Narrador y hereje

Daniel Pellegrino*-Jorge Warley* Artista de experiencias, Dalmiro Sáenz confesó una vez que empezó a escribir “de viejo choto”. En esta nota, una semblanza del autor de Setenta veces siete y de El día en que mataron a Alfonsín.
Con trazo grueso, cierto sentido común y el discurso periodístico suelen enfrentar dos tipos de artista. Por un lado, aquel que levanta su creación para tapar el mundo; el que se hunde en el trabajo maniático sobre la forma, hasta fundirse con ella, como Gustave Flaubert o Jorge Luis Borges. Por el otro, quienes se lanzan hambrientos sobre el mundo en busca de las experiencias, oficios y aventuras más diversas; la literatura llegará después, cuando lo vivido decante en el cuerpo y el alma, según lo aconsejaban Ernest Hemingway y Henry Miller. Dalmiro Sáenz fue, o intentó ser, de esta estirpe.
Siempre fue así, pero sobre todo allá, en sus comienzos, cuando los luminosos años sesenta se abrían (su primer libro, el volumen de cuentos Setenta veces siete, es de 1956). Se largó a escribir después de haber tentado ocupaciones varias -incluido el boxeo- y vagabundeado por buena parte de la Argentina.
“Yo empecé a escribir de viejo choto, de grande, a los treinta y pico, pero una vez que descubrí la literatura, fue mi gran pasión. Lo que pasa es que yo odié siempre trabajar, hacía lo que sea para no hacerlo. Boxeé muchos años para no trabajar, fui marinero un montón de años, porque en marina se trabaja poco, mejor dicho se trabaja mucho, pero no te das cuenta, trabajás cuatro horas y ocho de descanso, día y noche, trabajás todo el tiempo, siempre elegí cosas para no trabajar y cuando empecé, no me importó nada, lo único que me importaba era escribir”, le confesó a Ariel Lerman en una entrevista.
Con el tiempo quizás el personaje fue desplazando al escritor. Cuando el Centro Editor de América Latina distribuyó su Capítulo. La historia de la literatura argentina, en el momento en que la dictadura militar terminaba, los jóvenes lectores se sorprendieron con la foto de Sáenz en la que se lo veía sobre un escritorio mientras a su espalda colgaba una sobaquera con una pistola. La imagen era de una época anterior. Tal vez de cuando militó en Montoneros, organización para la cual, según su propio testimonio, participó por lo menos en un hecho armado, según contó en una conversación con el periodista Juan Pablo Bertazza. De por aquel entonces son también aquellas imágenes con la campera de cuero negro que no parecía sacarse nunca.
Después llegaron las amenazas, la detención en la Escuela Mecánica de la Armada y el exilio que lo tuvo de un lugar para otro hasta que prefirió quedarse cerca, en Montevideo. En esos años casi no escribió.
En 1985 con Sergio Joselovsky escribió una novela de “ficción política”: El día en que mataron a Alfonsín. Poco después fue El día en que mataron a Cafiero. El sacudón al gran público que siempre intentó con sus obras, y que muchas veces lo empujó a rozar cierto sensacionalismo, de pronto fue visto como una tematización oportunista.
El provocador se convirtió en un escandaloso bien del gusto de ciertos medios. Hay en este punto un capítulo memorable. Ocurrió en el programa televisivo que comandaba Gerardo Sofovich. En la charla de pronto se mencionó que en el Museo del Vaticano había una pintura llamada “La virgen del divino trasero”; los dos sonrieron y como remate de un comentario de doble sentido del creador de “Operación Jajá” Sáenz sentenció: “Yo dudo que se vaya a mantener mucho tiempo con un culo tan lindo”. Al día siguiente, como era de esperar, una manada de figuras eclesiásticas obligaron al levantamiento temporario del programa y hasta el presidente Raúl Alfonsín se pronunció contra la herejía mientras el cardenal Aramburu exigía la hoguera. Sáenz debe haber disfrutado mucho aquel sonado episodio.

Literatura y vida.
“Probablemente sea éste un libro inmoral. Porque la moral es la ciencia de las costumbres y como las costumbres han suplido el silencio de la moral, la moral se ha convertido en la ciencia de lo que es y no de lo que debe ser”, escribió el propio autor para la contratapa de su olvidada novela corta Hay hambre dentro de tu pan, que la editorial Jorge Álvarez publicó en noviembre de 1963. La historia narraba la relación triangular entre Marcos y una pareja lesbiana, Mara y Laura, y el trayecto que lleva del amor al crimen, y que tiñe los capítulos finales con los oscuros colores del género policial.
Dos años antes, había tentado una atmósfera parecida en No, que otro sello porteño ya desaparecido, Goyanarte, distribuyó hacia diciembre de 1961. En este caso la mezcla de primera y tercera persona daba cuenta de unas pocas historias amargas. En la última, “Cafishio”, la policía dispara con ferocidad y el pobre hombre cae, cubierto de sangre, con los brazos en cruz, mientras lo llora su mujer, la Isidra, “como hace veinte siglos otra mujer”, aunque esta clausura el relato gritándole a los uniformados: “¡Hijos de puta!”. El eco bíblico había sido anticipado en el epígrafe: “…a Su imagen y semejanza”.
De alguna manera se trataba de la referencia cristiana que también había servido para destacar su primer libro, el que lo había vuelto popular, los cuentos de Setenta veces siete. Dos de ellos a sirvieron de base al guión cinematográfico de la película homónima que poco tiempo después dirigió Leopoldo Torre Nilson, una de las pocas en las que Isabel Sarli no hizo de Isabel Sarli.

Teatral.
Dalmiro Sáenz también tentó los oficios de guionista de televisión y cine, y de autor teatral. En todos los géneros que cultivó un tema importante que los atraviesa es narrar y dramatizar la baja moralidad de las costumbres burguesas y el recurso de la violencia como modo de sobrevivir. En cuanto a los personajes, los hombres son duros y violentos y las mujeres son pasivas y sometidas. Así entonces la única manera posible de vincularse una pareja es por la atracción sexual. En su dramaturgia esta disposición ideológica se ofrece con claridad.
De su teatro suele de vez en cuando reponerse “¿Quién, yo?” (1983) y “Las boludas”, estrenada en 1993. Cuando esta obra volvió a la cartelera porteña en 2006, Dalmiro manifestaba en un reportaje del diario Página/12: “En la obra, el poder pertenece a los hombres. Las mujeres, las boludas sometidas, representan a las clases explotadas. La derecha, bajo mil disfraces, ejerce en el mundo su poder. Pero al mismo tiempo es acosada por su propia obra. Entre los débiles explotados existen vigorosas debilidades con nuevas y astutas armas nacidas de la lucha.” Y completaba su idea sobre el ejercicio de la violencia: “La idea de que los débiles mandan está en la obra, en boca de un torturador. Es Gálvez, el torturador, el más abyecto de los personajes, quien detecta con simplona lucidez quiénes son los verdaderos dueños del poder. “Sólo los débiles mandan”, le dice en un momento a su torturada y trata de explicarle que los ricos, las minorías, las aristocracias de sangre y de dinero son un pequeño número de personas que sólo existen a través de su poder. Y para ejercerlo apelan a la desesperada astucia de las especies empeñadas en sobrevivir. Así inventan leyes morales, costumbres, principios, policías, ejércitos, conceptos de orden y progreso, jerarquías de valores que las mentes deformadas de los sometidos sienten como propias”.
* Docentes de Letras, UNLPam

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