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Momentos y recuerdos en la vida de un hombre

RELATOS – HECHOS MEMORABLES

En este artículo, el autor recuerda y cuenta momentos importantes de su vida. Desde su infancia, hasta su adultez. Anécdotas simpáticas, y otras no tanto pero que valen la pena no olvidar.

Mateo *

Cuando el viento pampa soplaba, con violencia y arena, por las calles de Santa Rosa, rodaban en gran cantidad, salvajemente desbocados, los inmensos “cardorrusos” secos. Durante algunos días, la barra de chicos del vecindario, los buscábamos y amontonábamos, en uno de los baldíos de nuestros juegos, frente al club Sarmiento; la pila podía alcanzar los dos o tres metros de altura. El 29 de junio, cuando ya estaba instalada la noche fría, llegaba el momento esperado, prender un fósforo, y se iniciaba la fogata enorme y magnífica, aunque efímera, de San Pedro y San Pablo.

Bombas.

Junio de 1956, cursaba el 6º y último año de la primaria, el barrio alborotado, al vecino pegado a mi casa, Esteban Chamorro, se lo llevó la policía. Era el levantamiento cívico-militar contra la dictadura de Aramburu, que se había instalado un año atrás, dando un golpe de Estado contra el gobierno constitucional del peronismo. Inquieto por los silbidos y zumbido de los aviones, me subí al techo de mi casa. Mirando al este, azorado, veía aviones que volaban rasantes, los silbidos se correspondían con los cilindros negros que caían por la zona de Radio Nacional, por los estruendos me di cuenta que eran bombas.

Cambio de rumbo.

Era finales del otoño del 61, estaba cursando la Escuela de Administración Rural que dependía de la Universidad de La Pampa, y volvía yo a mi casa, por el caminito peatonal que atravesaba las vías del Ferrocarril, entre formidables estivas de bolsas de trigo, y en el molinete, que daba ingreso a la calle Raúl B. Díaz, me lo encuentro a mi amigo y hermano Aquiles, que venía en sentido contrario, hacia el centro. Nos saludamos y me invita a que lo acompañe a las oficinas de la Comisión Técnica del Río Colorado. Pedían dibujantes en un aviso por el diario. Luego del timbre nos atiende Edgar Morisoli, a quien Aquiles conocía, y ante la pregunta de cuántos dibujantes necesitaban, Edgar contesta dos, mi amigo me codea; a los pocos días estábamos rindiendo un examen que duró una semana. Trabajaba 9 horas diarias, incluyendo los sábados por la mañana. Pasé a cobrar un sueldo, 15 veces más grande que la escuálida beca de 300 pesos. Abandoné la carrera y mi vida tomó otros rumbos, para siempre.

El cantor.

Principio de la década del 60, sería la tarde, caminaba yo por la vereda de la calle Gil, casi llegando a la Mansilla, iba rumbo a mi casa, poca gente y prácticamente sin tránsito vehicular en esa época, y por el medio de la calzada, hacia el centro, veo y escucho que venían Félix Domínguez Alcaraz (que yo conocía), y junto a él, un hombre bajo y robusto, de cabello claro, cantaba mirando al cielo, con su potente voz de barítono, una altísima nota, seguramente se lo podía escuchar a muchas cuadras de distancia. Era Ramón Ayala, que esa noche presentaba un recital memorable en el club Santa Rosa. Félix Domínguez lo miraba y sonreía embelesado. El cantautor ya contaba con prestigio y popularidad en esa época. Cuando estuvo en Cuba en el año 62, el Che le comentó que su canción, El Mensú, por la noche en los fogones, la cantaban los revolucionarios en la Sierra Maestra.

Violeta.

Principios del año 62, seríamos una docena de compañeros y amigos en el pequeño local de Huerquén, con modestísimo inmobiliario, algunos sentados en cajones de cerveza, otros en el suelo, escuchábamos a una mujer menuda, de fortísima personalidad que hablaba con pasión y cantaba sus canciones de protesta. Era Violeta Parra con su guitarra. Desgranaba, por ejemplo, “al indio le basta el oro que le relumbra del sol, levántate! Curimón…”. Era conmovedor. Hugo Chumbita grababa en un Geloso. Seguramente, ninguno de nosotros suponía la enorme influencia y trascendencia que en el futuro del arte y la creación popular tendría esta formidable mujer.

Otro país.

Mayo del 69, trabajaba en la planta baja del “chalet de Tapia”, en la calle Mansilla, venían fuertes rumores de afuera, se hablaba de una sublevación popular en Córdoba. Habíamos recuperado ATE de la intervención de la burocracia sindical, hacía pocos meses, yo integraba la Comisión Directiva y formábamos parte de la CGT de los Argentinos. Un compañero me comunica, con expresión de mucho susto en sus ojos, que me buscaba el Comisario Ponce, estaba esperándome con otros policías en la puerta. Cuando llego al mostrador ya la comitiva estaba adentro. Yo, sin la menor duda, pensé que me llevaban en cana. Todos de civil, me identifiqué con el más grandote, de rostro serio, piloto y bigotes anchos, que efectivamente era el mentado Comisario, que yo veía por primera vez. Me dijo que el gobernador (contralmirante Guozden), quería saber qué actitud tenía ATE con respecto al paro decretado a nivel nacional. Poniendo mi mejor cara de zapato, le contesté que yo era uno más de la comisión administrativa. Me reiteró la pregunta, agregando que tenían la información precisa, que era a mí a quien debían preguntar, reiteré mi respuesta, simple, no había ninguna resolución al respecto porque no se había reunido la comisión directiva. Se fueron sin mí, contrariamente a lo que pensábamos yo y mis compañeros de trabajo. En ese momento, contra la dictadura de Onganía, se estaba desarrollando el histórico y épico Cordobazo, con Agustín Tosco a la cabeza. Emergía otro país.

El encuentro.

Desde muy chico, escuchaba con atención los relatos de mi madre, en este caso, referidos a la comarca de donde vinieron mis abuelos españoles, Astorga y San Cristóbal de la Polantera. Le llamaba “Castilla la Nueva”. En San Cristóbal nacieron y se casaron Inocencia y Pedro en 1899, ambos jornaleros. Se vinieron a principios de 1900, primero el abuelo, y dos años después mi abuela con su hijo Felipe. A medida que fueron pasando los años, crecía en mí el interés por visitar la pequeña aldea. Decido realizar el viaje en agosto del 2017, con algún conocimiento previo que me proporcionaron sobrinos de Toay, que habían estado algunos años antes, incluían fotos y videos, además, advirtieron a una prima lejana que yo los visitaría. Instalado ya en Astorga, contrato un taxi para llegar a San Cristóbal de la Polantera, una veintena de kilómetros. Había llegado el momento tan esperado. Ya en el ayuntamiento, donde mi prima era encargada, me atiende una señora, indicándome que debía subir al primer piso para dar con la persona por la cual pregunté. Fui ascendiendo despacio la ancha, antigua y hermosa escalera de mármol, hasta encontrar, detrás de un mostrador, una señora de mediana edad, casi rubia, con muchos expedientes a su alrededor, era la prima lejana, que yo conocía por fotos, cuya madre llevaba el mismo apellido que mi madre… teníamos los mismos ancestros…

– Buenos días

– Buenos días, ¿qué necesita señor?

– Busco a Josefina Fuertes

– ¡Soy yo!

– Yo soy nieto de Pedro De La Arada y de Inocen…

– ¡¡Ay mi madre!!…

Nos fusionamos en un fraternal y emocionado abrazo, y un beso en cada mejilla, a la española. Hacía más de 100 años que no nos veíamos…

* Colaborador