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Polifemo, salvaje e incivilizado

Uno de los más famosos cíclopes es Polifemo, hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa. Homero cuenta en la Odisea, como Ulises escapó de la cueva de Polifemo, no sin recibir la furia de Poseidón.

Gisela Colombo*

La figura de Polifemo, es tan conocida como la de Ulises mismo, el protagonista de la Odisea. En rigor, el ser de un solo ojo era una criatura mítica de comportamiento incivilizado y salvaje.

Es célebre el relato. No sólo Homero lo reprodujo, también los mitos lo habían transmitido por siglos mediante la oralidad.

Cuando Ulises y sus tripulantes desembarcaron en la tierra de los cíclopes, llevaban perdidos ya muchos hombres, algunas naves y habían consumido las provisiones. Por eso no dudaron cuando la curiosidad del capitán los llevó a la cueva de Polifemo. Mientras Ulises se entregó al deseo de constatar precisamente las costumbres de quienes no respetaban la norma de la hospitalidad, sus hombres simplemente obedecieron sospechando que dentro debía haber comida. No se equivocaron.

El gigante de un solo ojo convivía allí con un rebaño completo de ovejas y carneros. Dentro había queso, leche y alimentos esenciales. El problema es que los tripulantes comían extasiados dentro, cuando regresó Polifemo y los sorprendió in fraganti.

El resultado inmediato fue que el cíclope se comiera, como si de galletas se tratara, a varios tripulantes ante los ojos azorados de Ulises.

Nadie”.

El héroe, que era también un guerrero y el rey de Itaca, tenía el don de la prudencia y cierta habilidad para engañar y trazar estratagemas permanentes. En ese momento, cuando Polifemo lo interrogó, el ingenio le garantizó parte de la salvación. El cíclope le preguntó quién era. Y Ulises respondió: “Nadie”, como si ése fuera su verdadero nombre. Así cuando Polifemo selló la puerta de la cueva con una piedra de grandes dimensiones, puso en práctica el ardid.

Esperarían que el cíclope llevara a pastar a las ovejas para escabullirse. Pero no fue tan simple, y otros hombres fueron fagocitados por el gigante. Entonces a Ulises se le ocurrió ofrecerle vino. Los cíclopes eran salvajes y la intensidad de su salvajismo crecía exponencialmente cuando bebían vino (diríase que el mito hacía profilaxis y mostraba la inconveniencia de consumir alcohol cuando no se tenía el hábito).

Lo cierto es que Polifemo fue quedándose dormido por el efecto y el resto de los presentes endurecieron un ariete sometiendo su madera al secado del fuego. Luego, limaron su punta y aplicaron las fuerzas de todos a clavarlo en su único ojo. Los gritos del cíclope habrán retumbado con fuerza dentro de la cueva. Y la víctima cegada tanteó para comerse a los hombres que lo habían agredido. La piedra sólo cedió al removerla el mismo gigante. Entonces, Ulises comenzó a atar a sus tripulantes a la panza de cada oveja y sólo él tomó un carnero de su lana y con la fuerza de sus brazos se sostuvo allí mientras el animal pasaba el control de Polifemo que, naturalmente sólo palpaba el lomo de las criaturas donde no había señal de los tripulantes. Así lograron salir. El auxilio de los cíclopes nunca llegó porque para nadie tuvieron sentido los gritos insistentes de Polifemo: “Nadie me ha cegado” “Nadie se escapa”.

El castigo de Poseidón.

La soberbia de Odisea (Ulises) llevó a la confesión postrera, mientras huía, de que no era “Nadie”, sino Ulises, el responsable. Así supo Polifemo el nombre de aquel que debía acusar ante su padre.

Eso enloqueció a Poseidón, dios de los mares y padre de Polifemo, que usó todo su poder para que las naves de Ulises no llegaran a destino durante mucho tiempo.

Odiseo acababa de traicionar aquello que lo hacía especial. La prudencia, la capacidad de engañar habilidosamente, desaparecieron cuando se propuso gozar del crédito público, revelando su identidad contra toda conveniencia. El precio que pagó se tradujo en unos cuantos naufragios y varios años de vagar por las costas del Mediterráneo. Porque si Polifemo debía aprender modales, Ulises tenía una lección pendiente mucho más importante. El orgullo y la soberbia debían morir en su corazón. Sólo así ganó la nobleza necesaria para ser considerado un verdadero héroe.

*Colaboradora