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Porteño en la llanura

Leopoldo Marechal fue clásico, peronista, místico y escritor. Murió en 1970 convertido en uno de los referentes de la literatura argentina y avalado por colegas de la talla de Julio Cortazar y Ricardo Piglia.

Daniel Pellegrino y Jorge Warley *

A lo largo de la vida de Marechal convivieron el mundo porteño y el de la llanura bonaerense, sus conocimientos de cultura clásica y el acercamiento a los movimientos sociales y populares contemporáneos, el entramado político, el magisterio y la religiosidad. Lo más importante es que ha dejado una obra literaria de profundo trabajo sobre nuestro lenguaje y de reflexión sobre los problemas sociales de la Argentina de su época.

Nacido en el barrio de Almagro de la Capital Federal, desde muy niño tuvo una estrecha relación con el campo, más precisamente con la llanura bonaerense y la localidad de Maipú. Allí en el ambiente familiar seguramente se habrá habituado a observar las tareas rurales y a conocer la provincia acompañando a su tío Francisco Mujica, acopiador de “frutos del país”, como se llamaba entonces a la compra de lana, cueros, plumas, aves, cerdos, granos, en un carro tirado por caballos, en giras que duraban de ocho a quince días. Se cuenta que cuando la gente de puestos y estancias lo veían acercarse decían “ahí llega Mujica con Buenos Aires”. Este apodo lo atesoraría como señal de pertenencia a tal punto que anclaría en “Adán Buenosyares”, su principal novela de 1948.

Clasicismo y vanguardia.

Más tarde, su formación en la cultura clásica griega y en la filosofía aristotélica dieron forma a las vivencias de la llanura y a su tarea literaria. En Marechal se expresa esta mezcla en su poesía de corte criollista, que lo ubica en un lugar propio y distinto del esteticismo modernista de Ricardo Güiraldes, o de la mitificación gauchesca del siglo XIX de Borges, o del neorromanticismo nostálgico de la “tierra natal” de Vicente Barbieri (1903-1956), autor de “La balada del río Salado”. Muestra de su estilo es el poema “A un domador de caballos”, citado en cuanta antología sobre poesía argentina se realice, cuya primera estrofa proclama: “Cuatro elementos en guerra / forman el potro salvaje. / Domar un potro es ordenar la fuerza / y el peso y la medida; / es abatir la vertical del fuego / y enaltecer la horizontal del agua; / poner un freno al aire, dos alas a la tierra”.

En la década del veinte, adhiere a los principios ‘ultraístas’ de la concentración del lenguaje (tratar de decir mucho con pocas palabras, trabajar la figura de la metáfora), escribe para la revista Martín Fierro y participa de su prolongación en las tertulias y acciones del grupo de Florida. También escribirá en Proa, cuyo primer director fue Ricardo Güiraldes.

Otro aspecto importante de su vida fue la inclinación teológica y su práctica dentro de la iglesia católica, lo cual lo llevó a vincularse con la cultura nacionalista de ese matiz; sin embargo, es llamativa su conversión al evangelismo de la mano del pastor Pedro Suligoin, debido quizá a “su influencia en la recuperación física de Elbia Rosbaco”, la segunda esposa de Marechal, según apunta Angel Núñez, un atento biógrafo del escritor.

La obra literaria.

Este mismo estudioso señala que existen tres períodos claros en la vida creativa de Marechal. Uno primero son sus colaboraciones ensayísticas en las revistas literarias mencionadas y la publicación de poemarios que se inician con Los aguiluchos (1922) y Días como flechas (1926).

El segundo período coincide con el ascenso del peronismo y con la publicación de su primera novela Adán Buenosayres. En este tiempo fue director general de Cultura de la Nación, más tarde director de Enseñanza Superior Artística, entre los cargos más relevantes. En 1955, con la caída del Perón, renuncia a sus funciones públicas y se llama a sí mismo “el poeta depuesto” y comienza un largo decenio “desaparecido” del ambiente cultural, aunque no de la trinchera política. Por ejemplo, en 1956 redacta (aunque no hay plena seguridad de ello) la proclama a partir de la cual los generales Valle y Tanco se rebelan contra la dictadura militar autodenominada “Revolución libertadora”.

Tantas vicisitudes y experiencias intelectuales, llevaron a que David Viñas (Literatura argentina y realidad política. De sarmiento a Cortázar, 1971) escribiera sobre Marechal: “su obra se define centralmente entre su religiosidad y su populismo como tendencias ideológicas, por el predominio de lo simbólico o lo cotidiano en sus textos teóricos y por el vaivén desde los ‘vocablos excelsos’ hacia ‘las malas palabras’ en su lenguaje. Pero que haya hecho un esfuerzo de síntesis no pasa de ser una superposición: es el resultado de una propuesta mística “amorosa”, donde “sin violencia” la cultura y las masas, América Latina y París, las novedades y lo tradicional, el lunfardo y lo clásico, nación y mundo, poder y pueblo se fundan”.

El tercer período creativo de Marechal comprende los últimos cinco años de su vida. En 1965 publica la novela “El banquete de Severo Arcángelo” con tal éxito de ventas que la obra anterior de Marechal empieza a ser desempolvada. Su trilogía novelística se complementa con “Megafón, o la guerra” editada poco después de su muerte.

El ascenso de Adán Buenosayres.

A comienzos de 1981, en el número nueve de la revista literaria porteña El Ornitorrinco, –dirigida por Abelardo Castillo– la destacada lingüista Ana María Barrenechea publicó un reportaje a Leopoldo Marechal. Llevaba por título “El escritor y el lenguaje”. Cuando lo interroga acerca de con qué tradición de la literatura nacional se identifica, el escritor le responde: “Mis clásicos argentinos preferidos son: Sarmiento, Mansilla, Hernández. ¿Y sabe por qué los respeto? No sólo por la importancia de sus obras, sino porque el comienzo de nuestra literatura tuvo una cantidad de valores que trabajaron sin complejo de inferioridad. (…) Después las cosas son peores, ¿no? Yo creo que hay que retomar la fibra de esos escritores, y por eso los pongo como ejemplos, como paradigmas, y volver a escribir, volver a trabajar sin complejos de inferioridad frente a lo universal contemporáneo”. No es tarea difícil –casi ironiza Marechal en el cierre– dada la pronunciada decadencia de las literaturas europeas.

La entrevista es muy significativa porque muestra hasta qué punto ya por ese entonces para la crítica seria la discusión estaba cerrada y la filiación política de Marechal era un dato anecdótico: lo importante era poner en foco sus textos que no necesitaban para sostenerse más que sus virtudes estéticas. Al igual que sus camaradas Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo, con quienes compartió las páginas de Martín Fierro, la gran revista de la vanguardia argentina, allí donde estampó en 1925 su célebre “Retruque a Leopoldo Lugones”, Marechal había ingresado al museo de los clásicos de la literatura argentina. En particular por su novela extensa y notable, Adán Buenosayres, cuya consagración quizás comenzó en 1949 con la reseña que Julio Cortázar escribió para la revista Realidad y casi medio siglo después concluyó Ricardo Piglia en los seminarios que dictó para la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. “Disipada la polémica, Adán Buenosayres se nos ofrece hoy como un monumento de la lengua”, escribió Piglia.

En 1995, la novela ingresó, traducida al francés, en la prestigiosa colección de la editorial Grasset-Unesco donde se incluyen las obras más representativas de la literatura universal.

* Colaboradores

El idioma de los argentinos

Más allá de sus complejidades, de los problemas en la trama y la derivación en algunas confusiones, Julio Cortázar ya destacaba los usos del lenguaje en Marechal (revista Realidad, 1949): “Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con su prosa es prueba mayor, y en ella alcanza Adán Buenosayres su más alto logro. Aludo a la noche de Saavedra, a la cocina donde se topan los malevos, al encuentro de los exploradores con el linyera; eso, sumándose al diálogo de Adán y sus amigos en la glorieta de Ciro, y muchos momentos del libro final, son para mí avances memorables en la novelística argentina. Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria. Un idioma que no necesita del lunfardo (que lo usa, mejor), que puede articularse perfectamente con la mejor prosa “literaria” y fusionar cada vez mejor con ella –pero para irla liquidando secretamente y en buena hora–. El idioma de Adán Buenosayres vacila todavía, retrocede cauteloso y no siempre da el salto; a veces las napas se escalonan visiblemente y malogran muchos pasajes que requerían la unificación decisiva. Pero lo que Marechal ha logrado en los pasajes citados es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras desde los experimentos (¡tan en otra dimensión y en otra ambición!) de su tocayo cordobés Lugones”.

Poema

“Al domador Celedonio Barral” (de Epitafios australes)

Domó en la pampa todos los caballos/, menos uno./ Por eso duerme aquí Celedonio Barral,/ con sus manos prendidas/ a la crin de la tierra.

El doradillo, el moro, el alazán/ entre sus piernas fueron/ máquinas del furor/ y pedazos de viento en su muñeca.

Su pan fue una derrota de caballo por día:/ un trueno de caballos fue su música entera.

Para su Dios y para su mujer/ tuvo sólo un aroma:/ el olor de un caballo.

El potro de la muerte/ no se rindió a su espuela/ de antiguo domador y jinete final.

Por eso duerme aquí,/ silencioso y vencido:/ Porque domaba todos los caballos,/ menos uno.