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Nos siguen matando

¿Qué pasa que tantas mujeres estamos siendo muertas y no hay escándalo social? Como si nada, suceden femicidios en ámbitos privados y de líderes políticas y comunitarias. La autora plantea que precisamos lugares de contención y reeducación de hombres y mujeres.
Ana Martín *
Nos siguen matando, y tan siniestras noticias parecen no causar escándalo. Sucede aquí y allá, en una ciudad o en otra, en distintos sectores sociales, con educación o sin ella. Matan y abusan a niñas, a jóvenes, a mujeres maduras y ancianas. Las muertes suceden en el ámbito privado de sus hogares o en la calle cercana: niñas y púberes que fueron hasta el almacén, jóvenes que salieron al boliche. Y también matan a las que gritan y reclaman, las líderes políticas y comunitarias.
Dijo Judith Butler que había «muertes que no merecen ser lloradas» en referencia a la situación de vulnerabilidad que nos deja un orden global gobernado por intereses económicos y políticos que disponen sobre nuestras vidas, y las de muchos otros en cualquier lugar del mundo en el que hubiera riquezas de las que apropiarse. Se reedita así la historia colonial y, como antes y como siempre sucedió, la acción apropiadora se acompaña de una construcción de una imagen deshumanizada de las víctimas. Los habitantes de esas tierras, por ser tan negativos y limitados, parecieran decir, merecerían ser objeto de expropiación, y hasta de castigo si se rebelan.
Es así, desde una mirada egocentrada e interesada que ha querido desconocer la realidad de otras culturas, en su misterio y en su diferencia. Entonces, el desmerecimiento y el castigo a sociedades ancestrales han tenido que ver con la ceguera y la mala fe del invasor, de quien solo sabe de su propio interés.

Muertes cotidianas.
Creo que algo semejante ocurre con las mujeres y con sus muertes casi cotidianas, que parecen no escandalizar porque concuerdan con una concepción de género construida a través de siglos. Se calla ante estas muertes desde la suposición de que se lo han merecido. Se han salido de «la línea». De la línea del sometimiento. Los femicidios aumentan en forma paralela al crecimiento de los movimientos de mujeres que luchan por el reconocimiento de la dignidad y de los derechos de género en el mundo entero. Podría pensarse que las muertes que se repiten forman parte de la batalla cultural que se libra en torno al lugar de la mujer. Son muertes disciplinadoras, ha dicho Rita Segato. Como si ellas, las mujeres, fueran merecedoras del castigo destinado a ponerlas en su lugar. En el rol silenciado y sumiso que las mujeres hemos tenido históricamente.
Posiblemente muchas líderes saben de los riesgos y los han asumido como parte del costo de una lucha que no se circunscribe a su propia vida sino a la causa que las trasciende. Otras no se han podido mover de la posición ancestral que se les ha trasmitido en su grupo de origen, a partir de su biología. Hablar de la educación de estas mujeres suena a repetición, pero cabe insistir a la luz de los hechos. Por otra parte, urge la educación de quienes ocupan el otro polo del vínculo, de los hombres que así piensan y actúan.

En segunda persona.
Te dijeron que tenías que ser bella y andar sonriente por la vida. Que tenías que agradar al otro. Y aguantar. Te dijeron que el amor era eso: abdicar de tu cuidado, ab-negación. Te enseñaron desde pequeña a posponer tu propio interés por el del ser amado. Te dejaron las tareas domésticas que tu hermano no hace. Te convocaron al encierro doméstico, a la vergüenza de mostrarte, a guardar secreto de los dolores y malestares que te generaban aquellos de los que esperaste amor, esa palabra tan amplia que pareciera que incluye golpes y humillaciones. Dejaste que un gesto o una mirada te marcaran el camino. Aprendiste a minimizar el empujón o el pellizco. Entendiste que ser celada era lo mismo que ser amada. Y perdiste la libertad de decidir por dónde caminar, a quien llamar. Perdiste la reserva de tus contactos, porque no podía haber un solo lugar tuyo que no pudiera ser visto y controlado por tu captor.

El despojo.
Ellas fueron las «chancletas», como se dijo al nacer, y por lo tanto destinadas al mundo de lo privado. Se las educó para dedicarse a los otros, no para participar en el terreno de lo público. Mujeres que en la escuela no debatieron ideas, porque tomar la palabra era, es, cosa de hombres. Tuvieron una educación básica, la obligatoria, y para qué más. Otras llegaron a más, pero no la usaron para ganarse la vida. Si entretanto hacían un curso acelerado de arreglo y de seducción, convirtiéndose en el juguete de abuelos y de padres. Educación de las mujeres para el rol que debería cumplir con el hombre que las obtuviera.
Entretanto, tuvo menos energía para apostar a ella misma y a su formación, a su preparación para ocupar un rol activo en la sociedad. Desde la fascinación por los goces de la sexualidad creyó en la promesa de ser la reina del hogar, de tenerlo todo, desde una pasividad que espera todo del dador, el que sí sabe moverse en lo social, su poseedor. Para que otros hombres no tuvieran contacto ni poder sobre ella, la convencerá de que será mejor que deje su trabajo y se quede en casa. La pérdida de lazos sociales la deja en situación de aislamiento.
Sin dinero y sin capacidad de decisión sobre sus opciones, pierde su condición de par en la pareja, para quedar en situación de dependencia. Con tareas prefijadas y circuitos de movimientos previsibles y controlables, se vuelve disponible y previsible, transparente, no vaya a dar lugar a sospechas en relación con su sexualidad, esa moral con la que se ajustó, enjuició y condenó a tantas mujeres.
No gasta en sí misma, no tiene tiempo propio. Se da cuenta que él mira a otras, y a medida que avanza en ese camino la controla más a ella. Porque ella ya no es ella, sino que se ha convertido en una parte que él siente como propia, una parte a la que requiere de manera incondicional, tanto como callada. Cuando intenta hablar, recibe un golpe o es humillada.

¿Muerte no llorada?
Ella lo intenta: calla, resiste, tolera el malhumor del otro, mientras apela a su mejor ánimo para hacer grata la vida de los que la rodean. Y así sobrevive, en tan precario espacio, en un tiempo que se acorta porque las tensiones apuntan hacia una tragedia que sólo ella no puede ver. Su pedido de auxilio, suponiendo que hubiera respuesta de los organismos destinados, podría no llegar a tiempo ni a los espacios donde la tragedia que se viene gestando seguirá su curso siniestro hasta la muerte. En el interior de la casa, en la puerta, en la calle, cualquier lugar, ante hijos y parientes, que en muchos casos también corren con ese macabro destino.
Si estamos ante una situación de tan alto riesgo, cabe hacerse la pregunta por la no defensa de tantas mujeres que no llegan a pedir auxilio, que arrastran vínculos de hostilidad y maltrato hasta un punto de no regreso. No se defiende de la amenaza. ¿No la percibe? ¿La minimiza? ¿El riesgo de muerte le parece impensable? La mujer no se defiende bien. Y tenemos que pensar que algo del orden social la ha preparado, en el peor de los sentidos, para recibir el castigo que la llevará a la muerte.
Sucede cuando ha sido formada en la desvalorización, entendiendo por eso al valor de tener sueños y de luchar por ellos. No aprendió a defender su mundo, su cuarto propio, habría dicho Virginia Woolf. La unión con quien se le presenta como poderoso o dador le parece menos temido que afrontar su propio camino vital, el de dar sentido a su existencia. Antes de perder la vida perdió el respeto por su cuerpo, sufrió humillaciones, aceptó que se le cercenara su libertad de movimientos, disponer de su propio arreglo o tomar decisiones.
Cuando por fin intenta una salida, allí encuentra la muerte, porque su victimario no puede concebir que ella viva sin él, lejos de él. O con otro. Porque él no sabe vivir sin ella.

Para pensar juntos.
La muerte es un recurso tan extremo y primitivo, que retrotrae a un mundo sin ley. Como si ellas no merecieran ser protegidas por la legalidad vigente. Las mata la mentalidad que se conoce como patriarcado, que nos atraviesa a todas y a todos.
Quizás haya que poner más atención en llegar con cuidados desde lo social para quienes viven este tipo de situaciones. Tenemos que inventar formas de defensa para las que no se defienden, y tenemos que enseñarles a graduar sus pasos, cuidadosamente, para planear una separación que podría desatar una tragedia. La que desencadena quien ha visto y aun ve a la mujer como posesión, susceptible de abuso y despojo. Como objeto de su capricho, y sin embargo, de quien tanto depende.
La tragedia se desata desde la locura del hombre cuando pierde el control y se ve abandonado. Cuando todo su poderío cae y se devela su extrema precariedad personal. Una precariedad asociada a su carencia de empatía y de sensibilidad, a su despotismo vincular. Para ellos también tiene que haber lugares de contención y de reeducación. La reeducación de los varones con mentalidad patriarcal es un tema pendiente en el terreno social y psicoterapéutico.

* Escritora y psicoanalista
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