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Otras palabras

Mientras Nadia lucha por su vida después de haber sido apuñalada por su pareja nos enteramos de la muerte de Laura, a quien su pareja asestó catorce martillazos. Y siguen más, todo el tiempo, en este tiempo de femicidios que nos toca vivir.
Ana Martín *
Además de buscar la condena y el castigo de los culpables, también es necesario seguir explorando la manera como los hombres viven a estas mujeres, hasta desembocar en tragedia. Esa figura femenina que les atrae pero a la que temen y menosprecian en su capacidad de autogobierno, hacia las que instalan un sistema de tutela y control. La locura que les genera la pretensión de las mujeres de ser ellas mismas muestra la fragilidad de una identidad masculina construida en base a estereotipos, basada en la expectativa de complacencia de quien está a su lado.
La lucha de las mujeres, su cambio de mentalidad y de actitud se choca con los ancestrales resortes en los que se sostuvo la idea de lo que era ser hombre o ser mujer; ese sistema binario donde sólo cabían dos géneros, el masculino y el femenino. Un sistema de pensamiento que invisibilizaba, y así ha desmentido la existencia de otras maneras de ser y de vivir la sexualidad. Esta forma de pensar ha sido sostenida desde la trama social, porque las mujeres han sostenido y perpetuado esta manera de pensar a través de la educación de los hijos e hijas, y por eso son también responsables del acontecer.
Si no hay palabras para quienes viven fuera de los moldes esperados, tampoco puede haber empatía para lo que no se ha querido ver ni admitir en su validez. Para que podamos asomarnos a otra manera de ver las cosas, transcribo aquí algunos párrafos del libro Tesis sobre la domesticación, de Camila Sosa Villada, recientemente publicado por Página 12. Se trata de una obra que una actriz trans que ha logrado éxito, se ha casado con un abogado gay y han adoptado juntos un niño con VIH.

Sobre el hermano.
«Vivía una especie de teatralidad masculina: el esfuerzo, los músculos, la esposa, la hija, el padre, el alcohol, siempre el alcohol, en cuanta reunión con sus amigotes se hiciera. La violencia también estaba teñida de esa teatralidad. Pegar puñetes a las paredes. Silbar a cuanta mujer pasara frente a las obras en la que trabajaba, acostarse con chicas de las que no recordaba siquiera el nombre. Pelearse de cuando en cuando con otros varones como él, vivir de mal humor, quejarse mucho, nunca leer, nunca escuchar música, nunca ir al cine.»

La madre.
«Una vez separada, no vivía con la discreción habitual de las mujeres del pueblo; al contrario. No le había enseñado a su hija a no vivir con discreción (y esta era posiblemente la mejor enseñanza que pudo dejarle). Le heredó su pasión por la ropa de color, la particularidad de un estilo, la libertad de la desnudez, aun el cuerpo travesti. Cuando la actriz le dijo a la madre que quería travestirse, la madre tomó entre las manos el rostro de su hija y le dijo que nunca había soñado la posibilidad de tener una hija como ella, así de hermosa, una amiga, de repente había cambiado a su hijo por una amiga y eso era mucho mejor.»
«La madre tuvo aquellos detalles. No se negó a acompañar a su hija en la transformación; al contrario. Le enseñó a depilarse con cera y a no afeitarse, para ir debilitando el vello y dejando la piel suave. Le hacía baños de crema en el pelo, mascarillas de yogurt y avena en el rostro, le pintaba las uñas de las manos y los pies. Eso también había sido su madre. Una gran compañera que no la juzgaba por haber decidido ser travesti y era tal vez el recuerdo más hermoso de su vida. Algo que no podía compartir con sus amigas pues todas habían sido expulsadas de sus hogares. La hija siente cómo las lágrimas se amontonan en sus orejas. Había olvidado el amor de su madre.»

El tarot.
La madre comienza a ofrecer servicios tarot a las mujeres del pueblo, y habla desde ese lugar de pitonisa: «Era notable cómo las mujeres del pueblo tenían miedo de sus maridos, de sus novios, de sus padres, de los tíos que las violaron cuando eran pequeñas, de los padrastros que las manosearon cuando eran adolescentes. El miedo que sentían por sus hijas, por sus sobrinas, se adhería a las paredes de sus casas como una mancha de humedad. Llegaban tantas mujeres golpeadas, engañadas, desengañadas, vueltas a golpear, mujeres sin salida aparente a sus problemas, mujeres resignadas…. (…) Ella sabía que se enfrentaba a la tristeza más intolerable que era ser mujer en un pueblo como aquel, donde había castigo para todo.»
La madre habla de sí misma, ante la transformación de su hija: «Yo quería un hijo varón. Cuando estaba embarazada me decían que iba a ser una nena, por la forma de la panza, y yo no quería. No quería saber nada con que fuera mujer. Las mujeres de mi familia sufrían mucho. Mis hermana, mi mamá, mi abuela. Los hombres sufrían menos. Una se cree muy altruista cuando queda embarazada. Piensa que va a dar la vida entera por los hijos. Y después mi hijo comenzó a robarme las pinturas de labios y las bombachas y yo sentí que había un espíritu oscuro que se robaba a mi hijo cada noche. Un poco con cada luna. Un día me desperté y encontré que mi hijo no existía. Me había sido robado. No me molestaba que fuera gay, ni afeminado, incluso hubiera podido vivir tranquila con la idea de que, por las noches, en secreto, se vistiera de mujer para un amante, o para él mismo, para verse en el espejo. Pero no fue así. Mi hijo fue reemplazado por una travesti. Y yo, para no quedarme sola, para no perder la vida en esa tristeza, decidí aceptar lo que me enviaban los dioses y las diosas como un castigo o una bendición, nunca lo supe. Fingí delante de esa nueva hija que me ponía el destino, que era completamente capaz de entender una imprudencia como esa, que un ser humano eligiera su propio exterminio. Pensaba mucho en su padre. En cómo lo tomaría él. Ya me veía interviniendo por ella, para que no la golpee, para que no mate a su propia hija. Ya imaginaba los golpes, por consejo de sus amigos, todos brutos, todos torpes, esos amigos de mi ex esposo que todo lo solucionaban con palizas. Nuestra generación crió así a sus hijos. Las palizas eran como la ternura, pero eran más eficientes para domesticarlos, porque se imprimían con miedo y pienso que lo aprendido con miedo nunca se olvida. A los padres no les gusta repetir dos veces la misma lección, por eso golpean. Las madres tenemos más paciencia, o no nos molesta hacer dos veces el trabajo. Sabemos que la vida se hace y se rehace como los trabajos sutiles, como el arte, como las obras de teatro.»
«Tenía miedo también. Me habían enseñado a odiar a las travestis (…) Creo que se hizo prostituta para desacralizar ese cuerpo que no recibiría unciones de amor.»

La comunidad.
«Cuando la hija comenzó a travestirse, el escándalo se propaló en el pueblo como un virus. De repente, todo el mundo miraba a esa familia como si estuviera maldita, como si fuera portadora de vientos aciagos. Si la madre entraba en un supermercado, la gente guardaba silencio y no le hablaban. La hija, en el colegio, la pasaba mal todos los días. Ya nadie quería juntarse con ella para hacer trabajos, ya no podía ir a las clases de gimnasia porque todas las actividades eran en grupo y a ella nadie la quería. Cuando sus compañeros se veían obligados a compartir con ella un espacio, directamente la ignoraban, hacían como si no existiera.»

Miedo de madre.
«Y luego, cuando comenzó a travestirse, el terror de no saber si volvería viva a casa, si no se encontraría con algún hijo de puta que me la entregara en pedacitos, si no moriría a manos de la policía, si no la torturarían esa noche, si algún cliente no la estrangularía hasta el final. Miedo, miedo y más miedo. Un día me la trajeron casi muerta a golpes, a lomo de un caballo, y supe que mi miedo no la protegía de ningún mal, e intenté acercarme a ella.»
«Nunca supe cómo quererla bien. Nunca supe qué clase de amor correspondía darle. Nunca pude con su cuerpo, con su identidad. Y eso que las cartas me lo anunciaban, eh, me vaticinaban su metamorfosis, su desarraigo, su partida. Yo malinterpretaba las señales, las ignoraba, pero estoy convencida de que todas las mujeres de mi familia que la precedimos, toda la historia de mi familia y el universo, hasta la piedra más insignificante o el insecto más venenoso participó de su travestismo. La inventamos por necesidad de nuestra estirpe. La trajimos al mundo, todas esas generaciones de mujeres la esperamos y llegó y está aquí conmigo. Y la amo, aunque sea un poco cursi decirlo. La amo por haber respondido al llamado de todas las mujeres de su familia.»

Las ideas.
Palabras para que las ideas le ganen a las muertes: Hemos recorrido palabras que dicen cómo se puede vivir la maternidad de quien elige transformarse, y de los costos personales para quienes no se adecúan a lo esperado. Palabras que relatan el miedo a desafiar los estereotipos, que hablan del rechazo social y que describen a las masculinidades tradicionales. Las he tomado prestadas de la autora porque entiendo que nos vendría bien ponernos en el otro lugar: el de quienes afrontan la diferencia, con sus altos costos cuando la comunidad no les hace espacio y busca eliminarlas. Como se quiere matar a las nuevas mujeres, las que renacen del dolor y de la resignación para decir que quieren vivir de manera diferente.
* Escritora
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