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Trilí, como infancia

Trilí, la infancia

Puelches es la matriz fundadora del Canto Quetral de Bustriazo Ortiz, pero también se encabalgan en su obra otras localidades y parajes; y si se criban sus poemarios, quizás sea Trilí uno de los topónimos más citados.

Sergio De Matteo *
La casa suele ser nuestro lugar en el mundo. Porque representa el anclaje a determinado territorio. Es como el primer universo. Es el cosmos desde donde emerge nuestra particularidad para sumarse a lo colectivo.
El hogar, la Haus en la que «habitar» que plantea Heidegger (1976), donde la morada es consumada a modo de lenguaje: «el lenguaje es la casa del ser» (p. 313), son las marcas que resonarán en la obra de la/os escritora/es. La poesía lárica del chileno Jorge Teillier sería un ejemplo contundente. En los textos de Juan Carlos Bustriazo Ortiz puede rastrearse que ha adoptado como espacio fundante (Haus) o mítico a Puelches. Ese itinerario, compuesto por los 79 libros del Canto Quetral, se inicia con Los poemas puelches, los cuales están consignados con el número uno de la colección y fechados entre 1954 y 1959.

Hogar/Fogar.
Quetral, en mapudungun, significa fuego. Es interesante plantear interrelaciones simbólicas entre ese fuego, identificado con nuestros pueblos originarios, los horneros y los incendios periódicos del monte de caldén, con otros términos que, literatura comparada mediante, nos permitan trazar nuevas interpretaciones.
Situamos a la casa u hogar como cosmos primigenio. La palabra hogar proviene del latín focus, que deriva en la castellana fuego. Focus significaba originalmente tanto fuego o brasero, como hogar (o fogar: es común el paso de la ‘f’ inicial latina, a la ‘h’ castellana). Entonces focus era hogar, pero también fuego o brasero; por lo tanto el quetral de Bustriazo, además de ser el fuego de su universo, también será el hogar desde donde propende su palabra.

Casa del ser.
Todo texto acumula signos que el autor trabaja en la construcción de su mundo simbólico. Hay expresiones que permiten la lectura de puntos convergentes de la imaginación creadora. Bustriazo rubrica mediante connotaciones cómo asume el paisaje (ningún rincón de la provincia, incluidos los boliches, escapan a su pluma) y refracta la insistencia de contar sobre personajes y amigos. Su poesía recurre frecuentemente al pasado, sea a su infancia o los recuerdos de la misma, desde donde proyecta su vida real y literaria.
La casa, la infancia, serían el locus de las vivencias primigenias y donde el ser se percibe protegido por sus progenitores. Es el ámbito donde realiza las exploraciones e identificaciones de su entorno. Por eso Bustriazo produce en dicho margen parte de sus historias.
Gastón Bachelard resalta en La poética del espacio (2000): «expresar ese enlace apasionado de nuestro cuerpo que no olvida la casa inolvidable» (p. 36) y, por consiguiente, «las moradas del pasado son en nosotros imperecederas» (p. 29). Se distingue en los enunciados la línea-fuerza que representa la infancia y la casa, porque se constituyen en etapa, sin dudas, de conocimiento y rememoración en la poética de nuestro ghenpín.
La escritura es la puerta de acceso a donde vivió la infancia, por eso Bustriazo siempre está tejiendo e indagando sobre las mismas imágenes inolvidables e inalterables de la memoria: las flores, los colores, los animales y las gentes, que van sucediéndose en una correspondencia esencial en cada uno de sus poemas. Disputatio rigurosa para fijar ese territorio que se desgasta con el tiempo y que sólo puede contener el artista resignificándolo en su imaginación. De acuerdo con Bachelard, esa acción «nos devuelve estancias del ser, casas del ser, donde se concentra una certidumbre de ser» (p. 49).

El lugar.
Es una estación ferroviaria situada en el departamento de Quemú Quemú. Bustriazo Ortiz vivió con su familia entre los años ’37 y ’39.
La escritora y profesora Dora Battiston señala: «En plena década del cincuenta, al regreso del Oeste, Juan Carlos Bustriazo Ortiz escribe Los Poemas Puelches […] Son los gestos y los rostros de aquella geografía los que van dejando su imagen en estos versos». Así como Puelches representa el universo fundante para su poética, también se encabalgan otras localidades y parajes, como Guatraché, Chacharramendi, Villa Alba, Puelén, Anguil, Santa Isabel, Rancul, General Acha o Santa Rosa, entre otros. Pero si se tamizan sus poemarios, quizás sea Trilí uno de los topónimos más citados; desde Invitación al campo (1956), libro que nunca reconoció, hasta los tres tomos editados del Canto Quetral.
El vocablo «trilí» tiene un largo derrotero y diferentes definiciones desde los pueblos originarios hasta los viajeros coloniales. Está en la base etimológica de Chile, sea por chiri (frío, en quechua); por el cacique picunche, Tili o Trili; la onomatopeyización mapuche del sonido del ave trile; o por la voz aimara chilli (donde se acaba la tierra).
En La Pampa, la palabra identifica a un pájaro de manchas amarillas en las alas. Alberto Vúletin, en La Pampa. Grafías y etimologías toponímicas aborígenes (EUDEBA, 1972), destaca Trilí: nombre de un pájaro; y Victorina Carlassare, en Apuntes para un vocabulario Rankül-Español Español-Rankül (Amerindia, 2005), anota Trilí: tordo de ala amarilla.
En el poema «Evocación del Trilí» se anudan varias de las ideas esbozadas: hogar, casa del ser, o el pasado resignificándose en imagen, símbolo o escritura. En ese plano, donde la memoria evoca el pasado, se nos devuelven estancias del ser, pero son únicamente imaginarias, porque ya han sucedido y solo pueden enunciarse.
En ese sentido, anota la RAE que «evocar» proviene del lat. evocare, compuesto del prefijo «e» por «ex» fuera y «vocare» que quiere decir llamar. Pueden citarse estas acepciones: 1) Recordar algo o a alguien, o traerlos a la memoria. 2) Convocar un espíritu o muerto.
Bustriazo rememora: «Trilí, yo te recuerdo, pequeño caserío,/ y evoco tu presencia dispersa sobre el llano;/ voy hacia tu pasado que es el pasado mío,/ con clara certidumbre de no evocarte en vano».

Cantos.
Los lugares bucólicos regresan una y otra vez en la poesía de Bustriazo Ortiz. En el libro Zambas del Piedra Juan, escrito entre 1954 y 1959, se halla «Trilí», vinculado a su madre, doña Vicenta Ortiz Pardiño. Vuelven caserío y patio del paraje. El recuerdo es la herramienta con que el poeta regresa a ese pasado y donde la palabra, a modo de canto, resuena: «Trilí, Trilí…/ El trino que traigo aquí, trilí, trilí,/ regresa triste trinando,/ trilí, trilí,/ triste el cielo que perdí…».
Evocar o conjurar, acepciones que se yuxtaponen en los diccionarios. Doña Vicenta es nuevamente aludida en el poema «Del conjuro», de la obra Últimas zambas del Piedra Juan, que abarca los años 1960 y 1964, musicalizado por Guri Jaquez (Del regreso, 1998). Se lee en el acápite: «Mi madre, cuando venían grandes vientos, allá entre los años 37 y 40, en Trilí y Acha, repetía estos viejos conjuros, aprendidos de sus abuelos…».
Una y otra vez servirá como anclaje esta pequeña estación de trenes, ubicada entre Quemú Quemú y General Pico. Será «Dulce Trilí, campo dulce,/ embrujados pastizales…», en «Milongas de unos reseros», que integra el volumen Viento de la milonga, fechado entre 1961 y 1964, en Canto Quetral, Tomo II (2017).
En Papeles de piedra azul (1968) no solo sobrevendrá de nuevo Trilí, sino, también, se añadirá a la creatividad poética la fundación del mito Bustriazo. Una serie de invenciones irán armando su biografía fantástica, pues irrumpe aquel linyera (también llamado Juan) que le dijo a su madre que ese niño sería poeta. Tanto el poema I como el XIX de dicho poemario también consignan los años en que vivió en Trilí: del ’37 al ’39; ya que en el ’40 se mudará con su familia a General Acha.
Uno de nuestros más talentosos músicos, Oscar García, apelando al fenómeno intertextual, fusiona las estrofas 1, 2, 6 y 7 de «Evocación del Trilí» con las 3, 4, 5, 8 y 9 de «Trilí» para componer la canción «Trilí», del disco La patria del corazón, editado en 2008.
Bustriazo aduce en Trilí: «tu nombre de trino, de pájaro, ha quedado melodioso en mi oído».

* Escritor