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Opinión – la persistencia con nuestros muertos

OPINION

La decadencia del epitafio

Esta pequeña autobiografía estaría perdiendo sentido como consecuencia del avance de tecnologías que buscan mantenernos “en contacto” con los que ya no están.

Nicolás Jozami *

Yo tengo el mío desde hace unos años: “Lo absurdo/o incoherente (dirán muchos) /es que yo/no creyendo en este mundo/haya hecho algo/para que alguien/crea en él”. Claro que tiene la pretensión de ser un último escrito con afán estético. Se han dedicado muchos estudios a estas humanas y postreras impresiones. El epitafio es sencillamente una autobiografía insomne, la arrogancia que construimos alrededor de ese inefable, la muerte. Tenemos libros como “El diálogo de los muertos”, de Luciano de Samosata, donde la amarga ironía cruza todo el volumen (“Ahora comprendo cuán inútil es, a pesar de lo que arriba cantan los poetas, la igualdad reina entre los muertos: (…) todos yacemos de igual modo sumergidos en esta oscuridad, sin distinguirnos en nada los unos de los otros: ni los muertos troyanos me temen, ni los griegos me obedecen; la igualdad es absoluta…”, le espeta Aquiles a Antíloco); “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters, que es una ristra de epitafios por los que nos enteramos de la furiosa y atribulada vida de esa comunidad imaginaria: pases de factura, amores inconclusos, afiebrados deseos de venganza, confesiones. Otro ejemplo que puede leerse en esa clave lo ofrece el “Libro tibetano de los muertos”, que conjura ese traspaso a la otra vida, o a ese “otro lugar”, con un vademécum de indicaciones y placebos que son un narcótico para la conciencia y el alma moribunda.

Pero el epitafio tiene otra singularidad: es claro que un listado de compras escrito por alguien que muere antes de salir de su casa a realizarlas toma el cariz y adquiere la pátina casi de lo sacro: uno se demora en los últimos puntos que el muerto le hizo a la “i” de “lavandina” o la línea perfectamente horizontal en la “t” de “detergente”; la plasmación final de escritura de aquello vivo, (ya que ahora son “restos”) ilumina un sector que no deja de asombrar a los que todavía no les llegó la hora. Decía, el epitafio pensado tiene un plus: no sólo se elucubra y escribe para colocarse junto a una tumba o nicho, sino que a su vez, así fuera leído en un libro, sin la atmósfera de cementerio ni flores en jarrones, lleva al lector ineludiblemente a ese momento último de la vida del muerto; por más que haya sido plasmando en la juventud, las palabras que conforman el epitafio llevan a su lector a detenerse unos segundos en el empático y relampagueante resumen de su ordenada o desordenada, de su concupiscente o estoica, existencia. Atributo único de este tipo de escritos, ya que no leemos cualquier otra cosa de quien no está con esa tónica, como lo hacemos con su epitafio.

QEPD.

Hace un tiempo me contactó un compañero del colegio secundario, Claudio Servetti, y me comentó sobre un proyecto que está llevando adelante con su pareja: diseñaron una red social llamada QEPD/social, en donde los usuarios, luego de inscribirse con pasos muy sencillos, pueden subir fotos, comentarios, videos de seres que ya no están, con el fin de recordarlos, homenajearlos, tenerlos presentes y “vivos”. En el sitio web uno puede leer cómo le dieron forma a este proyecto, inicialmente con viajes por muchos lugares del mundo para empaparse, vivenciar y aprender cómo “viven la muerte” otras culturas, como las de Egipto, China, Australia o la India.

Lanzada esta plataforma, QEPD/social se propone como un sitio de templado bienestar, donde las lágrimas por cierto pueden ir acompañadas de la sonrisa por una foto desbaratada de nuestro abuelo, o con un relato archiconocido de un tío, pero que nunca nos cansamos de escuchar. Aunque hay algo más: el sitio web se vislumbra con otra posibilidad, y cito una entrevista que le realizaron el 5 de febrero último a Servetti en la revista pampeana BIFE: “La idea de esto es representar lo que esa persona fue para nosotros. Con toda la información que se vaya subiendo, de los familiares, amigos o conocidos del difunto, se va a ir creando la esencia de la persona”, señala Claudio. Y sigue luego: “Esta es la segunda versión del ciclo, y estamos trabajando para la versión móvil. Tuve en mente la idea de un bot para interactuar. Había creado unos bots especializados que sean capaces de responder y que respondan en base a cierta educación. Pero necesitaría más información. Vamos a ir viendo cómo evoluciona, pero está como idea a futuro”, reveló Servetti.

Esto nos recuerda a películas, al capítulo de la serie Black Mirror que se encarga de oscurecer esta posibilidad finalmente materializada; pero el intento de inmortalidad y del diálogo con muertos viene siendo planteado desde el poema de Gilgamesh, con la flor acuática que el héroe rescata y que le es robada por la serpiente. Una forma de la persistencia con nuestros muertos que algunas empresas informáticas (con Microsoft a la cabeza) ya lo vienen intentando con claro impulso. De esto habla –y lo problematiza– el filósofo de la ciencia Darío Sandrone, en una nota titulada “Cosa e’mandinga”, publicada en el diario cordobés Hoy Día Córdoba el 29/1/21. Allí Sandrone describe experiencias en intentos de máquinas que interactuaron con seres vivos, desde los chatbots primitivos, pasando por la labor de Turing hasta el presente, donde se customizaría el paquete del muerto –con todo lo que de él existe en la web– para que “dialogue” con un humano vivo.

¿Cuál sería en este caso el epitafio, la última palabra escrita de un ser cuyas acciones dispersas por Internet se utilizan para producir la conversación con un interlocutor vivo? ¿Qué es lo primero y último que puede decir ese ser que ya no está? El epitafio, de este modo, se convertiría en un bucle risueño, en una humorada, como el que me hizo el propio Servetti cuando le dije que tenía mi epitafio pensado: con una sonrisa, el creador de QEPD me disparó el suyo: “Te invito a mi fiestita”.

* Escritor y docente