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Olores que dejan huellas

“Pas mes épines qui me défendent dit la Rose c’est mon parfum”, Paul Claudel. (No son mis espinas las que me defienden dijo la rosa, sino mi perfume).

Lucía Argenchina*

Agarró la bufanda y dijo, alguien se la olvidó. Estábamos el enamorado, la enamorada y yo pronta a irme. Levanté la bufanda hasta la nariz y la solté, es de Gonzalo, huele a él. Días después, cuando se la dieron, agradeció con apego, era su bufanda favorita. La segunda vez que recuerdo algo así vivamente, fue con un pañuelo de seda de mi abuelo muerto. Hablaba con la abuela de algo que había visto en lo de Susana o Mirta, y no sé cómo terminamos en si conservaba algo del abuelo. Inmutable, lúcida y sorbiendo un hervido y lavado mate con migas de galletitas en la comisura de los labios, dijo resuelta: el olor, su olor. Doné todo a Cáritas, pero me quedé con algunos de sus pañuelos, liquidó. ¡¿Dónde?! Grité de un modo que sonó más exclamativo que a pregunta. En la cajonera, dijo haciendo una parábola con el cuello y la cabeza, como si oliera eso.

Fui a su habitación como si buscara un ovni, ausculté con firmeza la cómoda, las mesitas de luz y abrí instintivamente el primer cajón de la cajonera. El olor a colonia, gomina y enternecida autoridad brotó de un pañuelo de seda azul en el rincón. Lloraba como en su funeral y su olor creció hasta verme con él hablando en el patio sobre la bicicletería mientras se frotaba aloe vera en la rodilla.

La última vez, hoy. Me puse un sweater de lana con la figura de ET volando en el centro, y lo acerqué levemente a la nariz. Olía a China. Casi nadie había visto la película ni entendía la imagen y es tan difícil explicar ET como el olor a China. Cuando me fui por vez primera, mi madre me dijo con espasmo: uuuauuu, vas a oler a China, como algo ajeno y distante. Los olores chinos me resultan indescriptibles, a veces los encuentro en migrantes, pero muy poco. Olor a pancito hervido al vapor, a picante… Mi sweater olía al jabón de lavar que usaba en Pekín. Nada es tan dulce, tan salado, ni tan perfumado, o de una complejidad distinta. Una vez llegué a un lugar gracias a mi nariz, que ellos encontraban extremadamente respingada. Mi olfato se volvió una orientación, un sentimiento y un modo de escribir y leer cosas que no podían entrar en caracteres. Así empecé a disfrutar la cocina y a enamorarme, por la nariz, como un cuento.

A unos meses de mi llegada a China, mis mundos mentales y físicos se empezaron a confundir. Uno de esos días, me regalaron un paquete de galletas de Yunnan. Mordí las capas de hojaldre y mastiqué un interior de rosas. Miré la caja de la que tomé la galleta y, en efecto, eran galletas de flores. Se me vino a la mente una pequeña vez en el jardín de la abuela en que arranqué un pétalo color ala de mariposa y con un movimiento brusco lo metí en mi boca. Se me pegó en la lengua y luego en el paladar como el pan lactal o las hostias. Giré la lengua como un destornillador para despegarlo y al quebrar el pétalo en mi boca me invadió el sabor de su perfume. Dudé si masticarla o tragarla de un golpe. La abuela pegó el grito para que fuéramos a mojar el pancito en la salsa. Entonces lo tragué de un golpe y me fui corriendo adentro.

El olor a pan tostado humilla a Hugo Boss. En mi infancia nómade, al llegar a otra casa, olía el pan y pedía un miñoncito. Mi preferida era una que tenía un cajón del pan, un cajón al que cualquier enano llegaba. En las antípodas de eso, siempre recuerdo una discusión (a mis ojos la primera) entre mis abuelos. El iba a comprar pan y cuando lo traía lo guardaba en “el aparador”, siempre así. Un almuerzo de pastas, mi abuela se enojó y se vino el matriarcado: “vos que te creés que sabés y ponés el pan nuevo a envejecer y siempre nos hacés comer pan de ayer”. Se puso en puntillas, manoteó la bolsa de pan nuevo e inauguró un hábito. A mi abuelo, supe luego, le gustaba el pan de ayer porque le sabía a infancia.

Xiao Hong, una escritora china entrañable, cuenta que a los cuatro o cinco años enlazó flores en las varillas de atrás del sombrero del abuelo a escondidas mientras él hermoseaba su jardín. Luego iban juntos caminando hasta el pueblo jugando con el cuerpo, a hacerse upa, agacharse, correr, pero callados. Casi llegando, a unos kilómetros de su casa y jardín, le dijo el abuelo a la pequeña: “mi niña, las flores del abuelo están cuidadas con amor, por eso crecen lindas, tan lindas y fuertes que su perfume llega hasta el pueblo”. Ella se mataba de risa porque veía las flores que había enlazado en su sombrero, pero no le dijo nada. O sí le dijo, y desde entonces la palabra flor, y la flor, pertenecieron a su abuelo.

Todo puede medirse por el olor, incluso la edad, el olor a naftalina, a comida, a frito. Cuando era chica amaba el olor a nafta de las estaciones de servicio, y el olor a pedo, a globo, eructo y a nuevo de los autos. Ahora, todo eso me resulta incómodo al olfato o al pensamiento. Olor a pan, a perro, a saliva y a beso. Olor a perfume elegante, a limpio y a asado. Olor a diario, a jardín, olor a hospital, tierra mojada, pasto cortado, café, lluvia, mar…

*Traductora