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Moris, trovador urbano y singular

MUSICA - CINCUENTA AÑOS DE TREINTA MINUTOS DE VIDA

En 1970, el sello discográfico Mandioca distribuye el primer long play de Moris; se llamó Treinta minutos de vida. En este álbum se destaca su canción más famosa y popular, “El oso”.

Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

Las leyendas nunca se terminan de contar; siempre cambian, siempre vuelven y así se eternizan. Unas cuantas nutren la raíz del movimiento del rock argentino. Una de ellas refiere a un heroico sello discográfico nacional que tuvo solo tres años de existencia –de 1968 a 1970– y un nombre singular: Mandioca. Si bien las versiones difieren acerca de los porqués del bautismo, no es inverosímil imaginar a sus fundadores divirtiéndose mientras tentaban una “traducción” folclórica del Apple beatlesco. El general Juan Carlos Onganía se hacía de la presidencia de la Argentina y el joven empresario Jorge Alvarez junto a Pedro Pujó, Rafael López Sánchez y Javier Arroyuelo soñaban con la promoción y difusión del blues y rock castellano con epicentro en la Capital Federal. Hasta que finalmente se animaron.

Con el eslogan “La madre de los chicos” editaron una serie de álbumes compilatorios y varios discos simples, algunos de ellos con relativo éxito y buena repercusión metropolitana, también organizaron festivales de presentación y campañas de difusión de la nueva cultura juvenil. Pero lo importante fue el lanzamiento de tres grandes álbumes los cuales iniciaron carreras artísticas que, con tropiezos, llegan hasta la actualidad. Son ellos los primeros “larga duración” de Manal (conocido como “La bomba” por la imagen de tapa), Vox Dei (Caliente) y el que aquí nos ocupa en ocasión de su cumpleaños número cincuenta: Treinta minutos de vida, de Moris.

Treinta minutos.

Mauricio “Moris” Birabent nació en Buenos Aires en noviembre de 1942, comenzó a escribir canciones bien joven y las migraciones propias de la bohemia juvenil porteña lo llevaron un buen día de verano hasta Villa Gesell. En aquel balneario de moda pergeñaría, junto a Alberto Ramón García –alias “Pajarito Zaguri”–, Javier Martínez, Jorge Navarro y algún otro, el nacimiento del rock patrio. El grupo musical que armaron con ansiedad revelaba en su nombre –los Beatniks– la obvia referencia cultural de la literatura norteamericana de posguerra. Los Beatniks grabaron en 1966 el primer sencillo del rock argentino, que incluía los temas “Rebelde” y “No finjas más”.

En 1970 Mandioca distribuye el primer long play de Moris; reunía canciones compuestas desde 1967 y se llamó Treinta minutos de vida, en obvia referencia a las limitaciones de las técnicas de grabación y las posibilidades materiales de los vinilos de ese entonces.

En este álbum se destaca su canción más famosa y popular, “El oso”, que por esas vueltas de la vida pasó de ser una manifiesto hippie de la libertad a melodía que ambienta los juegos infantiles. Mucho mejores son “Ayer nomás”, que fue más conocida en la versión “comercial” (según se decía descalificadoramente en aquellos años) que grabaron Los Gatos, y sobre todo “Pato trabaja en una carnicería”, “Escuchame entre el ruido” (ver recuadro) y “De nada sirve”.

En relación a este último tema se cuenta otro episodio mítico. Al parecer, Moris había acompañado a Los Gatos a los estudios TNT donde la banda iba a grabar las canciones de un disco simple. En un recreo Litto Nebbia dejó a un costado su guitarra de doce cuerdas, Moris la agarró e improvisó sin mucho preámbulo y de cara al micrófono la larga canción siguiendo alguna idea que llevaba apuntada en su cabeza. Ninguno de los asombrados testigos podía creer lo que acababa de escuchar, algunos de ellos se acercaron al cantante y lo abrazaron con emoción. La versión final que distribuirá Mandioca apenas agrega a aquella cinta original algunas líneas de bajo y la percusión de su amigo Javier Martínez, el de Manal. Son ocho minutos, que escandalosamente incluyen la palabra “fifar”, es decir que eran impasables por las radios de la época y que, sin embargo, según recordó Moris en alguna entrevista, dos por tres algún fanático lo paraba por la calle y, como homenaje, se la cantaba completa, de memoria, sin cambiar una palabra.

Pocas canciones posibilitan demostrar la novedad cultural que el rock argentino traía consigo como “De nada sirve”.

Su segundo larga duración fue editado en julio de 1974 por la RCA Víctor, se llamó Ciudad de guitarras callejeras y es su otro gran disco, aquel que completa lo mejor que Moris supo dar creativamente. Un año más tarde, empujado por la oscura nube que comenzaba a posarse sobre la Argentina, marchó a España donde al parecer se convirtió también en pionero del “rock en castellano” y grabó unos cuantos álbumes; más tarde volvió al Río de la Plata y siguió grabando sus canciones y presentándose en vivo.

Los cirujas que vagan por el Riachuelo recordando cuando eran dignos obreros de la Shell; los camiones Pettinari que hacen vibrar el asfalto del conurbano; los muchachos del taller y la oficina, tentados en sus ratos de ocio por los informales porteros que invitan a descender al infierno de los piringundines del Bajo porteño; las metáforas y comparaciones simples pero eficaces (en algún caso inolvidables: “me ponen en un molde como si fuera un flan”); la apelación directa y agresiva (“sos el burgués más corrompido que existe y te engañás pensando que sos un hippie”); el voseo; la osadía de incluir términos como “burgués”, “capitalismo”, “comunismo”, que para el resto eran impronunciables; el vagabundeo nocturno con los amigos del barrio; las moralejas filosófico-existenciales (“de nada sirve escaparse de uno mismo”)… Un tumulto impreciso, emocionado y urgente de lenguas y representaciones ciudadanas, ese tumulto cumple cincuenta años y merece ser celebrado.

Letras singulares.

Se ha subrayado ya en diferentes ocasiones que el imaginario contracultural y rebelde que la cultura rock carga en sus mochilas revela una de sus limitaciones más fuertes en el espacio que en él ocupa la mujer, tanto en lo que refiere a sus aspectos simbólicos como reales; en las letras, en las imágenes de los posters, en los ritos y “lugares” en los recitales, o en las leyendas de las groupies. Moris no escapa a estas afirmaciones, aunque la lírica de sus canciones permite observar también matices y tensiones.

Un caso emblemático y apuntado por la crítica es la canción “Te tocarán el timbre”, del disco Ciudad de guitarras callejeras. En ella un personaje masculino, desnudo y contento en medio de las preocupaciones del mundo, comparte casa con “Rosalía, tan desnuda, tan vacía /que escucha callada lo que vos hablás…”.

Sin embargo, antes, en Treinta minutos de vida, Moris había concitado la atención con unos versos largos, singulares por su temática, casi una respuesta a la cosmovisión “macha” del tango y los estereotipos de la “normalidad” sexual. Nada habitual para la época, este gran poema anticipatorio se llama “Escúchame entre el ruido”.

* Colaboradores