“Que no haya pregunta”

Ernesto Del Viso* – Hace 10 años Guri Jaquez quedó en silencio por estas comarcas. En silencio pero no en olvido. Y en ese recuerdo, estamos quienes que cada tanto asisten a sus relatos, a su voz cantada en Sur 4, Agrupación Pampeana Confluencia o como solista.
Guri fue un musicalizador dotado de un exquisita y fina estética sonora, con un paso muy interesante por el plano de la letrística, que ha calado hondo como lo es su obra “Del Regreso”. Dotado de una coloratura vocal y una modulación única con que solía remarcar ciertos pasajes de alguna interpretación (como en “Tu vino rubio escancias” grabado con la guitarra, acompañante de Sergio La Corte en el primer disco de Confluencia en 1982, o la magistral “Palabras para Julia” cantada en el Aula Magna en octubre de 1981), fue poseedor de una gran personalidad artística. No ha sido nunca difícil distinguir su voz de entre varias. Y un deleite, siempre, escucharlo solo acompañado de su guitarra, a la que a pesar de ser zurdo, nunca le invirtió las cuerdas.
Más allá de todo lo técnico que pudiera ensayar, está su palabra preservada aquel 5 de agosto de 2000, cuando hiciéramos una entrevista en “Cantos en el Tiempo”, programa de LRA 3 Radio Nacional.
Ernesto del Viso: -Hablame de tus orígenes, de aquel sitio de tus primeros llantos y pasos.
Guri Jaquez: -Yo nací en Embajador Martini, ese pueblito que está cuasi a la vera de la ruta nacional Nº 35. Allí mi padre, don Bonifacio Jaquez, fue hombre de siete oficios, claro está, siendo yo muy chiquito nos trasladamos a Ing. Luiggi, de allí y por los años 50 a General Pico, y nos instalamos definitivamente en Metileo, por eso algunos dicen que nací allí. En ese pueblo anduve “pata en el suelo” como dice Morisoli, y desde chico me fui aunque siempre está en la memoria, o en esos encuentros que nosotros tenemos con la gente que habla de las poblaciones, siempre está ese Metileo.
EdV: -¿Y en todo ese ámbito, dónde andaba la música?
G.J: -Cuando papá se fue, me quedó algo para preguntarle. No pude develar el misterio, porque él tocaba la guitarra solamente los 24 de diciembre, esperando la navidad. Algún amor, tal vez, algún fracaso. Esto lo observo desde el hombre grande de edad que soy. Y digo, observar y está bien, como una tranquera siempre abierta con la memoria. Su trabajo fue siempre pesado, trabajo rural, arriero, buen artesano, juntador de maíz, estibador, alambrador, esquilador, hachador. Como si fuera el Pedro Changa del que nos ha hablado y cantado Tejada Gómez. Por eso cuando lo veo a Paulino Ortellado, cuando observo a los distintos oficios de acá de La Pampa, rostros curtidos, manos callosas, bueno ese era mi papá.
Papá hacía valsecitos criollos, algunas milongas y tangos también. Pero esto es puro recordatorio, porque también veo a mi madre, doña María Antonia Gonzalía, con apresuramiento allí, barriendo el patio, lavando la ropa y haciendo en ese cuasi miserable calentadorcito, en tiempo de verano, unos grandes pucheros para esos hombres curtidos y sudorosos que trabajaban en los galpones en épocas de la cosecha. Pero ella siempre con gran alegría, lavando, planchando y siempre cantando. Por otro lado el abuelo materno te decía, echando la mano derecha con el pulgar hacia atrás y cuando mamá cantaba: “Caramba esto es de allá”, no se de dónde sería el allá, el abuelo era vasco y seguramente con aquella España y esta Argentina de acá, misturaba viejos estilos, mazurkillas.
EdV: -¿Tu papá tocaba la guitarra como zurdo, como vos?
G.J.: -No, no. Es linda esa pregunta: Por qué lo zurdo?. Siempre lo digo. Mi padre solía tener chatas rusas, por eso en tiempos de cosechas siempre alguna de las bolsas se rompía y mi padre me agarraba del “fundillo” y me tiraba arriba de la chata con una escoba para barrer el cereal caído. Y entonces solía decir: “La música para los vagos”, pero no lo digo como una memoria mala, sino como algo bueno y de ahí me quedó la gran intriga, por qué mi viejo decía eso, si él cantaba bien aquellos valsecitos como aquel que decía: “Puentecito del río que pasas”, que nos llegaba por Radio El Mundo y una radio de marca Ranser, aquellas radios de un ojo grande que empezaba a titilar cuando se iba terminando la carga del acumulador. Uno empezaba a llorarse adentro sin que le caiga un lagrimón por la angustia. Mi padre era muy severo, pero muy correcto, decía que la radio no había que prenderla para evadirse sino para escucharla. En fin no olvidar de dónde uno es, es muy bueno, por todo aquello de la identidad que tanto nos preocupa y que hemos hablado tanto.
EdV: -¿Y cómo fue tu niñez?.
G.J.: -Cuando uno ha pasado los 50, como yo, ya uno no puede decir, “nos faltó esto”. Yo creo que nosotros teníamos todo. Evidentemente cuando uno era chiquitito, el canto a uno le salía hasta por las orejas. Yo fui a la escuela Nº 53, denominación de aquellos años, no se ahora, pero digo que cuando había que trabajar, mi padre ordenaba ir al trabajo aunque no fuéramos a la escuela, entonces la escuela era una circunstancia. Cuando tenía 6 años, tuve una maestra que me enseñó a cantar el “Ave María”, se llamaba Margarita Alanís, tocaba muy bien el piano y cantaba mejor; tal vez la primera novia porque yo me enamoraba de las maestras, lo digo con mucho cariño y mucho respeto. A partir de 3º grado podía formar parte de los coros. Pero esa maestra de apellido Alanís cuando descubre en mí la vocación por la música, me daba clases en su casa, después de la escuela y me enseñaba los grandes de la música argentina como Ginastera, López Buchardo y sobre las danzas argentinas también.
EdV: -¿Cuándo aparece por primera vez en vos, una guitarra?
G.J.: -Mi padre tenía una guitarra que obviamente no quería que la tocara, él la guardaba en un poncho y en el ropero. Yo recuerdo que papá solía ir por las tardes a jugar a las bochas o al truco, no se bien. Entonces ponía de “campana” a mi hermano más chico, Carlos, en la vereda. Nosotros habíamos practicado unos silbos especiales que me servían de aviso de que el viejo venía y entonces guardaba rápidamente la guitarra. Salvando las distancia, lo mismo que le ocurría a Yupanqui cuando era Chavero niño con su padre José Demetrio que tampoco quería que anduviera con la guitarra. Pero en realidad yo tenía tres años cuando agarraba la “bruja”, es decir la escoba y la empecé a tomar con la zurda, podía haberla tomado con la derecha, pero fue de la otra manera. De todas formas esto ha sido circunstancial.
EdV: -¿Cuando se da tu primer encuentro con el público, vos tocando la guitarra y cantando?
G.J.: -Yo tenía unos 10 años y Ricardo Gil, aquel zapatero remendón de Pico que llegó a ser en los 70 diputado provincial por el peronismo junto a Hermes Acátoli, siempre me decía: “Si hoy logro poner unos clavos más a los zapatos, pibe, te voy a comprar una guitarra”. A los 11 años conocí al Indio Apachaca, que es quién realmente me pone este sobrenombre de Guri, y me dijo: “Vos te vas a llamar Guri, no el gurí de Entre Ríos, sino que te vas a llamar el Guri -sin acento en la i- de Conhello. Apachaca fue, si se quiere, mi padrino artístico, me obsequió un poncho, me mandaba las cuerdas siempre con Fiora Tamagnone y obviamente la guitarrita marca Tango. A los 12 años me fui de casa, porque uno quería irse. Y aquí me acuerdo del abuelo que siempre me decía: “La calle es ancha. Por ella transitan todos. Por la derecha, por la izquierda, por el centro. Va a encontrar muchos obstáculos, pero usted siempre toque la guitarra, no se haga el distraído. Toque cuando hay algunos hombres, cuando haya muchos hombres, váyase. A veces esos hombres se juntan para beber y a veces hacen macanas”. El lenguaje del abuelo, poco pero preciso.

El autor.
De pronto se rompe el diálogo cronológico con Guri y se me ocurre preguntarle el porqué de escribir esa bellísima obra “Del regreso”, donde se presenta un Guri musicalizando su propia letra, cosa que hasta ese momento lo sabíamos sonorizando a poetas como Morisoli, sobre todo a Bustriazo, a Pedroni, a El Bardino.
G.J.: -La literatura es cosa seria. Yo no soy escritor, nunca lo fui. Pero esta obra se trata de circunstancias del orden espiritual. No me preguntes porque el oeste de nuestra provincia, no habiendo muchas cosas, el oeste tiene ese hálito musical, tristón obviamente, es una leyenda en cuanto a canto, a la música, el viento. Yo a esta altura he pasado por momentos delicados de salud y me ha dado la intención de recordar aquel viaje que hice con Jorge Cuelle al oeste, a presentar uno de sus libros y el solo hecho de pasar por el puente de Santa Isabel, palpar la sequía, todo junto me ha llevado a esta letra que nace tal vez al no poder cantar por mucho tiempo, el no poder tocar la guitarra. Tal vez pujó eso, me viene de las oquedades que cada uno de los seres humanos tenemos en algún rincón del corazón, y yo las tengo. También me devolvió en forma desnuda cuando yo tenía 5 ó 6 años y papá iba a buscar gente al oeste, a esos hombres cetrinos, delgados, bebedores, fumadores, muchos de origen santiagueño. Cuando yo volví del oeste hice un tríptico y tomé el del medio para musicalizarlo, sin corrección, sin nada, salió así y no debe haber más pregunta porque no tengo respuesta cierta. Surgió así.
EdV: -¿Cómo te acercás a la literatura pampeana?
G.J.: -La mayoría de las cosas ya lo dije, son causalidades y no casualidades. Mi madre es analfabeta, pero ella guardaba con mucho cariño de la familia Culla, de Acha, un libro de matemáticas, también uno de Zenón Mariani, docente, donde aparecía mi abuelo y mi abuela y el famoso trío que animaban romerías por aquellos años. Ese libro se llamó “Astillas de Caldén”. Cuando joven, otro antecedente es el de mi encuentro con Raúl Arrau, que me decía:”Leéte pibe este libro, después lo comentamos”. Yo de chico ya leía a Juan José Sena, que para mi es dentro de los escritores el que maneja el léxico cuasi perfecto. Entrados los 60, cuando vengo a Santa Rosa, empiezo a leer a los poetas grandes, caso de Edgar Morisoli, obviamente, a Bustriazo y todo lo que caía en mis manos.
EdV: -¿Cómo participás en los años 60 en el llamado boom del folklore?
G.J.: -No puedo dejar de mencionar a Radio Nacional que para nosotros fue cuna fundamental de vibración sonora. Mi madre me decía: “Ponga y prenda la radio vieja”. Y allí estaba la voz de María Esther Domínguez, Los Arrieros de La Pampa, Enrique Fernández Mendía, todo lo que había en ese entonces. Para mi el referente podría llegar a ser, a pesar de sus tocatas de música paraguaya, pero tocaba también milongas de por acá, Enrique Fernéndez Mendía; su música era ese viento, ese chingolo al atardecer, esos nubarrones de viento, lo digo como tonalidades musicales.
Ya en el 64 había formado un grupo que se llamaba “Los Chalitas”, esto tiene que ver con la juntada de maíz que hacía cuando niño con papá, era gente venida de Victorica la que lo integró, como Mario Verón con quién aprendo las primeras tonalidades. Los chalitas era un trío y cantábamos cosas de aquel entonces. Después viene ya en los 70 Grupo Vocal Sur Cuatro. Recuerdo hermosas versiones de “Campo afuera” de Di Fulvio, “El violín de Becho” de Zitarrosa, y hasta “Por sobre el rastro” de el Bardino Domínguez.
EdV: -Estamos en los años 70 y cerca de tus primeras musicalizaciones a los poetas pampeanos.
G.J.: -A Juan Carlos Bustriazo ya lo conocía, por afuera. Es otra de las causalidades, porque en aquel tiempo acá había 3 ó 5 peñas; recuerdo “La Salamanca” de Luro y Argentino Valle; “El encuentro”, en el final de la calle Roca; “El Camaruco” de la Ameghino y por supuesto, “El Temple del Diablo” y ahí me encontraba con Juan Carlos que me decía: “Te acompaño, abejorro”. Siempre terminábamos, aunque hiciera frío, muy de día conversando y frente a la puerta de la casa donde yo ocasionalmente vivía. Pero en realidad lo empiezo a conocer a Bustriazo cuando me caso con Dora Battiston Martino, yo conocía hasta ese momento cosas sueltas de él, como “Aura del estilo” y pare de contar. Y fue en la casa de la calle Tomás Mason, casi Duval, donde plantamos nuestra primera morada, ahí nacieron nuestros tres hijos: Pablito, María Gabriela, Laura Mercedes, pero en la parte de atrás, cruzando un patio interno, nacen las primeras musicalizaciones con Bustriazo. Ha de ser tal vez: “Se va la tarde morita”, “Coplas para Diego el solitario”, “De la creciente”, después “La Negra Sarucha” y muchas obras que no se conocen.
Y aquella vez, de esto hace 16 años, nos despedimos él cantando “Se va la tarde morita” y yo escuchándolo como siempre y para siempre.
* Músico e investigador.

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