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Nervi, tierra y poesía

En este artículo, y como un homenaje más a 100 años del nacimiento de Ricardo Nervi, los autores recorren sus principales textos, sus inclinaciones poéticas, su exilio y su regreso y creación de los «Sonetangos estrambóticos».

Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

Un breve recorrido por algunos de sus principales textos literarios. Sus inclinaciones iniciales por la escritura poética de cuño regionalista y rescate del pago chico. Su partida hacia el exilio en los ’70 representó un nuevo entramado cultural que posibilitó agregar recursos estilísticos a su poética, así como un ahondamiento en temas existenciales y metafísicos. Por último, la particular hechura de sus «Sonetangos estrambóticos» en que el mestizaje entre lo culto y lo popular se logra a través de variadas operaciones humorísticas.

Agreste.
Intelectual, educador, gestor de políticas culturales (fue el primer director de cultura cuando La Pampa se hizo provincia) y un escritor interesado en imaginar una literatura de la región no solo desde el espacio rural sino también preocupado por plasmar paisajes y vivencias de los pobladores afincados en la «aldea gringa». Con estas mismas dos palabras bautizó un libro de poemas en homenaje a su natal Eduardo Castex, cuando el pueblo celebraba 75 años de su fundación en 1983.
Desde el primer libro, Agreste (Talleres Gráficos Segur, General Pico, 1944), el sujeto lírico que palpitaba en Nervi se identifica claramente con el solar nativo: «Las almas como la mía/ -mis espíritus hermanos-/ han nacido zahareños/ han nacido para el llano…/ …como en la pampa han nacido/ el pasto-punta y el cardo!». En el último poema del libro, «Lo que yo quiero», reafirma con el tono propio de la convicción romántica: «…y en el triste cúmulo que cubra mis restos, / cual símbolo cierto de mi sentimiento/ -áspera por fuera/ mórbida por dentro-/ una flor de cardo velará mi sueño…/ Cuando ya no exista… ¡eso es lo que quiero!».
De este mismo libro bien vale rescatar palabras del prólogo escrito por José Escol Prado (1916-2001; escritor, periodista de amplia trayectoria), quien ya sospechaba las proyecciones del joven Nervi, elípticamente también lo alentaba en la tarea de poetizar: «Aquí, en este territorio joven, donde los poetas -los que salen a decir en el libro- se cuentan todavía con los dedos de las manos, decisiones como la del autor de Agreste implican mojones, huellas como las que marcaron las chatas de ruedas altas en su andar cansado transportando trigo (…) Al acompañarlo en su primera presentación intelectual formal, al juicio de la crítica, podemos expresar: «¡Este es uno de los muchachos de la pampa!»

Desde el exilio.
Años más tarde, otro prologuista saludaba un nuevo libro de Nervi, Rastro en la sal (1979), con pensamientos que parecen una continuidad de lo que Prado había escrito. Edgar Morisoli (1930-2020; reconocido poeta y ensayista) no menciona la personalidad poética de Nervi sino que extiende su labor poética hacia el concepto de la ‘pampeanidad’, concepto que el propio Morisoli aplica a otros escritores que se han comprometido con el espacio vivido, esa vieja definición del regionalismo, en que el compromiso del artista es con su tierra y es quien puede interpretarla en su esencia. El poemario de 1979 se caracteriza por ser parte de «un estilo humano inconfundible, que es la pampeanidad. Una manera de asumir el mundo, de aprehenderlo en vida y muerte. Una manera de ser y de sentir, hecho de llaneza y hondura, amasada con mucho silencio y una serena voluntad de afirmación creadora (…) una cosmovisión, en fin, que la matriz bravía del Mamüll Mapú fue troquelando, lenta pero firmemente, sobre el alma de los hombres venidos de tantos rumbos, y cuya progenie y confluencia encarnó en definitiva el pampeano actual. Pampeanidad: un diálogo con la tierra que no cesa jamás, que no se agota nunca; una metafísica de la planicie».
Es decir, en poco más de tres décadas, el trabajo intelectual y poético de Nervi alcanzaba -para Morisoli- una representación aún más amplia que la de una identidad regional y lo postulaba como una representación dialógica entre hombre y tierra que Nervi ha continuado imaginando desde la distancia geográfica y cultural en la que se hallaba, exiliado en México.
Por un lado, el libro ofrece distintos enfoques de la región. Recoge leyendas («Urre Lauquen») y temas históricos, como «Pasan los blancos de Villegas», el robo de los legendarios caballos blancos del coronel, un episodio en la época de la «Campaña al Desierto» en el siglo XIX. La región es también ahora territorio de los mapuches, cuya cosmogonía se concentra en las sierras de Lihuel Calel, refugio de «Tinguiricas» («Cuando cierra la noche/ comienza aquí/ el espanto de las salamancas») o socavón de la muerte de un geólogo que ha osado entrar en la zona, «Delachaux, 1910».
Por otro lado, Rastro en la sal es un texto transfigurado por el influjo cultural del exilio, y tal aprendizaje de lejanía agrega matices metafísicos y procedimientos literarios que han enriquecido su expresión artística. La cultura clásica, y nuevas tendencias, atraviesan las distintas formas poéticas del libro. En el soneto «De la pampa y el mar», se expresa: «Este mar infernal, verde condena, / -como una pampa de agua sin sosiego-/ paradójicamente es puro fuego, / un incendio voraz. Aquí la arena // es llama y llaga, súbita condena/ de un horizonte mítico, de un juego/ que libera y oprime -canto y ruego-/ con su endriago, su Ulyses, su sirena».
El distanciamiento con la región motiva el acercamiento a tendencias innovadoras que lanza la poética de Nervi hacia significaciones más amplias. Así, las señales más regionalizadas, cierto tránsito por el color local de la aldea, la puntuación específica de ciertos escenarios y referencias concretas, se suavizan en búsqueda de propuestas metafísicas, de interrogaciones existencialistas.
En este proceso de nuevas búsquedas, también la estética del realismo maravilloso de la literatura latinoamericana que alcanzó un vasto éxito a partir de los años ’60 (García Márquez, Rulfo, Fuentes, Carpentier, etc.) ingresa en muchas secuencias de los cuentos de Tristán y la Calandria (1977). Por ejemplo, en «El rabdomante», este personaje del título llega al pueblo, cuya zona padece una gran sequía, con el fin de ejercer su ‘magia’ para hacer llover; y llueve tanto que se producen sucesos extraordinarios: «Y don Angelo, el carpintero, cuando llegó calado hasta los huesos al Bar Munich, se encontró con una sorpresa: los bolsillos de su impermeable estaban colmados de renacuajos, y también su bolsa de tabaco, y hasta el hueco de su pipa… Ahora todos pedían que dejara de llover. Y exactamente el primer día de primavera, con la última gota, el pueblito se llenó de mariposas. Por las noches croaban los sapos y estridulaban los grillos. Por las mañanas cantaban las calandrias en los fragantes paraísos. Todo acontecía tal como lo profetizara Moisés, el rabdomante».

Los «sonetangos».
Un capítulo particular en la vida literaria de Nervi lo constituyen sus Sonetangos estrambóticos (Editorial Voces, 2012). En 1958 Nervi se radica en Buenos Aires cuando el tango comenzaba a circular por ámbitos de la clase media, y los poetas -como Juan Gelman- asumían el lunfardo como lengua poética y también se iba transformando en objeto de estudio para lingüistas y académicos. El tango iba camino a una consagración distinta a la que había cosechado hasta entonces. Y Nervi, más allá de su pasión personal por el género, le dio una gran recepción en su obra mediante una intersección particularmente rica, significativa, entre poesía y humor.
El caso del tango significó la ruptura de la frontera literaria entre el arte culto y el arte popular, y en particular las formas de la «traducción» (deformación, transformación) cuando se cruza de una a la otra. Además, por el lado de Nervi, el empleo de procedimientos humorísticos específicos hereda una tradición que, casi desde comienzos del siglo XX, anudan la escuela modernista con las letras del tango. En este sentido, vale la pena subrayar que se trata de usos humorísticos que, a diferencia de otras maneras del sarcasmo y la parodia, se muestran más bien como una manera de la estilización y el homenaje.
Con los «Sonetangos» Nervi vuelve a visitar con destreza el esquema del soneto, pero esta vez a los cuartetos le siguen tres tercetos, como si buscara hacer saltar la clausura y, de paso, guiñarle el ojo al lector indicándole que el adjetivo «estrambóticos» no se refiere exclusivamente al contenido plebeyo y la lengua arrabalera.
Además, la calificación «estrambóticos» parece mentar en su eco humorístico una tradición propia de las vanguardias históricas rioplatenses, como el Nicolás Olivari de La musa de la mala pata y El gato escaldado.
Hacia el final del libro aparecen una serie de «Notas» que, según se indica, en su mayor parte compilan una transcripción literal de los comentarios que el propio autor realizó durante el recital que brindó en 1995 en la Fundación Colegio Médico de Santa Rosa, cuando los sonetangos se acercaban a su cumpleaños cincuenta rondando su cabeza y sus cuadernos, además de las reuniones de amigos y uno que otro evento.
La riqueza humorística del libro se traduce en diferentes procedimientos. Son algunos de ellos: fusión de palabras («sonetangos»); aliteraciones («fandango tango tanto fango»); la hipérbole culta en medio de un contexto «vulgar»: refiriéndose a Carlos Gardel, «¿No habrá pintao Leonardo esa sonrisa?»; sincretismos culturales imposibles («Diógenes, de alpargatas…»); exageraciones criollas; animalizaciones; escritura de formas orales como la conocida y parodiada «pronunciación» gardeliana: «el Mudo carta un targo / con esa gola ¡ma qué Caruso…!»; y así otros recursos que ponen gracejo al poemario.
En los Sonetangos parece sintetizarse una larga tradición de la cultura occidental, particularizada en este caso en el ámbito rioplatense: consiste en hacer lugar a un mestizaje entre las formas del arte culto y las formas populares a través de la estrategia humorística que, al mismo tiempo que celebra un modelo consagrado, por el otro se ríe afectuosamente de él.

* Colaboradores

Rastro en la sal
(Del libro homónimo; ediciones La Arena, 1979)

Si de la brillazón
nacen los fantasmas,
no dejes que te invadan
con su blanco rencor,
con su patética
resignación,
con el lamento
que baja del Atuel
y trae consigo
un eco en la oquedad
de viejos sauces.

No dejes que te abrace,
seductora,
la-otra-mujer-de-Lot,
la que quedó
en Sodoma
y vive en la impasible
sonrisa
de la estatua.

Pasa y no mires.
Sigue de largo,
cruza
como un sonámbulo
por los guadales
grises.
Huye de las sirenas:
ensayarán su canto
para hundirte
con ellas
en las rojas
marismas
del crepúsculo.

Donde la rastrillada
se hace
singladura,
y el desierto recobra
sus rumorosas
playas,
sus gaviotas,
encontrarás un ancla
y un tridente,
los restos carcomidos
de un naufragio.
Construye tu navío,
tu balsa,
y aléjate. Navega
hacia el Olvido, sí,
tan lejos
que no pueda alcanzarte
la Hechicera.

No dejes que la sal
que hay en sus lágrimas
te conmueva.
¡Huye del salitral,
huye contigo…!
No mires hacia atrás.
No te detengas.