domingo, 15 septiembre 2019
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«Para cantar hay que amar»

Fueguito Cantor es una muestra de la fuerza y la delicadeza que posee la música del terruño, en donde, una vez más, dialogan los poetas con el músico. Alberto Acosta, acompañado de artistas invitados, revitaliza el folclore pampeano con esta nueva placa.
Sergio De Matteo *
Descendiente de padre ferrocarrilero y madre con parentela en policías de territorios nacionales, Osvaldo Clemente Acosta nace en General Pico el 28 de noviembre de 1960. En una de sus primeras actuaciones públicas fue presentado como Alberto Acosta, quedándole como nombre artístico que, con el tiempo, se le adosa «Fueguito», por un poema de Edgar Morisoli.
La canción se manifiesta en la historia del mundo desde tiempos inmemoriales, emparentada con la poesía. La canción es un relato o un discurso social cargado de simbología e ideología. Se teje en la trama de la cultura del pueblo y nutre a cada hogar. La canción, en la vida de Acosta, funda una casa en doble sentido: como historia familiar y como proyecto artístico.
«Mi madre, cuando cocinaba, cantaba», confiesa Acosta. Desde niño se va apropiando de ese ritual y lo convierte en una práctica cotidiana, lo que le permite integrar el Coro de la Escuela Nº 57 de General Pico, dirigido por el maestro Alberto Benuzzi. El cantautor cuenta que «para hacer el disco hice una casa», en alusión a su trabajo de albañil y a sus dos obras solistas, Un fueguito (2005) y Fueguito cantor (2018), que no solo fueron paridas al pulsar las cuerdas sino también en el fragor de la lucha diaria con la plomada y la cuchara.
Maestros y mentores hacen diferentes aportes a su formación. Estudia guitarra durante seis años con el profesor Delfor Rico. Empleado en la zapatería de don Roberto García y Gil, el dueño cumple un rol fundamental, junto al impulso del compañero de trabajo «Gringo» Violini, para que «Fueguito» empiece a mostrar en público sus cualidades en la guitarra y el canto.
Las primeras incursiones se concretan en los concursos del Cine Ideal, donde el resultado se dirimía por el aplauso de los invitados, o en la peña «El Alero», así como se suma a la grilla del parque de diversiones del Dr. Chalita y recorre gran parte del país. Cristóbal Capó es el Dr. Chalita, hijo de don Jaime, uno de los carperos de Salta más tradicionales y protagonista de la zamba «La carpa de Don Jaime», con letra de José Ríos y música de Simón Gutiérrez.

«El Bardino», maestro.
«Fueguito» interpreta al principio canciones del folclore nacional. A la par que compone sus propios temas, descubre el incipiente cancionero pampeano. Siendo un adolescente (16 ó 17 años) tiene el primer encuentro informal con un músico local en el tradicional restaurante «Rancho de la ruta» de Santa Rosa. Se presenta y conversa con Julio Domínguez, «El Bardino», quien lo aconseja respecto a la cultura regional al confiarle: «esta es la cosa nuestra». La amistad se consolida con el tiempo y hay un reencuentro en Cosquín, en el festival de folclore más importante del país.
Acosta viaja a este encuentro de la música popular empujado por anécdotas de que un cura lugareño ayudaba con alojamiento y viandas. Una vez arribado al pueblo no consigue dar con el párroco y debe arreglárselas solo. Sin palo donde rascarse y con la prepotencia de su juventud empieza a cantar en peñas que le aseguran una mínima manutención.
Dos hechos fundamentales sobrevienen en Cosquín que lo van a marcar para siempre. Cuando los reclamos por los ríos pampeanos se manifestaban por medio de la intervención artística, Acosta interpreta la «Corralera del Atuel» («La Pampa tenía un río,/ yo no sé si lo tendrá,/ la cosa está conversada/ y yo la quiero contar»), frente a su propio autor, «El Bardino», quien lo alecciona y le agradece el gesto. Este reconocimiento es crucial porque termina de direccionar no sólo la temática de un repertorio sino el compromiso que implica componer canciones consubstanciadas con las luchas del pueblo y la responsabilidad de defenderlas en el escenario. Después de una de las tantas actuaciones en el «Club del Ajedrez», donde despliega canciones de protesta del tenor de «Coplera del prisionero» (Armando Tejada Gómez) o «Canción del bohemio» o «Canción del soñador y errante» (Darío Gómez Serrato / Herminio Giménez), popularizadas por Horacio Guarany, es detenido en Cosquín por la policía cordobesa. Acosta permanece tres meses en prisión en la ciudad de Córdoba capital, donde es testigo del salvajismo de la última dictadura cívico-militar. Constata la opresión de primera mano en la tortura que padecen los compañeros, entre ellos los hermanos Santana. Una vez liberado acude inocentemente a la iglesia en busca de ayuda. Ante la respuesta comprende quienes son los actores involucrados en el Terrorismo de Estado y también el significado que tienen las canciones contestatarias, las cuales van a signar tanto sus recitales como su discografía venidera.

Sobre los viajes.
Con la guitarra al hombro, el «Fueguito» trasuda la patria. Viaja y canta. De esa forma llega a Salta, en el año ’91; donde lo anuncia el diario El Tribuno. Así como están las giras por Argentina, su historia se jalona por jornadas épicas, como la de apearse a los trenes para venirse a las audiciones en Radio Nacional o LU33. El mismo cantautor reconoce que muchas de las canciones las aprendía cuando escuchaba las interpretaciones por medio de la radio.
Cuando cuenta con escasos 21 años tiene la posibilidad de grabar en Music Hall. Es en el mismo momento en que Silvestre lanza su canción «Ana, yo no soy tu príncipe azul». El proyecto no se concreta por cuestiones de agenda de la discográfica.
Se radica por primera vez en Santa Rosa en la década del ’90. Ya trae historia sobre sus espaldas y un puñado de canciones con letras de Heraldo Hernández, entre ellas «Allí va Eliseo Tello», así como la relación con los artistas piquenses Juan José Sena o Escol Prado. En la ciudad capital crece el círculo de amistades, se destacan el «Paisano» Santajuliana, Guillermo Mareque, Teresa Pérez, Bustriazo Ortiz, Edgar Morisoli, entre otros.

Exploraciones.
La placa Fueguito Cantor además de nuevas musicalizaciones de poetas pampeanos (Bustriazo Ortiz, Margarita Monges, Guillermo Herzel, Edgar Morisoli, Teresa Pérez y Heraldo Hernández), contiene arreglos («Milonga Gris», «Cosas del Agua Sola» y «Milonga Rubia»), además de una versión mejorada de «Los Únicos Santos» (texto de Guillermo Herzel) y la bella interpretación de «Milonga Nomás», de Roberto Yacomuzzi.
El disco ha sido grabado y mezclado por Pablo Jaquez en Sonoman Recorder, y masterizado en Orion estudio por Pablo Rabinovich. Acosta convoca para este trabajo a músicos talentosos, como Julio Argentino Aguirre, Juan Olivera y Héctor Matías Sánchez. Completa el equipo el diseñador Martín Carbajal Naval.
Esta selección se ajusta a aquella idea vertida en la charla inaugural con Julio Domínguez, donde las cosas nuestras quedan referidas en el repertorio y en la toma de posición en el escenario.
Acosta resalta que su método de composición es «poner en melodías todo lo que el poeta escucha», porque son «sonidos que vienen en la escritura». Uno debe identificarse con la impronta de cada poeta, para ello es preciso «situarse en el lugar, en el paisaje, en la palabra, donde están los sonidos del poeta», y «el compositor debe descubrir esa música que ya está ahí, porque hay poetas que ya cantan desde su obra».
En la voz de «Fueguito» Acosta se concentra la fuerza de la naturaleza pampeana, la historia de sus hombres y de sus pueblos, destacándose la conjunción de la tradición folclórica y las producciones emergentes (como Rojo Estambul). Sus manos hacen vibrar las cuerdas en el diapasón de la guitarra como también alinean con precisión el piolín sobre la regla de la futura pared. Pensando y midiendo, así ha ido construyendo su trayectoria Alberto Acosta, sea como solista o en obras colectivas; quedando registrada su impronta en LP como Nacimiento (2003), Un fueguito (2005), Canto Continente (2013), junto a Guillermo Herzel, y Fueguito Cantor (2018). Ese camino («La clave está en el rumbo, en el sendero», alude Edgar Morisoli, en el packaging del disco), Acosta lo hizo arriesgando todo, hasta sentir los «dolores que marcan para siempre el alma y que el canto mitiga». El hombre que ha luchado para encaramarse sobre la vida es agradecido, por eso «Fueguito» indica que siente «satisfacción porque los y las colegas de la música siempre me han acompañado cada vez que hice algo».
Osvaldo Clemente Acosta, conocido con el nombre artístico de Alberto Acosta, apodado «Fueguito» por Ricardo Vaquer (el «Flaco» Vaquer), hereda el arte del canto de su propia madre, y lo hace oyéndola mientras ella cocina; y en esa intimidad hogareña abreva de sus melodías en la extensión de los eternos hilos del amor maternal. Por eso hoy, en este presente, en el tiempo-ahora, el cantautor puede decir: «para cantar hay que amar».

* Escritor