese día sobre los 42 grados y medio sur el piloto de la Trinidad dice estar «en derecho de una bahía muy grande, a la cual pusimos nombre de la bahía de San Matías porque la hallamos en su día». Por sus características en particular su «embocamiento» al noroeste y «giro de 50 leguas» no parece precisamente responder al mucho más extenso actual golfo San Matías, sino al hoy denominado Golfo Nuevo (Puerto Madryn). Todo indica que con el tiempo la denominación mudó del lugar original al norte arrastrando consigo aquella otra particularidad de «Bahía sin Fondo» con que también fue identificada tempranamente por navegantes y cartógrafos europeos.

En el mar austral.
Tanto aquellos «baxos anegados» asociado a las costas bajas que se extienden desde la bahía Blanca hasta casi la desembocadura del Colorado como por el contrario esta profunda «bahía sin fondo», habrán de ser claros ejemplos de la repercusión de la exploración magallánica en la cartografía europea de las primeras décadas del siglo XVI, como por caso los conocidos trabajos de Diego Ribero o Alonso de Chávez, entre otros, los cuales define ya claramente nuestras costas.
La omisión en las crónicas magallánicas al actual golfo de San Matías, hecho ya observado por el marino e historiador naval argentino Héctor Ratto, parece indicar que la expedición pasó frente al actual golfo rionegrino sin percatarse de su presencia, este detalle que se repite una vez más frente al otro gran golfo de San Jorge parece tener su explicación en lo que escuetamente Albo consigna como días en «que no pudieron tomar el sol» pero que Pigafetta presenta como tempestades «tan terribles que nos creímos perdidos, … (hasta que)… aparecieron las luces de los tres Cuerpos Santos, esto es, San Telmo, San Nicolás y Santa Clara».
Estas tormentas cada vez más frecuentes obligan a los navegantes, apartándose de los peligros de la costa, a olvidar todo para lidiar con un mar austral que comenzaba a mostrar sus cualidades. Dice Antonio de Herrera y Tordecillas en sus «Décadas» (1601): «De esta manera navegando, y costeando, de día a una legua de tierra; y de noche a cinco y seis leguas… (y hasta pasando)… tres o cuatros días sin que las naves se volviesen a juntar», siguieron avanzando con jornadas de navegación cada vez más dificultosas.
Habiendo superado los 44 grados de latitud sur, hacia el 27 de febrero se hallaban en la zona de Camarones, la actual bahía Cruz a la que los nautas denominaron bahía de los Patos, en clara referencia al encuentro con los primeros pingüinos, para ellos «ocas» o «patos».
Analizando y buscando armonizar los escasos testimonios originales con las interpretaciones de cronistas posteriores, tanto de A. de Herrera y Tordecillas como de M. Fernández de Navarrete, Héctor Ratto entiende que después de seis días de mal tiempo que incluyen el cruce del Golfo San Jorge con mar gruesa, fueron a dar hacia el 3 de marzo a lo que Magallanes y su gente llamaron Bahía de los Trabajos. Las condiciones extremas vividas sobre los 48 grados de latitud sur a las que refiere ampliamente Herrera y Tordecillas quedaron reflejadas en este topónimo impuesto por Magallanes al mismo sitio que, muchísimos años después, el pirata Cavendish daría el nombre de su barco: Port Desire y que nosotros, despreciando aquel primer antecedente hispano, simplemente traduciríamos como Puerto Deseado.

La primera misa.
Sobre fines de marzo las pésimas condiciones continúan y ya sobre los 49 grados y medio encuentran finalmente abrigo satisfactorio en una bahía «que recibió el nombre de San Julián» y a la que llegan a tiempo para conmemorar el domingo de Ramos de aquel 1520 – fecha recordada por haberse realizado en ese momento la primer misa en el actual territorio argentino-, además, según sigue el relato de Pigafetta: «En la cumbre de un monte, que llamamos Monte-Cristo, se colocó una cruz y tomamos posesión de aquellas tierras en nombre del Rey de España». Irónicamente un siglo y medio más tarde John Narborough rebautizará la elevación como monte Wood y como tal se la conocen hoy en día; su ascenso permite hoy en día una amplia y hermosa vista de la bahía y su entorno.
Cinco meses, casi una sexta parte del tiempo total del periplo, se pasó en San Julián; pero lejos estuvieron de ser sosegados días invernales, la rebelión en abril, el hundimiento de la nao Santiago en mayo y el encuentro con los nativos en junio hicieron de aquellos días jornadas muy intensas pese a la dureza de aquel invierno.
Al momento de llegar a la bahía las pujas, desconfianza y celos entre portugueses y castellanos ya manifestada en aguas de Guinea -allí donde Magallanes según Navarrete ya había impuesto con firmeza sea seguido «de día por la bandera y de noche por el farol, y no le pidiesen más cuenta»- cobró nuevos bríos en San Julián, y potenciada por el agotamiento, el racionamiento impuesto y la incertidumbre por un clima y un paisaje cada vez más hostil, resultó en un claro motín contra el Capitán General. Los detalles son ampliamente conocidos y aun localmente se conoce como Isla Justicia al sitio de la bahía donde se impusieron los duros castigos.
Pero si este motín fue uno de los hechos que más marcó a la armada en lo inmediato, el encuentro con los indígenas sea quizás el hecho del que más secuelas han perdurado. «Magallanes -dice Pigafetta- dio a esas gentes el nombre de patagones», hoy se cree que fue evocando a un personaje de Primaleon, novela de caballería del momento, seguramente conocida por aquellos marinos. Y si la literatura europea trajo un personaje a estas tierras, otro se llevó, pues Setebos, aquel ser que Pigafetta identifica como un dios de los nativos, será uno de los protagonista que Shakespeare incluirá en su obra de La Tempestad.

Abandonados.
El 24 de agosto, día de San Bartolomé, la expedición continuó el viaje y dos españoles amotinados -el capitán Cartagena y el sacerdote Pedro Sánchez- fueron abandonados en la solitaria costa patagónica, como contrapartida dos nativos fueron embarcados como curiosidad. Separados de sus mundos, unos y otros, terminaron abandonados en espacios extraños: de los primeros nunca más se supo, los segundos murieron a bordo pocos meses después. Uno de estos últimos, Pablo, así bautizado, con quien «mientras navegábamos», dice Pigafetta, «me entretenía en hacerme comprender» le dio a éste, antes de morir en el Pacifico sur, las primeras referencias hoy conocidas de la lengua ancestral de Patagonia.
La boca del río Santa Cruz descubierta y bautizada por Serrano antes de perder su nao Santiago durante la salida exploratoria de mayo, fue la última «escala argentina» del viaje. Por los cronistas sabemos que dos meses más permaneció la escuadra en el río reaprovisionándose de agua, leña y peces hasta que, como era costumbre, «Magallanes dispuso que todos confesáramos y comulgáramos» para poder continuar el viaje recién el día de San Lucas. Tres días más tarde, el 21 de octubre, leemos en el Derrotero como Albo describe claramente el extremo sur de la Argentina continental: «tomé el Sol en 52 grados limpios, a 5 leguas de tierra, y allí vimos una uberta como bahía (…) una punta de arena muy larga y el cabo que descubrimos antes de esta punta se llama cabo de las Vírgenes», estaban sin saberlo ante el paso buscado, el estrecho del cual, según Pigafetta, Magallanes «tenía conocimiento por una carta que existe en la Tesorería del Rey de Portugal». Carta que el cronista atribuye a Martín de Bohemia de la cual hoy nada se sabe pero que bien podría tratarse del famoso globo de Schöner que ya hacia 1515 insinuaba la presencia de un estrecho en el extremo sur de América; un hecho, entre otros tantos, que ha llevado a especular sobre viajes, particularmente portugueses, previo a Magallanes en estas latitudes.
Las resistencias y deserciones continuaron, aun así Magallanes mantuvo firme postura y en sus propias palabras: «había de pasar adelante, y descubrir lo que había prometido al Emperador (…) aunque supiese comer los cueros de las vacas con que las entenas iban forradas», tristemente premonición de los días por venir en el Pacífico cuando una rata, según Pigafetta, llegó a valer medio ducado.

«El viaje más audaz».
La costa argentina había quedado atrás, para entonces de un total de 246 embarcados en Sanlúcar de Barrameda, la expedición ya había perdido 18 integrantes entre muertos y desterrados; el mismo número exacto al de aquellos famélicos sobrevivientes que dos años más tarde habrían de llegar a Sevilla a bordo de la nao Victoria, única sobreviviente de la armada magallánica. Habían concretado la primera circunnavegación del globo, Magallanes ya no estaba, maravillado el nuevo jefe Juan Sebastián Elcano, uno de los amotinados en San Julián, escribiría al emperador al llegar: «Mas sabrá su Alta Majestad lo que en más habemos de estimar y temer es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por el occidente e viniendo por el oriente». Mucho más acá en el tiempo el periplo sigue causando asombro, tanto que el reconocido escritor austriaco Stefan Zweig no dudó en llamarlo «el viaje más audaz de la humanidad».

Lobos, ocas y antas.
Desde los inicios de la colonización América no dejó de sorprender a los europeos, verdaderamente un novus mundus que con su aspecto prístino y virginal asombró tanto que hasta Colón, en algún momento de su tercer viaje, creyó hallarse en el mismísimo Paraíso Terrenal.
Y si bien los coloridos despliegues del trópico decrecen hacia la severidad del extremo austral, el medio no deja de ofrecer sus encantos, particularmente con la fauna que aún se dispone en aquellos amplios espacios casi con la misma naturalidad con que fueron sorprendidos por los cronistas magallánicos.
Pigafetta quien durante todo el viaje se muestra como un curioso observador de muchos animales, en la Patagonia se detiene particularmente en aquellos lobos y «ocas» o «patos» que se les presentaron sobre la costa, y ya en San Julián, otro extraño ser que con gran dificultad intentó describir: «tiene cabeza y orejas de mula, cuello y cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo, y relincha como este»; datos suficientes para identificar con ellos al guanaco.
El piloto Albo, aún en la parquedad de su diario, refiere a este último cuando dice que los nativos se les presentaron «cubiertos de unas pellejas de antas», y los describe sencillamente como «camellos sin comba».
En ambos cronistas puede apreciarse la importancia que este animal tenía en el mundo de los nativos, tanto que Pigafetta enumera distintos usos que le daban como alimento, vestimenta, vivienda, entre otras utilidades; incluso hasta llega a comentar cierta técnica de caza indígenas en la que se valían de crías para capturar a los ejemplares adultos.
Actualmente la Ruta Nacional 3 acompaña por tierra el viaje que la expedición magallánica realizara por el mar argentino. En la Patagonia y casi a lo largo de todo su recorrido todavía es posible encontrarse con un paisaje casi inalterado desde aquellos lejanos tiempos y a no mucha distancia de esta vía puede observarse en varios puntos a estas citadas «ocas» y «antas» que no son más que el pingüino de Magallanes y el ya referido guanaco.

Magallanes y las Malvinas
Desde siempre intrigó a muchos la presencia en la cartografía de las primeras décadas de siglo XVI, de un conjunto de islas, que a considerable distancia de la costa, se hallaban frente a las costas australes de América, casi frente a la boca del estrecho de Magallanes.
Hay que reconocer que si bien se ha conservado mucho material de la expedición magallánica, también es mucho lo que se ha extraviado.
La cartografía antigua conocida, entre otras fuentes, parece insinuar pistas sobre datos y conocimientos hoy perdidos; al respecto Enrique de Gandía, Roberto Levillier, Paul Gallez, Rolando Laguarda Trías, entre otros, han dado cuenta de una rica e intrigante historia casi desconocida que burlando de algún modo aquellas pérdidas de documentos, secretos e intrigas cortesanas del momento, permiten hoy deducir otra historia desprendida de documentos y mapas antiguos que cada tanto ha ido emergiendo desde los olvidados rincones de viejos archivos.
Quizás uno de los más interesantes de los últimos tiempos, 1983, fue la difusión por parte del historiador uruguayo Laguarda Trías de un antiguo manuscrito de 1582 que incluye un mapa sin fecha, cuyo autor Andre Thevet dice haberlo obtenido, durante su estadía en Portugal, de «un viejo capitán portugués de la expedición de Magallanes». Muy probable éste no fuera otro que Alvaro de Mezquita a quien Thevet habría conocido allí en la década de 1560. Lo curioso es que el mapa representa con acierto a las Malvinas varios años antes de su «descubrimiento». La abundancia de detalles en una geografía compleja como la de Malvinas lleva a pensar en un tiempo considerable de exploración que bien podría tratarse de los días de la invernada en San Julián en los que se sabe hubo reconocimientos del entorno.
Un argumento más que vino a sumarse a la anterior teoría del avistamiento de Malvinas por parte del desertor Esteban Gómez, creencia justificada en la curiosa y temprana presencia de aquel conjunto de islas, que entre otras denominaciones figuran como Insula o Isla de los Patos o de Sansón.
Hoy nadie niega que para cuando las Malvinas fueron «descubiertas» por John Davis, argumento inglés, ya figuraban en varios mapas muy conocidos de aquel activo siglo XVI en aguas del Atlántico Sur.