Poeta y pintor de época

H. Walter Cazenave * – El 3 de agosto se cumplen 120 años del nacimiento -en 1896- de Celedonio Flores, uno de los próceres de la buena poesía del tango. Y el 28 de julio, hizo 69 años de su muerte.
Una marcada sensibilidad sumada a un agudo poder de observación y manejo de la sicología y el lenguaje popular de la época, aunque también se puede encontrar universalidad en sus tipos, hicieron de Celedonio Esteban Flores posiblemente el más destacado de los poetas tangueros que cultivaban sin excesos el habla del pueblo, lunfardo incluído.
Si, como dice el Libro, “Por sus frutos los conoceréis”, allí están Mano a mano, Corrientes y Esmeralda, Canchero o Margot, acabadas pinturas de una época, su sociedad y su gente que, de algún modo y en su referencia última, siguen teniendo algo de vigente.
Precisamente, con respecto a la última de las letras nombradas -Margot (originalmente llamada Por la pinta)-, dice la historia que fue la primera de la obras trascendentes de Flores, escrita cuando tenía poco más de veinte años y publicada por el diario Ultima Hora. Su contenido y ritmo poético llamaron la atención de Gardel y Razzano, que por entonces empezaban a volcarse al tango. Ambos quedaron sorprendidos al conocer al joven autor y, medio en serio medio en broma, sugirieron al muchacho que semejante aventura y drama amoroso no podía haberle ocurrido a él sino “a algún tío bandido”.
Es que una de las condiciones de los poemas de Celedonio Flores (el Negro Cele, como pasó a conocerse en los anales de la música popular) es su arraigo en la geografía y las historias -mínimas o trascendentes- de la ciudad y el país, esa Argentina y ese Buenos Aires de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado, bullentes de cambios y mezcla de culturas.

El aviador.
Justamente, es sabido que el verso que abre la composición en loor de una de las esquinas más famosas de la ciudad, Corrientes y Esmeralda, está inspirado en una anécdota trascendente en su época, máxime que el protagonista fue Jorge Newbery, epítome del argentino emprendedor y mundano a comienzos del siglo XX.
Se dice que el joven aviador, con su flamante título de ingeniero conseguido en los Estados Unidos (donde también había aprendido a boxear) era un activo protagonista de la noche porteña. Una madrugada fue patoteado por dos compadritos a quienes, merced a sus conocimientos pugilísticos, tendió en el suelo y puso después en fuga. Cele, que conoció la anécdota por mentas, siendo niño, la inmortalizó sintéticamente en dos de los mejores versos de la poesía popular argentina:
Amainaron guapos junto a tus ochavas
cuando un cajetilla los calzó de cross
A la espléndida imagen inicial, que aplica el término marinero “amainar” al sustantivo “guapos”, con todo lo que significa entre nosotros, creando una felicísima metáfora, se agrega la palabra lunfarda cajetilla, precisa en el habla popular para caracterizar un petimetre, condición que solía adjudicársele al propio Newbery. También sintetiza su sapiencia boxística en el anglicismo “cross”, que define el golpe cruzado.

El boxeo y la poesía.
La precisión en el uso de aquel término no es casual: en su juventud Celedonio fue un brillante aficionado al boxeo, tanto que llegó a disputar la final de un campeonato nacional de aficionados en la categoría Peso Liviano.
Su natural sensibilidad tenía una base sistemática, ya que había cursado hasta tercer año de comercio. También lo atraían las bellas artes y la música pero fue en la poesía donde persistió con éxito. Para 1915, había escrito su primer libro de sugestivo título, Flores y yuyos, que nunca fue publicado, mientras trabajaba en el Ferrocarril Central Argentino.
Junto con su base educacional secundaria, Celedonio también tenía un amplio conocimiento poético ya que, desde su juventud, era lector, de Almafuerte, de Delmira Agustoni, de Leopoldo Lugones, de Evaristo Carriego y, desde luego, del deslumbrante Rubén Darío que vivía intensamente la bohemia porteña de esos años y de quien acaso tomó la afición por el verso endecasílabo, que tan bien manejaba. Ellos le dieron las herramientas para traducir el dinámico y espeso ambiente social en que transcurrieron su niñez y adolescencia, que le suministraba material a sus poemas.
Precisamente cuando alguna vez se le preguntó si nunca se había sentido tentado de transitar la poesía “seria” contestó -respetuoso- algo así como que “había puntos muy altos y el naipe no daba para tanto…”.
Así y todo no resistió una emulación lunfarda de la Sonatina, de Darío con aquel
La bacana está triste,
¿qué tendrá la bacana?
Los suspiros escapan
de su boca de rana…

Realidad e idioma popular.
La sensibilidad canyengue de Flores transitó el mundo de los amores desgraciados y la pobreza, alcanzando síntesis inigualables en su fondo y su forma, como es el caso de Mano a mano, una antigua expresión criolla a la que dota de un conciso relleno sentimental, hasta hoy válido. Pero más allá de lo amoroso también lo social tocaba -y mucho-, su sentimiento poético, confrontado a los años duros de la Década Infame. Su experiencia de vida lo autorizaba a decir, como en Sentencia
…de muchacho no más hurgué en el cieno
donde van a podrirse las grandezas.
¡Hay que ver, señor juez, cómo se vive,
para saber después cómo se pena!
En tanto que en otro tango se refiere al suburbio como:
El fango social donde una noche
asentara su rancho la miseria.
Es honesto dejar constancia que lo suyo no fue insensible a la injusticia social y política, cuando escribió su tango Pan, todo un alegato contra la Década Infame. No es casual que su primer libro de versos se llamara Flores y yuyos. Como bien ha dicho Norberto Firpo, “sus obras tangueras constituyen un vasto friso de las congojas populares, de los infortunios de la pasión amorosa, que sólo prosperan en la soledad y el resentimiento. Empeñado en encontrar puntos de inflexión entre la jerga suburbana y el lenguaje culto, la mayoría de sus piezas (Viejo smoking, La mariposa, Atenti, pebeta, Cuando me entrés a fallar, El bulín de la calle Ayacucho, Tengo miedo) encuentran en ese atributo una clave de perdurabilidad reservada a los baluartes del romancero porteño.”

Tres pasiones.
Nutrido en la el modo de vida y la tradición porteña del siglo pasado Celedonio Flores unía a sus méritos intelectuales tres aficiones imprescindibles a todo porteño auténtico de esa época: el fútbol, la noche y las carreras de caballos; estas últimas, en sus decires y expresiones, aparecen a menudo en sus poemas aplicadas en sentido filosófico.
Como todo creador auténtico, sufrió las amarguras de la incomprensión, por más que el sentimiento popular ya lo hubiera consagrado largamente. Sus últimos años estuvieron enmarcados por la amargura que le produjo uno de esos hechos absurdos, tan frecuentes sin embargo en la vida política argentina: tras el golpe militar de 1943, el gobierno, por recomendación del vicario castrense monseñor Franceschi, prohibió la difusión de los tangos que tuvieran palabras lunfardas, por lo que autores emblemáticos como Flores y Enrique Santos Discépolo se vieron afectados en su obra. Así el cajetilla que había calzado de cross a los guapos que los agredieron en Corrientes y Esmeralda pasó a ser un “petimetre” o, en el mejor de los casos, un compadrito. Piénsese lo que deben haber sido Margot, Mano a mano o Mala entraña concebidos en esos términos. El ingenio popular, sin embargo, superó esa tontería con una ironía impar: se decía en la época que ya no se podía hablar de tangos de la “Guardia vieja” sino de la “Cuidado mamá”.
Celedonio Flores, seguramente, debió valorizar esos ingenios. Fatigas cardíacas lo llevaron a la muerte el 28 de julio de 1947.
* Investigador