Mercado en otros tiempos

SANTA ROSA, CENTRO MUNICIPAL DE CULTURA

No todos los que concurren al Centro Municipal de Cultura, en Quintana 174 de Santa Rosa, conocen que allí funcionó, hasta promediando los años ’80, un Mercado Municipal donde los objetos que se mostraban eran otros.
Mario Vega – No todos los que concurren al Centro Cultural, en Quintana 174, conocen que allí funcionó -hasta promediando los años ’80- el Mercado Municipal. Un histórico emprendimiento que resultaba un espacio obligado de visitas de una enorme cantidad de santarroseños, que encontraban allí lo que necesitaban para las necesidades de una casa.
Es verdad que en algunas esquinas de Santa Rosa funcionaban comercios que tenían “de todo”, y en ese sentido no pueden dejar de mencionarse los almacenes de ramos generales, entre los que se destacaban Casa Tierno -ubicado en Pico y 9 de Julio (hoy funciona allí una estación de servicios)-, y Casa Torroba, cuyo edificio situado en Avellaneda e Hilario Lagos según se anuncia será próximamente demolido.
No eran aquellos tiempos de grande superficies, de estos supermercados que iban a llegar más tarde para dar lugar a una comercialización distinta y, tal vez, menos personalizada por decirlo de alguna manera.

“El Abasto” en Santa Rosa.
El Mercado Municipal era -al decir de los que dicen saber- una emulación del famoso Mercado del Abasto, con puestos que ofrecían carnes, verduras, pescado y pan, entre otras cosas. Hace días, nomás, la Dirección de Cultura y el Archivo Histórico de la Municipalidad de Santa Rosa organizaron -a partir de una idea de Mónica Luchese- una muestra fotográfica en la que se podía observar, a modo de reseña, lo que era aquel emprendimiento.
Retrotraernos a los años de su funcionamiento es recordar actores simpáticos de aquella Santa Rosa; también a vecinos que concurrían diariamente a realizar sus compras y, naturalmente, a los puesteros que a su manera también se constituían en personajes de ese mundo particular que era el mercado.

Comienzos de siglo.
En una breve reseña se recordó, desde el Archivo Histórico, que corría 1905 cuando don Tomás Mason, como presidente del Concejo Municipal, firmó un convenio con don Santiago Ortiz para la construcción de un Mercado de Abasto en la ciudad. El contrato eximía al concesionario de todo impuesto municipal por el término de 25 años. Vencido el plazo, el terreno con todo lo construido pasaba a la Municipalidad.
Un año más tarde se abría al público el mercado, y se indicaba en la ordenanza respectiva que el lugar reunía “condiciones de comodidad e higiene e importa un progreso edilicio para este pueblo”.
Fue el año 1921 que el municipio lo adquirió en subasta pública, cuando aún quedaban 9 años de la concesión acordada.

Nueva fachada.
Dos años más tarde se decidió hacerle reformas y ampliaciones, y los planos fueron realizados por el ingeniero Luis Eraña. En ese momento se le agregó al espacio otra parcela, quedando la actual conformación del hoy Centro Municipal de Cultura, con una suerte de “L”, con ingreso por Quintana y una entrada de vehículos por calle Pico, por donde obviamente entraba la mercadería a los distintos puestos.
En 1955 se ordenó la ejecución de la nueva fachada y estructura, que fue llevada adelante por la constructora Todam SRL..
Habrían de sobrevenir luego momentos fantásticos de ese espacio que convocaba a prácticamente toda la sociedad santarroseña, porque tanto las familias pudientes, como sectores medios o aún de escasos recursos concurrían a hacer sus compras. Las antiguas y caseras bolsas de red eran las utilizadas por los clientes para llevar cargadas de mercadería -o no tanto- de cada puesto… no había changuitos ni otro tipo de implemento para que cada uno cargara las frutas, las verduras o la carne.

Los protagonistas.
Afuera, perteneciendo al edificio estaban la zapatería “Vega” -más tarde se ubicaría el zapatero remendón Aquilino Rodríguez-, la rotisería “Stella Maris” de Driden Pérez; y allí nomás, en la misma vereda y pegadito al mercado, se puede mencionar a la panadería “El Sol”, de don Juan Miretti; y la peluquería de Tito Peralta al ladito nomás.
Lo cierto es que era un ir y venir incesante de gente…
Terete Domínguez, nuestro poeta urbano, inmortalizó en uno de sus clásicos poemas a algunos de los personajes que trabajaban o concurrían al lugar: los puesteros, los clientes, y otros protagonistas de las calles, como Pototo, “La Negra” Fresco, y el Ñato González “con su sombrero ladeado campaneando alguna piba”… y tantos otros. Y entre todos ellos el piberío que quería ganarse algunas monedas, acarreando la mercadería que llegaba por el portón de la Pico, y que, a la pasada y disimuladamente, manoteaba alguna fruta…
Los puestos identificados con un número allá arriba, los verduleros acomodando los cajones, el viejo Prieto impregnando el aire con el kerosén de los calentadores que arreglaba; y los carniceros -Jorge Blanco, Alvarez Beramendi, el Gallego Gil y Salvador, entre otros- realizando los despostes con una increíble habilidad.

Despensero.
Una anécdota a la distancia, entre tantas otras: alguien no dejó de recordar los hermanos Ré, dos comerciantes rubios y grandotes que ocupaban uno de los puestos más alejados de la entrada. Y particularmente a uno de ellos, que mientras bajaba de un estante un paquete de yerba, poniendo su mejor voz seductora piropeaba y cortejaba a alguna linda jovencita: “El domingo voy a misa de 10… ¿y vos? Ahí nos vemos, seguro…”, intentaba el hombre la conquista con una importante dosis de confianza. Eran otros tiempos, claro, alejados de los mensajes de textos y los celulares que, a lo mejor, posibilitan hoy en día una distinta y más fácil opción de acercamiento para comenzar una relación. En esa época la visita al mercado municipal podía ser una buena oportunidad, aunque de verdad nunca supimos como le fue al despensero…

El principio del fin.
Fueron épocas gloriosas para el antiguo Mercado Municipal, pero un día todo habría de cambiar. La aparición de los primeros supermercados iba a marcar el principio del fin. De a poco, y uno a uno, los puestos fueron cerrando, y ese lugar que era un pandemoniun, un sitio agitado por un gentío bullicioso, se fue quedando vacío. El esplendor de tantos años se fue perdiendo, y un día el Mercado Municipal dejó de ser para transformarse, en la memoria colectiva, nada más que en un recuerdo de aquella Santa Rosa… Uno más.
Después la Municipalidad y asociaciones intermedias de Santa Rosa se movieron para rescatar el inmueble y se reconvirtió -a través de una ordenanza de 1992- en el Centro Municipal de Cultura que, luego de algunas modificaciones, sería inaugurado el 26 de julio de 1996.

* Redacción de La Arena