Inicio Caldenia Patagonia border

Patagonia border

Tensiones, disensos y convergencias emergen en el campo literario nacional y, en particular, en el patagónico. Discusiones políticas y socioculturales conforman la trama de «fronteras» territoriales y simbólicas.
Sergio De Matteo *
Las literaturas de la Argentina son revisadas y puestas en discusión desde aquel momento en que se constituyó la idea determinante de un libro nacional, de una épica fundante. Ese mito y esa táctica política recayó en el Martín Fierro, que fue apuntalado por Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas. Esa matriz se parapeta y articula ante el clima de época, pues estaban arraigándose los inmigrantes europeos en Buenos Aires, que venían con su propio bagaje cultural y biblioteca literaria. Rafael Obligado sentenciaba: «tribuna, púlpito, periodismo, cátedra, poesía, novela, teatro, elocuencia popular, tuvieron su verbo encendido, apagado ya por la acción del tiempo y la indiferencia harto dolorosa de los países de aluvión». El aluvión no eran los gauchos o el paisanaje de tierra adentro, como lo había interpretado Sarmiento en su Facundo, o la interpelación a la mazorca rosista denunciada por Echeverría en El Matadero, sino el arribo de la inmigración europea.
Se constituye una diáspora que se sostendrá desde las conferencias sobre el Martín Fierro que Lugones dicta en el teatro Odeón en 1913 y la creación de la cátedra Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras (1912). Allí, Rojas proclama que la obra de Hernández es para los argentinos el poema épico nacional (Altamirano y Sarlo, 2016), postergando, incluso, a los textos preexistentes. Una teoría que es escrita en un «idioma de trasplante», con la cual inscribe y organiza nuestra historia literaria en la producción de «Los gauchescos», «Los coloniales», «Los proscriptos» y «Los modernos».
Desde una «cátedra sin tradición y una asignatura sin bibliografía», Rojas construye La literatura argentina. Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata, que publica entre 1917 y 1922. En este período sucede un «proceso de gauchización de la cultura», según la definición de Noé Jitrik.

Escrituras del Sur.
Para poder abordar cómo se van conformando las diferentes cartografías literarias de la Patagonia, también se hace necesario comprender las facetas de la literatura nacional, porque serán los protomodelos que se intentarán replicar en los territorios nacionales, primero, y en las provincias, después. Por eso, la literatura del sur del país se halla tensionada entre los dispositivos culturales de los primeros viajeros (hasta impusieron su nombre: Patagonia, vía Antonio Pigafetta, en 1520), que se consideran como «textos fundantes» (Casini, 2007), la narrativa política que incorpora dichos territorios a la Nación (Zeballos, Moreno, Lista, Fontana, Onelli, etc.), y la producción metafórica (Livón-Grosman, 2003), que se inicia con la novela Idle Days in Patagonia (Días de ocio en Patagonia, 1893), de W. H. Hudson. Aún así, dentro de esas coordenadas dominantes, también hay que referenciar dentro de una concepción crítica más amplia e inclusiva, el sustrato cultural de todos los pueblos originarios y las contribuciones simbólicas de los galeses.

Tensiones.
Las fronteras inscriben una tensión recíproca entre las partes, entre el adentro y el afuera. Al reconocerse la presencia de una frontera no sólo geográfica, sino también cultural, étnica, lingüística, habrá una zona sometida a leyes de intercambio y traducción.
La crítica patagónica cuenta con una importante bibliografía con anclaje en diferentes tradiciones teóricas, pero además ha sumado sus construcciones epistémicas particulares, por ejemplo, Casini resalta: «Identificar las ‘Patagonias Otras’ que cada escritor construye en su imaginación (y en sus discursos), tratando de ver la particular relación entre el espacio de representación y sus circunstancias vitales…» (2008).
Ese espacio, o frontera, que es impuesto por el poder colonial y nacional, abjura e invisibiliza en la representación, a lo originario. Podría pensarse, más allá de la persecución y aniquilación (como retrata Pavel Oyarzún en La Cacería), que a pesar de esa maquinaria de exterminio, las culturas preexistentes continúan comportándose como un palimpsesto. Es decir, son un manuscrito de la resistencia que conserva huellas de su propia «escritura» anterior, en la misma superficie (Lola Kiepja, Liliana Ancalao, Viviana Ayilef, Pampas del Sud, etc.). Esta, había sido borrada por el poder colonialista para dar lugar a su inscripción dominante; pero aún así, tras vejaciones y muertes, las voces ancestrales perviven y contaminan con su persistencia en las luchas de los hombres y mujeres originarios de las creaciones actuales.
En ese sentido, ineludibles en esta materia son los aportes de Adrián Moyano, destacándose estudios como Crónicas de la resistencia mapuche (2007), Komütuam, descolonizar la historia mapuche en Patagonia (2013), A ruego de mi superior Cacique Antonio Modesto Inakayal (2017) y Por su valentía se llaman tigres. ‘Indios rebeldes’ en el País del Nahuel Huapi (2019). En 2016 la editorial LOM de Chile publica una recopilación de sus dos primeros libros bajo el título De mar a mar. El Wallmapu sin fronteras (2016), donde Moyano «discute además la ‘idea’ de Patagonia, concepto que obedece a un proyecto imperial inicialmente español, pero que recién pudo plasmar la República Argentina a partir de 1879. La ‘invención’ de la Patagonia sirvió para crear las condiciones ideológicas que propiciaron la expansión colonial argentina que, en términos estrictos, persiste hasta hoy y tiene su origen en un genocidio». En consecuencia, la frontera impuesta no solo ha sido rebasada sino deconstruida, desnudando la metodología imperialista.
Mónica Berón, antropóloga de la Universidad de Buenos Aires, plantea: «la existencia de extensas redes facilitó la integración social de la región, lo que resultó de gran importancia para su resistencia física y cultural ante diversos factores, como la llegada de los colonizadores europeos», y afirma que «hoy los pueblos originarios vuelven a resurgir, retomando su cultura; es una historia que está transcurriendo».
Gloria Anzaldúa en su libro Borderlands/Las Fronteras: la nueva mestiza, plantea que una frontera no es sólo la línea entre países, sino un terreno psíquico, social y cultural. En esa dirección, desde un punto de vista tipológico, es posible observar que en las culturas sedimentan y, además, se superponen cuatro matrices del orden retórico: la mitológica (Ángel Uranga), la artística (Raúl Mansilla, Pavel Oyarzún), la científica (Casini, Mellado, Spíndola, Moyano), y la cotidianeidad, lo real, donde opera cada una de estas especificidades simbólicas e imaginarias.

¿Hay fronteras?
Con respecto a ese tópico, Ángel Uranga en su libro El eco de la letra resalta: «Tierra de fronteras o directamente ‘la frontera’, límite de la civilización con la barbarie» (2011), y agrega: «Hay un término que caracteriza de manera absoluta la literatura de Sur, me refiero a la palabra desierto del que derivan múltiples significados e imágenes, a saber: lugar, borde territorial, frontera, límite, periferia». Estas marcas también son interpretadas por la investigadora Silvia Casini en la obra Ficciones de Patagonia. La construcción del Sur en la narrativa argentina y chilena (2007), donde señala: «La región ha sido descripta por el conquistador desde sus matices de marginación, de fronteridad, de soledad, de tierra maldita» (2007). Esa fronteridad es contemporánea al diseño de los Estados-Nación argentinos y chilenos, porque el Walmapu se extendía de mar a mar, como resalta Adrián Moyano. Esto se refuerza, la idea de frontera, límites o desierto, en el peor de los casos, en lo que inscribe Ernesto Livon-Grosman en su obra Geografías imaginarias. El relato de viaje y la construcción del espacio patagónico: «La representación de la Patagonia está directamente ligada a los desplazamientos de la frontera» (2003).
Ese desplazamiento fronterizo posee intereses económicos, en primer lugar, por eso la ampliación jurisdiccional del territorio nacional, para que los terratenientes exploten las tierras conquistadas por medio de un genocidio.
Bajo esta óptica, la frontera es una zona de exclusiones donde se filtra o limita la penetración de lo ‘otro’, construyen una especie de «tierra de nadie» (terra incognita, tierra maldita), en cambio para los pueblos originarios era un espacio en que se negociaban o mediaban procesos de integración, un lugar «dialógico» que promovía adaptaciones, reelaboraciones y traducciones que reterritorializaba desde el encuentro colectivo (Berón, Moyano).
Esta posibilidad de diálogo no sucede en la etapa de los «textos fundantes» de la Patagonia. Refiere Casini: «En la base de la conformación de esas imágenes fundantes se encuentra la noción de intraducibilidad. No hay, en los exploradores europeos ninguna intención de acceder a una comunicación con el indígena»; y agrega otra subestimación: «La mal llamada conquista del desierto impidió el reconocimiento del otro». Además de negarse el reconocimiento, también hubo una decisión de exterminio. Walter Mignolo resalta: «El patrón colonial se basa desde sus inicios en una máquina genocida que nunca frenó». La frontera entre Argentina y Chile se traza con sangre.

Prácticas imperiales.
Todo bloque histórico construye su hegemonía en el ejercicio del poder. Fronteras, bibliotecas, fundaciones de pueblos, renombramientos de regiones (Patagonia) o accidentes geográficos, serán las herramientas del opresor. Se oculta lo preexistente. La investigadora Luciana Mellado considera que: «La narrativa fundacional pre-nacional […] es aquella que inicia el archivo de la región sin ofrecer una imagen completa de ésta. Esta narrativa, que colabora eficazmente en la definición tanto literaria como política de la Patagonia, es escrita por viajeros no criollos, cuyos relatos están centrados en un territorio que ambicionan los proyectos imperialistas» (2015).
En ese sentido, habrá varias etapas donde se irán acumulando escrituras, desde la tierra/letra manuscrita de Héctor Raúl Osses hasta la actualidad; sin olvidar el proceso de resignificación y resurgimiento de la oralitura de los pueblos originarios.
En las prácticas significantes o sistemas modelizantes se relee y describe la región patagónica bajo dos claves: por ejemplo, en los autores foráneos, se reconoce una red o tejido intertextual que repite el espacio imaginado de los textos fundantes. En contraste, otres escritores, anclados en el territorio, «muestran la Patagonia como un espacio habitable en relación con coordenadas culturales propias» (2007).
Luciana Mellado refiere que «La literatura referida a la Patagonia se sitúa en una tradición de textos que diseñan las distintas cartografías discursivas de la región desde diferentes lugares geopolíticos de enunciación que pluralizan y complejizan el imaginario regional» (2015).
Las fronteras coloniales o imperiales, incluso, nacionales, empiezan a diluirse en las cartografías literarias, atendiendo a la bibliografía citada, porque hay un desplazamiento representativo en el terreno psíquico, social y cultural. Hallamos una disputa geopolítica que está inserta en determinadas obras y autores, que nos devuelve otra vez al territorio ancestral, junto a nuestros hedores (Kusch), pero en un tiempo-ahora trascendental y pluricultural.

* Escritor