Poema y revelación

La prolífica obra del escritor Edgar Morisoli se sustenta nuevamente a partir de la presentación de Lenguaraz de confines, recién editado por Pitanguá. Daniel Pellegrino, Jorge Warley y Gisela Colombo analizan el poemario para Caldenia.
Daniel Pellegrino y Jorge Warley *
Edgar Morisoli presentó Lenguaraz de confines (Santa Rosa, Pitanguá), un libro de 21 poemas con las habituales ilustraciones de artistas plásticos y una fotografía. Un adelanto de este material lo habíamos tenido en Antología personal (Ediciones en Danza, 2017).
Presentado en la sede de la Unión de Jubilados de la provincia el sábado 3 del corriente, a hora temprana de la tarde, el título “Lenguaraz de confines” se explica por un poema homónimo inserto en un libro publicado también el año pasado (Quinto cuadrante/ Papeles del trovero). Allí leemos: “No siempre los confines son los que están en la lejanía, los que aguardan tras la línea móvil del horizonte. También hay confines dentro de nosotros mismos, en el íntimo reducto de la conciencia y el sentimiento, en la raíz secreta de la palabra. Confines del reprofundo del corazón, tan difíciles de alcanzar como los otros”.
Con la palabra “confines” le está buscando una nueva vuelta a la concepción del “quinto cuadrante”, es decir la indagación de los espacios interiores, las sombras de la memoria y la nostalgia que aún tienen que manifestarse en la escritura.

Lenguaraz.
En cuanto al vocablo “lenguaraz” sabemos que el significado no encaja con lo que dice el modoso diccionario de la lengua (“el que habla con atrevimiento y sin respeto”) sino con la historia de la frontera argentina del siglo XIX entre blancos e indios: lenguaraz era la persona bilingüe no solo capaz de oficiar como traductor e intérprete sino también como mediador entre dos mundos, dos culturas. En Morisoli el vocablo es una metáfora más del oficio poético, oficio que cumple el tradicional y persistente rol que ya anotara -por ejemplo- en versos de “Cementerio de los hachadores” (Salmo bagual,1959): “‘Nombrar es destruir’- ¿Pero qué puedo/ hacer sino nombrarlos, ceñir la sangre en torno/ de esas palabras solas, hincarme más y más su espina viva de tristeza…”. Esos nombres escritos en derruidas cruces de lata deben ser “reveladas” (palabra del gusto de Morisoli, el poeta es un revelador de estados, tanto de la naturaleza como de la conciencia) para que sigan flotando un tiempo en el imaginario social, o al menos en la comunidad de lectores.

Metapoemas.
En “Lenguaraz de confines” hay un par de piezas que toman como objeto de reflexión a la propia poesía, vuelven sobre sí, indagan sobre la tarea misma de la creación poética, y proclaman la fuerte valoración del sujeto poético, nada novedosa por otro lado. En “He aquí el poema…” se lee: “Ya no me pertenece. Ahora es tuyo, / como es tuyo el camino que seguirá tu alma/ tras haberlo leído. Yo te ofrezco tan sólo/ un punto de partida”.
Y más adelante, en “De coplas viene la mano”, completa: “Copla mía copla tuya, / copla sin dueño mejor, / como el aire, como el agua/ y el vuelo del picaflor”. Es también el “yo romántico” deudor del ideario cultural y literario europeo que enseñó a reafirmar los valores autóctonos, la lengua “nacional”, la necesidad de fundar un espacio identitario propio, regional, podríamos decir. Desde tal perspectiva se puede abordar la larga lista de los poemarios morisolianos. Desde la enunciación, el poeta ayuda a interpretar el lugar con su canto y si ese canto pierde a su autor, es decir, si el pueblo se adueña de él, la tarea estará sobradamente cumplida.
Un dato que parece anecdótico, quizá por lo naturalizado del hecho, es que este tipo de composiciones (escritos en versos octosílabos asentados cadenciosamente con las rimas de los versos pares), ya están musicalizados y con el nombre de los autores puestos en el libro (y muy probablemente todos sean cantados durante el acto de presentación). Esta es una muestra más de la acendrada función y valoración del poeta que aún puede extender su legado hacia la comunidad que lo contiene. Son, además, las poesías más interesantes del libro, las que le cantan a un “Cocinero de campaña”, a “Roque Valdez”, a “Los desvelos del viento”. Es un tipo de poesía que parece volver a los orígenes mismos del género, es decir cuando poesía y música no se diferenciaban. Así, los confines no sólo son espaciales, no sólo hablan de lo externo y lo interno, sino también se extienden sobre la temporalidad.

Un poeta órfico.
La poesía órfica, derivada del mitológico poeta y músico griego Orfeo,hijo de dioses, se conecta en parte con los ritos y los misterios de estilo religioso. Bajo esta condición, la poesía órfica subraya el predominio de la “revelación” frente a la razón, de la disciplina del alma frente a la materia. Uno de sus elementos fundantes en la concepción de la ‘noche’ como mediadora y generadora del proceso creativo, en que el esfuerzo de la memoria rinde frutos poéticos. Poetas de la talla de Rainer María Rilke (Sonetos a Orfeo) y de José Lezama Lima (Muerte de Narciso; escribió además el ensayo ‘Introducción a los vasos órficos’) dan cuenta del interés por este devenir poético.
La poesía de Morisoli está lejos de hallar en la noche y en elementos rituales motivos de inspiración. Pero en “Lenguaraz de confines” hay un espacio imaginario, un caudal memorístico en el que se recrean encuentros y reconocimientos con otras “almas”. En el poema “Un territorio inabarcable”, el poeta escribe: “Decir revelación es decir poesía. Un territorio/ inabarcable. Los que allí se aventuran/ traen, al regresar, la estela del futuro grabada en sus pupilas/ y cierta intimidad con el misterio”.
En “Sueño a dos voces”, se imagina el encuentro entre dos figuras históricas: el “cura guerrillero” Ildefonso de las Muñecas (1776-1816), que participó de las revueltas libertadoras del Alto Perú, y el Che Guevara (1928-1967): “Cualquiera hubiese dicho/ que estas dos sombras no se encontrarían/ jamás. Pero en el cielo de América del Sur/ todo es posible, el corazón lo sabe/ como escribió Ramponi. El siglo y medio/ que distanció sus vidas en la tierra,/ ya era polvo estelar, esquirlas ciegas de un cometa extinto”.
En el último poema del libro, “Envío”, recuerda a cuatro amigos: José Prado, Juan R. Nervi, Julio Colombato y Evar Amieva. “Mi diálogo con sus obras y su memoria continúa. No lo marchita el tiempo”.
Y, claro, no falta en encuentro y reconocimiento con el ser amado: “El viento astral comenzó a visitarme/ después que Ella partió (¿lo hará en su nombre?). / Sopla de a ratos, arrastrando briznas/ de ilusión y bandadas de entrañables recuerdos”.

* Docentes de Letras, UNLPam

 

Confines en la aldea

Tema y motivo, esencia y contingencia, son categorías que la autora de este artículo utiliza para comprender la trama de Lenguaraz de confines, el último poemario de Edgar Morisoli. También, la acentuación del elemento aire en su estética.

Gisela Colombo *

Hace un tiempo, Edgar Morisoli, nuestro gran poeta, me hizo llegar un documento breve destinado a que lo compartiera con mis alumnos. Se trataba de una explicación sobre dos ingredientes de la poesía. Una reflexión sobre los componentes esenciales de todo texto poético.

Allí distinguía el “tema”, del “motivo”. Y decía entonces:

“[…] Los “temas” de un poeta pueden ser muchos y múltiples… pero no infinitos. Hay siempre un grupo de obsesiones, sueños, vivencias, que aglutina los temas propios de un creador.

El “motivo”, en cambio, no es otra cosa que la plataforma de abordaje de los temas, la cual sí que puede sumar incontables caminos.”

Para Morisoli, según él mismo ejemplifica, la tragedia de la ambición humana es una de esas obsesiones vitales a las que siempre regresa. Pero sus poemas abordan el tema con diversos motivos. Así lo hace en “Al Sur crece tu nombre” (1974) mediante “Fábula de Villagra”, en que recuerda la psicosis del oro encarnada por la figura legendaria de Villagra. Pero del mismo modo planteará el tema en “Cartel en la Línea Sur” (La lección de la diuca, 2003), “Viaje del Encomendero” (Última rosa, última trinchera, 2005), “Metal del Sol y la locura” (Una vida no basta, 2015). Todos estos constituyen   “motivos” para expresar el mismo “tema”.

El sábado 3 de noviembre, don Edgar presentó su poemario más reciente, al que tituló “Lenguaraz de confines”. Durante su exposición inicial volvió a tocar la clasificación que les había regalado a mis estudiantes, aunque habiéndole dado una voluta más, atendiendo el asunto desde una perspectiva más profunda incluso.

Propuso esta vez la complementariedad de “Esencia y contingencia”.

Si el matrimonio entre motivo y tema concernía a la estética de la poesía, es decir a aquel ámbito de la filosofía que trata el asunto de la belleza, “esencia y contingencia” corresponden a una esfera más amplia, la de la filosofía, la del pensamiento sobre lo real.

Esencia y contingencia.

Contingencia suele referirse a algo posible o aquello que puede, o no, concretarse. Una eventualidad. En términos filosóficos, Santo Tomás de Aquino le atribuye la condición de contingente a toda criatura. Ninguno de los seres vivos es necesario. Su escolástica sostiene que la misma Creación es un producto gratuito del Creador, que no hizo falta, ni hará falta el día que se agote.

En la obra de Morisoli contingencia es cada una de las situaciones que suscita la realidad. Circunstancia que envuelve como un entorno al sujeto, o interesa como objeto de reflexión al poeta.

No obstante, detrás de esa multiplicidad de circunstancias propuestas en tiempo y espacio, existe un fondo, un esquema que se repite. Algo que se “dice” con una u otra situación. Un cuadro esencial detrás de cada contingencia. Se trata de lo que el poeta nombrará como “esencia”.

Por ser el fondo que lo anima todo, la esencia es insustituible y atemporal.

Diríase en el lenguaje de Morisoli que la esencia corresponde al “tema”, mientras lo contingente es simplemente una situación en que se expresa ese tema, el “motivo”. Así, el racismo puede manifestarse en la limpieza de sangre del siglo XV hispano, o en la Polonia de Auschwitz. Pero es siempre el odio hacia lo diferente. “Todos los fuegos, el fuego” diría Cortázar.

Por eso, pronuncia el lenguaraz ante el poema: Tuve ante mí lo efímero y lo eterno de la aventura humana.”

Un ejemplo de esto lo constituye “Sueño a dos voces”, en que se iguala a Ildefonso de las Muñecas con Ernesto Che Guevara en lo esencial de su lucha, a pesar del “Siglo y medio que distanció sus vidas en la tierra.”

Hasta aquí el Morisoli tradicional.

Viento astral.

Lo novedoso es la apertura del campo indagado hacia otras latitudes. Del mundo, al universo. Las referencias al cosmos, las estrellas, la galaxia, las menciones al cacique de los cielos y el predominio del elemento aire que despliega “Lenguaraz de confines” podrían darnos la pauta de que aquí─ la pesquisa no se limita a comprender las sociedades, los avatares de la historia, o al hombre tarea muy ambiciosa de por sí─.

Y el mismo poeta arroja un motivo para la expansión, una hipótesis que explique la acentuación de lo aéreo en su estética. “El viento astral comenzó a visitarme/ después que Ella partió (¿lo hará en su nombre?) .“

Una referencia a la partida de Margarita, su compañera. La necesidad desde entonces de comprender la vida en otro plano se abre paso en la poesía morisoliana.

Incluso crece desde la premisa de que se mueve en pos de una utopía. Desde el principio, señalará el sujeto lírico que se trata de algo rayano con el imposible.

“[…] Yo te ofrezco tan sólo/ un punto de partida/que ojalá fuera el punto que Arquímedes pedía…”

Cuenta la leyenda que Arquímedes de Siracusa, entusiasmado por el descubrimiento de la ley de la palanca, pronunció una frase presuntuosa: “Dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”. El punto de apoyo de Arquímedes suponía estar parado en el espacio, fuera del mundo.

Eso es exactamente lo que convertía su plan en un imposible. Si de algún modo no nos estuviera vedado observar la vida desde afuera, desde la muerte, seguramente la esencia dejaría de ser un enigma.

Es una tarea quimérica salirse del mundo para poder verlo. Sin embargo, el amor puede obrar algún que otro milagro. Puede llegar en ocasiones, “un viento astral”, que permita pensar las cosas desde afuera.

 

Trama y urdimbre.

Si bien la indagación amplía su terreno, no hace falta cambiar el método porque para el autor todo está entramado.

En el marco de una entrevista muy interesante publicada en “El anartista” (www.elanartista.com.ar/2015/04/16/pais-del-monte/), Patricia Bailoff y Josefina Bravo le plantean a Edgar Morisoli la siguiente pregunta:

¿Y cuál es la relación entre lo micro y lo macro?” Él responde:

“Todo es una gran trama, ¿no es cierto? La trama del universo, la trama de la vida. De modo que no hay un elemento aislado, por más aislado que pueda parecer.”

No extraña la metáfora del tejido. El maestro muchas veces ha mencionado la etimología de la palabra texto, que emparenta la escritura con un tramado de urdimbre y trama, de esencia y contingencia, de tema y motivo.

La imagen de correspondencia entre trama y urdimbre, que subyace a toda la obra, es otra señal de apertura, de cambio. Así se dice en “Dos regresos”:

 

“Regreso del país de los cantores,

donde el silencio es trama y la palabra

urdimbre. […]”

Aquí hay una inversión de lo que sucede habitualmente en los textos, señalando quizá los efectos del “viento astral”. La palabra suele ser la herramienta de la trama; y aquello que queda silenciado es la urdimbre. Aquí ocurre lo contrario.

Y entonces, se pondera el silencio.

Después de frecuentar “el país de los cantores”, se sume el poeta en el silencio. Un viaje hacia la mirada desde afuera lo deja perplejo.

La pista podría dormir en el último de los poemas, donde el autor hace un homenaje a algunos amigos artistas que, junto con Margarita, y mediante la memoria que los hace presentes, acompañan su tarea poética. Con ellos y por ellos, se abraza la importancia del silencio.

 

Pie en tierra.

Por más que tiente el viaje aéreo, el propósito poético no es digno si se escapa de la tierra. No se trata de perder raíces y tornarse pluma en el viento.

“Pero mi reino no es el aire. Vivo y canto

en Amerindia, al sur del continente

─entre vientos astrales y pamperos de verdad cotidiana

cuando el Imperio nuevamente acecha.”

En cambio, la verdad   esencial habrá de ser perceptible tanto en las estrellas como en el terruño. Tanto en el paisaje del macrocosmo, como en la intimidad del ser.

Y el poeta está llamado a quitar el velo sobre la esencia, sin detener el pincel con que pinta su aldea. No hace falta viajar muy lejos, sino “traducir” ─haciendo honor a la vocación de “lenguaraz”─ el lenguaje profundo, la raíz secreta de las palabras.

Por ello, al finalizar la presentación, Morisoli decidió citar un poema propio que dio nombre al nuevo libro. Y concluyó:

“No siempre los confines son los que están en la lejanía, los que aguardan tras la línea móvil del horizonte. También hay confines dentro de nosotros mismos, en el íntimo reducto de la conciencia y el sentimiento, en la raíz secreta de la palabra. Confines del reprofundo del corazón, tan difíciles de alcanzar como los otros…”.