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Poética y trascendencia

LITERATURA – EL UNIVERSO DORA BATTISTON (SEGUNDA ENTREGA)

Desde la memoria del pueblo se trama un universo literario que le da asidero al ser en un estar-situado que, por medio de la palabra, se hace trascendente y mítico.

Sergio De Matteo *

Varios tópicos abordamos en la nota anterior del universo Battiston, destacando, por sobre todo, los arquetipos que dan asidero a su palabra, a su estilo, donde nombra, desde la memoria del pueblo, su pasado y la convergencia con el presente, el de la escritura, que testimonia hacia el porvenir.
El lugar determina un modo de mirar, de significar, pero que la lectura amplían y entremezclan con otras tradiciones, dando como resultado una obra con su propio estilo. Así como Víttori (1986) nos habla de “espacio, tiempo y sentimiento”, tanto Morán, Morisoli, Nervi, Amieva, Girbal y Cazenave, rotulan el territorio desde la pampa india, criolla e inmigrante, con el mito del oeste y la “cultura de la adversidad”, también Omar Lobo añadirá la poética del caldenar. En ese registro navega parte de la literatura pampeana, la cual no se agota sino que como es un sistema dinámico, a su vez es instituyente como presa de la ruptura, donde regurgita la emergencia de voces y estilos que enriquecen su paleta regional.
La productividad significante y la consecución de un lenguaje-objeto son la matriz que sustenta a todo texto literario, por lo tanto, el lenguaje es el núcleo fundamental, y mucho más en la poesía. Entonces la lengua sería o se comportaría como una especie de clave, de aura esencial, de palabra mesiánica que da sentido a la escritura.
Esa palabra –sea mesiánica o no– se hace evidente como herramienta enunciadora y dadora de sentido literario a un espacio particular, tal es el caso de Dora Battiston. Queda claro que la creación sostiene y da fundamento a una obra, donde se imbrican tradiciones dispares, mitos, teogonías y la historia literaria.

Mito.
La literatura está prendada de mitos, incluso se podría aducir que algunos escritores o escritoras se han convertido en figuras míticas, o que también fundaron un espacio mítico. Borges (1955) infiere en “Parábola de Cervantes y de Quijote”: “Porque en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin”. Según Mircea Eliade, “el mito es una historia sagrada que narra un acontecimiento sucedido durante un tiempo primigenio, en el que el mundo no tenía aún su forma actual”. Ese acontecimiento se nutre de la realidad y configura arquetipos, los cuales configuran leyendas, relatos, narraciones que explican el universo; por lo tanto, cada escritor o escritora tendrá su lectura del mundo, y desde su cosmovisión va a elaborar su obra. El mito se manifiesta por medio de la lengua, sea contado, en primera instancia, o escrito en la modernidad: pero aún así, sea cual fuere el medio expresivo, es un lenguaje simbólico, que da entidad al mito, “un vivero de símbolos al que pertenece, como a todos los lenguajes, una particular sustancia de significados que ningún otro podría expresar. Un prodigio mítico […] un meollo de realidad que vivifica y nutre todo un organismo de pasión, de estado humano, todo un conjunto conceptual. Y cuando recogemos un nombre propio, un gesto, este gesto y prodigio, nos resulta familiar desde la infancia, desde la escuela…” (Muñiz Muñiz, Introduzione a Pavese. Laterza, 1992).
“Desde lejos se fue gestando el mito. Todavía imprecisas, las imágenes de los primeros años se reiteraban en la memoria insistentemente, como para desvirtuar el momento y el lugar en que surgían”, aduce Battiston (1982) en su primer libro. Ese proceso de nombrar el pasado y los recuerdos resignifica su existencia, en clave literaria, en clave mítica, sostenido en figuras alegóricas que, recuperan, para la historia, lo sucedido, por medio del arte, de la escritura. Vuelve lo vivido con una carga simbólica, esa proyección que postulaba Nervi en Imágenes del “pueblo-región” con carácter universal. Bien lo plantea Cesare Pavese en El oficio de vivir (1992): “Los lugares de la infancia vuelven a la memoria de cada cual consagrados; en ellos sucedieron cosas que los han hecho únicos y los destacan del resto del mundo con este sello mítico”. Vuelve consagrados resalta Pavese, en esa doble situación, la vivencial y la artística, donde se cuela como remarcaban Kavafis y Vittorio, los sentimientos; porque, justamente, “Mis tías del Norte/ reescribieron el mito”.
Battiston, conocedora de la potencia simbólica de los mitos, del “situarse”, como propone Eliade, los recrea y van a cruzar por sus poemas, relatos e investigaciones. El poeta y traductor Horacio Castillo, otro gran conocedor de la literatura griega, en una entrevista con Augusto Munaro refiere: “En rigor, toda mi poesía está basada en experiencias de vida despojadas de su materialidad y sublimadas mítica y alegóricamente” (Horacio Castillo, Obra reunida, La Comuna, 2020). El trabajo de resignificación de lo acontecido y la “depuración” artística es así, sino no se transformaría en mito, en literatura. En Relativa sombra inscribe en el texto “Mito”: “Edades de la vida y de un deseo/ sin más explicación/ que ese mito/ arraigado/ y esa idea/ de un lugar único/ al que se pertenece// pero solo en los viajes/ el mito se renueva […] lejos/ en la distancia que impone/ ese único/ lugar situado”. Algo así preveía en el prólogo de 1982: “ese sitio (Realicó) fue un punto de partida para la reminiscencia, inicial de nostalgia; pero sólo a través de la literatura, esta obsesión se plasma y se resuelve: escribir fue entonces un modo de revelación, una actitud que podía transformar reminiscencia en conocimiento, nostalgia en tensión lírica”.

Bustriazo Ortiz.
El crítico Harold Bloom en la década del ‘70 publica el libro “The Anxiety of Influence: A Theory of Poetry”, donde estudia y reflexiona sobre la creación literaria. El planteo principal proviene de la figura del padre literario, o la (relativa) sombra proyectada de esa figura gigante en el poeta menor, es decir, en el poeta que empieza a escribir después (o siguiendo) un gran maestro. En síntesis, es imposible ignorar la influencia que tiene en la propia escritura como los modos en que se procesan y asimilan las lecturas de un precursor.
Bloom habla en ese libro de seis “ratios revisionarios” para determinar los efectos de su teoría sobre la literatura, o sea, habría seis posibles resoluciones con respecto a un texto anterior (genotexto): desvío (traición o tergiversación poética); contraseña (compleción y antítesis); (discontinuidad del precursor); demonización (reacción al sublime del predecesor), ascésis (purga a ambos de todo resto de influencia); y retorno de los muertos.
La crítica literaria trata de interpretar las obras de autores y autoras, comprenderlas en su tiempo, en su propio clima de época, y relacionarlos con la serie literaria, como se aducía en la introducción del artículo. En ese sentido, en su carácter intertextual, dialógico y mítico, Battiston por medio de la escritura no sólo rinde tributo a su pueblo y sus pobladores, a su formación académica (la tradición grecolatina) sino que también a las voces de la región, y, entre ellas, aludiendo a Bloom y sus resoluciones de las influencias, quizás, ese retorno de los muertos se precipita en la figura preponderante de Juan Carlos Bustriazo Ortiz. El Penca es homenajeado por Battiston (aludida y eternizada como “Dora, mujer” en la “Trigésima Segunda Palabra” del Libro del Ghenpín, Cámara de Diputados de La Pampa, 1977- 2004, y en la transposición del poema a la canción “Tu vino rubio escancias”, por Guri Jaquez, en el disco Agrupación Pampeana interpreta a Juan Carlos Bustriazo Ortiz, 1982), con una serie de poemas en dos de sus libros y muchísimos artículos fundacionales y conferencias.
Es en la obra literaria que el precursor irrumpe y el sucesor reescribe la historia que los une y reúne, es la invocación a la musa y el mito del eterno retorno, es la tensión lírica donde todo se sitúa y sincroniza en la palabra que pulsa como joya oscura.

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