viernes, 20 septiembre 2019

Paloma

El docente, investigador y escritor pampeano Omar Lobos deleita con este cuento cuya protagonista bien pudiera estar inspirada en la obra de Blanes que lo ilustra, o en el paisaje tan cercano que nos regala la artista Claudia Espinosa.
Omar Lobos *
La laguna era un espejo manso y luminoso, plateado a la distancia por un sol que se iba arrimando al mediodía. Había sí algunas nubes que de cuando en cuando lo tapaban, pero era un día de sol. El campo alrededor era rubio y parejo, apenas salpicado por algún árbol perdido. El viento, en silencio y como con pereza, despeinaba apenas el pastizal, que dejaba asomarse cada tanto alguna flor silvestre, y la alverjilla ofreciendo a la luz el regalo de unas flores como un corazón partido, en carne viva.
El caballo venía ahora al tranco manso, cansado ya de algunas leguas de galope intermitente. Sobre él, el hombre traía una mirada fiera perdida hacia adelante. Era un hombre joven y fuerte, de pelo renegrido y ondulado, ojos oscuros como la traición, sombreados por unas cejas tupidas y unas pestañas privilegiadas. La que miraba el campo era la mujer que venía en ancas, miraba a veces a lo lejos y a veces algo inmediato que llamaba su atención, o se entretenía haciendo rozar la punta de sus pies en algún yuyo alto. Tenía algo de niña en sus facciones, en sus actitudes, pero era una mujer. Era un día tan lindo, y ella que adoraba mirar el campo, nunca la aburría mirar el campo.
El indio los estaba esperando en la laguna. Desde que lo divisó, Juan de Dios había concentrado su mirada en él y ya no se la quitó de encima. Paloma lo advirtió más tarde, de repente, al asomarse por sobre el hombro de Juan de Dios y áhi recién lo vio. Hizo el amago de apretarse un poco contra su hombre, como asustada, pero algo la retuvo, quién sabe, la certeza de lo que iba a suceder.
Juan de Dios se apeó del caballo y saludó al indio en su lengua. A ella el indio ni la miró. Después los dos se apartaron hacia la laguna y se sentaron en la playa, en el suelo. Paloma enseguida se distrajo de ellos, miraba ese soberbio cielo, se adentró un poco entre los pastos, abriendo sus manos extendidas para sentir la caricia de las hebras entre sus dedos y respiraba hondo. Era algo tan maravilloso la vida que a veces le daban ganas de llorar. Enseguida se entretuvo -siempre se entretenía enseguida- con el hallazgo de una matita de panaderos, desprendía las flores redondas y las soplaba al viento para desarmarlas y seguir el vuelo desbandado de las semillitas. De repente recordó su inquietud y volvió la mirada hacia la playa, los dos hombres sentados, los dos caballos que traía el indio y el caballo de Juan de Dios. Discutían. No se escuchaba bien lo que decían. Solo que Juan de Dios parecía exigir alguna cosa. Hasta que el indio se levantó y fue hacia uno de sus caballos, un soberbio malacara de pelaje lustroso y ánimo chúcaro. Lo arrimó a la playa, Juan de Dios se levantó y lo empezó a estudiar. El caballo resoplaba y erguía la cabeza, sublevado ante el examen. Finalmente Juan de Dios pareció no tener más remedio que aprobarlo y la discusión terminó. Fue hasta su caballo, sacó de una alforja la botella de ginebra que había metido áhi y volvieron a sentarse con el indio y empezaron a chupar, hablando cada tanto alguna cosa y pasándose la botella.
Paloma se distrajo de nuevo de ellos hasta que sintió que Juan de Dios la llamó. Áhi se dio cuenta de que algo había cambiado en la disposición de hombres y caballos. Juan de Dios tenía ahora dos caballos: el suyo y el malacara, y el del indio además lucía ahora el flamante apero del de Juan de Dios, ganado en el juego en lo de Amaya. Se acercó, despacio, como con miedo de terminar de entender. «Vos sos buena», le había dicho Juan de Dios, «y estoy seguro de que te haberías de sacrificar por mí». Ella no había ni siquiera tentado de aclararse esas palabras, pero ahora aquello que realmente querían decir parecía venírsele por fin encima. El indio montó a caballo y le tendió una mano imperativa. Juan de Dios trataba de sostener su mirada fiera y a la vez cobarde, que no resistió por mucho tiempo la tristeza sin preguntas y casi sin asombro de los ojos de Paloma. En un arranque montó en su caballo, y luego de espolearlo más de lo acostumbrado para que agarrara viaje -como si el animal se resistiera a partir sin ella- se alejó al galope con el malacara de tiro.
Recién ahí miró ella al indio, esa mirada sí parecía interrogarlo. El indio arrimó más el caballo, la aferró de un brazo con aquella mano imperativa, liberó el estribo de ese flanco y la soliviantó para que ella pudiera enancarse. Al internarse tierra adentro, mirando a su pesar hacia el horizonte donde Juan de Dios era un puntito que se perdía, unas lágrimas calientes y silenciosas empezaron a rodar de los ojos de Paloma.

El indio era de la gente del capitanejo Cazuán, hombre de Catriel, y tenía su toldo sobre el arroyo Pescado, cerca de Guaminí. Era lindo el lugar, de buenos pastos, daba gusto ver la cantidad de hacienda que invernaba allí. Pero era una época embromada. Los tres últimos años los malones no habían dado tregua a la provincia. A Paloma le terminó gustando el lugar, y hasta ese toldo que a su llegada le había parecido tan sucio y repugnante le gustaba ahora. Lo había arreglado, ella misma le había añadido una enramada para sentarse áhi en los ratos libres o cocinar los días lindos. A veces añoraba su rancho, que lo tenía tan lindo, pero el dolorido rencor la hacía sacárselo de la cabeza. Aunque no era rencor. Paloma era incapaz de sentir rencor. Era una confusión dolorosa, porque sin duda cosas que ella no podía entender habían llevado a su Juan de Dios a sacrificarla de esa manera. Él era hombre, y no eran tiempos fáciles para los hombres. Y para ella lo principal, lo más principal, era que él estuviera bien. ¿No se había jurado acaso que su vida valía por la vida de ese hombre? Solo que ahora no podía cuidarlo, «no puedo cuidarte, Juan de Dios, y qué andarás haciendo». Y ahí la tumbaba de nuevo la pena. Pero esto sucedía raras veces y cada vez menos.
Al principio se había resistido al indio con uñas y dientes, soportó los castigos más brutales pero no se doblegó a ellos. Solo una vez que el indio volvió lastimado y dolorido de una pelea ella se arrimó a curarlo. Tuvo fiebre el indio, y ella lo veló toda la noche, dándole fresco y aplicándole algún emplasto en las heridas. El indio parecía agradecido y sus ojos se volvieron buenos con ella. Y áhi casi fue como si lo empezara a querer. Tenía más ganas de arreglar el toldo y hacerle la comida y cuidarlo en todo. Al indio le gustaba acariciarle el pelo y ella por eso lo tenía siempre limpio y suelto. Y llegó el día en que Paloma (sin que ella lo reconociera) empezó de nuevo a ser feliz. Y esta felicidad era también el miedo, la sombra del peligro y la desgracia cuando Cazuán mandaba a llamar a todos los suyos para alguna invasión. Pero ella entonces se refugiaba en las abuelas de la tribu, que enseguida habían abandonado sus desconfianzas hacia la muchacha huinca y aceptaban sus visitas cariñosas y sus humildes regalos (tortas fritas, retazos de telas o hilos que el indio le traía a ella, algunos choclos) o las peinaba y les trenzaba el pelo. A lo único que nunca se acostumbró fue a las borracheras del indio, que inflamaban su lujuria y derivaban en intentos por poseerla a la fuerza, brutalmente. La resistencia cambiaba finalmente en odio el deseo del indio, y solo cuando se cansaba de empujarla y pellizcarla su furia se aplacaba. Aun a eso se fue acostumbrando. Porque después el indio se volvía más bueno, al día siguiente andaba cariñoso y manso, le acariciaba el pelo, se tiraba a dormir a los pies de ella bajo la enramada. Y eso era para ella la felicidad. Pero fue pasando el tiempo, y el indio empezó a cambiar, empezó a mirarla mal, no la miraba bien. Ella se dio cuenta, ¿cómo no?, y empezó a interrogarse oscuramente sobre los motivos de ese cambio. A veces lo sorprendía mirándola con fiereza, y hasta le daba miedo. ¿No era que la quería tanto como ella pensaba?
Llegó el llamado a una invasión y su hombre partió. Ella hizo ruegos y entretuvo sus angustias como tantas veces hasta que hubo noticias de que los hombres volvían.
Él volvió. Pero no solo. Traía en ancas una muchacha de un poco menos los años de Paloma, y la metió en el toldo. De ahora en más ella sería la compañera del indio, y Paloma debería apartarse en un rincón. Ella se vio sumida de nuevo en un dolor que ya parecía olvidado, buscaba consuelo en sus amigas las abuelas, hasta que estas le dijeron que el indio quería hijos, y ella no se los daba, que por eso se había traído a otra. Tal vez tenían razón las abuelas, porque el indio no se olvidaba de ella. De que tenía a la otra no la había buscado más y ella había quedado de sirvienta. Pero la seguía mirando con un odio sordo y pegándole a veces porque sí nomás.
Ya casi se había resignado de nuevo a su suerte cuando un buen día el indio se ausentó. Volvió a la noche y pareció enojarse mucho con ella; empezó a gritarle palabras que ella no podía comprender del todo. Estaba enfurecido, la acusaba, amenazaba con golpearla pero descargaba los correazos contra el suelo. Al día siguiente temprano la llamó y la hizo montar con él en el caballo. Ella casi adivinó. Era dolor y miedo lo que la hacía apretarse tímidamente contra aquella espalda fuerte durante el camino.

Juan de Dios esperaba en la laguna con dos caballos que había traído; se saludaron con el indio y a ella la miró con su mirada oscura y fiera, las cejas espesas haciéndole sombra, pero le brillaba, su mirada le brillaba y estaba inquieta. Algo infinitamente cobarde titilaba en el fondo. Tenía un aspecto próspero: camisa nueva, un broche de plata en el pañuelo. Seguía lindo, aunque se notaba que le había pasado el tiempo.
Él quizá hubiera querido decirle «Paloma», pero no lo dijo. No le dijo nada. Estaba cambiada Paloma. Parecía una india, y no solo por la vestimenta y los adornos. Se apartaron un poco con el indio hacia la playa de la laguna y áhi estuvieron de nuevo conversando, como la otra vez, pero Juan de Dios ya no discutía, estaba manso. Eso: Paloma lo notaba como más manso. ¿La vida lo habería cambiado? Ella volteó la vista y se alejó un poco, volvió a reconocer el campo, restallante bajo la luz del sol. Tanto espacio había creado Dios para que los hombres hiciesen nido y disfrutaran de la vida, y los hombres parecían no apreciarlo, y se ocupaban de otras cosas que no daban alegría.
El indio estudió el caballo que le trajo Juan de Dios, lo palpó, lo montó, lo acarició, se apeó. Le pareció bueno. Fue a su caballo y le sacó el apero, aquel que Juan de Dios le entregara la otra vuelta, para devolvérselo, pero Juan de Dios se quejó de que estaba muy estropeado, cuando él se lo había dado nuevo, y le faltaban las tachas de plata en los bastos. Nada dijo el indio a eso, se quedó callado y mirándolo fijo hasta que el otro dejó de rezongar. Juan de Dios sacó entonces la botella de ginebra y se pusieron a beber. En silencio. Ella miraba el campo, descorazonada. ¿Y ahora? Volver al rancho, a aprender de nuevo una vida que ya había olvidado.
«Paloma», la llamó finalmente Juan de Dios con una voz que se había esforzado por brotarle enérgica.
El indio se subió a caballo, agarró de tiro el otro y se alejó al galope sin siquiera mirarla.
«Paloma», le dijo más quedo Juan de Dios, mirándola por sobre la montura del caballo cuando terminó de colocársela. Ella se fue arrimando despacito, infinitamente triste, como si un pie le apretara el corazón, sin querer mirar siquiera para donde el indio se alejaba. Juan de Dios montó y le dijo humilde «vamos», y la ayudó a subir.
No tuvo alegría de volver al que había sido su rancho. Juan de Dios la colmó de caricias y de besos pera ella no los sentía. Quizás todavía le duraba el rencor, pero no era eso. Añoraba la otra piel, la mano ruda que amaba enredarse en su cabello limpio y suelto.
Juan de Dios estaba cambiado. Estuvo bueno y cariñoso con ella como no lo había estado nunca, y ella estaba tan triste que se fue dejando querer de nuevo, aunque no era el mismo amor que alguna vez la había hecho dejarse elegir por ese hombre. Él notaba esa distancia y a veces se enojaba, pero de jugando se enojaba: «¡Pero mirá la india!», le decía para herirla, «¡parecés una india!».
Juan de Dios por entonces andaba en juntas con un tape. Más tarde ella supo que el «Chileno» pasaba más tiempo entre los indios, escapado, que entre los criollos. Qué tenía que andar haciendo Juan de Dios con él. El «Chileno» le había echado el ojo enseguida, y parecía no enterarse de que ella era la mujer de otro, la mujer de su marido. Y las alabanzas de Juan de Dios: «El Chileno sabe, así como lo ves tiene plata, conoce a mucha gente, es vivo, hay que aprender a escucharlo»…
De a poco volvió a poner lindo el rancho, a tenerlo limpio, a cocinarle a Juan de Dios de lo que le gustaba, a disfrutar incluso nuevamente su soledad cuando él se iba. Pero siempre que pasaba por lo de Amaya algo le traía, quizás para hacerse perdonar. Porque al igual que antaño pasar por lo de Amaya era su perdición: lo que ganaba una vuelta lo perdía a la siguiente, y así es como incesantemente se veía en apuros. Él decía que de qué vivía si no en aquel rincón de la frontera, con un conchabo de lástima y encima las quejas del patrón cuando aparecía, de que él le había dado aquel pedazo para que criara también algunos animales además de vigilarle los suyos. Él agachaba la cabeza y se dejaba reprender, no fuera cosa de perder el puesto, con la ley de vagos y malentretenidos, que se había endurecido a causa de necesitarse más hombres para la frontera, en tiempos en que los malones arreciaban.
Pero bueno, los días volvieron a aquietarse y la vida se fue haciendo linda de nuevo, a pesar de los peligros, a pesar de lo difícil que la vida era siempre. El horizonte era inmenso, y eso a la vez significaba que de cualquier lado podían precipitarse las desgracias.
Un día que estaba sola, entretenida con unas gallinas, de golpe se quedó paralizada: sorprendió al indio mirándola de lejos, con fiereza, sobre su caballo. Se hizo la que no lo vio y enseguida se metió asustada en el rancho. Lo estuvo espiando de adentro sin dejarse ver, pero el indio se mantuvo inmóvil un rato más y después se fue. No sería la única vez que lo descubriría así, pero él nunca tentó de arrimarse a las casas.
Otro día los que vinieron fueron unos gauchos. Eran tres. El que los encabezaba venía bien empilchado y los otros dos parecían hacerle de segundos. Sus miradas daban miedo. Buscaban a Juan de Dios. El que hacía cabeza la había mirado de arriba abajo y les había murmurado a los otros algo que los hizo reírse con malicia.
«Digalé que no deje de venir el domingo a lo de Amaya, si no vamos a tener que molestarlo en su casa».
La amenaza de sus palabras dejó a Paloma pensativa y angustiada. Cuando volvió Juan de Dios se abrazó a él llorando y le dijo que lo andaban buscando, quiso preguntarle por qué pero solo sollozaba y se refugiaba en los brazos fuertes de él, de su hombre, a quien amaba más que a nadie en el mundo, nunca había dejado de quererte, Juan de Dios, aunque haigás sido malo.
El «Chileno» cayó un día de esos y los dos hombres anduvieron afuera conversando largo. El disgusto de tener que saludar siquiera al visitante retuvo a Paloma adentro del rancho. No obstante, cuando espiaba, lo veía al tape relojear sin disimulo para ver si la sorprendía. Salió recién afuera cuando escuchó la discusión, el enojo de Juan de Dios y el te vas de acá y no volvés más con que echó al otro. La pasmó la mirada sobradora y rencorosa que le dirigió el «Chileno» antes de espolear su caballo y salir al galope.
Nada le dijo Juan de Dios de lo que había pasado. Anduvo alunado y taciturno hasta que llegó el domingo.
Ella ese día se despertó intranquila. Juan de Dios ya estaba levantado y lo vio nervioso caminando afuera, por el patio. Se paró en la puerta del rancho pero no se animó a preguntarle qué pensaba hacer. Cuando él la vio se sintió sorprendido, y luego de un momento de estupor agachó la cabeza y de golpe fue a agarrar el caballo para ensillarlo. Ella corrió tras él, a suplicarle que no fuera. Qué, ¿querés que me vengan a buscar? Ella le dijo que escaparan, que se escaparan lejos, y él le dijo seco que los dos no podían. «Sos mi alegría y mi tristeza», balbució ella entre lágrimas, «pero todo se va gastando, Juan de Dios». Cuando lo vio salir hacia el boliche sintió de nuevo el mundo caerse sobre ella. ¿Era tan difícil hacer un nido en esa pampa?
A la tardecita vio llegar a los tres jinetes. El corazón se le subió a la garganta. ¿Por qué venían? ¿Habían matado a Juan de Dios y ahora venían por ella? Ni siquiera tenía un arma para defenderse. ¿Escapar?, ¿esconderse entre los pastizales? Eran tres a caballo, la agarrarían. Los esperó a pie firme en la puerta del rancho. El que mandaba la saludó tocándose el ala del sombrero y preguntó por Juan de Dios. Ella dijo que a la mañana había ido a lo de Amaya. El hombre torció la boca en una sonrisa sobradora e impaciente y dijo que de allí venían y que a él no lo habían visto, a no ser que anduviera tan cambiado que no lo conocieran. Ella se quedó cortada y un montón de pensamientos horribles se agolparon en su mente. ¿Acaso había escapado Juan de Dios abandonándola a ella a aquellos hombres?
A una seña del mandamás los otros dos desmontaron y esquivándola se metieron en el rancho. Salieron luego de un momento y se quedaron flanqueándola. «Naides.» El que mandaba entonces desmontó y dijo que era una lástima haber hecho esas leguas sin que los convidaran con nada. Cuando se fue arrimando a ella y los otros dos empezaron a apretarse a sus espaldas, cerrándole la reculada, escuchó el balazo que al instante tendió en el suelo al mandamás. Uno de los hombres se escabulló en el rancho mientras el otro corrió a desenfundar el revólver calzado en la rastra del patrón tumbado de espaldas.
Juan de Dios se descolgó del árbol y le gritó feroz a Paloma que disparara, que corriera, y ella disparó, aturullada, hacia los pastizales, mientras atrás escuchaba cruzarse los balazos. Luego un grito, unos relinchos, y los dos gauchos que huían. Paloma miró desorbitada hacia el rancho, donde Juan de Dios era un bulto acurrucadito contra la pared. No tenía nada, los había asustado y habían disparado. Le ayudó a arrastrar al muerto entre los pastizales, alejándolo del rancho. Juan de Dios arrancó unos pastos y tapó apenas con ellos el cadáver.
Después de esa noche de horror ella sintió que lo amaba más que nunca, ahora por primera vez desesperadamente. Sus abrazos y caricias no tuvieron fin en esa soledad y esa desgracia. Juan de Dios le dijo que ahora sí que no tenía otro remedio que escapar, que no iba a pasar un día sin que lo vinieran a buscar. ¿Qué vamos a hacer?, le dijo ella entre asustada y resuelta. Él le dijo que ese día no había ido a lo de Amaya porque se había ocupado de arreglar las cosas «de otro modo». Se iría a Santa Fe, allá el país era otro y la ley de acá allá no alcanzaba. ¿Me entendés, Paloma? Él se quedó un rato en silencio. Pero el camino era largo, y más huyendo, y su caballo estaba malo. Al principio Paloma no comprendió la mirada de Juan de Dios, su mirada de niño egoísta. «Juan de Dios, con ese nombre y siendo tan lindo que seás tan malo.»
El indio los estaba esperando en la laguna.
Juan de Dios traía la mirada fiera, perdida hacia adelante. La mirada de Paloma era una mirada muerta, resbalando nublada de pena sobre el campo alrededor. La laguna era un espejo manso y luminoso, plateado a la distancia por un sol que se iba arrimando al mediodía. El campo alrededor era rubio y parejo, apenas salpicado por algún árbol perdido. El viento, en silencio y como con pereza, despeinaba apenas el pastizal, que cada tanto dejaba asomarse alguna flor silvestre, y la alverjilla ofreciendo a la luz el regalo de unas flores que parecían un corazón partido, en carne viva.

* Escritor